jueves, 27 de diciembre de 2012

Audriana Záñez
Una vez me quemé con aceite caliente pero muy caliente y me quemé mucho pero muchísimo. El sartén no se dio vuelta pero la enrome empanada que pretendía sacar de dentro de él se cayó como una bomba de entre los tenedores con que la aprisionaba y su volumen desplazó de golpe casi todo el aceite para afuera. Mi fortuna, es de todas formas irreprochable: tuve los reflejos, la velocidad o la suerte suficiente como para saltar para atrás y que el vómito de aceite hirviendo me llegara al brazo muñeca para arriba y no a la cara. Y vaya si esto último marcó una importantísima diferencia. La quemadura hubiera tenido severísimas consecuencias si no hubiera recordado de golpe un curso de primeros auxilios que había hecho hace años y que nunca recordaba para nada. Metí el jarro lo más rápido que pude en una jarra de agua, helada hasta que se me enfrío lo suficiente para que ya no ardiera y después de robar abundante áloe en una iglesia de cerca de mi casa (en el curso habían hablado de cremas asequibles en Farmacias y al lado de la iglesia había una pero yo no tenía plata), me embadurné el brazo en su savia, la cual mi piel devoraba como un borracho el vino. A la tardecita, la quemadura no me picaba, ni me ardía, ni se había infectado. Eso sí, me había salido una ampolla que no quiero describir de manera figurada. Para que se tenga una idea objetiva, sólo diré que era casi esférica y que lo hubiera sido si en mi brazo, por debajo del nivel de la piel hubiera tenido unos cuantos centímetros cóncavos. Tenía un diámetro de unos cuatro centímetros y unos tres de altura , o sea de hinchada con respecto a mi muñeca. Era grandotota. Mi ampolla y yo nos llevábamos muy bien. Pasé mucho tiempo mirándola, apreciando sus cambios de tamaño, los brillos y la traslucidez que tomaba con la incidencia de la luz, apreciando su suavidad y textura, pasándole el dedo, acariciándome la cara con ella o lamiéndola; mientras atravesaba uno de los períodos más complicados de mi vida. En su senectud, mientras apreciaba los cambios en aspectos ya mencionados como su textura, etc., acostumbraba moverla rítmicamente y como la piel estaba ya floja y el líquido se amontonaba colgando abajo, yo embromaba diciendo que tenía tres huevos. Finalmente, la vi llorar líquido por mi brazo para abajo, del cual tomé unas gotas y luego dejándome una cascarita que se caía de a poco, dejando ver pedazos de piel nueva (me comí unos pedacitos de esa cascarita y la recomiendo es saladita y crocante). Antes de hablar de Audriana Zañez, voy a decir unas palabras más sobre mi ampolla y yo, relativas a las reacciones de la gente ante la misma (la ampolla, no Audriana). En las primeras ocasiones de mostrar mi ampolla al mundo, las caras y las reacciones fóbicas de los demás me molestaban bastante. En la calle, en los negocios, en el trabajo y sobre todo en el ómnibus parecía tener una especie de estigma del demonio, ante el cual ponían un pavor que indignaba y daba ganas de preguntarle si es que nunca habían tenido una ampolla o razonado que como las hay chiquitas también las hay enormes, aunque es evidente que pensaban que debería ser un cáncer, lepra o sida. A su vez (y esto me molestaba más) junto con el desagrado que mostraban por haberlos expuesto a tal macabro espectáculo o peligro mortal, no podían dejar de mirar la ampolla con un morbo parecido al de los que miraban a los fenómenos en los circos del cine expresionista. Pasado un tiempo, mi enojo fue desplazado por una extraña necesidad de disfrutar y aprovechar la situación. Valiéndome de la estupidez de la gente, ponía la ampolla bien expuesta cuando me sentaba en asientos dobles del ómnibus y lograba así viajar sólo, incluso en ómnibus repletos y en viajes largos, mientras guachitas de doce años y viejas se quedaban paradas adelante del asiento mirándome fijamente el brazo pero agarrándose del fierro bien estiradas como para que la ampolla no las rozara. También logré pasar antes en la cola del supermercado, cuando al verme sumarme a la fila, la gente se acordaba toda de golpe que se había olvidado de algo. En un momento pensé en pegarle un rectángulo de cartón alrededor de la ampolla y pintarlo como si fuera una tele, para que se sintieran todos más a gusto con el marco adecuado al tipo de espectáculos que les gustaba consumir pero el desquicie en mi no fue el suficiente en ese momento. Si mi ampolla había generado tanto en los demás, no imagino lo que ella podría haber suscitado ante los ojos crueles de la gente, ni cuanto o qué habrá sufrido en su vida. Cuando encontré a Audriana (que en ese momento no se llamaba así), estaba volviendo a “Las cuevas” y mi vida había cambiado mucho con respecto a una o dos semanas antes, cuando aún tenía la ampolla. Como le puede pasar a cualquier uruguayo y sobre todo a aquellos que no se bajan los pantalones ante la espiral ascendente de la esclavitud a la economía de consumo y “bienestar” social (aunque también le puede pasar a los que sí se los bajan), me había convertido en un indigente. Fue en ese entonces que nos conocimos pero antes que nada, debo explicar quién era ella, aunque de esto me enteré después de conocerla. Nació con 27 años en Febrero del año 1968. Desde su nacimiento fue un ser bastante peculiar. Por ejemplo, su sexo era tan difícil de determinar como el de un gatito bebé, por lo cual las parteras, médicos, padres, madres, tutores, etc. estuvieron pasándose el neonato unas buenas horas, discutiendo y estando seguros sólo por un rato de si el bebé era nena o varón; para luego mirarlo bien de vuelta y concluir que estaban equivocados una y otra vez, como si a propósito la criaturita cambiase de sexo para embromarlos. A tal punto llegó la indecisión del bebé por presentar genitales externos de uno u otro género que todo el hospital estaba en la sala de parto, debatiendo e incluso corriendo apuestas acerca de si tenía un clítoris superdesarrollado o un pene atrofiado, hasta que el nosocomio entró en caos y tuvieron que parar las elucubraciones para atender recién operados que corrían por el pasillo buscando morfina, embarazadas que habían parido solas y muertos sentados en la sala de espera. Dada la indecisión de los adultos, decidieron ponerle Gabriel, cosa que si era varón tuviera nombre de varón y si era nena se lo escribían Gabrielle y se lo pronunciaban igual, para no desacostumbrarla y que no respondiera como cuando a los perros les cambian de “Manchita” a “Auringonvalo”. Este cuidado por parte de sus progenitores de poco sirvió, ya que como sabemos, al cumplir la mayoría de edad, nuestro personaje cambió su nombre al de Audriana, que quedaba muy bien con su aspecto de mujer con bigotes prolijamente afeitados todos los días. En el registro civil, la tarea fue más penosa, ya que el estado se negaba a poner casilleros que escaparan a las dicotomías maniqueas y en ningún formulario había un cuadradito que dijese “Hermafrodita”, “Androgino” o “Indefinido”, aunque de seguro ahí también se les armaría porque no sabían cual de esos tres era Gabriel(le), que aún no era Audriana. Si bien podría contar un montón de peculiaridades en la vida de este ser (considerando que no las sé todas, si no serían muchísimas más), debo aclarar que sólo me concentraré en la dimensión de su existencia que más me llamó la atención cuando recién la conocí y que sólo comprendí mucho después, no sólo porque me contara o explicara, si no por una cantidad de percepciones irracionales y no trasmisibles que ustedes de seguro nunca podrán lograr de mí, ni del contacto con Audriana como el que yo tuve, dado que ya no está entre nosotros. Es extraño de explicar pero en sus palabras, más o menos lo que le pasaba que al tener una formación anormal en el lóbulo temporal no percibía el paso del tiempo, ni tenía demasiado desarrollada la capacidad intelectiva para poder asumir la demarcación arbitraria del tiempo por parte del ser humano (era común que de joven dijera que llegaba en quince minutos y llegara en quince días), por lo cual en su interior había algo que luego los especialistas (véase Bascher, 2012, pag. 52 y ss.) convinieron en llamar “Edad sistémica interna”, que la mantuvo en los veintisiete años desde su nacimiento hasta muchos años después. Luego de que Audriana ya no estuviera entre nosotros, hablé con Cantos, quien había tenido acceso a las poquísimas publicaciones sobre el tema y algunos estudios sobre Audriana que en su momento fueron de reducidísima circulación y luego fueron destruidos. Cantos me dijo que Meyer, citando a Kakalios aseguraba que parte de la temporalidad en el ser humano devenían de la percepción interna de esta especie acerca del paso del tiempo en forma consciente o inconsciente, ya que carecemos de la temporalidad no lineal o “descontrolada” de los animales y más aún de la nula noción del tiempo de vegetales y minerales. Cuando Gabriel(le) vivía en sus veintisiete años permanentes (nunca se llegó a e explicar el por qué de esto), al parecer tenía una vaga conciencia de tener esa edad, que no coincidía con su edad cronológica y una sicología acorde a la misma pero no obstante por más que pasaran los años nunca pareció a aparentar más de los quince años que físicamente adquirió a los dos meses de nacer. No sufría desgaste físico, mental ni ninguno de los asociados al crecimiento en el ser humano. Cuando hablábamos sobre lo que Meyer decía que decía Kakalios, yo le dije a Cantos que más que una falta de conciencia o capacidad de comprensión del tiempo humano, que trascurre linealmente “hacia adelante” y como tendiendo a un “progreso” o “fin”, la diferencia en Audriana radicaba en que algo cerebral, físicamente la hacía inmune a dicha temporalidad y de ahí radicaba su conciencia de un tiempo distinto y negador del nuestro; ya que muchas personas en coma o con deficits de coeficiente intelectual no comprenden o perciben el mismo y sin embargo envejecen, al menos físicamente, como cualquiera. Cantos me dijo que hablaría de eso con Pérez y luego de un tiempo me dijo que Pérez había leído una teoría similar en Jameson (1999 pag. 329 y ss.), la cual luego de conseguir muy dificultosamente una fotocopia del libro consulté y vi que no sólo coincidía con la mía, si no que incluso lo fundamentaba con citas de Bascher, que increíblemente afirmaba que Cantos le había dicho anteriormente a Meyer y Engelman algo que sólo yo sabía, a saber, la creencia de Audriana de que parte de su inmunidad al tiempo devenía de las épocas en que siendo Gabriel(le) componía temas en guitarra que en vez de tender a desarrollarse en el tiempo tendiendo a un final y bla, bla, eran más bien como una especie de cosa circular y que no puedo explicar con palabras. Como yo le había dicho a Pérez una vez, Jameson decía que Bascher decía que Cantos le había dicho a Meyer y Engelman que esa forma de componer música, justamente devenía de su formación anómala (yo diría diferente) del lóbulo temporal y no lo contrario, o sea, que su peculiaridad en cuanto al paso del tiempo deviniera de que ella compusiera ese tipo de música o que no tuviera conciencia de nuestra delimitación del tiempo. En todo caso lo importante es que cuando conocí a Audriana (que aún era Gebriel(le)) tenía 27 años hace 38 y físicamente parecía de no más de quince. De todas formas, hablaré de esto más adelante, ya que quiero explicar mi posición sobre lo que finalmente ocurrió con Audriana, aunque luego de su desaparición ya nadie pareció ocuparse o interesarse por el tema. Si bien Lockhart tanto en su libro como en su programa de televisión, se encargó de asentar en el imaginario colectivo, una historia absurda y romanticona de una especie de Audriana como un travesti alienígena que un día se quedó esperando un artículo en la caja de un supermercado embrujado, ya que nunca se había percatado de que para comprar algo debía dar dinero a cambio y que en esa espera comenzó a tomar conciencia de la temporalidad y por tanto murió voluntariamente, desilusionado/a de la forma de vida humana; los hechos fueron muy distintos. Poco tiempo después de conocer a Gabriel(le), me contó que había conocido o se había enamorado de un hombre. No puedo afirmar si este hecho y los que vienen a continuación tienen una relación causal o sólo fueron hechos cercanos o yuxtapuestos temporalmente pero lo cierto es que la próxima vez que vi a Gabriel(le), su indefinición se había cambiado por una marcada femineidad, aunque eso si, ella era una mujer extraña de apariencia pero ahora ante cualquier control médico se podía constatar que tenía todos los órganos propios de una mujer sin que sobrase o faltase ninguno, más allá de que sus hormonas no eran exactamente las que se encontraban en el cuerpo de los demás seres humanos de ningún sexo. Su mentalidad en muchos aspectos retornó a la de una chica de quince años (aunque muy inteligente y madura) y luego de tres años, cuando uno ya veía una chica de dieciocho, decidió desobedecer a sus padres y pedir un cambio de nombre ante el estado para rebautizarse Audriana. El crecimiento de Audriana se comenzó a notar como nunca antes y si bien para alguien de 42 años no estaba mal aparentar 18 o 19, aunque siempre seguí considerándola una persona sumamente inteligente y elevada por sobre la mediocridad común, comenzó a a tener algunas actitudes entre divertidamente desquiciadas y superficiales que algunos identificaron con manipulación mental y otros con brujería y yo no sabría decir con qué, aunque poco importaba ya entender del todo a un ser que se había transformado en otro y aparentaba casi treinta años menos de los que tenía. Por ejemplo, cuando sus glúteos empezaron a caerse, era común que cuando Audriana estaba interesada en que alguien que la estaba mirando de atrás viera la elogiada colita que tenía a sus 15/27, agarrara dos pedazos de papel que siempre llevaba consigo, recortados más o menos con el tamaño de su cola actual y los mostrara, para cuando la persona los miraba, superponerlos hasta lograr el tamaño adecuado, haciendo que al volver a mirarle el trasero, la persona viera el tamaño logrado por el papel y no el que había visto anteriormente (lo presencié personalmente y también lo cita Ikuri, 2008). Lo cierto es que más o menos por esta época, Audriana comenzó una relación con un hombre, aunque nunca me confesara quién era este hombre o si la relación era real, virtual o imaginaria. Poco a poco, ligado a estos últimos cambios en su ser, Audriana decidió emanciparse de sus padres octogenarios y comenzó a procurarse un trabajo. Esos fueron días duros para mi amiga. Recuerdo largas conversaciones algo doloridas en que ella sola, de a poco o con mi ayuda se empezó a dar cuenta de cosas que nunca había tenido en cuenta o siquiera pensado o imaginado. Al prinicpio, yo empecé a pensar e una brutal falta de sentido común o un retraso mental pero escuchándola bien, comprendía que muchas veces el problema es que yo (y todos los demás) tomábamos por dados a causa de la costumbre, cosas sumamente absurdas e irracionales. Creo que la decadencia de Audriana, tuvo algo que ver con el trabajo. Aunque lo entendía sumamente absurdo, no le quedó otro remedio que someterse a que su tiempo, el tiempo en el que se desarrollaba su vida fuera invertido más de lo que ella podía soportar en hacer lo que otros le exigían que hiciera a cambio de una paga que no le devolvía el tiempo, que ahora estaba entendiendo que se le iba, sin alcanzarle ni siquiera para reponer energías antes de volver a trabajar. Creo que por esa época intenté explicarle que todo eso la humanidad lo sabía y lo sufría desde hace años y no sé si fui yo que le presté “El capital”. Sólo me acuerdo de la cara de Audriana, tirando el libro para cualquier lado y diciéndome algo como “No entiendo porque si todo el mundo lo lee tanto las cosas siguen siendo igual que antes pero a lo zorro”, haciéndome sentir como un imbécil. Audriana, poco a poco empezó a vivir como todos. Aprendió a apurarse para llegar a la hora que el reloj debía marcar para tomar el ómnibus, a darse cuenta de que no le quedaba tiempo para todo lo que hacía antes de que su tiempo fuera de aquellos para los que trabajaba. Comenzó a engordar y perder su belleza aceleradísimamente. Aunque hasta el último día yo la consideré una persona sumamente inteligente e interesante, su siquis también empezó a ajarse lentamente, como su humor y su personalidad. La última vez que estuve en su casa, en su tiempo de licencia laboral la encontré abúlica, tirada en la cama, con la apariencia de una mujer de sesenta años o más y la cabeza apoyada e un Dvd de Stephen Hawkings, otro de la película “El extraño caso de Benjamin Button” y una edición nuevita de “El retrato de Dorian Gray”. Un montón de macetitas, vasos y floreros con plantas y algunas bolsas de tierra ocupaban una gran parte del cuarto. No sé si estaba desvariando, aunque me lo pareció en un primer momento. Me hablaba algo de unas investigaciones que estaba haciendo intuitivamente y que eran su última alternativa o salida, no recuerdo bien que palabra utilizó. Me decía que si se alimentaba de vegetales en estado puro, no hacía nada más que yacer en el agua hasta generar sustitutos orgánicos de raíces y luego se metía en tierra, procurando que le llegara agua y sol por un buen tiempo, probablemente se convirtiera en una planta; proceso al que no se sometería antes de olvidarse del todo del asunto del tiempo, para no contaminar biológicamente por dicha estructura mental la nueva forma de vida en la que se convertiría. Ese día, sin que yo le diera demasiada trascendencia, Audriana se despidió de mi “por las dudas”. Un buen tiempo después, la familia de Audriana (que no sabía de mi existencia), de alguna manera se enteró de mi y me contactó. Me explicaron que “Audriana ya no estaba más entre nosotros” pero en ningún momento hablaban de que hubiese muerto e incluso me preguntaban si sabía a dónde se podía haber ido. Como empecé a entender que el “no estar más entre nosotros” capaz que no era el eufemismo que esperaba pregunté que mierda le había pasado y me explicaron, no de muy buena gana, que había desaparecido sin dejar rastro y que las únicas pistas que encontraron fue ron un montón de plantas sumamanete extrañas, procedentes sobre todo de África (y algunas desconocidas), tierra con procesos químicos rarísimos y agua por toda la casa. Sin nunca declararlo del todo, creo que los padres me dejaron entrever que no les sorprendía para nada que Audriana se hubiera transformado en una planta y me dijeron con algo como una enorme paz que si bien las plantas estaban en alguna oficina de investigación estatal, ellos se habían quedado con algunas macetas y brotes sacando raíces en vasos de plástico y hasta me regalaron unas semillas que sacaron de una enorme flor que ningún perito supo decir qué era con certeza. Ahora que saben quién es o era Audriana, vuelvo al día en que la conocí. “Las cuevas” era un lugar donde unos pocos pordioseros nos refugiábamos del calor o de las excesivas lluvias y eran en realidad, los huecos entre la estructura caída de un puente sobre un arroyo seco, pasando un baldío de espinas y pasto alto como una persona a un costado de la ruta nueva. No sabría decir por qué, pero todos los que íbamos ahí, éramos por así decirlo, pichis con alguna profesión o estudio y no me sorprendió ver algo como una silueta de alguien dibujando adentro de una cueva, lo cual no es común ver en los pichis de otros lugares. Obviamente luego de enteré de que ella no era una pichicoma, si no que había ido ahí simplemente a dibujar. Sin embargo, reitero, no me sorprendió ver esa figura dibujando, muy borrosa. No me sorprendió cuando al acercarme vi una figura flaquísima con una cara que no se sabía si era de un varón afeminado o de una nena, un pecho de hombre delgado y una delgadísima joven de la cintura hacia abajo. No me sorprendió nada de eso, ya que en ese momento estaba casi tan ciego como ahora pero a diferencia del hoy, no tenía lentes y podía ver cualquier cosa. Me sorprendió justamente, que no la vi con los ojos, si no con el olfato. No sé cómo explicarlo pero la percibí, la conocí con la nariz y no con los ojos. En ese momento mi olfato se agrandó, se volvió un sentido tan o más potente que el de la vista y el oído juntos, saliendo de su más o menos relegada posición y me pareció que podía conocer los detalles más ínfimos del ser de Audriana (perdón de Gabriel(le)) por los olores. Sentí algo como mil aromas mezclados al mismo tiempo pero si quisiera hacer una especie de descripción simbolista, una truchada al estilo de las “Correspondencias” de Baudelaire o del capítulo 8 del mismo Dorian Gray, me quedaría corto, de la misma forma que si describiera los perfumes por características o similitudes con otros conocidos por mí o por los demás seres humanos. Así que esta parte de la narración que podía se genial, sólo va a ser una explicación desabrida de que no podrán saber lo que percibí a menos que la huelan a ella o sólo accederán a algo más o menos parecido si huelen esta flor rara que nació de las semillas que me dieron sus padres y que tengo acá al lado mío en mi nueva casa. Y esto último me hace pensar que no es nada raro que se haya convertido en plantas. El día que la conocí, pensé que si yo había vivido lo que viví con la ampolla, que viviría ella con ese perfume de su propio cuerpo (todavía no sabía todo lo demás) pero pronto supe que sólo yo lo sentía. Ese día, como hasta hoy, pasó por primera vez lo que pasa sólo con recordarla, mi ampolla crece de vuelta por una instante en que la recuerdo, un instante que dentro de mi, dura hasta años si me lo permito pero que el reloj marca como uno o dos segundos siempre y que era lo que me pasaba también, cada vez que la veía, unas pocas veces en que nos cruzamos unos segundos del reloj, aunque para nosotros hayamos estado conversando días, semanas o años.

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