viernes, 19 de octubre de 2012

Entretiempo

-No, no se pueden quedar solos, son unos niños y acá la que mando soy yo. -dijo la madre de Santiago agregando luego de una pausa sabia- Les puede pasar cualquier cosa a dos niños solos. Santiago que no podía hacer nada ante el empeño avasallante de su madre, intentó razonar con ella pero tuvo que manotear como pudo el libro que estaba leyendo, mientras ésta lo levantaba de una mano. Su amiga Micaela, que se quedaba casi todas las tardes con él porque la madre no se sabía ni dónde estaba, sin opción, también recogió el cuaderno y los lápices donde estaba dibujando animales en bandas de rock. El libro de Santiago se cayó pero su madre no paraba de arrastrarlo hasta la puerta. Éste se plantó e hizo fuerza hasta que su madre miró y entendió que le decía algo de un libro. Con la bronca de demorarse, la madre levantó el libro de golpe quejándose de no sé qué. -¡Dejate de leer estas pavadas que te llenan la cabeza! -dijo la madre de Santiago al leer un título de algo de hadas y pensando que debería ser otro regalo de la tía -su hermana- que se empecinaba en volverlo puto. Tiró el libro y siguió arrastrando a su hijo y ya cerca de la puerta de salida manoteó de un estante un libro de Ruperto el sapo y se lo metió en la cara al niño. Mientras entraba al auto y pensaba meter sólo a Santiago vio a Micaela atrás de él, mirando en silencio y si bien no quería hacerse cargo de la mocosa, pensó en que por lo menos capaz que Santiago no se volvía puto y le dijo que subiera también. En menos de diez minutos había llegado a la casa de Carla y Andrés, habiendo incluso parado en una estación a comprar un whisky y unos chocolates de Ben 10 para que los niños no molestaran. Lo comentó con algo de “las mujeres podemos manejar y cuidar los hijos al mismo tiempo” y se armó toda una discusión a los gritos y carcajadas entre los adultos amigos de los padres pero Micaela no se dio cuenta porque estaba todavía tratando de tragar el chocolate pastoso y denso y Santiago mirando la figurita que no entendía mucho de qué venía. Notaron, sí, que había un montón de niños como ellos corriendo por la casa y otros molestando a sus padres con gritos de mayor o menor potencia que los de sus progenitores, entre ellos Lautaro y Jazmín, los hijos de Carla y Andrés, que eran índigos y por eso se rebelaban teniendo pataletas, golpeando la mesa y a las personas que tenían cerca siempre que no querían algo, como decía con orgullo su madre. -¡Hay que dejarlos acá viendo el partido! -gritó Raúl- así aprenden desde chiquitos -y agarró a Raulcito y lo reboleó por el aire gritando: “¡¡Vamo la celeste no más!!” mientras el niño balbuceaba “¡A ceeste má!” y los adultos empezaban a preguntarle a los niños si eran de Peñarol o Nacional. Pero Carla y otros más termianrond ecidiendo por mayoría que los niños se quedaban en un cuarto contiguo que era el cuarto de juegos de Lautaro y Jazmín, donde los dejaban “con todo, tienen la tele para ver el partido, Playstation y yo les llevé una mesita con comida y refrescos” dijo Carla “Así que se quedan ahí portándose bien y le hacen caso a todo lo que les diga Jazmín que es la más grande. Cualquier cosa estamos acá al lado y nos avisan.” Los niños gritaban y la televisión gigante y cegadora estaba a todo volumen, lo que no evitaba que los gritos desquiciados de los adultos se colaran hasta el rincón donde se sentaron Santiago y Micaela que no simpatizaban nada con esos niños desesperantes que ya conocían la mayoría de visitas a casas de los amigos de los padres de Santiago, aunque nunca los habían visto a todos juntos. En la tele ya se veía unos tipos chiquitititos como muñecos que pateaban un punto blanco y un griterío como de película de guerra atrás. Alrededor del televisor la mayoría de los niños saltaban gritaban o imitaban a los muñequitos de la tele pateando osos de peluche y eventualmente otros niños que contestaban a las patadas y piñazos gritando consignas y poderes de Ben 10 en simultáneo. Sólo los más grandes parecían prestar una atención bastante forzada y a ratos al partido, hasta el momento en que Jazmín dcitaminó: ¡De este lado se quedan los que ven el partido y de este los que juegan al play! No obstante los que querían jugar al play tenían que hacer fila porque sólo había dos controles y uno era para Jazmín que era la dueña del play. Santiago y Micaela prefirieron bloquearse hasta visualmente y con los ojos bien clavados en el libro y los dibujos estuvieron un buen rato, sólo interrumpidos por algún pelotazo o peluchazo que les caía encima de golpe o algún grito o frase incoherente que algún niño les decía antes de volver a salir corriendo sin que entendieran nada. El primer tiempo terminó. Un grupo de niños que estaba “mirando” el partido abrió la puerta, entendiendo que ahora sí podían ir a decirle cosas a sus padres pero no fue así. Santiago vio muy de reojo que los adultos estaban en esas clásicas actitudes de no querer que molesten sus conversaciones, aunque en realidad más que una conversación sólo se escuchaban malas palabras y cosas feas de los argentinos. Los hombres estaban casi todos gritando y su padre, que ni lo saludó al verlo entrar estaba más borracho que cuando habían llegado. Carla entró apurada con una mesa llena de papitas, coca cola y una cantidad de golosinas más y cerró la puerta diciéndole a Jazmín “No sean antisociales con sus amiguitos. Quédense acá, esta es la fiesta de los chicos, si pasa algo nos llaman.” Después de devorar en dos minutos la comida, los niños dispersos de alrededor de la tele por el medio tiempo, repararon en Santiago y Micaela lejos de todos, en un rincón casi oculto y dibujando y leyendo. -¿Qué están haciendo? -dijo Jazmín. -Leyendo y dibujando -dijo Santiago sin más explicaciones, ya que le parecía que era bastante claro que leían y dibujaban. Micaela, aprovechando la oportunidad, le mostró con alegría su dibujo de una fiesta de globos y conejos. Jazmín lo miró con una especie sonrisa burlona y dijo: -No hay conejos verdes, ni rojos, ni azules. Y el pasto no es rojo. -Es imaginación -dijo Micaela. -Aquella es la zona para mirar el partido y esa la de jugar al play -dijo Jazmín sin nada de simpatía- no hay zona de dibujar ni de leer. Ni Santiago ni Micaela contestaron nada y volvieron a sus actividades. Micaela le mostró a Santiago el dibujo y Santiago se rió mucho de las caras locas de los conejos. Sólo cuando Jazmín gritando les dijo que tenían que ir a mirar la tele o jugar al play contestaron que no querían. Jazmín miró hacia la puerta pero en seguida se dio cuenta de otra cosa y se dirigió hacia los demás niños diciendo algo de antisociales. Santiago y Micaela habían ahora integrado sus actividades y pintaban juntos los dibujos del Sapo Ruperto que no era un libro de pintar pero quedaba mejor así. De golpe, sintieron algo como “¡Poded fuego pantalozo activado!” y otros gritos por el estilo y algún antisocial más, mientras que alguien le pegaba una piña en la cabeza a Santiago y un montón de chiquilines se le tiraban arriba, unos con unos palos tirando por todos lados el libro las hojas y las crayolas y lápices y otros agarrando los dibujos de Micaela y rompiéndolos, mientras los tiraban por el aire y victoreaban. Santiago se levantó como un resorte y trató de hablar con el niño que tenía adelante pero el niño se le tiró encima y le gritó Uruguay les va a romper el orto, mientras Micaela, que se enojaba muy fácil reventaba a palos a un chiquito que había podido agarrar mientras le rompía el dibujo de la fiesta de globos y conejos y lloraba al mismo tiempo. Cuando Jazmín dio la voz de que había que agarrarlos y atarlos con no se qué no fue muy difícil que lograran ya que eran como veinte contra dos. En un tira y afloje de patadas y piñazos de uno y otro bando, Santiago y Micaela fueron arrastrados hasta un aro de Básquetbol altísimo con un largo palo como soporte. Los empujaron contra el palo y Jazmín y Lautaro ordenando a los demás lograron al fin atarlos con unas cuerdas de saltar tan apretadas y mal usadas que a Micaela le sacaron la piel de las muñecas y la hicieron sangrar. Santiago tenía una cuerda puesta arriba de la nuez de Adán y tan apretada que sentía que no estaba pudiendo respirar. Quería decirlo pero no podía hablar y se daba cuenta que los demás eran tan tarados que no se iban a dar cuenta. Jazmín pidió silencio y empezó con algo como: -Estos traidores serán juzgados por... Pero Santiago necesitaba respirar y aunque estaba ahogado se dio cuenta de que realmente eran tarados y que el aro al no estar clavado ni nada se podía mover haciendo fuerza con el cuerpo. Tironeando desesperadamente con la ayuda de Micaela trató de correr a la puerta mientras veía como Lautaro empezaba a sacar unos dardos de los que tenían punta y no ventosa pero se tropezó con unos niños que vivnieron a a tajarlo y pegarle y se cayó con todo el aro de básquetbol arriba del LCD 40 pulgadas y lo tiró y el tele siseo y el ruido atronador dejó de sonar. Como si el silencio tuviera que ser cubierto siempre, la puerta se abrió de golpe y el ruido ensordecedor de la tele de los grandes llegó junto con una caterva de padres. Los niños estaban todos duros como estatua y algunos empezaron a llorar, atrapados entre el tablero de basquet, la tele y el piso. -¡Lautaro y Micaela rompieron la tele! -gritó Jazmín, corriendo hacia su madre. El alboroto no terminaba más, mientras el padre de Santiago, torpe con olor a vino y furioso los desataba a él y a Micaela. Los otros niños corrían hacia sus padres mostrándole como Santiago y la novia les habían pegado. Ni bien Santiago se pudo incorporar, vio a su madre furiosa también zarandeándolo con violencia y haciéndolo levantar. Tenía la camisa desprendida, estaba roja y cerca de las tetas se le veía una crucecita con un tipo clavado sin chistar, la cual Santiago se quedó mirando. -¡Nunca más hacemos reuniones con ellos en casa! -gritaba como poseída Carla por allá atrás. -¡Sos un castigo para mí1 ¡Sos un castigo! ¿Qué tengo que hacer con vos Santiago! -gritó la madre- ¡No te juntás nunca más con esta sucia, que se haga cargo la madre! -agregó zarandeando a Micaela y viendo luego un pedazo del libro del Sapo Ruperto- ¡Y este libro no era para pintar! El resto del rezongo antes de la penitencia que se venía fue sumamente rabioso por el apuro del padre, manejando borracho y a toda velocidad por llegar a su casa antes de que terminara el entretiempo. -¡Y encima este pendejo ni siquiera es mía pedazo de una hija de puta, mirá que te di la plata para abortarlo! –gritaba una y otra vez.

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