sábado, 23 de abril de 2011

Yormungay

                        Imagen propiedad de Quique Alcatena.

En una época no muy lejana de mi vida, trabajaba como periodista en un medio importante, lo que no me hacía una persona con graves problemas económicos y según lo que era mi mentalidad en ese entonces, me garantizaba una vida feliz y tranquila. Sin grandes altibajos de ningún tipo, sin momentos de miseria o crisis, ni tampoco de esplendor o fortuna, transcurría los días encargándome sucesivamente de una y otra nota, que nada significaban para mí, más que cumplir un encargo retribuído en dinero, y sedándome, siempre que podía, con alguna satisfacción miserable, como asistir a un espectáculo costoso y luego a la cama con mujeres sensuales y vacías.
El quiebre se dio, cuando tuve que hacer esa desgraciada nota acerca de “las personas sin hogar”, eufemismo con que en ese momento, para tener conciencia social, había que referirse a los pichicomes.
Recorrí algunos refugios y comedores, además de ciertos puntos clave de la ciudad, como la entrada a la Biblioteca Nacional y las cada vez más numerosas fábricas abandonadas, acompañado de un asistente social amigo. Creo que la experiencia de comunicarme directamente con esa sub-sociedad (más allá de las mentiras conmovedoras, formularias y nada razonables que incluí en la primer nota), no me aportó mucho más de la impresión que ya tenía, acerca de un país donde cualquier fenómeno complejo es minimizado a lo político partidario, donde el individuo nunca tiene la culpa, ni la capacidad de luchar. También escuché historias muy lamentables, que no se arreglaban con una miserable limosna que dejara limpia la conciencia del que come todos los días, y fomentara la miseria del ser esclavizado, que depende de que a otros les sobre algo. Pero las personas -incluso quienes se ven directamente afectados-, casi nunca prefieren reflexionar razonablemente acerca de las cosas, si no que prefieren aferrarse a discursos, escuchar lo que quieren que les digan… como lo que yo les decía, aunque ahora, ya ni tampoco creo en que algo sea mejor si la gente razona, tanto como si todo el país emigra con esa estúpida idea, de que en tal o cuál país, como si fuera el mágico reino de utopía, las desavenencias universales de todo hombre y sociedad desaparecerán para todos, hagan lo que hagan y sin ningún esfuerzo de su parte.
En ese momento, yo me había podido colocar muy bien en los medios casi sin tener méritos en el oficio, cosa de la que hasta yo mismo me daba cuenta, dada la creciente popularidad de los comunicadores “auténticos” y “desestructurados” -no se si aún seguirá en sus quince minutos esa moda-, que era algo así como que cualquiera agarraba una cámara en cualquier situación y mostraba “la realidad” urbana, por ejemplo, de cómo se cagaba en los baños públicos. Luego de fracasar en la prensa escrita, por mi incapacidad de ser conciso e ir a lo sustancial, sumado a mi pésima redacción y estilo, la televisión fue una bendición para mi. Mi fórmula era fácil. Iba a dónde el director me mandaba, según sondeos demagógicos, a mostrar lo que podía hacernos quedar como más interesados por la gente, por ejemplo a lugares donde desalojarían ancianos próximamente, a entrevistar adolescentes violadas y demases, a quienes siempre les prometiamos volver a visitar, como si en dos minutos nos hubiesemos hecho amigos. Llegaba sin previo aviso, el día a la semana que me convenía, con un bolso con ropa y otras cosas que pudiera repartir durante la nota y tres DV-Cam, por las dudas. Las tomas, hechas por mi mismo, eran totalmente descuidadas, nada más ni nada menos que como salían, no editabamos nada, no arreglábamos el sonido…simplemente cortábamos algún pedazo que fuera poco impactante para merecer retrasar un comercial y a veces le agregabamos una narración en off ;y la prensa y la opinión pública enteras nos aplaudían por la crudeza y el realismo de nuestra crítica social; sin notar que lo que ellos veían tan veraz y comprometido, era el hecho de que no nos importaba nada, ni si quiera filmar bien; sólo la plata.
La nota de las personas sin hogar, fue un éxito tan grande, que al director-que ya sabía que todo lo que pareciera contestatario daba mucho dinero-, se le ocurrió encargarme una nota similar pero en el interior.
Le consulté por el motivo específico de tal variación y me dijo:
-En realidad ni yo sé por qué, pero en los medios argentinos, han hecho mucho hincapié en la gente que aprovechando las zonas no urbanas, vive por ejemplo en los árboles, adentro de cuevas y todo eso, como si fuera distinto que dormir en Estación Retiro. Mirá, es por variar un poco algo que todavía puede dar unos pesos más…
Yo sabía a las notas a las que se refería y sabía que vendían.
Esa tarde hice unas averiguaciones y al otro día, a las ocho de la mañana, estaba tomándome el ómnibus en Tres Cruces, para llegar a las márgenes del río al mediodía y poder terminar el trabajo directo antes de la noche, volver a Montevideo, dormir unas horas, organizar el material para el publico y lograr que la nota saliera al otro día sin falta.
El pueblo al que iba, según me habían dicho, hubiera dado, hace unos dos años, para hacer un especial. En el mismo, desde el momento de su fundación, hasta el noventa y algo -cuando el hecho saltó a la vista y luego se silenció como por arte de magia-, había un historial de setenta y ocho personas desaparecidas. El director me lo contó como de pasada, sin muchos detalles, cuando le dije que iba a ir allí. Yo me quedé un poco curioso y antes de irme le insistí, extrañado por el hecho de que semejante disparate no hubiese saltado a la luz. Me dijo que no era que no hubiese saltado, si no que seguramente no me acordaba por la poca importancia que se le había dado al hecho. Al parecer, el pueblo era demasiado pequeño e interno, para que algo que venía ocurriendo desde hace años, así fueran desapariciones en gran número, no les terminara constituyendo algo así como una “tradición”, sobre la cual no se armaba mayor aspaviento. Como además hasta no hace mucho tiempo, la mayoría de los que desaparecían eran personas no “escandalizadoras”, o sea, peones, adolescentes con nueve hermanos o borrachos de paso por el pueblo, a buscar zafra más adentro, siempre se pudo decir “se fue con un macho a prostituírse a la capital, o a Brasil a traer bagallos y no vino más”. Al parecer el problema surgió, cuando en el lapso de menos de un año, la sobrina y luego el hijo de ocho años de un estanciero, desaparecieron como tragados por la tierra y al hacer averiguaciones por medio de la policía, estos recién se dieron cuenta que, mucha gente desaparecía allí. Por la indiscreción de alguien, en el programa que el director sacaba hace unos años (y que también era un boom, cuando lo que daba más publicidad era todo lo truculento y sanguinario), salió una nota acerca del caso de estos dos niños, donde se aludía al historial de desapariciones del pueblo, como dejando entrever una conspiración o algo aún más misterioso que se estaba ocultando y que sólo ese programa develaría, aún oponiéndose a la justicia corrupta, lo que ya era una costumbre en el conductor. No obstante, a los pocos días, un famoso cantante de moda murió en un accidente de tránsito y había mucho para trabajar: drogas, posible asesinato, amantes, hijos desconocidos y pactos satánicos, por lo que ni el mismo director se acordó nunca más de nada de lo relativo a ese pueblo perdido en el mapa.
Con una carta más bajo la manga, en el omnibus empecé a pensar irónicamente, que quizá los desaparecidos no fueran más que los piches que vivían al margen del río y que en realidad se consideraban una comunidad naturista. Me reí solo, en realidad, no sé por qué… había llegado a ver cosas así de delirantes y más todavía. Aunque como después comprendí, las desapariciones no tenían nada que ver con piches. En ese momento, pensé en la cantidad de situaciones mucho más extrañas que pasan, porque sí, en muchísimos lugares y de las que nadie se da cuenta hasta que algún avivado por la prensa como yo lo era, no llama la atención sobre ello, incluso deformándolo y luego lo calla, ni bien el político y violador, asesino serial de niñas indigentes, pone los billetes sobre la mesa, o se descubre que el sex- simbol del momento es gay y hay que ir tras el olor del dinero.
Al llegar a la parada del omnibús donde me dijeron que me bajara, me ví en un centro bastante poblado para lo que es esa zona del interior, al cuál no conocía. Dejé atrás el omnibús casi vacío y pregunté a lo que parecía un inspector que saludaba al conductor desde abajo, mientras fumaba , en que dirección quedaba el lugar hacia el que me dirigía. Para que mi fastidio comenzara, me dijo que era bastante lejos, cuando me habían dicho en Montevideo, que era a dos minutos del centro, que a la vez se recorría en cinco.
Tuve que tomar la calle principal del barrio que se desarrollaba casi acontinuación y que era no más que unas veinte casas a dos cuadras de distancia cada una, entre montes de pasto y zonas medio peladas donde no sé quienes tiraban huesos de asado, que revoloteaban innumerables moscas y sin embargo, ningún perro.Luego, al terminar su trascurso de pedregullo, cruzar por media hora una penillanura de nada, dónde no había ni casas, ni campos, ni mugre, ni un bicho de monte, si no sólo pasto, pasto, pasto y más pasto.Encima,. el inspector también se había equivocado y luego del trayecto por él señalado, para llegar al pueblo que ya veía desde donde estaba, tuve que atravesar un terreno empantanado, en el cual debí estar casi cuarenta minutos hundiéndome en el barro y cortándome con todo tipo de matorrales espinosos, cuando no tenía que hacer rodeos interminables a charcos llenos de olor a podrido y mosquitos por millones que formaban nubes. Luego aún, tuve que escalar y bajar un pequeño monte más.
Si bien, todo mi peregrinar desde la parada, incluída la conversación con el inspector, estaban siendo grabadas en DV-Cam, me di cuenta de que no podría mostrar más de dos minutos de caminata con las partes más accidentadas, a costa de casi dos horas de sacrificio, por lo que decidí conocer bien el lugar y ahorrarme problemas la próxima vez que hiciera algo en el interior, lo que nunca puse en práctica.
Sin embargo, hice una toma del pueblo, a una distancia que lo mostraba globalmente, que me hizo quedar bastante satisfecho, dentro de lo poco que me interesaba lo artístico de mi trabajo. Se veía el rectángulo desparejo, sin cuadras trazadas, donde unas treinta casas, todas medianas, y casi todas pintadas de blanco, se regaban sin mucho orden a los costados de una calle de tierra que hacía parecer el pueblo una dentadura despareja. Desde el sitio elevado donde estaba ahora, podía ver, casi del mismo terreno que el pueblo, la verde bajada que los separaba de la zona arbolada de las márgenes del río, que a esta altura no era ni muy caudaloso ni muy pobre con respecto a otras zonas de su trayecto.
El pueblo parecía más bien muerto a esta hora, amén de algún movimiento de niños que se vislumbrarba de lejos, como puntos remotos. Presupuse -y muy bien-, que estaban en la hora de la siesta.
Cuando llegué al pueblo, estuve averiguando con los viejos evasivos y semidormidos que encontré en reposeras en frente a sus casas, con radios a pilas que parecían reales reliquias, mal sintonizadas en audiciones de típica y folclórica que ni escuchaban; si había alguno de lo que llamamos “Baqueanos”, gente inactiva y metida en todo, que puede darte datos valiosísimos y facilitarte más de la mitad del trabajo. Por lo general, huelen cuando llega alguien que pueda escuchar sus charlas repetidas hasta el cansancio por años y se sienten muy importantes de que uno los escuche, como si no se dieran cuenta de que uno lo hace únicamente por fines utilitarios, a veces sin importarle un pepino de lo que oye, así sea el asesinato de un niño.
Sin embargo, nadie me pudo decir nada.
La mayoría, miraron un segundo, la DV-Cam que traía y, que seguramente nunca habían visto y sin extrañarse tampoco, con una sola frase apenas audible me negaban lo que les preguntaba y volvían a entrecerrar los ojos. Sólo un tipo de unos sesenta y pocos años, con apariencia física y boina de vasco, que armaba tabaco con una lentitud pasmante, me miró luego de la evasiva y con una sorna exasperante, masculló medio riéndose:
-Ustedes los de la tele se siguen pensando que acá, los de afuera vemos cualquier cosa que no sea del pueblo y salimos todos atrás en fila, como atrás de un caudillo…
Y prendiendo el tabaco cerró los ojos mientras lo pitaba en la boca semicerrada.
La Vieja que atendía el almacén del pueblo, donde se ofrecían a la venta desde fósforos hasta heladeras, fue la única que medianamente me facilitó las cosas, aunque con la puerta abierta y todo, también parecía haberse tenido que levantar de la cama para atenderme:
-Mire m`ijo, aquí nadie sabe si a la orilla del río hay o no pichicomes, porque somos toda gente honrada ¿vio?...-hizo una pausa y me miró con una expresión severa- Cuando mis nietos, por darle un ejemplo, van a pescar, no van a la encandilada, ni van donde podrían ver pichicomes, si no, a la parte cerquita del parador, donde, si usté me entiende, no hay pichicomes. Si después en otra parte del río o a otras horas los hay, eso…eso no es cosa que tenga que ver con la gente del pueblo ¿sabe m`ijo?
De lo que deduje que en el pueblo, seguían viviendo en la edad de piedra de la moral, por lo que era un oprobio que preferían no ver, el hecho de que algunas personas se les hubiesen escapado del entramado social perfecto que debía comandar el cura y que si quería ver a los “sin techo”, tenía que ser cerca de la noche y lejos del parador, o sea en las márgenes más profundas y adentradas en la vegetación, que se alejaban del pueblo notoriamente, como monologué luego con la cámara, mientras me alejaba de lo de la vieja, enfocando el camino al río.
Enojándome, le compre a la Doña una caja de cigarros y me fui, a ver como me arreglaba.
No se me ocurría una nota alternativa que hacerle a esa gente osca y taciturna, a menos que modificaran su actitud luego de la hora de la siesta, que tampoco sabía a ciencia cierta cuando culminaba, ni quería llevarle al director una nota que no fuera la que tanto me había encargado en arreglo al interés monetario de ambos. Tampoco quería esperar hasta la noche, así que perdido por perdido, me fui a la parte más boscosa de las márgenes del río, a ver que encontraba, pensando en como la gente no se iba a desaparecer a si misma de ese pueblo, donde ni si quiera se podía perder el tiempo alcoholizándose patéticamente en un boliche, porque ni eso tenían.
Cuando creí haber llegado al punto adecuado, dejé el bolso apoyado contra las raíces gigantescas de un árbol y me trepé en una rama baja. Una vez allí, me senté a recuperar el aliento y observar bien la zona.
El río era de aguas demasiado verdes para mi gusto, el liquido parecía ser más denso que el agua común; no se podía apreciar el fondo a través de ese velo traslúcido de los ríos cristalinos, ni el reflejo confuso de los árboles en su superficie. La corriente, al tiempo de que era medianamente rápida, era muy difícil de percibir, ya que el agua era tan verde y densa, que parecía estar quieta, o deslizarse como algo que no imaginaba. Sin embargo, era aunque raro, bello de contemplar, sobre todo por la asimilación, tan fantástica, entre el verde profundo de la vegetación, que crecía casi en una forma exagerada en su orilla y el del curso de agua, como por el amontonamiento de árboles con musgo lanoso a sus costados, que lograba filtrar la luz del sol creando una semipenumbra… creo que la palabra sería, mágica.
Era extraño que no hubiese mayor presencia de pájaros, y sin embargo viera a simple vista, ramas de los árboles cargadas de orugas o gusanos; en ese punto fallo, las ciencias naturales nunca fueron mi fuerte. Sin embargo, la ausencia de estos, probablemente contribuyera al profundo ambiente de silencio y quietud, que sin que me diera cuenta, se apoderó de mi en un primer momento. El río, tenía una extraña capacidad de captar la atención y absorberla, casi al instante, por la extraña atmósfera que se creaba entre el verde omnipresente, la fresca semipenumbra y el silencio sólo apenas contrastado por el ínfimo susurro de las aguas y el roer de las orugas.
El fuerte calor que dominaba la tarde, parecía aplacarse en este lugar donde ni el viento ni el sol entraban, donde todo parecía quieto, pero donde sin embargo, casi invisiblemente, las aguas verdes corrían arrastrando florcitas celestes medio destrozadas por la corriente y pedacitos de ramas semi podridas, que se hundían de a poquito, como desapareciendo en el limo espeso.
En un momento, me encontré a mi mismo tomando conciencia de hallarme como bajo un trance hipnótico, que había llevado a mi mente una inexplicable sensación de abnegación, de quietud de semivigilia, o algo similar.
Sin embargo, en el mismo momento en que tomé conciencia de ese extraño estado de “nihilismo”, en el que había entrado-por llamarlo de alguna manera-, una sensación de turbación casi proporcional, me invadió, sin que pudiera explicar porqué.
No quería hacerlo y me maldije por estar tan alienado, como para ponerme nervioso ante un paisaje natural como este, pero finalmente, terminé prendiendo un cigarro.
Mientras aspiraba las primeras pitadas, me quedé entre perturbado y fascinado por el inexplicable dibujo del humo contra la vista del río, que parecía serpentear emanado del agua hacia el cielo, como intentando abrirse paso entre los árboles y llegar al sol para ocultarlo como una nube. Luego traté de pensar en algo que reflotara esta nota de porquería, donde por primera vez, había llegado a un pueblo, donde ni si quiera me había cruzado con un viejo delirante que me hiciera media hora de cuentos chinos.
Mientras me volvía a reír internamente de los desaparecidos, relacionándolos con los casos que hace poco se habían conocido como el regreso del “chupacabras”, dado el delirio explicativo que la opinión pública sufre, siempre que ocurre algo que por lo general no tiene explicación (cuando no es un hobbie bien oculto de un rico aburrido), pensé en volver a caminar por la orilla, siguiendo el curso del agua, para ver si lograba toparme, por lo menos, con un maldito y miserable piche, que gritara frente al lente que tenía una inconmensurable y conmocionante hambre e igual frío, aunque fuera verano.
Cuando me disponía a levantarme de la rama donde estaba sentado, casi me caigo del susto por lo que se apareció de golpe frente a mí. Era más de lo que estaba preparado para ver de golpe sin sobresaltarme. Eso -que a esta altura no sé si llamar persona-, achaparrado y esquelético, cubierto por jirones de ropa, pegada al cuerpo por una pátina de engrudo de emanaciones corporales y agua acumulado quizás durante años, en los que surgían unos hongos verdes negruzcos que llegaban hasta los homóplatos descubiertos, uniendo tela y persona con ellos mismos como si fueran una sola cosa, señalaba con un brazo atrofiado mi cigarro, mientras que en su cara, donde la carne era menos pálida y arrugada como la piel de los dedos de los pies después de estar horas bajo el agua, se formaba una mueca que mostraba desesperación en sus ojos vidriosos, apenas visibles entre la maraña de rastas y líquenes oscuros y verdosos que era su cabellera.
En un primer momento, no me pude forzar a la farsa de mi trabajo y estuve a punto de tirarle con algo para que se alejara, incluso pensando, en un repentino fogonazo de irracionalidad, que podía estar leproso,pero luego enfocándolo como podía, hice un zoom a su cara mientras que con el brazo bien estirado le decía algo digno de decir a un perro callejero al que uno le da un pedazo de pan y le alcanzaba un cigarrillo.
En el momento que tomó lo que le ofrecía, vi que sus uñas negras de mugre acumulada, eran tan largas, que en los extremos, ya sin poder seguir creciendo en forma recta, formaban la vuelta de un espiral. Una de ellas me rozó la mano y sentí como un escalofrío me recorría el cuerpo, pero sin embargo, excitadísimo al pensar en lo que estaba registrando, intenté alguna pregunta estúpida y elemental que ahora no me acuerdo, con un tono de comprensión innecesario. La cosa esa, mirando como presa de un ataque el cigarrillo que le había dado, comenzó a mascullar algo con una voz que parecía un gorgoteo en un charco de barro. No pude llegar a distinguir ni una sílaba en ese ruido ya de por si ininteligible, ya que en ese mismo momento, tan de golpe como el había aparecido, sentí una serie de gangosidades, que me hicieron enfocar la DV-Cam instintivamente tras unos árboles, como si se tratara de una prolongación de mi vista. Allí se apelotonaban señalándome y mascullándose unos a los otros -como si su gorgoteo fuera un lenguaje comprensible sólo entre ellos-, unos ocho o nueve seres que parecían a primera vista clones del primero, aunque luego se notara que eran bien distintos , cuando la vista podía reparar en las facciones lejanamente humanas en los rostros deformes por la mugre y el descuido.
Les dije que se acercaran no más, y al tiempo que estiraba la caja, les ofrecí cigarrillos.
Uno de ellos, el que estaba delante de todos y que parecía estar un poco menos decrépito que los demás, fue quien decidido, avanzó y sin violencia, con total naturalidad, me sacó (casi sin que me diera cuenta) la caja entera de las manos y comenzó a repartirlos entre los otros.
Aunque ya habían pasado bastante tiempo y estúpidas preguntas de mi parte, no había logrado aún que esas cosas me contestaran ni una palabra entendible (lo que me hizo maldecir por dentro mi indisposición para con los del pueblo), como tampoco los sentí dirigirse entre ellos ni una palabra identificable con idioma alguno.
Sin embargo, aún no había visto lo que iba realmente a dejarme azorado y sospechando que realmente me encontraba ante algo más grave que un grupo de pichicomes comunes y corrientes, que era lo que en un principio buscaba para la nota.
Había dejado de prestarle atención al primero que había convidado con un cigarro, al concentrar mi atención en el grupo más numeroso, cuando uno de los recientes convidados mirando hacia un costado, se metió el cigarro en la boca… y empezó a masticarlo.
Al tiempo de que dirigía la vista y la cámara al masticador, que empezaba a toser con hebras de tabaco colgándole de una comisura, vi como el que parecía el líder del grupo que apareció después, se dirigía al solitario que primero se me había aparecido y le pegaba una palmada en la cabeza, al tiempo que con la otra mano le hacía una seña negativa a su imitador, que empezó a escupir el tabaco aún no ingerido.
Superado en mi capacidad de asombro, más consternado que cuando acompañé por una noche a un médico forense, quedé callado, mirando como un alelado, ya sin hacer más preguntas.
El que parecía ser el líder, seguía dándole palmadas al primero con que me crucé y diciéndole con un tono notablemente duro, algo en ese idioma de murmullos que parecían manejar y comprender a la perfección. Luego, con un ademán comprensivo y adoctrinador, tomó dos nuevos cigarros de la caja que me había sacado impunemente, repartiéndolos entre los dos que habían intentado comerse los primeros que se les dieron, haciendo luego con la mano un gesto de que miraran lo que el hacía y esperaran.
Haciéndome volver de mi estupefacción, le di al líder fuego, respondiendo a lo que me pidiera por señas. Este, apenas sosteniendo correctamente el encendedor con sus garras deformes, sin poder usar con soltura los dedos por el tamaño de sus uñas,. encendió su propio cigarrillo y, al tiempo de que empezaba a fumarlo, hacía gestos demostrativos hacia los demás, que lo miraban con la misma expresión que un bebé babeante tratando de repetir las palabras de su madre. El líder, entonces, adelantó el encendedor hacía el primero que se me había cruzado, pero este, como preso de un ataque de epilepsia, empezó a graznar, con una chorreante expresión de terror y un sarandeo de todos sus miembros, en el que intermitentemente, creí entender una alusión gestual al fuego, que presumiblemente era lo que le causaba temor. Fue entonces cuando el líder, luego de volver a golpearlo(y esta vez fuerte) en la cabeza, lo dejó desaparecer corriendo tras los árboles y al tiempo que mantenía la llama del encendedor dificultosamente encendida en una de sus garras, comenzó a encender los cigarros de sus compañeros, o por lo menos de los que atinaban a darse cuenta de aspirar al momento de que la llama tocaba el extremo del tabaco.
A los pocos segundos, el lugar donde me encontraba, era un delirante tosedero de deformes, que incluso habían aspirado el humo del filtro al prender los cigarros al revés, tragándose el tabaco al mismo tiempo.
Recuperando un poco la lucidez y recordando que toda la escena estaba siendo filmada, traté de sacarle el mejor provecho a la situación, aunque realmente no tuviera la más mínima noción de cómo actuar ante algo como esto, que superaba todos mis esquemas prestablecidos. Mirando al líder, le hice un gesto con la mano, logrando que se acercara, -incluso más de lo que hubiera deseado, dada mi creciente idea de que fueran un grupo de infectados por algún tipo de enfermedad-y traté de hacerle entender, apoyándome en gestos mientras hablaba, que era lo que ellos hacían acá.
Aunque los primeros instantes, su expresión vacía me hizo suponer que no me entendía, luego comenzó a hacer gestos hacia abajo, supuse que hacia la tierra y a graznar lo primero medianamente articulado que les oiría decir, que era algo como “omumgay, omimgay”, palabra que repitió hasta el hartazgo, casi por dos minutos, aunque yo intentara hacerle entender que lo había oído.
Cuando cesó medianamente con su letanía, al borde de la desesperación le pregunté si quería decir que vivía ahí.
Me miró con los ojos vacíos. Esperé, mientras me seguía mirando como si no me viera.
Fue entonces, cuando me di cuenta, que entre las manchas de mugre integradas en la piel de ese hombre-por llamarlo de alguna manera-, colgaba un pequeño medallón circular, al parecer de madera verde y podrida, que ahora me señalaba, volviendo a repetir hasta el hartazgo su “omumga, omumgay” y en la que se veía el tosco trazado del contorno de una serpiente que casi formaba un círculo con los extremos de su cuerpo.
Mientras trataba nuevamente de decirle que lo había entendido, y a unos pasos de nosotros, algunos de sus compañeros lanzaban gritos de dolor, al reintentar comer los cigarrillos, ahora encendidos, repentinamente, señaló la DV-Cam, dicendo para mi asombro: “filma”,
a lo que respondí que si, con un entusiasmo tan grande como si un niño me hubiera recitado Shakespeare de memoria.
Sin embargo, él no reaccionó igual, ya que poniendo mal ceño, me hizo un gesto-que parecía ser habitual en él- de que esperara, y me masculló “a usa”, desapareciendo por algún recoveco entre los árboles.
No se cuanto tiempo demoró en reaparecer, pero durante ese lapso, mi mente hirvió en las conjeturas más extrñas que en mi vida había tenido; por lo menos hasta ese momento.
Tratando de explicarme, de que modo estos seres (que un compañero del canal me había dicho que eran piches con que se cruzó una vez en que intentó pescar y no sacó ni una mojarra), habían llegado a tal grado de anormalidad, pensé en que algún tipo de religión naturalista o algo así, que quizás tuviera algo que ver con el medallón de la serpiente, los había hecho reducirse a ese grado de idiotez infrahumana voluntariamente, o que quizás fueran sólo unos vagabundos que me estaban tomando el pelo….Pensé un millón de cosas distintas, cada vez más absurdas(aunque me diese cuenta de que lo eran), hasta llegar a involucrar a los extraterrestres y los terroristas musulmanes, pero nada, nada de nada lograba convencerme.
Cuando me empezaba a impacientar por la tardanza del regreso del líder, mientras filmaba a los demás, que seguían comiendo las últimas hebras de tabaco que quedaban en sus dedos, sin prestarme la más mínima atención, vi aparecer de la nada –como todos aparecían-, al líder, que seguía de atrás a una mujer muy flaca, con un vestido raído y gastado, color tierra, blanquísima, con el pelo de un amarillo soso y como despigmentado y unos lentes tan, tan gruesos, que de los ojos sólo se le veían unas manchitas celestes, con un puntitito negro. Rápidamente, asocié a esta mujer con lo dicho por el líder, como “La Rusa”, e imploré mentalmente, que luego de la total indiferencia ante la vida de los del pueblo y la animalidad de los piches, la suerte por lo menos me deparara que esta hablara en inglés.
Pero fue mucho mejor… o peor que eso…no sabría decirlo… La Rusa hablaba en castellano y mientras emprendía (¡al fin!), una nota más o menos normal con ella, me enteré de que en realidad era Noruega, pero que por asimilación, esta gente bastante ignorante al momento de conocerla y ahora, destrozada por los efectos de drogas, le habían puesto “La Rusa”, hace muchos años.No calculé todo lo que necesito explicar y ahora, cuando veo el poco papel que me queda para hacerlo, de las hojas sueltas que pude conseguir en este refugio de porquería, no sé cómo hacer. Cuando comencé a acribillarla con preguntas que me salían a borbotones, al ver la nota que estaba logrando, me explicó - mientras me mostraba uno en la palma de la mano-, la potencia alucinógena de un hongo que crecía dentro de unos recovecos húmedos al márgen del río y de cómo estos cuasi-hombres con los que ella tenía una relación que no me aclaraba, habían consumido de él hasta perder casi todas sus capacidades cognoscitivas y su memoria. Por adentro mío, empecé a morirme de la risa del grupo de científicos que dijeron descubrir las ya viejísimas propiedades curativas de la marcela y se estaban perdiendo esto, a unas horas de Montevideo.
Sin embargo, cuando se lo pregunté, al contrario de lo que esperaba, me enteré de que no era botánica, científica, ni nada que se le pareciera y que no estaba ahí por algo directamente relacionado con el hongo alucinógeno; por lo que me empecé a dar cuenta de que la nota se iba cada vez más lejos de lo que esperaba y empecá a temer que Osama bajara de un ovni.
La Noruega, comenzó a explicarme, mientras prendía un cigarro de lo que parecía seguir siendo mi caja, con mi encendedor, que había viajado hace muchísimos años a sudamérica, a recopilar datos para su tésis doctoral en mitologías comparadas, pero que al llegar a este río (siguiendo la recomendación, que su padre muerto ahce años en Uruguay, le había dado de conocerlo, si alguna vez venía por aquí),se había quedado a vivir en él como los hombres antiguos, o lo más parecido a ello, ya que todo lo que había sido su vida hasta ese momento, había perdido el sentido completamente.
Todo esto me lo decía con tal tranquilidad y soltura, con sus acentos y palabras pronunciadas con una fuerza y dureza innecesarias para el castellano -mientras me miraba a través de sus lentes, no a los ojos, si no a la cámara-, que parecío hablar de otra persona.
Reconociendo mi ignorancia, le pedí una pequeña explicación acerca de que era realmente lo que estudiaba, temiendo también, que ni un tercio del público de la nota tuviera ni idea exacta de que significa la palabra mitología.
Ante esa pregunta, me contestócon una sequedad y un desgano grandísimos, como quien habla sin ganas de una pareja que ya no le importa ni recordar. Lamento tanto haber perdido todo registro, porque sus palabras, dichas como al pasar, ahora son tan, tan importantes para mí y no sé ni por donde empezar a buscar para volver a encontrarme con ellas en algún puto libro, que sólo me de un poco más de fuerza, una nueva justificación de mi decisión, de mi resolución final…
Me explicó(según ella para darme un ejemplo claro), como en todos los pueblos de la antigüedad, se pueden identificar bajo diferentes nombres, ideas comunes a la humanidad entera, expresadas en mitos a veces demasiado similares y a veces, complementarios.
Me habló de cómo había logrado una cierta fama en los ámbitos de la Psicología “Jungiana”, al hacer un trabajo donde se establecía una correspondencia entre el dios nórdico Surtr, que significaba “negro”, una especie de encarnación del fuego destructivo, que colaboraría en el fin del mundo de los mitos de su pueblo y el dios Agni de los Hindúes, que además de llamarse “espalda negra”, imagen poética de un tronco de árbol carbonizado, representaba los incendios forestales y de cómo en todos los pueblos algún mito guardaba la esencia de la dualidad del fuego como consturctor, pero sobre tode como destructor en alguna instancia por venir, como al tocarse la primer trompeta. Me habló de Prometeo y de los Yanas de California, de Jesús y de Adonis y otros cuarenta más en relación a estos, pero con una distancia emocional que empezó a aburrirme.
Sólo logré verla remotamente emocionada, cuando me comentó sin explicarme nada en profundidad, que al llegar al Uruguay, estaba empeñada en comprobar la universalidad del mito del Apocalipsis, me miró y como si hablara con un idiota me dijo: “Usted sabes, “… el cordero abrió el sexto sello: y he aquí que hubo un gran terremoto, y el sol se ennegreció como un saco de clicio y la luna se enrojeció como sangre; y las estrellas del cielo cayeron a la tierra, como la higuera que pierde sus higos, cuando la mueve un gran viento…”, bueno, esto es muy parecido a un mito de los Vikingrs de mi tierra, pero que dice aún más…” Al parecer, buscaba explicar logicamente el mito nórdico, estableciendo similitudes con mitos de otros pueblos. Me comentó algo que en ese momento no entendí bien. Que luego de la muerte del Jesús-Adonis, que también era Balder y del frío mounstroso que le seguiría, los lobos que se comían al sol y la luna como en el apocalipsis, se explicaban por el fenómeno del eclipse, que “el incendio del mundo” de Surtr-Agni, eran incendios forestales y de cosechas que hambrearían a la población y otras cosas que no recuerdo, pero que nada le explicaba, por qué la Serpiente mundial que se alzaba del mar (que primeramente identificó con tifones o inundaciones), lanzaba gases venenosos y transportaba en su lomo un barco lleno de muertos hecho con…
En ese momento, creo que fue cuando no pude resistirlo y bostecé muy poco disimuladamente, pensando que la nota iba a ser un fiasco y que desde la salida de Tres Cruces, no había hecho más que cruzarme con la total decadencia del pueblo uruguayo y finalmente con una Noruega loca, que se drogaba con mierda y les hacía tener miedo al fuego a un montón de piches que se drogaban aún más; que quizás se acostaban con ella obligados. Ella notó mi desinterés y se calló, sin mayor muestra de enojo. Tuve que preguntarle con fingido interés, que conclusiones había logrado al llegar aquí, para no perder mi hilo conductor en algo que iba a dar para más que una nota. Lo imaginaba en mi cabeza: “Periodista descubre que en un pueblo del interior las personas desaparecen luego de perder la noción de la realidad al consumir un hongo alucinógeno. Maneja información exclusiva.” y no sé que más…
La Noruega me contestó, como si nada, algo como que, primero que nada, advirtió que no conservabámos ningún mito del pueblo original de nuestra tierra (refiriéndose a los indígenas), o por lo menos ninguno demasiado puro o interesante ,pero que sin embargo, era el único lugar en que ella había visto un mito. Ante mi silencio, agregó que en lo referente a explicaciones etnográficas o psicologicas, concluyó que eran todas una patraña, que los mitos eran nada más y nada menos que lo que decían, que los lobos que se comerían la luna y el sol, eran lobos reales y gigantescos, como el lobo que se iba a comer al padre de los dioses y como Agni-Surtr, que era nada más y nada menos que un gigante de fuego con una espada exterminadora. Y que la Serpiente, arrojada a las aguas por El padre de los dioses, que crecería en longitud, hasta formar un anillo alrededor de la tierra, mordiendo el extremo de su propia cola, no era más que eso mismo: una serpiente. Fue ahí, que comprendí quien le había dado ese estúpido medallón a ese miserable y crédulo del líder, incapaz de pensar por culpa del hongo que seguramente consumía.
Como yo seguía aún más callado que antes, me dijo que también había empezado a nombrar los mitos a medida que los veía, tratando de darle nombres con –por lo menos- la fonética de nuestro pueblo muerto, refiriéndose de nuevo a los indígenas.
Por mera curiosidad y recordando lo vendedor de la nueva moda pro-indígena, le pregunté a que se refería y me dijo: “ La fonética… por ejemplo, frente al mito de la tierra de los gigantes, que los Vikingrs llamban Yotunheim y, usted sabrá que los Patagones eran gigantes y vivían muy cerca de aquí -aseveró con total calma-, el nombre que le di fue el de Yutun-guaiem, que debería ser el nombre que mis antepasados los Vikingrs le escucharon a aborígenes y deformaron como nosotros lo conocimos. Frente a Yormundgandr, yo digo Yormumgay…”
Parecía dispuesta a proseguir con la lista, cuando comprendí que lo que había acabado de decir “Yormumgay”, era lo que el líder intentara decir hace un rato y le pregunté que era específicamente, mientras detrás, el coro de los piches, empezaba a salmodiar “Yomumga, Yomumga”.
Fue cuando mi vida cambió, si es que la puedo llamar vida.
La Noruega me ofreció lo que parecía uno de mis propios cigarrillos y me invitó a seguirla a un laberinto de árboles, diciéndome que a Yormumgay la podía ver cualquiera y que de hecho, todos ellos la habían visto, que muchos en el pueblo antes que ellos la habían visto, pero que al parecer, no había trascendido.
La seguí unos cincuenta metros, mientras fumaba mi cigarro con rabia, por tener que fingir ante una situación tan absurda, mientras ella insistía con un montón de cosas que no explicaba y los piches con su gangoso gorgoteo de voz repetían una y otra vez: “Yormumgay, Yormumga”, o lo más parecido que les salía. Fue al llegar a la mitad del cigarro, que percibí que el humo tenía un olor como de fruta podrida y me sentí mareado. No recuerdo muy bien nada de ahí en más, pero retengo la imagen de la Noruega, diciéndome que una calavera gigante fumaba nuestras vidas como si fueramos un cigarro y que nosotros la fumábamos a ella a través de los cigarros, mientras yo me revolcaba en el suelo. Luego sólo la oí hablar de la inmortalidad de las células de cáncer, que no eran más que cangrejos enanos, mientras el hongo que había fumado me hacía ver delante de el paisaje del río, ahora verde fosforecente, un torbellino de figuras geométricas colorinches; luego de toda una vida considerando una ridículez la advertencia de mi madre con respecto a no aceptar los cigarrillos ajenos. Luego recuerdo haber perdido la conciencia y la conexión con el mundo externo, pero no sabría decir por cuanto tiempo.

Este refugio me parece decadente, no soporto quienes lo hacen, quienes lo atienden, las miserables rémoras sociales que vienen a él, ni me puedo soportar a mí mismo mendigando un plato de comida y una frazada para no morir de hipotermia, cuando -amén de mi imposibilidad física-, podría encontrar muchas otras formas de vivir dignamente. Si no lo hago, es por que no quiero, porque en realidad quiero morir y todavía no tengo la fuerza de matarme , aún cuando sé que nada vale un pepino, ni la vida, ni críticar la mendicidad, ni los puntos del rating, ni la mierda que estoy escribiendo con un esfuerzo sobrehumano. Pero aún soy humano y nuestra mediocridad nos ata aún a las cosas más absurdas, incluso cuando somos concientes de ello, cuando ya me estoy convenciendo de que lo que me quitó las ganas de vivir es lo mejor que le pueda pasar a este mundo.
La Biblioteca Nacional, es algo tan pobre y limitado, que no pude encontrar más que una recopilación de Snorri hecha por un gallego, donde los mitos parecen títulares, mutilaciones de textos más grandes a los que ya no voy a acceder. La barba y la mugre me cubren de tal forma, estoy tan decrépito, que ayer, mientras comía un pan duro que saqué de una lata de basura, al sentirme observado por dos muchachitas de unos diecisiete años, les expliqué quién era y se empezaron a burlar de mi, como si estuviera loco. De hecho, estuve en un Psiquiatrico ni bien salí del hospital, donde consideraban que se me desató una Psicosis reprimida, por culpa de una alucinación grave o una experiencia estresante.
Nadie me busca. El director mismo lucró unas semanas con la noticia de mi desaparición y luego todo se olvidó. Sólo soy uno más de los tantos locos deformes que nos fugamos esa noche del Psiquiatrico.
Lamento haber perdido mis DV-Cam, aunque cuando desperté no pudiera filmar nada, porque me las habían quitado. Estaba tirado, dentro de una cueva inundada, iluminada no sé por que medios con un resplandor verdoso y extraño, con la sensación de haberme despertado luego de una noche de ocho órgasmos al hilo, vestido con un sayo, que con el paso del tiempo, se convertiría en los jirones que llevaban todos los leprosos. Mi piel no sentía nada, ni calor ni humedad, y apenas podía tomar noción real de lo que veía y oía.
No sé decir a ciencia cierta, si lo que en un primer momento tomé como una extrña música de tambor monorrítmico, contrapunteado con un silbido casi imperceptible, no eran mi propio corazón y mi respiración hiperacelerados.
La Noruega, desnuda, con una delgadez enfermiza y una pálidez desastrosa iluminada de verde, levantaba por los pelos al primero de los piches que me crucé, que estaba hundido hasta el pecho en agua y tomando sus manos entre las suyas y mirándolas con un gesto de aprobación, prosiguió acto seguido, a tomar un cuchillo que el líder le alcanzara, herrumbrado, pero que brillaba verdoso y lo degolló, dejándolo caer al agua indolentemente, donde empezaba a flotar la sangre.
Grité, al darme cuenta de muchas cosas, pero no fue todo. Mientras los seres achaparrados, patéticos y tenebrosos con la piel iluminada al verde enfermizo, como mongólicos enfurecidos, gritaban con voz gangosa su “¡Yorumgay! ¡Yorumgay!”, la Noruega, que me había escuchado, se me acercó a los saltos, hundiéndose y resurgiendo del agua negra con reflejos verdes, para apoyar en mi cara el cuchillo lleno de sangre, al tiempo que lo lamía.
Desesperado, con la fuerza que da el terror, mientras se reía con los ojos desorbitados, obviamente bajo los efectos del hongo o alguna otra cosa, la empujé de una forma tal que se hundió en el agua a más de tres metros de mí. Los piches, que estaban como cien metros más lejos que la Noruega, viendo mi falta de caballerosidad, empezaron a dar tumbos patéticos hacia mí, con una velocidad que me hizo comprender que era imposible escapar. Entonces comprendí, pensando rápido, como nunca lo había hecho en mi vida, lo único que me podía salvar. El cuchillo de la Noruega flotaba cerca, por lo que salté a agarrarlo. Cuando lo tuve en mis manos, el líder estaba a tres saltos de mí, pero no le di tiempo.
Con rápidez, me rebané de un cuchillazo el tercio superior de los dedos de mi mano izquierda y luego, mientras gritaba de dolor, los dedos de ambos pies. El líder se me tiró encima de un salto,de tal forma que no tuve que hacer mayor esfuerzo que levantar el cuchillo. Lo desensarté y con mayor rápidez, sosteniendo el cuchillo con los dientes me desgajé los dedos de la mano derecha; y así quedé. Ahora, para escribir un renglón, con mis muñones de dedos sin yema, llego a estar un minuto o más y siempre rengueo por la infección de mis pies.
Tengo decidido matarme, pero quize escribir esto, quizás inconcientemente, por algo en lo que nunca creí y en lo que ahora creo menos, que es tratar de advertir al que crea, de ayudar a los hombres, ya que por lo que pude leer, un renacimiento es algo muy dudosamente enunciado, mientras que la insistencia con Naglfar, en este librito (resúmen de resumenes), que leí en Biblioteca Nacional es exasperante.Aunque no aparece tampoco Surtr, habla por lo menos una vez de Yormundgandr y de su aliada Naglfar, la nave hecha con uñas de muertos. Si quieren creeerme un loco, vean el frío que llevó a abrir estos refugios en número cuatro veces mayor a los años anteriores…su cola está llegando a su boca.
Hubiera querido desmayarme antes, pero no… Luego de ver lo que vi, sin que los piches ni la Noruega (ya inútil para ellos) me detuvieran, salí reptando como pude de la cueva, para flotar inconsciente hasta casi ahogarme por el río , hasta que unos pescadores me recogieron medio muerto y desangrado, cerca del parador.
Ni bien levanté la vista de mis dedos masacrados, vi que a unos docientos metros, el agua parecía revolverse, llenarse de burbujas y comenzar a largar un vapor con el mismo olor a frutas podridas del hongo que rellenó mi cigarrillo, mientras que los piches, ya sin perseguirme, se inclinaban babeantes, como en una adoración imbécil. Y luego, tan de golpe como la cuchillada de la Noruega, surgió en el verde omnipresente, una masa oscura, opaca, pero a veces traslúcida, en constante movimiento, como si en vez de ser un ser compacto, fuese la aleación de todos los gusanos y alimañas de la tierra, conformando un ente con una larga y viscosa forma de falo, o más aún, de serpiente, cuya piel, llena de fosforecencias intermitentes de un verde estridente, parecía no ser una lámina, si no un montón de tubos o cilindros hinchándose y deshinchándose decontinuo, sobre los cuales se tejían mosaicos de figuras geométricas extrañísimas, que a su vez parecían formar inverosímiles rostros de monstruos, que desafiaban toda ley de la forma o la proporción.


Jorge "Pollito" Manco.
En ese momento, creo que perdí la razón, por que la vi crecer y aumentar enormemente su masa de un segundo al otro, en una forma que su cuerpo llenó toda la cueva, de forma que sentí como sus cilindros me traspasaban, como si me encontrara dentro de una fétida burbuja.
Ahora, que mi mente ebulle, pero lejos del terror que sentía en ese momento me asaltan recuerdos, vínculos presentidos que me hacen sentir impotente, que no puedo establecer del todo. Recuerdo cosas oídas en mi infancia y comprendo la universalidad del apocalipsis de la Noruega “…fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás…” o Yormumgay… pero San Miguel será tan fuerte se matarán simultánemente con Thor o nadie podrá expulsarla? Tiamat …humo haciendo invisible el cielo
Quise gritar, pero no me salió la voz, quise no ver, pero aún la vista se me fijo un segundo más, como para ver abrirse un pozo, que parecía ser la boca en su cabeza vibrante, que tragó al piche muerto, (al tiempo de que se teñía apenas de escarlata, trasluciendo su sangre) y que comenzó a manar nubes verdes de un gas hediondo, que enturbió toda la cueva y que gracias a no sé quién, no me permitió ver más nada.

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