sábado, 2 de febrero de 2013

Voces narcóticas anónimas

Clementina Saboredo de Hebert tuvo que sacar el número para la terapia de pareja que un afamado sexólogo daba gratis a quien sacara la figurita ganadora en los helados Portezuelo de a peso, sabor guiso de mondongo. Sin embargo, asistió no sola, si no con su pareja, ya que sin pareja la terapia de pareja tendría nulo sentido, a menos que el mismo sexólogo u otro efectivo de la clínica se dispusieran a ser o pasar por la pareja de Clementina Saboredo Hebert, con distintos grados posibles de compentración, por ejemplo el grado 1-juego de rol, el 2- me hago pasar por pareja insistiéndole mucho en también tener relaciones sexuales para darle más realismo a la representación, el grado 3- empiezo ya el trámite de divorcio y pido la partición de bienes, etc.
Es así, que Clementina Saboredo de Hebert y su marido Amaicardo Rovela de Lara se sentaron frente al sexólogo que les preguntó que mal los aquejaba, mientras los acogía muy gentilmente convidándoles una bandejita con croissants, vigilantes, pan con grasa, margaritas, galleta dulce, borla de fraile, torta de After Eigth y otros bizcochos de formas más o menos fálicas según Freud.
-Todo se remonta al año 2014, cuando ya llevábamos unos treinta y cinco años de casados -dijo con seriedad de conductora de Talk Show, Clementina Saboredo de Hebert- y él empezó a disculparse para no tener sexo conmigo diciéndome que su pene “funcionaba como el culo”...
-Ajá -dijo con solvencia profesional, el profesional.
-Y... Y... Bueno... ¿Le sigo contando? ¿Me va siguiendo?
-Ajá -dijo el profesional, con un contenido semántico completamente distinto al de la anterior interjección afirmativa, generado por la diversa utilización de haces significantes en los fonemas y la curva de entonación.
-Resulta que a partir de ese entonces, como al pastorcillo mentiroso de la fábula al cual ocurrióle que luego de mentir acerca de la presencia de un lobo que devoraba su rebaño tantas veces, dicha mentira terminó convirtiéndose en verdad, acaecióle a mi marido que su pene empezó a funcionar literalmente como el culo y empezó a cagar por el meato en vez de eyacular semen como el resto de los mamíferos y también los toros y vacas, útiles animales que nos da la leche, el dulce de leche y la manteca que siempre le pongo al pan, también el queso que es insano y los hongos para mi hermano, señora vaca... ¡Ahora la vamo a faenar!
El afamado sexólogo, sin dudarlo un instante y dado que tenía un virus de pluriempleo en grado 5, como todos los uruguayos a raíz de la gran bonanza económica que atraviesa el país, golpeando con su martillo en el cosito por la rodilla que te golpean pa que le des una patada al médico y ahí digan con todos los dientes rotos “¡Pa! ¡Tiene los reflejos de Forlán el nene!”, sentenció:
-¡Desde hoy los declaro ex-marido y ex-mujer! ¡Puede besar a la novia (de su hijo)!

Josefina Bertonini de Neuhausser (que era nada más y nada menos que Clementina Saboredo de Hebert, la cual recuperó su nombre de soltera), tuvo como la mayoría de sus compañeras de sindicato una profunda depresión por su separación, seguida de un período de relativa “situación límite” que la dejó al borde de variadas preguntas de corte existencialista, con leves toques de lo que ciertos psicólogos gestálticos denominan como una situación en que el individuo ya no puede defenderse ante el medio con los mecanismos de resistencia que venían delimitando su personalidad hasta el momento (tampoco con los de influencia), generándose así una especie de “muerte”, en la que el ser debe reacomodar todas sus pertenencias en una casa más chica. Estos terribles estados le duraron como unos veinte minutos y luego de esto, comenzó a mandar mensajes de texto y a comunicarse por Facebook con todas sus amigas chongas, superficiales, sexistas y putonas y dedicarse a recuperar todas las cogidas que se había perdido desde que cometió la estupidez de intentar tener una relación mínimamente profunda, al casarse con Eleuterio Posadas Korzakowski (que era el nombre de soltero de su ex marido Amaicardo Rovela de Lara), durante la crisis del 2002.
Esa misma noche, Josefina Bertonini de Neuhausser se arregló utilizando un arsenal de cosméticos, sutienes con push up, planchas para el pelo y rizadores para la ropa, operación de colágeno en los labios de la vulva, implantación de siliconas en los senos y obviamente una cantidad de “armas” intelectuales tomadas de obras maestras de la superestructura como “Cosmopolitan”, “Oops!” y “Galería de Búsqueda”, sin olvidar algunas cosas que aún guardaba de su época en el Crandon. Cuando parecía ya una de esas desagradables muñecas huecas que aparecen en los reclames de programas de Punta del Este y a su vez tenía la actitud de una rea que va a Azabache a pegarle a otra con tres personas más, navegando en un mar de flujo, izó velas hacia ?
Sus amigas la recibieron formando un coro gospel, sin parar de cantar por más de vientidós horas y media “¡Se siente, se siente, la Jose está caliente/ ahora está soltera y le dan entre veinte!”, mientras la abrazaban y festejaban el haber vuelto a formar parte del clan de sus amigas, a las que había dejado tiradas al casarse y dejar de gastarse todo su sueldo en bailes, alcohol, merca y ropa de marca, mientras tenían trascendentalísimas conversaciones sobre el hecho de que los hombres fueran todos iguales y que había que usarlos por una noche y ta, sacarle plata a alguno con que te ennoviaras y cagarlo en el baile y también acerca de lo putas que eran algunas amigas que no estaban presentes. Josefina Bertonini de Neuhausser, estaba embargada por una emoción de rito de pasaje, tan sólo comparable a cuando los burgueses cavernícolas de sus padres habían festejádole un ritual de presentación en sociedad de la hija menor para que pudiese aparearse, que no se acordaba bien si se llamaba cumple de quince o algo así.
Esa noche, bailaron, consumieron potentes destructores de su salud y también de la “belleza” que luego sólo podrían reconstituir consumiendo productos y tratamientos de las mismas empresas que les vendían los productos destructores de su salud y “belleza” y también fueron muy felices al ver de nuevo entre ella a Josefina Bertonini de Neuhausser, participando, como no lo hacía desde hace años, de un rally caligulesco de chupadas de pija en el baño, refriegues con desconocidos, histerias, cantegrilereadas con cualquier otra que se cruzara y esnifadas de merca en estado de semi inconsciencia, que el proporcionador de merca aprovechaba para manosearlas y cogérselas en pelo filmándolas y subiendo los videos a internet al mismo tiempo.
Sin embargo, esa noche la luna llena estaba en la octava casa de Acuario (tenía una con su familia, tres de veraneo y las otras cuatro eran bulines para sus distintas amantes) y Josefina Bertonini de Neuhausser, que de seguro había hecho algo en contradicción con la moral cristiana no asumida por la sociedad (en la cual basan la mayoría de los programas de casos reales de la tarde) o había incumplido su voto con la Diosa Madre o algo de eso, ya retirándose en taxi con sus amigas, profirió una impía traslación de la página 48 de “Los fuegos de la envidia: la mímesis del deseo en las obras de Shakespeare” de Jan Kot, sellando su trágica y tenebrosa historia por siempre:
-¡Ja! ¡Vedlas, Diosas de la lujuria y la lencería erótica! ¡Con sus largas lenguas podrían afrimar en redes sociales que son las más salvajes devoradoras de hombres que han pisado la tierra luego de Cleopatra o quizás, mayores que ella en su deglución de masculino icor... ¡Mas, comprobad lo vano de sus palabras perfumadas en daikiri de frutilla, cuando al emparejárseles en la cruel batalla por la consecución de la mayor cantidad de penes en una noche, una ya dada por desahuciada guerrera de los templos de Venus, que desde hace cuatro años no aparecía en acción (habiéndose casado en el 2008), les arrebata todas las mieles de la victoria (Rodríguez), llevando en su cálido y apetitoso en demasía pecho, el trofeo de cuarenta masculinos miembros, arrancados luego de la consecución del placer carnal, de dóciles víctimas que se han rendido ante sus incomparables encantos!
- ¿Qué encajá vo? ¡No te hagas la que hablá en difícil... -díjole la Tamara Saenz De Agostini, que no habíale entendido ni jota de su alado discurso.
- Que yo levanté más que ustedes y si tienen algún problema, yo llamo a un escribano público y hacemos el recuento correspondiente, para que vean que yo les gané y no anden criticándome después, diciendo que yo soy una desgraciada que me tienen que sacar a ver si yo levanto algo porque me dejó mi marido, porque yo sé que son terribles víboras y así ven que yo tengo razón y yo. Yo.
-¡Andá! ¡Si yo me chupé cincuenta pijas hoy y sin contar los que me clavé en el parque y que tengo el celular de veintidós que los voy a ver en la semana! -Respondióle airada la Delfina Rodríguez Yankovich.
-¡Andá! Te chupaste sólo veinticinco tarada! Si yo estaba al lado tuyo, lo que pasa es que te chupaste dos veces cada una y encima todos los que estuvieron contigo me pidieron que después se la chupara yo porque vos estabas tan borracha que ni te la podías tragar!
-¡Pa! ¿Quién te ve mosquita muerta? -intercedió Paulita Chiappara Aguirregaray de Umpiérrez- Hasta hoy no habías salido más que a cunpleañitos de un añito y ahora porque dos o tres que estaban desesperados te puntearon un poco te venís a hacer la nunca vista... ¡Pero haceme el favor! No ves que te dieron de desesperados que estaban! A los veinticinco años ya sos una vieja querida... Sorry si te querés hacer la divina pero primero te vas a tener que hacer una tintura como la gente, que esa que tenés ya se te ven las raíces y después capaz que ponerte algo que no se te note que tenés las tetas caídas te vendría bastante bien ¿Eh? Y si querés yo le digo a mi suegra que te tome de empleada doméstica así te pasa la ropa que no le queda más a la hija y no tenés que andar con esas blusitas de Indian Outlet y la pollerita de la colección de Zara de hace dos años...
-Sí -agregó Daimara Clementini Russollo-, la verdad que no te vengás a hacer la masita de Las Gaviotas porque la verdad que a vos sólo te come uno con mucha hambre, como bizcochito de a peso que sos...
-¡¡¡Perdón!!! -retrucó nuestra heroína (Josefina Bertonini de Neuhausser)- ¿Quién es la vieja de veinticinco años? Yo que sepa acá la más vieja de todas es Paulita Chiappara Aguirregaray de Umpiérrez, que tiene veintiocho y que yo sepa veinticinco es menos que veintiocho... ¿No?
-¡Ja! ¡Eso quisieras vos! Pero para que sepas yo tenía veintiocho el año pasado, ahora cumplí para atrás y tengo 27, no como vos que cumplís años para adelante como todo el mundo y vas a tener veintisiete cuando yo tenga veinticinco...
-¡Ja! ¡Y yo estoy cumpliendo veinte hace cuatro años y aparte de ser más joven que vos, levanté mucho más -dijo Valentina Posadas Ungaretti – y mejor...¡Porque el tema no es cuantos te cogés no más, si no cómo están, porque vos te habrás chupado cincuenta pijas pero yo se la chupé al rubio que todas querían con él y vos tuviste que terminársela chupando como a seis del interior y a uno de la seguridad del boliche para hacer número!
-¡Verdad! -gritó Delfina Rodríguez Yankovich- ¡Para quedar como una sputas regaladas como vos n o andamos nosotras- Vos te habrás chupado 50 pijas pero yo se la chupé al Intendente de Maldonado, no a un jardinero de Balizas!
- ¡Ja! Y yo me acosté con toda la selección sub 16 de Canadá -dijo con resentimiento Paulita Chiappara Aguirregaray de Umpiérrez
-¡Y yo se la chupé al quinto utilero suplente de Tan biónica! -agregó Valentina Posadas Ungaretti.
Josefina Bertonini de Neuhausser que no sabía que no hay que apostar la cabeza al diablo, como nos lo enseña ese visionario cuento de Edgar Allan Moore, roja de ira gritó:
-Bueno, ya de frente y mano hacemos una competencia: el taxista va corriendo en picada borracho y drogado por una peligrosa avenida mientras le chupamos la pija al mismo tiempo y un camión de dos pisos de los que llevan autos con cuatro zorras de carga de dichos vehículos viene de frente a toda la velocidad hacia el taxi, la que suelte la pija, pierde y la que se trague la leche mientras le vuelan los sesos por la ventanilla y el parabrisas le atraviesa el esternón, gana...
Sus compañeras accedieron, aunque el taxista, un poco reccionario y con poco sentido de la aventura le decía cosas desalentadoras y exageradas como: “Chiquilinas, no se dan cuenta que en las picadas es másq ue evidente que te rompés la cabeza y más si va a venir un camión de frente y ustedes me están chupando la pija luego de emborracharme y drogarme”. Pero como toda persona madura sabe, por dinero uno tiene que hacer cualquier cosa aunque no le guste o viole sus principios, ya que en ello radica la profesionalidad, así que el taxista terminó diciendo que si mientras le metían un éxtasis a prepo por el culo y Josefina Bertonini de Neuhausser gritaba:
-¡No jodás tachero, yo digo “Garchacadabra” y te hago un pete mágico y si me mato lo primero que hago cuando voy al infierno es garcharme al diaaabloo! ¡Sabeeee!
Al ritmo de Metallica o alguna banda pedorra de esas que permiten decir a los fachos “mirá esos rockeros reventados e imbéciles son todos iguales”, el taxi arrancó a toda velocidad por Giannatassio, mientras que a unos kilómetros, a toda cumbia villera el camión fantasma pintado de negro arrancaba furiosamente conducido por las Culisueltas y una ex paquita que ahora se dedicaba a la pasta base. Las cinco muchachas se peleaban a lengüetazos sobre el pene del tachero para ver quien se la metía más hasta el esternón, cuando de pronto, por entre el velo de la abundante falopa cortada con cualquier mierda, comenzaron a escuchar el traqueteo infernal de la cumbia villera y los ruiditos inocuos del ciclópeo camión. Un segundo antes de la colisión, las amigas de Josefina Bertonini de Neuhausser, no soportaron el miedo y soltando la atribulada pistola del tachero (que ya le había pasado a nuestra heroína un papelito con su celular porque era la que se la mascaba mejor, sin que las otras vieran), saltaron fuera del vehículo pero Josefina Bertonini de Neuhausser, se aferró diabólicamente obstinada en ganar a la pobre pija. El tachero saltó, dejándole su miembro eyaculando metido en la boca, a la joven que saboreó la leche de la victoria riendo frenéticamente, mientras el ángel de la muerte cernía sus negras y membranosas alas sobre ella, pasándole también un papelito con su número.

El velorio de Josefina Bertonini de Neuhausser fue concurridísmo. Todas sus fieles amigas, su ex- esposo Eleuterio Posadas Korzakowski (que para soportar la culpa se había metido con una modelo de dieciocho años), el sexólogo, el mutilado tachero, Tom Bobbit, Tom Bombadill e incluso Guillermo Lockhart, lloraron como marranos sobre la tumba de tan trágica heroína, muerta por su honor. Y a los cinco munutos, decidieron irse a toma una a Gata Bacana, ya que la vida sigue y pensaron que todo había terminado.
Sin embargo, sin que nadie lo dijera al principio, todos comenzaron a recibir extraños mensajes de texto, algunos desde números desconocidos y otros del celular de la muerta Josefina Bertonini de Neuhausser, los cuales amenazaban a todos con vengarse brutalmente de ellos, cuando murieran y se encontraran con que en el Averno, la primera dama del Señor De Las Tinieblas (que es satanás, no el director de la U.T.E) prostituta oficial del mismo (el diablo) era nada más y nada dividido que ella ( Josefina Bertonini de Neuhausser), entre otras cosas horribles y escalofriantes como cadenas y sms del Ministerio del Interior. Y sin que nadie pueda dar una explicación racional a este fenómeno, aún siguen recibiendo sms de Josefina Bertonini de Neuhausser, que no para de subir fotos en que no cesa de garcharse al diablo (a Dios no, porque le dan asco los judíos y los asiáticos).

Texto y filosofía hindú: Jorge "Pollito" Manco

viernes, 1 de febrero de 2013

Secta Alucinógena

                                       
No sé qué pasó con los hongos esa vez. Mi trabajo como cocinero se estaba empezando a prender fuego. Era claro que me estaban por despedir y justo en ese momento yo estaba teniendo que alquilar una pieza de pensión, ya que Paula se había decidido a separarse de mí, quedándose con la casa. Caminé por el monte sin encontrar nada y la luz del sol ya se estaba apagando, así que decidí irme, yéndome por otro camino más rápido por donde las vacas no pasaban comunmente. Fue entonces, que entre unos árboles había un hueco sin pasto, piedras, nada y que estaba iluminado por los últimos rayos del sol como en esas escenas trascendentales de las películas donde aparece la salvación. Era un hongo enorme pero muy enorme y con unas estrías blancas que no eran comunes. No me imaginé que pasto podría haber comido la vaca que pasó por ahí, pensé en seguida que sólo había pasado por ahí a cagar y en seguida pensé también en que me habían advertido que me podía matar si me comía cualquier hongo que encontrara sin estar seguro. Pero ya estaba sentado en el círculo de tierra formado por los árboles como paredes, me senté con mi botellita de agua y cuando salió la luna yo estaba masticando y pensando que no tenía ya nada que perder. Me desperté y no recordaba nada, nada de nada. Estaba entre un pequeño grupo de árboles. Me incorporé y vi que mi camisa estaba manchada de vómito y cuando intenté meter la mano en los bolsillos y sacar unas hojas de sauce que siempre llevaba para el dolor de cabeza, vi que mis bolsillos estaban llenos de pasto, no tenía billetera, llaves, plata documentos ni nada, sólo pasto, un pedazo de hongo y una tira de tres condones sin caja en el bolsillo de atrás. Empecé a caminar y cuando salí de entre los árboles lo primero que pude hacer era preguntarme a dónde había ido a parar y trataba de hacer memoria pero no me acordaba de nada de nada. A mi alrededor se extendía un campo pelado con algún fardo de pasto sin levantar, donde no se veía un alma, de hectáreas y hectáreas de largo. Caminé haciendo pequeños descansos durante como una hora y ahí empecé a ver unas plantaciones de maíz que no se terminaban nunca pero por suerte, supuse, para el otro lado se veía una casita y también un caminito que desembocaba en un costado de la misma y que venía cortando los maizales desde más allá de donde me alcanzaba la vista. Al rato, cuando llegué a la casita golpeé la puerta pero nadie me abrió. Sin intentar abrir la puerta de lata que estaba cerrada por afuera con un alambre, me tiré en el suelo a recuperar el aliento. Me dolía la cabeza y unos cuantos músculos y tenía la boca hecha una lija. Entonces sentí un ruido, inconfundiblemente el ruido de un motor y abrí los ojos. Instantes después vi que por el caminito venía una cuatro por cuatro con dos personas en la caja y una en la cabina y cuando me paré y les hice señas, vi que un escopetazo le daba a la pared al costado de mi cabeza, un segundo después de escuchar la detonación. Contando con que tenían el sol de frente y ni me debían ver muy bien aparte de estar muy lejos, deduje que los que venían en la camioneta tenían flor de puntería y no lo pensé mucho cuando salí corriendo para atrás de la casita, que más bien era un ranchito. Cuando rodeé el ranchito sentía un escopetazo atrás de otro y a los tipos poco menos que ahullando. Miré para todos lados y s eme hizo obvio que no tenía para donde disparar y ellos sí y que no iban a esperar que les explicara que no era un chorro, si no que estaba perdido, así que a lo único que atiné fue a empujar una ventana y meterme para adentro del ranchito, esconderme, encontrar otra arma o aunque sea algo que me sirviera de escudo hasta que los tipos dejaran de pegar tiros y me escucharan. Pero no vi en el interior del ranchito nada que me sirviera de arma (por lo menos contra una escopeta) y tampoco de escudo. La edificación era una sola pieza donde había un water, una pileta al lado de una mesada con un armario de madera abajo y una cocinilla a gas arriba, una silla de madera podrida, varios machetes, una caja con herramientas hasta el tope y un ataud adentro del cual se veían apelotonados una huija, pelucas, cometas de papel aluminio, libros, cráneos de vaca y unas cuantas cosas de adoradores del diablo de película de los ochenta. Cuando me pude meter hecho un ovillo adentro del placardcito de abajo de la mesada escuché los portazos de la cuatro por cuatro estacionada frente a la casa y me di cuenta que para mayor comodidad, en un costado del lugar había un hueco en el piso de tierra donde me metí y quedé parado, con los ojos a la altura de las rendijas de las puertas. Aunque con la visión muy limitada por las rendijas vi como dos tipos con un aspecto muy fuera de lo corriente entraban a las puteadas entre ellos. La discusión se zanjó cuando uno de ellso de barba negra le dijo al otro (que era flaquito y rubio) que de seguro era una comadreja y que habían visto cualquier cosa, que los peones sólo venían de mañana en época que no era de cosecha y que era muy difícil que alguien hubiera podido entrar con la cerca eléctrica, los perros y todo eso. Los tipos salieron y ahí pude reparar en que el olor a podrido y la humedad que sentá en los pies venían de que el pozo donde estaba parado estaba lleno de cenizas y huesos de animales con pedazos de carne aún, que a su vez tenían agua por arriba. Algún mosquito empezó a picarme pero me aguanté hasta escuchar la camioneta arrancar de nuevo o por lo menos un silencio total y prolongado durante un buen rato. Pero seguía oyendo la conversación del barbudo y el rubio, que ahora se acercaba a la puerta. Cuando la puerta se abrió, venían tratando de entrar una cosa con contorno de cuerpo humano en vuelta en una plastillera. Evidentemente, comprobé que era un cuerpo humano cuando los brazos se zafaron de adentro de la plastillera y al correr la bolsa, apareció una mujer de unos treinta y pico, que si no estaba muerta estaba desmayada. Desde entonces, las rendijas no me sirvieron, ya que por lo que escuchaba, entendí que la habían sentado y atado en una silla en la pared que daba al costado de la mesada y el placard donde yo estaba escondido. Por lo que escuchaba y por todas aquellas películas que había visto y que ahora no me generaban la más mínima gracia. No ver era peor. Nunca pensé que pudiera estresar tanto el saber que dos personas esperaban a que una tercera despertara para empezar a torturarla y que era peor escuchar lso gritos sin ver la sangre pero imaginándola sin proponérselo, de mil maneras distintas y no de la única manera en que la vista me lo hubiese presentado. Cuando la mujer dejó de gritar, yo tenía las extremidades entumecidas de nervios y la garganta cerrada de contener los gritos, mientras mi mente desbordaba con la posibilidad en imágenes de un vientre abierto y con las tripas colgando, un cuerpo tajeado y quemado hasta el infarto y un millón de cosas más. El miedo era tal, que sólo después reparé en que lo que le gritaban a la mujer mientras le pegaban y torturaban era rarísimo, una sarta de cosas sacadas de libros conocidos (aunque muchas se me deben haber pasado), representaciones de reclames del año 76 o por ahí y hasta canciones de cantantes como Luis Miguel y la presentación del programa “Los Telettubies”. Después, los muchachos se corrieron a mi campo de visión y vi como tranquilamente se ponían unas máscaras que sacaban de adentro del ataúd (quedando sumamente grotescos, ya que las máscaras eran de tiernos animales y ellos tenían la ropa llena de sangre. Ahí sacaron alguna botella e no sé qué lugar, brindaron con unas copas llenas de polvo y empezaron a masticar hongos que traían en los bolsillos mientras cantaban sin parar algo como ”pichirrichichí porropopopo, pepepepe alepe tepes pichirrichichichí porropopopo, pepepepe cucu cucu aú”, hasta volverse un mantra angustiante y sicótico. Durante una hora o más sólo cantaron, después vino un gordo (el que manejaba el camión y aún no había visto, de seguro) y les dio un par de órdenes,se cambiaron la ropa, dejando la manchada e el suelo y salieron. Un rato después sentí los portazos de la cuatro por cuatro y el motor alejándose. Estaba muy incómodo, picado por los mosquitos hasta tener ronchas por todo el cuerpo y me había orinado los pantalones. Pero no podía moverme ni reaccionar. Cuando pude hacerlo estaba anocheciendo. Pude ver que la mujer estaba desnuda, tenía la cabeza intacta, caída sobre su cuerpo lleno de cortaduras, quemaduras y moretones pero sin ninguna tripa afuera. Aunque no sabía cómo iba a sacarla fuera de la estancia donde parecía que estábamos, no quería dejar que la mataran y extrañamente, aunque los días anteriores había pensado lo contrario, tampoco quería morir yo. Entonces, venciendo el miedo, levanté la cabeza de la mujer para comprobar si no la habían degollado. El cuello estaba ensangrentado pero o tenía ningún corte. En ese momento, la mujer empezó a abrir los ojos. Lo más rápido que pude, le empecé a desatar las manos de atrás de la silla y también la cintura, para no perder tiemp y huir ni bien reaccionara del todo. Pensé que iba a gritar creeyendo que yo era uno de sus torturadores, entonces me acerqué y le dije bien bajo: “No soy de ellos, tenemos que salir de acá.” pero cuando la mujer pudo hablar (y mucho mejor de lo que creí que podría) me dijo bastante molesta: -¡Sí, ya sé que no sos uno de nosotros! ¿Qué hacés acá? ¿Qué viste? Mi mente concluyó rápidamente que estaba en problemas y traté de salir corriendo pero estaba tan histérico que di un paso atrás y me caí de culo, quedándome ahí por un buen rato. La tipa se levantó de la silla, rengueando un poco de seguro por el dolor, agarró un machete y declaró: - La puerta está cerrada por afuera o me decís quién sos y qué hacés acá o te mato. Yo podría haber agarrado un machete también pero no pude. -Me perdí, me comí un hongo y cuando me desperté estaba acá. No sabía dónde estaba ni como salir. Los vi llegar y emepzaron a dispararme entonces me escondí en ese placard... -dije, señalándolo- No soy policía... déjeme ir y le juro que no digo nada a nadie, ni si quiera sé qué pasó, ni dónde estoy, me saca vendado y me deja en alguna ruta y ya está... -dije suplicante y atropelladamente. La mujer, estuvo mirándome unos momentos y yo empecé a llorar de histeria. Entonces, muy maternalmente, ella se acercó, me abrazó y me dijo que me tranquilizara hasta que logré hacerlo. - No me mate -dije cuando pude hablar. - Desnudate -dijo la mujer con total tranquilidad. Yo me quedé de nuevo sin reacción, entonces ella, levantando el tono y el machete volvió a decirme que me desnudara. Me desnudé y la tipa empezó a sobarme, chuparme y refregarme como si estuviera demente (era bastante esperable que lo estuviera). Mi pene reaccionó sólo por mecánica y cuando vi que soltaba el machete. Desesperado, viendo que la penetración se hacía inminente me estiré hasta mi ropa a buscar los preservativos que no sé por qué estaban ahí y ella no puso objeción. La primera vez fue bastante traumatizante pero las otras dos, yo ya estaba metiéndosela con ganas y sólo después de que se habían terminado los preservativos pensé que me la situación me estaba volviendo loco o que había reaccionado así por algún mecanismo de defensa ante el miedo pero no pude pensar más porque me dormí como si me hubiera muerto. En algún momento del día nos despertamos escuchando el motor de la cuatro por cuatro. Yo apenas podía moverme, estaba débil y el hambre me estaba haciendo un agujero en el estómago. Pero ella, como una exhalación, se me tiró arriba y sin levantar el tono me empezó a dar órdenes y yo supe que de no cumplirlas me las tendría que ver con ella, probablemente algo que sería más jodido que vérmelas con el barbudo y el rubio. Yo sólo pensaba en meterme en mi escondite pero antes tuve que dejarla atada en la silla. Los nudos los hice de cualquier forma y después me mandó llevarme mi ropa y los preservativos adentro del placard. Me metí en el placardcito y todo empezó de nuevo. Esta vez empezaron a cantar ”pichirrichichí porropopopo, pepepepe alepe tepes pichirrichichichí porropopopo, pepepepe cucu cucu aú” antes de pegarle y hacerle de todo a la tipa. Yo me sentía más nervioso que el día anterior de pensar qué demonios estaría pasando y en qué me había metido y cuándo podrías salir, si es que podía. El asunto es que el estómago me estaba crujiendo de hambre y estaba realmente débil, a punto de desmayarme. Adentro del pozo del placard los mosquitos me estaban comiendo, había cada vez más olor a podrido y un calor sofocante, así que sin poder evitarlo, tuve un vahído cortísimo y se me dio la cabeza contra la puerta del placard. Mi suerte fue tal que cuando los tipos ya me habían sacado del placard dispuestos a matarme, ella se soltó sin problemas las ataduras y les dijo que yo era su protegido, a la vez que ellos veían los condones usados en mi mano (no sé por qué no los había tirado en el resto de la imundicia), por lo cual, en vez de lastimarme o algo de eso, empezaron a tener una larga discusión acerca de “las reglas”. Los dos hombres la acusaban a ella de haber mantenido relaciones con alguien de fuera del culto y encima en período de prueba ritual, durante el cual se tendría que haber quedado atada hasta que ellos llegasen. Ella, a su vez, les decía que ya los dos primeros días del rito (el día anterior y el día en que estábamos) habían tomado el néctar sagrado y comido “la seta” sagrada (ella le decía así a los hongos) después y no antes de darle el castigo sagrado y que no había sido un error, que lo habían hecho para disfrutar la cópula, dejando de ser sagrada así y que había preferido no denunciarlos, pero que eran culpables de una alta traición al culto. Ellos siguieron diciéndole que en el caso de la gran sacerdotisa la traición de ella había sido aún peor y yo, seguía ahí en el medio. -¿Y a quién me van a denunciar? ¿A la gran sacerdotisa que soy yo misma? -¡No! -dijeron los otros sin perder tiempo- Consultémoslo con el hongo sagrado. -¡Ajá! -dijo la otra con sorna- ¿Y quién es la que interpreta los mensajes que envía la seta sagrada? Los otros se quedaron un tanto despicados, ya que se notaba que ella misma era también la que les diría lo que decidía el hongo y se notaba que aunque no explícitamente, aunque sea sin nunca decirlo, sabían que las interpretaciones estaban algo flechadas por el intérprete. -¡Justamente! -dijo con bastante malicia el gordo, luego de unos segundos y contra toda predicción- si todavía no terminamos el ritual anual de castigo sagrado y no lo volviste a superar ¿Cómo sabemos que todavía sos la gran sacerdotisa? -Terminen el ritual y lo veremos. Si sigo siendo la gran sacerdotisa, las faltas de todos quedarán perdonadas y nadie más las recordará -dijo la mujer, quedándose con la última palabra,aunque siguieron discutiendo un rato. Yo que seguía colgando como un muñeco de trapo de los terriblemente fuertes brazos del gordo, con mi ropa y los preservativos en la mano, aunque temía interrumpir les solté: -¡Por favor! No entiendo nada ni me importa nada de lo que estén haciendo, véndenme y déjenme cerca de San José, vuelvo a casa solo y me olvido de esto para siempre. -¿De San José? Estamos en Rivera y estamos en época de ritos, no tenemos tiempo. Aparte vos vas a entrar el rito. Vas a ser mi pareja ritual -dijo sin posibilidad de réplica la mujer. El gordo y el rubio me ataron en una silla, se encajaron unos hongos entre pecho y espalda y le hicieron lo mismo que el día anterior a la mujer, que aunque dentro de las reglas del juego se suponía que debía ser violada y torturada, se veía que la violación no le desagradaba para nada, aunque cuando los tipos la penetraban en pelo por todos lados, igual no parecía gustarle tanto como conmigo durante la noche. Los tipos se fueron casi al anochecer, diciendo cualquier idiotez y seguramente todavía en plena alucinación. La mujer, que por lo que había oído, se tendría que haber quedado atada a la sillita, se desató (no sé como hacía), me desató y vi que lo de anoche se iba a repetir. Yo no quería agarrarme un sida, ni ser la pareja ritual ni de ningún tipo de la líder de una manga de sicópatas desquiciados, por lo cual intenté poner toda mi fuerza en encontrar la rendija que me permitiera huir. -Ahora que viste lo que ningún mortal fuera del culto a visto -empezó a decirme la tipa con poses actorales y palabras fuera de lugar a la situación-, tenés que unirte o morir. -Claro, lo entiendo -dije que yo, que sabía que a los locos no se los contradice. -Nuestro culto tiene un reglamento estricto que vas a conocer más adelante cuando seas iniciado formalmente ante la comunidad... lo de ayer es suficiente para mí pero la comunidad y los reglamentos lo exigen. Básicamente esta secta me fue dictada por una visión de la seta alucinógena, que es en estas tierras la manifestación directa de la Gran Diosa y de los espíritus de Tlaloc, Huitzilopochtli y otros seres otrora, venidos de Ganímedes, para instaurar el culto que por siglos el poder y la masonería nos ha ocultado para dominarnos. Nuestro culto gira en torno al consumo de las setas alucinógenas y las visiones son interpretadas por mí, la gran guía, a fin de llevar al culto a la misión trascendental que hace diez años se nos encomendó... -¿Y cuál es esa misión? -pregunté, ya que veía que la pausa era larga y pronto me iba a intentar montar. -No sabemos aún, nuestra misión consiste justamente en descubrir esa misión... - me dijo la mujer, mientras empezaba a citar de nuevo todo tipo de dioses y supercherías ridículas sin conexión. Cuando pude la interrumpí y le pedí permiso para ponerme ropa y comer algo. Estaba temblando de frío, aunque sabía que hacía un calor terrible y también me estaba muriendo de hambre. La mujer me miró con una notoria pesadumbre por tener que esperar para complacer su ninfomanía pero me lo permitió. Sin embargo, como no era estúpida, me permitió salir a buscar comida (durante su castigo ritual no podía comer ni beber, mientras la violaban y torturaban tres días) pero no sin antes ponerme en el pie una cadena con un grillete que ató a la reja de la ventanita del fondo del rancho, ya que tampoco se le permitía salir del lugar sagrado. A pesar de la luz de la luna, que parecía una bombita de 25 watts, estaba débil y no veía mucho al principio. No sabiendo qué hacer para escaparme, iba a la vez mirando que podía agarrar de ese terreno pelado para comer. Los maizales estaban mucho más lejos de lo que podía alcanzar encadenado de esa forma y en el suelo no había ni una cucaracha muerta. Cuando de golpe, vi una cosita asomándose por un agujero en el suelo: un apereá.sin desesperarme, aunque me daba lástima, agarré una piedra del suelo, manoteé el bichito y le rompí la cabeza. En los bolsillos tenía pasto, así que sin lugar a dudas podría hacerme un apereá con pasto, como ya lo había hecho en la crisis del 2002. fue cuando me iba como disparado para adentro, con el roedor muerto en la mano que ahí, en frente mío y como iluminado por la luna vi el hongo más grande que hay visto en mi vida, con unas extrañas estrías rojas y me volví a preguntar que pasaba con esos hongos que crecían donde no había ninguna vaca y sin embargo eran hongos de bosta de vaca. Me quedé mirándolo y empecé a sentir que algo había en eso que pasaba con los hongos. Me acordé de un amigo de Tacuarembó que también comía cucumelos cada tanto y me había dicho algo como que a veces uno come un hongo por algo y que aparece en otro lugar donde a su vez hay un hongo que está ahí por algo y que uno te va llevando al otro por un caminito de hongos que te lleva a algún lado, literal o metafóricamente. Me metí el hongo en el bolsillo, sabiendo que lo iba a necesitar pero no sabiendo para qué. No fue tan fácil cocinar usando herramientas por utensilios de cocina y una tortera como olla pero por lo menos encontré algunas aromáticas regadas en la mesada y la miserable bizarreada que había inventado por hambre tenía un olor exquisito. Cuando lo estaba terminando, vi que la sacerdotisa, que no tenía que comer, tenía sin embargo los ojos vidriosos de deseo. -¿Qué es? - me dijo con la voz quebrada. -Apereá. Con pasto -contesté y ya , olvidándome de probarlo esperé que se distrajera para empezar a picar pedacitos del hongo rojo en el agua que todavía no se había evaporado. Sentí mucha lástima por aprovecharme de su hambre pero no había alternativa. Al primer bocado que le dio se puso roja pero no se dio cuenta y al segundo bocado se cayó al suelo, se empezó a retorcer y a arañarse el cuerpo, creándose unas cortaduras sangrantes peores que las que los otros le hacían con machetes y al rato quedó quieta, dura y violeta. En mi vida había pensado que alguna vez tuviera que matar a alguien y esa primera vez, me sentí peor por estar tan tranquilo y poco arrepentido que por haber matado a alguien en sí. Estaba sumamente tranquilo, lúcido y en vez de irme de ahí como pudiera hacerlo, decidí contagiarme de la locura de estos imbéciles y pensar que yo tenía la misión divina de cortar de golpe la lengua de cualquiera que le atribuyera sus enfermedades mentales a los dictados de los nobles hongos que me habían salvado la vida. Cuando sentí la camioneta pincharse con los clavos que había enterrado verticalmente e el suelo, casi en la puerta del rancho, salté por la ventana para atrás del rancho y me quedé escondido ahí, el rato que estuvieron puteando por tener que cambiar la avería. El barbudo y el rubio entraron y empezaron a llorar, mientras yo me tiraba arriba del gordo que cambiaba la rueda y le atravesaba el cuello con un machete. Los de adentro, aunque estaban llorando deben haber escuchado al gordo gritar, porque cuando tranqué el rancho por afuera sentí como que empujaban la puerta desde adentro. La presión de los cuerpos contra la puerta me facilitaba más las cosas. Subí a la cabina de la cuatro por cuatro, agarré una de las escopetas y los baleé atravesando la puerta, sin necesidad de encararme con ellos para apuntarles. Cuando abrí, los cuerpos me cayeron en los pies y por las dudas los rematé. Después de comerme unos paquetes de galletitas rellenas que traían en el vehículo, ya sin nada más que hacer ahí, decidí terminar de comerme el pedazo de hongo con estrías blancas que aún guardaba en el bolsillo y ver dónde me despertaba esta vez. Mientras mordía, me pareció ver que de un agujero en la tierra, un apereá salía y me guiñaba un ojo, aunque no necesitaba ya de ninguna aprobación. Sí había un camino de hongos, que a su vez era mi salida más fácil de ahí y yo seguía sin tener nada que perder.