jueves, 8 de diciembre de 2011

El día que todo explote



La tentacion de San Antonio de Max Ernst

Lo vas a haber soñado muchísimas veces, como todos los que crecimos cerca de la costa, de la larga bahía, que por kilómetros y kilómetros de ruta, podía mostrarte esas instalaciones de explotación de petróleo. Soñamos con eso desde hace años y lo seguiremos soñando, pero en nuestra estupidez racional, seguiremos pensando que eso (irracional, disparatado) no pasará, que es más importante despotricar por los solventes en el aire, el plomo en las cañerías, la contaminación sonora y los trastornos biológicos que ya nos causó, que nos causa y seguirá causando, como si arregláramos algo sólo con quejarnos.
Desde la lejanía, como una estrella clavada en el horizonte, o un volcán haciendo guiños, los marineros verán por última vez la antorcha gigante, que nos señalaba la vuelta a casa desde niños.
Un limpiacubierta, al levantar su vista desde el trapo en el suelo hacia el balde, divisará algo, mirará la luz, que se hará más potente y luego cegará. El enorme caño de escape, lanzará un penacho de fuego de colores alucinantes, como los del puente del arco iris al ser destruido por fuego. Una llama dos veces más alta que él mismo, luego tres, luego cuatro y luego, expandiéndose hacia los costados, perdiendo el control y reventando la misma antorcha que le dio vida, volviéndola un boquete de fuego en la tierra.
Pero no estará seguro de lo que ve y no podrá comprobarlo. Unos segundos más y algo como un meteorito flamígero caerá sobre su barco, disparado como un cañonazo del Apocalipsis contra la cubierta, haciendo reventar motores y demás, todo lleno de líquidos combustibles, expandiendo fuego y humo por doquier. El agua se hará negra como los cielos y de pronto; fuego hasta sobre el agua.
Nadie estará seguro de lo que será. A todos tomará por sorpresa, tanto estén despiertos, dormidos, en la calle, o lejos de sus hogares del Oeste, trabajando, quizás del otro lado de la bahía. Se verá, sin embargo, en todas partes.
Increíblemente, tú estarás durmiendo. Sentirás un ruido como de algo explotando. La imagen amplificada que los sueños procesan de cualquier estímulo externo, te hará soñar con una bomba puesta dentro de tu ropero o algo así. Y quizás al despertar sobresaltadamente, sin imaginar que la realidad puede ser peor que la pesadilla, minimizarás los hechos y pensarás, que el ruido sólo fue una imagen amplificada de oír a tu abuela descargando una terrible flatulencia en el baño cercano a tu habitación.
Pero con sólo vislumbrar por la ventana con las cortinas a medio correr, verás la cerrazón en el cielo, la humareda ya bajando a ras del suelo.
De forma aterrorizada y a los gritos, clamarás:
-¡Explotó el Ancap! ¡Explotó el Ancap!
Y tu pareja, semidormida y fastidiada, te mirará como quien mira la demencia, se reirá y se dará vuelta para seguir durmiendo, sin comprender la magnitud de lo que acabarás de decir.
Con desesperación, saldrás hasta la puerta y verás que no era mentira lo que creíste. Y en ese mismo momento, una bola de fuego caída del cielo sobre tu casa. Correrás entre los escombros, sabiendo que ya nadie quedó vivo detrás.
La gente correrá por las calles enloquecida, tratando de evitar el fuego que crece y los derrumbes a todo paso. Tropezarás con cadáveres. Llegarás, luego de correr -con un Dios aparte cuidándote las espaldas- por horas, a un lugar lo suficientemente destruido, como para que ya nada más caiga, donde se aglomerarán los sobrevivientes desesperados, pensando en cómo comenzar de nuevo.
Allí, viendo el humo negro que sube, serpenteando desde el mar y contemplando la ruina de todo lo conocido, mientras un frío atroz se mezcla con el ardor del fuego destructor, la gente estúpidamente discutirá tratando de tener razón acerca de las causas. Sí, hasta en ese momento gritarán y discutirán por tener la razón. Unos hablarán de la obstrucción de las cañerías de gas o petróleo, otros de la imprudencia de haber construido un barrio casi tan grande como una ciudad a los pies de un volcán dormido, que finalmente despertó, alertado por algún reloj oscuro y desconocido.
Todos estarán de acuerdo sin embargo, que lo habían soñado, que todos, una o más veces lo habían soñado y que la tragedia estaba avisada y era predecible.
Y tú, recordando la película de Kurosawa, te preguntarás cuántos cuernos te hará crecer la radiación, sin poder ya ir hacia atrás, ni poder hacer nada para modificarlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario