viernes, 1 de febrero de 2013

Secta Alucinógena

                                       
No sé qué pasó con los hongos esa vez. Mi trabajo como cocinero se estaba empezando a prender fuego. Era claro que me estaban por despedir y justo en ese momento yo estaba teniendo que alquilar una pieza de pensión, ya que Paula se había decidido a separarse de mí, quedándose con la casa. Caminé por el monte sin encontrar nada y la luz del sol ya se estaba apagando, así que decidí irme, yéndome por otro camino más rápido por donde las vacas no pasaban comunmente. Fue entonces, que entre unos árboles había un hueco sin pasto, piedras, nada y que estaba iluminado por los últimos rayos del sol como en esas escenas trascendentales de las películas donde aparece la salvación. Era un hongo enorme pero muy enorme y con unas estrías blancas que no eran comunes. No me imaginé que pasto podría haber comido la vaca que pasó por ahí, pensé en seguida que sólo había pasado por ahí a cagar y en seguida pensé también en que me habían advertido que me podía matar si me comía cualquier hongo que encontrara sin estar seguro. Pero ya estaba sentado en el círculo de tierra formado por los árboles como paredes, me senté con mi botellita de agua y cuando salió la luna yo estaba masticando y pensando que no tenía ya nada que perder. Me desperté y no recordaba nada, nada de nada. Estaba entre un pequeño grupo de árboles. Me incorporé y vi que mi camisa estaba manchada de vómito y cuando intenté meter la mano en los bolsillos y sacar unas hojas de sauce que siempre llevaba para el dolor de cabeza, vi que mis bolsillos estaban llenos de pasto, no tenía billetera, llaves, plata documentos ni nada, sólo pasto, un pedazo de hongo y una tira de tres condones sin caja en el bolsillo de atrás. Empecé a caminar y cuando salí de entre los árboles lo primero que pude hacer era preguntarme a dónde había ido a parar y trataba de hacer memoria pero no me acordaba de nada de nada. A mi alrededor se extendía un campo pelado con algún fardo de pasto sin levantar, donde no se veía un alma, de hectáreas y hectáreas de largo. Caminé haciendo pequeños descansos durante como una hora y ahí empecé a ver unas plantaciones de maíz que no se terminaban nunca pero por suerte, supuse, para el otro lado se veía una casita y también un caminito que desembocaba en un costado de la misma y que venía cortando los maizales desde más allá de donde me alcanzaba la vista. Al rato, cuando llegué a la casita golpeé la puerta pero nadie me abrió. Sin intentar abrir la puerta de lata que estaba cerrada por afuera con un alambre, me tiré en el suelo a recuperar el aliento. Me dolía la cabeza y unos cuantos músculos y tenía la boca hecha una lija. Entonces sentí un ruido, inconfundiblemente el ruido de un motor y abrí los ojos. Instantes después vi que por el caminito venía una cuatro por cuatro con dos personas en la caja y una en la cabina y cuando me paré y les hice señas, vi que un escopetazo le daba a la pared al costado de mi cabeza, un segundo después de escuchar la detonación. Contando con que tenían el sol de frente y ni me debían ver muy bien aparte de estar muy lejos, deduje que los que venían en la camioneta tenían flor de puntería y no lo pensé mucho cuando salí corriendo para atrás de la casita, que más bien era un ranchito. Cuando rodeé el ranchito sentía un escopetazo atrás de otro y a los tipos poco menos que ahullando. Miré para todos lados y s eme hizo obvio que no tenía para donde disparar y ellos sí y que no iban a esperar que les explicara que no era un chorro, si no que estaba perdido, así que a lo único que atiné fue a empujar una ventana y meterme para adentro del ranchito, esconderme, encontrar otra arma o aunque sea algo que me sirviera de escudo hasta que los tipos dejaran de pegar tiros y me escucharan. Pero no vi en el interior del ranchito nada que me sirviera de arma (por lo menos contra una escopeta) y tampoco de escudo. La edificación era una sola pieza donde había un water, una pileta al lado de una mesada con un armario de madera abajo y una cocinilla a gas arriba, una silla de madera podrida, varios machetes, una caja con herramientas hasta el tope y un ataud adentro del cual se veían apelotonados una huija, pelucas, cometas de papel aluminio, libros, cráneos de vaca y unas cuantas cosas de adoradores del diablo de película de los ochenta. Cuando me pude meter hecho un ovillo adentro del placardcito de abajo de la mesada escuché los portazos de la cuatro por cuatro estacionada frente a la casa y me di cuenta que para mayor comodidad, en un costado del lugar había un hueco en el piso de tierra donde me metí y quedé parado, con los ojos a la altura de las rendijas de las puertas. Aunque con la visión muy limitada por las rendijas vi como dos tipos con un aspecto muy fuera de lo corriente entraban a las puteadas entre ellos. La discusión se zanjó cuando uno de ellso de barba negra le dijo al otro (que era flaquito y rubio) que de seguro era una comadreja y que habían visto cualquier cosa, que los peones sólo venían de mañana en época que no era de cosecha y que era muy difícil que alguien hubiera podido entrar con la cerca eléctrica, los perros y todo eso. Los tipos salieron y ahí pude reparar en que el olor a podrido y la humedad que sentá en los pies venían de que el pozo donde estaba parado estaba lleno de cenizas y huesos de animales con pedazos de carne aún, que a su vez tenían agua por arriba. Algún mosquito empezó a picarme pero me aguanté hasta escuchar la camioneta arrancar de nuevo o por lo menos un silencio total y prolongado durante un buen rato. Pero seguía oyendo la conversación del barbudo y el rubio, que ahora se acercaba a la puerta. Cuando la puerta se abrió, venían tratando de entrar una cosa con contorno de cuerpo humano en vuelta en una plastillera. Evidentemente, comprobé que era un cuerpo humano cuando los brazos se zafaron de adentro de la plastillera y al correr la bolsa, apareció una mujer de unos treinta y pico, que si no estaba muerta estaba desmayada. Desde entonces, las rendijas no me sirvieron, ya que por lo que escuchaba, entendí que la habían sentado y atado en una silla en la pared que daba al costado de la mesada y el placard donde yo estaba escondido. Por lo que escuchaba y por todas aquellas películas que había visto y que ahora no me generaban la más mínima gracia. No ver era peor. Nunca pensé que pudiera estresar tanto el saber que dos personas esperaban a que una tercera despertara para empezar a torturarla y que era peor escuchar lso gritos sin ver la sangre pero imaginándola sin proponérselo, de mil maneras distintas y no de la única manera en que la vista me lo hubiese presentado. Cuando la mujer dejó de gritar, yo tenía las extremidades entumecidas de nervios y la garganta cerrada de contener los gritos, mientras mi mente desbordaba con la posibilidad en imágenes de un vientre abierto y con las tripas colgando, un cuerpo tajeado y quemado hasta el infarto y un millón de cosas más. El miedo era tal, que sólo después reparé en que lo que le gritaban a la mujer mientras le pegaban y torturaban era rarísimo, una sarta de cosas sacadas de libros conocidos (aunque muchas se me deben haber pasado), representaciones de reclames del año 76 o por ahí y hasta canciones de cantantes como Luis Miguel y la presentación del programa “Los Telettubies”. Después, los muchachos se corrieron a mi campo de visión y vi como tranquilamente se ponían unas máscaras que sacaban de adentro del ataúd (quedando sumamente grotescos, ya que las máscaras eran de tiernos animales y ellos tenían la ropa llena de sangre. Ahí sacaron alguna botella e no sé qué lugar, brindaron con unas copas llenas de polvo y empezaron a masticar hongos que traían en los bolsillos mientras cantaban sin parar algo como ”pichirrichichí porropopopo, pepepepe alepe tepes pichirrichichichí porropopopo, pepepepe cucu cucu aú”, hasta volverse un mantra angustiante y sicótico. Durante una hora o más sólo cantaron, después vino un gordo (el que manejaba el camión y aún no había visto, de seguro) y les dio un par de órdenes,se cambiaron la ropa, dejando la manchada e el suelo y salieron. Un rato después sentí los portazos de la cuatro por cuatro y el motor alejándose. Estaba muy incómodo, picado por los mosquitos hasta tener ronchas por todo el cuerpo y me había orinado los pantalones. Pero no podía moverme ni reaccionar. Cuando pude hacerlo estaba anocheciendo. Pude ver que la mujer estaba desnuda, tenía la cabeza intacta, caída sobre su cuerpo lleno de cortaduras, quemaduras y moretones pero sin ninguna tripa afuera. Aunque no sabía cómo iba a sacarla fuera de la estancia donde parecía que estábamos, no quería dejar que la mataran y extrañamente, aunque los días anteriores había pensado lo contrario, tampoco quería morir yo. Entonces, venciendo el miedo, levanté la cabeza de la mujer para comprobar si no la habían degollado. El cuello estaba ensangrentado pero o tenía ningún corte. En ese momento, la mujer empezó a abrir los ojos. Lo más rápido que pude, le empecé a desatar las manos de atrás de la silla y también la cintura, para no perder tiemp y huir ni bien reaccionara del todo. Pensé que iba a gritar creeyendo que yo era uno de sus torturadores, entonces me acerqué y le dije bien bajo: “No soy de ellos, tenemos que salir de acá.” pero cuando la mujer pudo hablar (y mucho mejor de lo que creí que podría) me dijo bastante molesta: -¡Sí, ya sé que no sos uno de nosotros! ¿Qué hacés acá? ¿Qué viste? Mi mente concluyó rápidamente que estaba en problemas y traté de salir corriendo pero estaba tan histérico que di un paso atrás y me caí de culo, quedándome ahí por un buen rato. La tipa se levantó de la silla, rengueando un poco de seguro por el dolor, agarró un machete y declaró: - La puerta está cerrada por afuera o me decís quién sos y qué hacés acá o te mato. Yo podría haber agarrado un machete también pero no pude. -Me perdí, me comí un hongo y cuando me desperté estaba acá. No sabía dónde estaba ni como salir. Los vi llegar y emepzaron a dispararme entonces me escondí en ese placard... -dije, señalándolo- No soy policía... déjeme ir y le juro que no digo nada a nadie, ni si quiera sé qué pasó, ni dónde estoy, me saca vendado y me deja en alguna ruta y ya está... -dije suplicante y atropelladamente. La mujer, estuvo mirándome unos momentos y yo empecé a llorar de histeria. Entonces, muy maternalmente, ella se acercó, me abrazó y me dijo que me tranquilizara hasta que logré hacerlo. - No me mate -dije cuando pude hablar. - Desnudate -dijo la mujer con total tranquilidad. Yo me quedé de nuevo sin reacción, entonces ella, levantando el tono y el machete volvió a decirme que me desnudara. Me desnudé y la tipa empezó a sobarme, chuparme y refregarme como si estuviera demente (era bastante esperable que lo estuviera). Mi pene reaccionó sólo por mecánica y cuando vi que soltaba el machete. Desesperado, viendo que la penetración se hacía inminente me estiré hasta mi ropa a buscar los preservativos que no sé por qué estaban ahí y ella no puso objeción. La primera vez fue bastante traumatizante pero las otras dos, yo ya estaba metiéndosela con ganas y sólo después de que se habían terminado los preservativos pensé que me la situación me estaba volviendo loco o que había reaccionado así por algún mecanismo de defensa ante el miedo pero no pude pensar más porque me dormí como si me hubiera muerto. En algún momento del día nos despertamos escuchando el motor de la cuatro por cuatro. Yo apenas podía moverme, estaba débil y el hambre me estaba haciendo un agujero en el estómago. Pero ella, como una exhalación, se me tiró arriba y sin levantar el tono me empezó a dar órdenes y yo supe que de no cumplirlas me las tendría que ver con ella, probablemente algo que sería más jodido que vérmelas con el barbudo y el rubio. Yo sólo pensaba en meterme en mi escondite pero antes tuve que dejarla atada en la silla. Los nudos los hice de cualquier forma y después me mandó llevarme mi ropa y los preservativos adentro del placard. Me metí en el placardcito y todo empezó de nuevo. Esta vez empezaron a cantar ”pichirrichichí porropopopo, pepepepe alepe tepes pichirrichichichí porropopopo, pepepepe cucu cucu aú” antes de pegarle y hacerle de todo a la tipa. Yo me sentía más nervioso que el día anterior de pensar qué demonios estaría pasando y en qué me había metido y cuándo podrías salir, si es que podía. El asunto es que el estómago me estaba crujiendo de hambre y estaba realmente débil, a punto de desmayarme. Adentro del pozo del placard los mosquitos me estaban comiendo, había cada vez más olor a podrido y un calor sofocante, así que sin poder evitarlo, tuve un vahído cortísimo y se me dio la cabeza contra la puerta del placard. Mi suerte fue tal que cuando los tipos ya me habían sacado del placard dispuestos a matarme, ella se soltó sin problemas las ataduras y les dijo que yo era su protegido, a la vez que ellos veían los condones usados en mi mano (no sé por qué no los había tirado en el resto de la imundicia), por lo cual, en vez de lastimarme o algo de eso, empezaron a tener una larga discusión acerca de “las reglas”. Los dos hombres la acusaban a ella de haber mantenido relaciones con alguien de fuera del culto y encima en período de prueba ritual, durante el cual se tendría que haber quedado atada hasta que ellos llegasen. Ella, a su vez, les decía que ya los dos primeros días del rito (el día anterior y el día en que estábamos) habían tomado el néctar sagrado y comido “la seta” sagrada (ella le decía así a los hongos) después y no antes de darle el castigo sagrado y que no había sido un error, que lo habían hecho para disfrutar la cópula, dejando de ser sagrada así y que había preferido no denunciarlos, pero que eran culpables de una alta traición al culto. Ellos siguieron diciéndole que en el caso de la gran sacerdotisa la traición de ella había sido aún peor y yo, seguía ahí en el medio. -¿Y a quién me van a denunciar? ¿A la gran sacerdotisa que soy yo misma? -¡No! -dijeron los otros sin perder tiempo- Consultémoslo con el hongo sagrado. -¡Ajá! -dijo la otra con sorna- ¿Y quién es la que interpreta los mensajes que envía la seta sagrada? Los otros se quedaron un tanto despicados, ya que se notaba que ella misma era también la que les diría lo que decidía el hongo y se notaba que aunque no explícitamente, aunque sea sin nunca decirlo, sabían que las interpretaciones estaban algo flechadas por el intérprete. -¡Justamente! -dijo con bastante malicia el gordo, luego de unos segundos y contra toda predicción- si todavía no terminamos el ritual anual de castigo sagrado y no lo volviste a superar ¿Cómo sabemos que todavía sos la gran sacerdotisa? -Terminen el ritual y lo veremos. Si sigo siendo la gran sacerdotisa, las faltas de todos quedarán perdonadas y nadie más las recordará -dijo la mujer, quedándose con la última palabra,aunque siguieron discutiendo un rato. Yo que seguía colgando como un muñeco de trapo de los terriblemente fuertes brazos del gordo, con mi ropa y los preservativos en la mano, aunque temía interrumpir les solté: -¡Por favor! No entiendo nada ni me importa nada de lo que estén haciendo, véndenme y déjenme cerca de San José, vuelvo a casa solo y me olvido de esto para siempre. -¿De San José? Estamos en Rivera y estamos en época de ritos, no tenemos tiempo. Aparte vos vas a entrar el rito. Vas a ser mi pareja ritual -dijo sin posibilidad de réplica la mujer. El gordo y el rubio me ataron en una silla, se encajaron unos hongos entre pecho y espalda y le hicieron lo mismo que el día anterior a la mujer, que aunque dentro de las reglas del juego se suponía que debía ser violada y torturada, se veía que la violación no le desagradaba para nada, aunque cuando los tipos la penetraban en pelo por todos lados, igual no parecía gustarle tanto como conmigo durante la noche. Los tipos se fueron casi al anochecer, diciendo cualquier idiotez y seguramente todavía en plena alucinación. La mujer, que por lo que había oído, se tendría que haber quedado atada a la sillita, se desató (no sé como hacía), me desató y vi que lo de anoche se iba a repetir. Yo no quería agarrarme un sida, ni ser la pareja ritual ni de ningún tipo de la líder de una manga de sicópatas desquiciados, por lo cual intenté poner toda mi fuerza en encontrar la rendija que me permitiera huir. -Ahora que viste lo que ningún mortal fuera del culto a visto -empezó a decirme la tipa con poses actorales y palabras fuera de lugar a la situación-, tenés que unirte o morir. -Claro, lo entiendo -dije que yo, que sabía que a los locos no se los contradice. -Nuestro culto tiene un reglamento estricto que vas a conocer más adelante cuando seas iniciado formalmente ante la comunidad... lo de ayer es suficiente para mí pero la comunidad y los reglamentos lo exigen. Básicamente esta secta me fue dictada por una visión de la seta alucinógena, que es en estas tierras la manifestación directa de la Gran Diosa y de los espíritus de Tlaloc, Huitzilopochtli y otros seres otrora, venidos de Ganímedes, para instaurar el culto que por siglos el poder y la masonería nos ha ocultado para dominarnos. Nuestro culto gira en torno al consumo de las setas alucinógenas y las visiones son interpretadas por mí, la gran guía, a fin de llevar al culto a la misión trascendental que hace diez años se nos encomendó... -¿Y cuál es esa misión? -pregunté, ya que veía que la pausa era larga y pronto me iba a intentar montar. -No sabemos aún, nuestra misión consiste justamente en descubrir esa misión... - me dijo la mujer, mientras empezaba a citar de nuevo todo tipo de dioses y supercherías ridículas sin conexión. Cuando pude la interrumpí y le pedí permiso para ponerme ropa y comer algo. Estaba temblando de frío, aunque sabía que hacía un calor terrible y también me estaba muriendo de hambre. La mujer me miró con una notoria pesadumbre por tener que esperar para complacer su ninfomanía pero me lo permitió. Sin embargo, como no era estúpida, me permitió salir a buscar comida (durante su castigo ritual no podía comer ni beber, mientras la violaban y torturaban tres días) pero no sin antes ponerme en el pie una cadena con un grillete que ató a la reja de la ventanita del fondo del rancho, ya que tampoco se le permitía salir del lugar sagrado. A pesar de la luz de la luna, que parecía una bombita de 25 watts, estaba débil y no veía mucho al principio. No sabiendo qué hacer para escaparme, iba a la vez mirando que podía agarrar de ese terreno pelado para comer. Los maizales estaban mucho más lejos de lo que podía alcanzar encadenado de esa forma y en el suelo no había ni una cucaracha muerta. Cuando de golpe, vi una cosita asomándose por un agujero en el suelo: un apereá.sin desesperarme, aunque me daba lástima, agarré una piedra del suelo, manoteé el bichito y le rompí la cabeza. En los bolsillos tenía pasto, así que sin lugar a dudas podría hacerme un apereá con pasto, como ya lo había hecho en la crisis del 2002. fue cuando me iba como disparado para adentro, con el roedor muerto en la mano que ahí, en frente mío y como iluminado por la luna vi el hongo más grande que hay visto en mi vida, con unas extrañas estrías rojas y me volví a preguntar que pasaba con esos hongos que crecían donde no había ninguna vaca y sin embargo eran hongos de bosta de vaca. Me quedé mirándolo y empecé a sentir que algo había en eso que pasaba con los hongos. Me acordé de un amigo de Tacuarembó que también comía cucumelos cada tanto y me había dicho algo como que a veces uno come un hongo por algo y que aparece en otro lugar donde a su vez hay un hongo que está ahí por algo y que uno te va llevando al otro por un caminito de hongos que te lleva a algún lado, literal o metafóricamente. Me metí el hongo en el bolsillo, sabiendo que lo iba a necesitar pero no sabiendo para qué. No fue tan fácil cocinar usando herramientas por utensilios de cocina y una tortera como olla pero por lo menos encontré algunas aromáticas regadas en la mesada y la miserable bizarreada que había inventado por hambre tenía un olor exquisito. Cuando lo estaba terminando, vi que la sacerdotisa, que no tenía que comer, tenía sin embargo los ojos vidriosos de deseo. -¿Qué es? - me dijo con la voz quebrada. -Apereá. Con pasto -contesté y ya , olvidándome de probarlo esperé que se distrajera para empezar a picar pedacitos del hongo rojo en el agua que todavía no se había evaporado. Sentí mucha lástima por aprovecharme de su hambre pero no había alternativa. Al primer bocado que le dio se puso roja pero no se dio cuenta y al segundo bocado se cayó al suelo, se empezó a retorcer y a arañarse el cuerpo, creándose unas cortaduras sangrantes peores que las que los otros le hacían con machetes y al rato quedó quieta, dura y violeta. En mi vida había pensado que alguna vez tuviera que matar a alguien y esa primera vez, me sentí peor por estar tan tranquilo y poco arrepentido que por haber matado a alguien en sí. Estaba sumamente tranquilo, lúcido y en vez de irme de ahí como pudiera hacerlo, decidí contagiarme de la locura de estos imbéciles y pensar que yo tenía la misión divina de cortar de golpe la lengua de cualquiera que le atribuyera sus enfermedades mentales a los dictados de los nobles hongos que me habían salvado la vida. Cuando sentí la camioneta pincharse con los clavos que había enterrado verticalmente e el suelo, casi en la puerta del rancho, salté por la ventana para atrás del rancho y me quedé escondido ahí, el rato que estuvieron puteando por tener que cambiar la avería. El barbudo y el rubio entraron y empezaron a llorar, mientras yo me tiraba arriba del gordo que cambiaba la rueda y le atravesaba el cuello con un machete. Los de adentro, aunque estaban llorando deben haber escuchado al gordo gritar, porque cuando tranqué el rancho por afuera sentí como que empujaban la puerta desde adentro. La presión de los cuerpos contra la puerta me facilitaba más las cosas. Subí a la cabina de la cuatro por cuatro, agarré una de las escopetas y los baleé atravesando la puerta, sin necesidad de encararme con ellos para apuntarles. Cuando abrí, los cuerpos me cayeron en los pies y por las dudas los rematé. Después de comerme unos paquetes de galletitas rellenas que traían en el vehículo, ya sin nada más que hacer ahí, decidí terminar de comerme el pedazo de hongo con estrías blancas que aún guardaba en el bolsillo y ver dónde me despertaba esta vez. Mientras mordía, me pareció ver que de un agujero en la tierra, un apereá salía y me guiñaba un ojo, aunque no necesitaba ya de ninguna aprobación. Sí había un camino de hongos, que a su vez era mi salida más fácil de ahí y yo seguía sin tener nada que perder.

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