martes, 15 de enero de 2013

Gato en el tiempo
Roberto estaba cocinando, cuando vio lo que se temía desde hace un rato y no se había detenido a comprobar todavía. Ernesto, su pareja, había recordado cerrar la puerta espacial (más conocida como “puerta” a secas por todo el mundo) después de rezongos y todo tipo de aleccionamientos por parte de Roberto, pero había olvidado otra vez cerrar la puerta temporal, conocida también como transportador temporal doméstico, que hace tiempo no se cerraba de forma automática como debería. Y el gato, logró lo que venía intentando desde hace tiempo, siempre fallando sólo por la intervención de Roberto: escaparse, escaparse en el tiempo. Roberto no sabía si enfurecerse o deprimirse. Amaba al gato casi como a si mismo y si sabía que era casi imposible recuperar al gato después de escaparse por la puerta espacial con toda la gente hambrienta que había por la calle aún en su barrio caro, sabía que recuperar al gato escapado hacia algún lugar en el pasado era aún más complicado. Los paseos temporales al pasado eran todo un lujo, que si bien podían permitirse de vez en cuando eran carísimos. Que la puerta hubiese quedado abierta significaba a) que Ernesto se había escapado al pasado (de seguro buscando un amante), sin decirle nada, gastando plata sin consultarle; plata al fin y atambién vlviendo a mentirle y ocultarle cosas b) que la puerta, como ya les habían asegurado que no pasaría, había quedado abierta (vaya a saber uno desde cuándo) y la exposición al flujo retrotemporal había estado corriendo sin que nadie la usara, lo cual sumaba más plata perdida c) que para recuperar el gato, tendría que gastar aún más dinero, sumado a lo que había malgastado secretamente y luego por error Ernesto, sumado a lo que todavía debían de su ida al recital de Madona en el 2000; seguramente quedando en bancarrota. Roberto se sentó, preparó un té y pensó. En un momento, la tristeza fue superada por la furia y estuvo a punto de usar sus células telefónicas para llamar a Ernesto y recriminarle hasta el asco la situación, insultarlo, descargar su ira y hacer que arreglase todo de alguna manera, que volviera del trabajo en hora y con la cola entre las patas durante una semana, trayéndole regalos todos los días hasta que al fin, él decidiera perdonarlo, aunque supiera que la promesa de cambiar no duraría mucho más que otra semana. Pero cuando estaba por llamarlo, canceló la comunicación. Ya no había caso. Ernesto había vuelto a buscar chongos no robóticos de los que había en el pasado, probablemente a pagarle a alguna estrella muerta del cine porno o alguna de esas cosas que ya había hecho. Roberto terminó el té y conectó la puerta física en función teletransportación. Llegó a la oficina de Hipotecas Tecnológicas del Estado (Hi.T.E.) y luego de esperar unas horas y que los funcionarios robóticos se equivocaran varias veces al indicarle la ventanilla virtual, al fin pudo consultar el saldo de la deuda, con fines a hacer un nuevo viaje. -Actualmente la cuenta xc-658745876521485/7 a nombre de Ernesto Revogliatti con usufructuo compartido de Roberto Muñoz, por ususfructuo de tecnología hogareña en el orden de la incursión física en el retroflujo temporal asciende a 280.000 Gills Americanos. No podrá realizarse una nueva incursión en el retroflujo temporal hasta saldar o asegurar de alguna forma dicha deuda, ya que excede el monto de deuda tolerable descrito en el artículo ttp-2364587/55 del contrato de retroflujo temporal doméstico, estimado en los 200.000 Gills americanos. El robot no emitió otra palabra, ya que no tenía una nueva orden o consulta que evacuar. Roberto quedó escuchando el zumbidito del C.P.U. funcionando sin parar. -¿Cual es el valor de nuestro actual inmueble si nos puede proporcionar la información? -¿En Montevideo o en Punta Argentina? -preguntó la máquina. Roberto se quedó mudo un momento. Aparte de todo, Ernesto tenía un bulín en Punta Argentina y no se lo había dicho. -El de Punta Argentina por favor. -Asciende a 300.000 Gills Americanos. -Hipotéquelo para realizar un nuevo viaje en el tiempo por favor. Soy el esposo de Ernesto -dijo Roberto acercando su pulgar al ojo láser, aunque la máquina ya lo tenía registrado. El resto del día se le pasó en los trámites y controles para el viaje. Declaró que antes de fijar el destino debía pedir un rastreo para saber en que momento y lugar estaba su mascota. Quedaron de comunicárselo al día siguiente. Roberto volvió a su casa y se acostó. Ernesto llegó tarde y borracho, incluso cuando el padre de Roberto había muerto el día anterior. Es verdad, a Roberto no le había importado mucho esa muerte, ya no sabía si lo que sentía por su padre era odio o indiferencia o si el amor incondicional que sentía por su madre lo había enemistado interiormente con su progenitor, al punto de desear su muerte, como reparación de la muerte de su amada madre. Pero la desidia de Ernesto ya le parecía demasiado. Lo dejó desplomarse en la cama sin comentarle nada y al otro día, luego de recibir la información del paradero de su gato, partió a su viaje. Que los herederos de Pintos Risso lo resucitaran para que Ernesto y él tuvieran el prestigio de poder comprar un nuevo apartamento del legendario arquitecto estaba muy bien pero que la puerta temporal quedara mal cerrada y su gato se hubiera perdido, estaba muy mal. Y lo que más lo incomodaba era que su gato se hubiese ido, como por alguna macabra coincidencia a la casa donde su madre lo daría a luz, unos meses después, donde encontraría -quizás- a su gato y tendría la hermosa posibilidad de ver nuevamente a su madre, a su hermosa, amada madre. Pero también, tenía la fastidiosa posibilidad de cruzarse con su padre, del cual hace sólo dos días había pensado librarse para siempre. Mientras pensaba en tal embrollo, la interfase entre su puerta temporal y el pasado había terminado. La luz verde se encendió y atravesó el umbral. Un segundo de transmaterialización después apareció en el fondo de aquella antigua casa, que le traía tantos recuerdos... sin embargo, las instrucciones grabadas en sus células de disco duro eran precisas, lo dejarían en el fondo en un momento en que nadie saldría a verlo (si era discreto y no hacía ruidos ni hablaba) tan sólo por unos veinte minutos, que deberían alcanzarle para llamar de alguna manera y recuperar de alguna manera a su gato, trepado en la rama del árbol de la vecina, que pasaba por encima del muro y llegaba a su antigua casa. Luego de esto, era muy probable que lo descubrieran y en esta ocasión, no había pagado una identidad o coartada temporal como para sacar barata la situación, como lo había hecho al viajar a ver a Madona o ir de vacaciones al desaparecido Caribe con el ingrato de Ernesto. Ni bien se decidió a buscar el árbol, que no recordaba, sintió un maullido detrás de él. Misha estaba ahí, mirándolo y maullando muy insistentemente, ya que en su vida se había subido a un árbol y probablemente no tenía idea de cómo bajar. Roberto no tenía ganas de que nadie del pasado sacara la cabeza por la ventana para ver qué le pasaba al gato maullón que había en el fondo pero tampoco sabía qué hacer. Muy despacito, sin hacer ruido al caminar, se colocó debajo de la rama y empezó a susurrar el nombre del gato, mientras estiraba sus brazos, como indicándole que podía bajar y que él lo atraparía. -Misha, Misha -susurraba Roberto, casi sin que la voz saliera de sus labios e intentaba acercarse cada vez más a la rama, poniéndose en puntitas de pie. Pero el gatito, no hacía mas que dar vueltas en la misma rama y maullar cada vez más fuerte sin dar señales de considerar si quiera el hecho de saltar. Roberto, escuchando algo como el crujido de una silla en el interior de la casa, sin saber a dónde meterse, mientras sentía a su madre diciendo algo como “Hay un gato lastimado en el fondo”, saltó y se colgó de la misma rama en que estaba Misha, tratando de subirse al árbol. Pero no sólo que la rama se quebró y se cayó de culo contra el piso de hormigón, si no que en el interín, Misha que se cayó con él, lo arañó todo y una vez en el suelo, había vuelto a saltar, yéndose a la casa de la vecina, la misma vieja de mierda que le cortaba el pelo cuando era chico. Su madre estaba frente a él. La vio en contrapicado y no pudo creerlo. Era mucho más hermosa de lo que la mostraban las fotos de su juventud y no dudaba que eso generara los envidiosos comentarios en el barrio, seguidos por su abuela de que su madre de joven era una putona. Su madre, estaba entre nerviosa y conmovida, preguntándole con paranoia de robo qué hacía ahí, mientras su cara demostraba algo parecido a la compasión, el reconocimiento o incluso el afecto. Su abuela, que llegó como una exhalación desde su casa en el frente del terreno, con los ruleros puestos, vociferaba algo de llamar a la policía, mezclado con algo como “ahora te traés los machos por el fondo”. Los segundos pasaban eternamente, como en un tiempo subjetivo o cámara lenta, mientras que él, sin poder responder, observaba fascinado a su madre, sin sentir pudor de pensar más que nunca, en que ella hubiera sido la única mujer con quien se hubiese acostado en su vida. - Estaba tratando de agarrar a mi gato, se escapó y estaba subido en esta rama de acá -dijo señalando al suelo, cuando pudo reaccionar. Su abuela lo empezó a increpar, diciendo una cantidad de cosas acerca de la policía, casi tirándosele arriba con el índice en alto, moviéndose a toda velocidad pero su madre, primero hablando y al final gritándole, le dijo que parara, que estaba lastimado y no había hecho nada, a lo cual, su abuela se fue hecha una furia para el frente, diciendo de que como siguiera con las putonerías iba a hablar con su abuelo para echarla de la casa. Roberto estuvo a punto de mandar la señal para volver a la interfase y luego a su casa pero no pudo. Su madre, lo ayudó a levantarse y le dijo que entrara a desinfectarse los cortes, le preguntó si necesitaba que llamara a un médico y si no se había roto nada. Él, no sabiendo entre qué optar y mordiéndose por aprovechar la oportunidad de estar con su madre una vez más, le dijo que primero necesitaba ubicar el gato y se encaramó al muro para tratar de verlo. Rastrilló con la mirada el fondo de la vecina pero el gato no daba señales de encontrarse en ese lugar, aunque por lo menos sabía que no podría irse de aquel tiempo en particular, más que con el trascurso del mismo. Cuando se quiso acordar, su madre estaba atrás de él, con un botiquín de primeros auxilios. El botiquín amarillo, con una cruz medio rosada mal estampada en la tapa tratando imitar la de la cruz roja, aquel botiquín con olor a alcohol en gel con que tantas veces le había curado raspones de juegos y arañazos -justamente de su gato de infancia-, aunque con los colores mucho más vívidos y menos gastados que en la época de su niñez o en su memoria. Su madre lo curó, como en su infancia, hasta con el mismo cariño le pareció. Le pareció tanto, que en un momento vio los ojos de incomodidad de ella y percibió que su cara era como últimamente ponía sólo ante su gato y ya hace años que no podía poner ante Ernesto. - Gracias -dijo remándola-. Muchas gracias. Tengo que irme a buscar a mi gato. La madre, no le soltó el brazo arañado y él no se pudo mover. -No quiero ser negativa pero si está en lo de la vecina del fondo... -¿Si está en lo de la vecina del fondo qué? -preguntó él, luego de que ella no terminara la frase. -No se lo va a devolver. -le dijo su madre- . Se lo hizo a varias personas del barrio. Incluso a nosotros. Gato que llega a su casa, lo encierra y si alguien va a buscarlo niega tenerlo y se lo queda y después de un tiempo un gato se acostumbra... y ya no hay qué reclamar. -Sí... -dijo Roberto con tristeza, recordando que esa vecina era así- Lo peor es que cuando estaba en el suelo, Misha saltó y oí un portazo... Con lo que lo quería y lo cuidaba... Roberto estaba como un par de meses después para ella y unos veinte años antes para él, llorando ante su madre. -¿Cómo se le escapó? -dijo su madre con pena. -No se me escapó a mí. Er... mi pareja dejó la puerta abierta... ¡Mi ex-pareja! -gritó Roberto, decidiéndose en ese mismo instante y redoblando el llanto como un marrano. Su madre primero lo miró desconcertada pero después, inesperadamente, como si supiera que iba a ser su hijo, lo abrazó, lo abrazó sin decir palabra hasta que se pudo calmar. Cuando se calmó, miró a su madre y vio a su madre mirándolo a él. Abochornado, con una especie de temor fantástico, se levantó del suelo donde estaba arrodillado como un autista e insistió con que se iba. -¿Y dónde vive? -preguntó su madre- si llego ver al gato o lo puedo agarrar le aviso. Roberto, agarrado por sorpresa, inventó lo primero que se le ocurrió, pensando o recordando como estaban comunicados los techos de la cuadra, como para que fuera creíble que había llegado siguiendo al gato por las alturas. -Allí, dijo señalando para el fondo de la cuadra, donde recordaba de niño, había una palmera gigante en un patio mínimo y alguna cara de un viejo desdentado. -¿En lo de Nuñez? -preguntó su madre desconcertada- Nunca lo vi ahí... -Es que … es que estoy de visita -dijo Roberto, sin entender si mentía o no. -¡Ah! -dijo ella, como entendiendo algo- ¿Es el nieto de Don Nuñez? ¿El de Soriano? -Claro -dijo Roberto -fascinado ante la sonrisa de su madre. -¿Y cómo se llama? Así le aviso. -Roberto -dijo él, detestando tener que utilizar el nombre del asqueroso de su padre- me tengo que ir -insistió. Pero no puso irse en un largo rato. Recordaba de niño lo único terrible de su madre. Cuando algo se le metía en la cabeza, era capaz de llegar a los límites de la demencia por conseguirlo. Como resultado, Roberto estaba acostado desnudo, sin poder dormirse, en la cama de su madre, después de haberse acostado con su madre, que al fin y al cabo, era bastante putona o s ehabía perdido de amor ante él, que era bastante parecido a su padre, su supuesto único amor de la vida. Sentía culpa, sentía perplejidad, sentía que no había sido dueño de sus actos y a su vez sentía la satisfacción que nunca había sentido antes en su vida, sentía que luego de penetrar y dejarse penetrar tantas veces, en la primer y única vagina que penetró o penetraría, había alcanzado algo inigualable, no sólo a nivel físico, si no a nivel metafísico. Se sentía capaz de todo, de volver a su época y terminar con Ernesto, de dejar de ser un mantenido y tener una vida independiente. Hasta se sentía capaz de sobrellevar la pérdida de Misha. Pero no se sentía capaz de soportar ese momento, el momento en que su padre, que a esa altura estaba ya con su madre, reclamando su posesión de macho heterosexual cabrío, apareciera y tuviera que completar la historia de Edipo al revés, matándolo; aunque ganas no le faltaban. En una mezcla de emociones condensadas, tuvo el impulso automático de levantarse de la cama y empezar a vestirse y en seguida enviar la señal para volver. Pero su madre, que no estaba tan dormida se despertó. -¿Ya te vas? -dijo con una voz de cachondez y sueño que nunca le había escuchado y que lo hacía sentir un poco de embarazo. -Sí. Me tengo que ir... ¡Tengo que irme a trabajar!-casi gritó, sin atreverse a mirar a su madre y caerle entre la piernas nuevamente. -¿En qué trabajás? - preguntó su madre, con una voz de gatita mimosa insoportable. Roberto, desquiciado por querer zafar de la situación iba ya a enviar la señal. Pero su malicia, su rencor pudieron más y dándose vuelta le dijo: -Soy marino de interfase. Marino de interfase, eso es lo que soy. Y te advierto -dijo, endureciendo su voz-, que lo nuestro no va a ir a ningún lado. Siempre me estoy embarcando, de uno a otro lado y los marinos de interfase tenemos una aventura en cada puerto y lo de hoy no fue más que una aventura, así que no me esperes más. Estaba nuevamente a punto de mandar la señal, cuando la cara de su madre era capaz de generarle compasión a Hitler, por lo que lo detuvo en la idea de pedirle perdón o inventar una mentira más piadosa, sólo por un segundo. Pero nuevamente el rencor pudo más y agregó: -Si alguna vez pretendés tener una relación con un marino de interfase, no sueñes con que vaya a serte fiel, ni que te vaya a durar -sentenció y lamentando tener que irse así, salió del cuarto y cuando ya no lo veía, mandó la señal. En un nanosegundo había aparecido en la cámara de interfase, ese contradictorio lugar fuera de todo tiempo y lugar, que la Hi.T.E insistía en adornar como una patética sala de espera e un dentista o algo así. En un par de segundos, estaría de vuelta en casa y eso lo estabilizaba un poco después de lo vivido. Pero de golpe, pensó en lo que había hecho antes de irse. Si su madre hacía caso a su último discurso y lograba hundir a su padre, si su madre lo dejaba y nunca lo concebían, el mismo desaparecería ni bien cruzara la puerta... Mientras el escalofrío le recorría el escroto, pensó, sin embargo, en que la idea era absurda y que la Hi.T.E. tendría previsto ese tipo de paradojas. De hecho en los folletines virtuales de contratación, todo ese tipo de paranoias heredadas de películas de Ciencia Ficción antigua (Conocido como “Síndrome del Sonido del Trueno o SST) se desmentían con mil explicaciones que él no había nunca leído con demasiada atención, sólo advirtiéndose que se prohibiría y abortaría cualquier viaje en que uno se cruzase consigo mismo por la posibilidad de generar una paradoja espacio temporal que desestabilizara el flujo temporal lineal. Era evidente, que si su madre no siguiera con su padre, él nunca habría existido, por lo cual, tampoco hubiese podido estar para evitar su gestación, a menos que la Hi.T.E tuviera desperfectos en su barrera de contención de transferencia entre realidades paralelas, lo cual sería demasiado hasta para este ente desastroso. Pasó un segundo. Era lógico que de hecho, su madre (que era bastante infiel) no sólo no le hiciera caso, si no que de hecho, ya podía estar embarazada de él en ese momento. Suspiró de alivio. Pasó otro segundo. Por lo menos si el resto de la gente que está usando la interfase en este mismo momento pudiera verse conmigo, pensó. Si pudiera ver a todos los demás podríamos hablar pero la tecnología todavía no da con el clavo para que las puertas individuales puedan coexistir en un viaje físico simultáneo y... ¿Pero unos segundos hablar no alcanza? Pensó también de golpe en que hace rato no el daba de comer al gato y de golpe recordó que lo había perdido y sintió ganas de llorar que casi no pudo contener. Pasó otro segundo. La interfase había llegado a su fin y en la pared de la salita de espera aparecía su puerta temporal, idéntica de uno y otro lado. Al otro lado de la puerta lo esperaba su comedor. Ahí estaba Ernesto, a punto de reprocharle algo. Pero no lo dejó hablar y selló definitivamente y sin vuelta atrás su separación. Su hermano lo acogió en su casa, durante un momento de crisis tan grande, anteponiéndose por compasión al malestar que había entre ellos ya hace años. Su hermano no tenía una puerta temporal, ni un vertedero temporal de basura, ni casi nada que se le pareciera en su modesta casa y de tenerla, Roberto no sabía si le hubiese dado el coraje ara pedírsela, cuando estaba viviendo a sus costillas, porque ni siquiera tenía un trabajo. Pero de hecho sí, se la hubiera pedido, o la hubiese usado sin permiso, con tal de volver a ver a su madre. Era ilógico, era enfermizo pero en los últimos días casi que no podía pensar en otra cosa. Así que decidió ir a buscar un empleo, el primero que le ofrecieran y donde lo aceptaran, para poder usar una puerta temporal pública. Ese día, mientras esperaba respuesta en la segunda oficina a la que acudió, varias reflexiones acerca de su viaje en el tiempo (que era lo que absorbía su mente permanentemente), cuajaron de golpe en su cabeza, todas en el mismo momento. Todo había pasado porque había perdido a Misha en el tiempo. Amaba a Misha porque lo hacía recordar a un gato de su infancia, que justamente se llamaba Misha, en honor al cual había bautizado su gato de adultez, el que se había quedado la vieja de mierda del fondo. Y el primer Misha era, justamente, el gato de la vieja del fondo, una vieja de mierda que le robaba los gatos a todo el mundo y tenía una peluquería donde le cortaba el pelo, llena de gatos robados y olor a pichí de gato, una peluquería que en un momento tuvo que cerrar porque no le daban los números, quedándose más aún sin un Gill y teniendo que regalar todos sus gatos; siendo que Roberto se quedó con Misha, que no era otro que Misha, que ya existía unos veinte años antes de existir. Si Misha se quedaba unos veinte años en el pasado, Ernesto tendría que pagar todos los años que Misha había vivido durante la infancia de Roberto (unos nueve o diez), con retroactividad de permanencia en el pasado de un objeto que estaba ahí por su responsabilidad. Tenía, no sólo que ir a satisfacer la morbosa necesidad de ver a su madre (sólo verla, no volver acostarse con ella, se lo juraba; quizás verla aún un poco más joven), si no a recuperar al gato, ya que si no, Ernesto no iba a aguantar la toma y le haría pagar a él. Pero... dejarse sin uno de los mayores consuelos en su infancia, cuando su padre, con la excusa de ser marino de interfase, aparecía un par de horas cada año, enloquecido, de mal carácter y diciendo incongruencias. ¿Y cómo podría hacer eso, si Misha era Misha, sin alterar el pasado? Era evidente que Misha ya había estado toda su infancia, por lo que era evidente también, que nunca lo iba poder agarrar y traérselo al futuro en el pasado. Y las causas podían ser tres: que nunca más viajara la pasado, que el gato fuera un maestro del escape o que él no lo trajera por propia voluntad, como había decidido hacer. Y las ideas se le cortaron de golpe, cuando un tipo lo llamó y le dijo que estaba adentro, que viniera al otro día y que lo necesitaban para unas changas como marinero de interfase. Cuando tuvo el dinero para su primer incursión en el pasado, entendió que su madre estaba embarazada de él y que se tenía que casar con ella, aunque le parecía bastante inaceptable ser el padre de sí mismo. Se visitó cada vez que pudo, sabiendo que se estaba odiando por no estar ahí y sabiendo que dos días antes de que él fuese su propio padre, él moriría, mientras también dos días después partiría a engendrarse; aunque no se imaginaba cómo iba a ocurrir una paradoja tan grande según la Hi.T.E. Y se acordó de la Hi.T.E. y de Neo Pintos Risso y las puertas temporales que cerraban mal y concluyó que la Hi.T.E. Tenía muchísimos más problemas de lo que reconocía y encaró la llegada al primer día de escuela de si mismo gritándose en su infantil cara: -¡¡¡¡Me recontra mil cago en la puta Hi.T.E!!!!

domingo, 13 de enero de 2013

Gente Peluda

Les dejo unos birujillos de gente peluda y no tanto. 













Sebastián Martínez