sábado, 23 de abril de 2011

Uñas



Todo pasó un día en que estaba sentado en el edénico jardín de mi casa, mirándome las uñas.
Era un día de un calor asfixiante, cargoso, irrespirable, como todo aquel otro día en cuya noche, volviendo a casa, me di cuenta que estaba comiéndome las uñas y entonces...
En realidad todo esto es mentira. El día de sol en que me miraba las uñas en el edénico jardín de mi casa nunca existió y toda la historia que iba a desarrollar alrededor de la noche que me comía las uñas, que tendría insospechables relaciones causales con lo que ocurriría en ese otro día, era en realidad una ficcionalización que iba a intentar, sobre una noche de calor en que volvía de trabajar y se me ocurrió este cuento. Pero bueno, así es la literatura, que le vamos a hacer...
Voy a intentar contar entonces -sin que se note mucho-, lo que pasó y lo que podría haber pasado, así como también lo que pensé que podría haber pasado en ese cuento que iba a escribir, que no sé si se corresponderá mucho con éste.

Como decía en el cuento yo estaba sentado en el edénico jardín de mi casa mirándome las uñas.
Era un día de calor asfixiante, cargoso, irrespirable, como todo aquel día en cuya noche, volviendo a casa me di cuenta de que estaba comiéndome las uñas.
Fue casi como que me pasara lo que a muchas personas que sufren algo que los esquimales llamaban “amok” (término que ahora tomaron los sicólogos), que de pronto, luego de haber estado en una profunda depresión, entran en un estado de furor incontrolable y sorpresivamente, se ven con un cuchillo lleno de sangre en la mano y un cadáver en frente y no saben por qué. Me descubrí haciendo algo inaudito, que mi mente apenas registraba y de lo cual sólo cobraba conciencia ahora, justamente por el hecho de haberlo negado hace muy poco tiempo. Casi sentía culpa por una especie de asesinato en potencia, que no cometí justamente por la ausencia física de la víctima, al tiempo que esta ausencia era parte del motivo de comereme las uñas.
Como no se está entendiendo nada de lo que digo, aclaro que Paola, una amiga muy especial para mí, me había dicho hace poco tiempo, que comerse las uñas, era un síntoma de odio hacia el padre.
Había conocido a Paola hacía muy poco tiempo en ese entonces. Ahora la conozco un poco más. Toda la culpa, fue de que yo repitiera un año de liceo y al ingresar al profesorado, tuviera como compañera a Natalia. Cuando apenas me recuperaba de la patada en los huevos de la muerte de mi abuelo unos dos años y medio atrás en ese entonces, Natalia murió en una situación en que encima tuve que soportar todas las estúpidas conjeturas y escenas melodramáticas, falsedades, calumnias y conventilleríos de algunos de mis compañeros, además de darme cuenta que estaba desperdiciando mis sentimientos y mi tiempo con una estúpida novia que me hacía escenas de celos con amigas muertas. A casi un año de la muerte de Natalia, algunos compañeros seguían haciendo conventillo y llenándose la boca con su nombre con fines gremiales unos, antigremiales otros. Fue por eso, que un día una muchacha a quien no conocía ingresó a una clase para aclarar que su familia, que también era la de Natalia, no estaba diciendo la sarta de blasfemias que algunos compañeros decían que ellas decían.
Luego supe que esta muchacha se llamaba Mónica.
Un tiempo después, mejor dicho bastante tiempo después, estaba dando un examen y me crucé con Mónica. En ese momento me daba mucha culpa que me gustase justamente la hermana de Natalia, sobre todo, porque no sabía ni por qué, dado que si sumábamos todas nuestras conversaciones no deberían llegar ni a tres páginas en caso de ser noveladas, ni a treinta minutos cronometrados, ni a tres kilos de anamesita persa, ni semejantes valores en otras formas de medición que no quiero ejemplificar.
Me sentí aún más culpable, cuando mi corazón se derritió de ternura al escuchar que ella le pediría a una amiga que me “mandara reiki” para el examen, cuando seguramente si me lo hubiera dicho mi madre, que a veces se dedicaba a esa técnica, le hubiera pateado una canilla sin dudarlo. Así es el amor, uno se vuelve blando, cursi y tonto.
La susodicha amiga que me envió el reiki si es Paola.
Luego de un tiempo, como siempre que no quiero comentar algo, terminé comentándoles mi peligro de ceguera que ya en ese entonces era un tema más obsesivo en mí que en Borges o Sófocles (nótese que me podría haber comparado con el miserable ciego que toca el violín en la plaza independencia, pero que la pedantería de literato pudo más). Paola me aseguró que no era así, que todo dependía de uno mismo y que cuanto más uno afirmara el peligro de algo que podía suceder esto sucedía, como si creía lo contrario no ocurría. Me dijo también que las enfermedades del cuerpo son siempre manifestación de un problema a nivel espiritual y un montón de cosas que no tendrían que haberme sorprendido tanto, ya que en realidad eran cosas que sabía perfectamente y que no tendría que haber esperado a que me las dijera otro, sobre todo con una superficialidad de receta new age tan marcada. En ese momento, estaba tan enterado del tema, que incluso intentaba hacerme creer a mí mismo, una cohartada basada en la teoría constelar, que consiste –más o menos- en achacarle la culpa de todo a un karma familiar, del que uno se hace responsable como de una deuda del banco hipotecario.
La ayuda de Paola fue invalorable. Luego de pensar sólo unos días, la llamé por teléfóno un sábado y decidí confiarle algunos de mis problemas físicos y espirituales y mi propia percepción sobre los mismos y considerar su opinión, no sé si tanto como practicante de reiki, o como de alguien que parecía preocuparse por mí.
De allí se desprendieron afirmaciones que asentí casi inmediatamente en mi cabeza. Miedo al futuro, falta de confianza en uno mismo, miedos no superados, exceso de responsabilidades, miedo a exponerse ante los demás, exceso de situaciones que exceden la capacidad de controlarlas; y sobre todo miedo, miedo, mucho miedo; miedo por todos lados (miedo con la m de mamá, de mierda y de manteca, también de mar).
Sin embargo, lo único que no lograba hacer cuadrar, era esa casi aseveración en forma de pregunta, ¿Te comés las uñas? Y yo: no, no y más no, por más que me lo indujeran a dudas por medio de la mayéutica. Luego se utilizaron ciertos recursos de estilística interna y yo seguía con que no y que no.
Pero esa noche, volvía cansado, tan cansado del trabajo que por un momento, mi superyo flaqueó como ante la criptonita y me encontré comiéndome las uñas con la voracidad propia del que ya es ducho en degustar un manjar al que esta habituado y quizás –podríamos decir-, hasta hecho un vil adicto.
Y ya sé que lo dije infinidad de veces, pero el calor era insoportable, como en un cuento de Faulkner.

Creo que esa noche no pude dormir. Al otro día, le heché las culpas al calor pegajoso que me hacía rodar como un gusano sobre las sábanas. Mi madre se comió la excusa, pero yo sabía que el que necesitaba creer esa mentira era yo y que no lo había hecho, aunque esto en verdad, es parte del relato y nunca ocurrió, aunque lo de Paola y todo eso sí. Aunque también, creo que no se podría decir que esta parte del cuento es ficticia y la otra es real. En todo caso ¿quien podría determinar tal cosa sólo leeyendo el cuento, sin que yo lo enunciara? ¿Y por qué creerme? ¿Y si yo dijera que es ficticio lo que fue real y viceversa? Sin considerar, que lo que es real o no depende de nuestra percepción acerca de dicho constructo, sumándole a esto, que en literatura (según algunas teorías), nada es real, si no que únicamente, la cercanía con lo real se determina por medio de homologaciones del texto con los valores de realidad vigentes según la época (¿de producción o de recepción?). Pero esto no es mucho más que preguntas de adolescente boludo con tendencia al humanismo gremialista barato. Me refiero a esa gente que aún te plantea en serio y creeyendose inteligentísimos (más que uno siempre y que todos implícitamente), cosas como: ¿Y si un árbol se cayó en el medio del bosque y nadie lo ve, se cayó o no se cayó? (Esta pregunta apunta a esa discusión árida e interminable en torno de si los hechos son objetivos como en la física y el positivismo o si sólo son relativos a una subjetividad cartesiana que los constate).
Lo más complejo de precisar es cómo saber si de la misma forma en que yo les puedo hacer creer que es autobiográfico algo que no lo es, Paola no podría haberle hecho creer a mi mente que me comía las uñas de hace tiempo y finalmente me encontré haciéndolo un día por su influencia, cuándo en realidad nunca lo hacía.
¿Cómo saberlo? ¡¿Cómo?!
Lo único que puedo precisar, es que al día siguiente (de la noche en que me descubrí comiéndome las uñas), me puse a buscar entre una pila de objetos en total desorden que era mi cuarto, un cassette, dónde tuviera grabado algún programa de radio de los que se habían dejado de trasmitir ya hace tiempo. El desorden, tanto a nivel material, como de organización mental, es algo que tendría que pensar acerca de mi personal en froma bastante profunda también.
Es que hasta hace unos dos meses atrás, participaba en un programa de radio en una trasmisora comunitaria. Este programa venía en dolorosa y oscura agonía, que se concretó en un fatídico último programa, el fin de semana luego de que conociera a Paola.
Del programa, en ese momento, me quedaba un terrible gusto amargo en la boca, la decepción y la percepción de que –como siempre-, la gente nunca lograba hacer algo valioso sin dejar salir a flote sus resentimientos, sus mediocridades y sus más patéticos conventillerios de adolescente falso, tirando al final todo mi trabajo a la mierda y encima haciéndome sentir que siempre que confío en alguien es para que me clave un rastrillo por la espalda. También, me quedaba la nostalgia de las caminatas hasta la radio, encontrarse con la gente a conversar antes, llamarnos por teléfono y combinar el programa con Andrés y Pablo, reírnos de nosotros mismos en los cortes; y sobre todo, la idea de no tener en claro con cuánta gente nos comunicábamos, pero saber que con que lo que decíamos le llegara a una persona, la misión estaba cumplida. Más adelante, me di cuenta, que todo lo que hacíamos en el programa, era muy importante, sobre todo, para comunicarnos con nosotros mismos.
Bueno, el tema, es que también quería, que del programa me hubiese quedado alguna audición grabada para mostrársela a Mónica.
Finalmente, logré encontrar no uno, si no dos programas grabados, en contra de todas mis predicciones. Además de esto, debo reconocer, que si bien la audición de los mismos por parte de Mónica, logró hacerles cumplir su cometido (dejarle algo valioso aunque sea a una persona), lo debe haber logrado con diez veces más eficacia en mí mismo.
Asombrado, descubrí mi propia voz, insultando a mi padre por su abandono, apoyándome para dicho acto -totalmente engullido por mi memoria-, en la lectura de un fragmento de “Los hijos y el matrimonio” de Nietzsche. Además de asombrarme ante tal hecho, me gustó la alteración del final que le di a la lectura: “¡Id, pues, aprendiendo ya a amar! ¡Carajo!”, donde sólo el exabrupto final me correspondía. Ahora, me pregunto por qué no me hacía caso a mí mismo.
Esta era una situación problemática de la que no podía escapar. Sentía cosas de las que no tenía conciencia y no sabía tampoco como lograba reprimirlas en mi mente de tal manera. Esto sí que me daba que pensar con respecto a la realidad y con respecto a si realmente lo que creía ver con mis ojos enfermos, no era más que un producto de como quería ver las cosas.

En mi mente, hay un mito que es casi imposible de extirpar: el Ragnarok. Hace tiempo, escribí un relato que no me convence del todo, en que un tipo con evidentes problemas siquiátricos (lo que sirve para dejar en duda para el lector acerca de si algo pasó fuera de la mente del protagonista) y con una ideología cuestionable, narra su encuentro con una secta de complotadores para el advenimiento de dicha instancia, dejándose sacrificar vilmente, luego de que sus uñas cobraban una dimensión exagerada. Su visión del Ragnarok, por características de su propia mentalidad, no es positiva como para los nórdicos, que lo consideraban una instancia inevitable dentro de la ley de entropía que permite el desenvolvimiento universal del proceso creación-destrucción-reinicio y que forma una espiral ascendente como la cola de un chanchito. Los recursos literarios y la impresión general del cuento, son algo descuidados e informes –y lo que más me pesa, es que no fue buscado a drede.
Traté de darle la vuelta al cuento (el que iba a ser éste), por ese lado. La tentación era grandísima, ya que no me canso de hablar del Ragnarok y el cuento debía involucrar un ingrediente muy importante, como son las uñas.
Sin embargo, finalmente me decanté por una especie de relato alegórico, que contuviera en forma cifrada los hechos autobiográficos que atravesaba y a su vez su mismo contenido o mensaje, pero más en abstracto. Luego de que pasara lo que aún no voy a contar, me di cuenta que como alegoría era incompleta, e incluso inadecuada.
Sería más o menos así: en un lugar geográfico impreciso, vivía un niño, en una tosca cabaña de troncos. Su padre había partido a un viaje de duración y destino desconocidos. Quizás había muerto. No era más que una leyenda. Su madre llegaba de la humillación social de su trabajo bastante tarde para que él estuviera despierto y pudiese verla, por lo que la mayor parte del tiempo, vivía con su abuela. Ésta mujer, siempre hablaba de obligaciones y ritos religiosos, que nunca eran explicados del todo. De la misma manera, nunca se entendía bien el mecanismo interno de las órdenes que daba, como tampoco de su más mínimo comentario doméstico, en el cual incluso una zanahoria o el café, o los caramelos, contenía algún misterio, alguna prohibición, alguna amenaza incomprensible. El niño crecía casi sin entender nada de lo que lo rodeaba, sintiendo que el mundo era un misterio. Su hermano, cuando estaba en la casa, incluso jugaba con él, pero estaba siempre lejos, como no dejando ver del todo el alma de sus acciones, por lo cual, no pudo obtener tampoco de él un panorama más claro acerca de la vida.
Fue así, que un día, luego de haberlo bañado, su abuela se dispuso a cortarle las uñas. Sin embargo, las mismas (inexplicablemente), estaban tan duras y poco maleables que hacían rebotar el hierro que pretendía mutilarlas, logrando que de esta lucha cada vez más encarnizada, entre el alicate manejado por su abuela y sus uñas insumisas, resultase un terrible dolor en las manos del niño, en las cuales ya empezaban a aparecer accidentales cortes y sangrados en las yemas de los dedos.
El niño intentó por todos los medios posibles hacer que su abuela cejase en el intento de cortarle las uñas, sin embargo ella, con la firmeza misteriosa que siempre tenía al enunciar que debía hacerlo para evitar un terrible mal mítico que luego no explicaba, dijo algo; y siguió y siguió cortando hasta dejarle las yemas de los diez dedos ardiendo.
Atragantado con las lágrimas, el niño se quedó mirando las uñas en el suelo, que parecían medias lunas y también esas espadas que el abuelo alguna vez le había mostrado en un libro, siendo usadas por árabes. Quería aguantar, pero el resuello del llanto comenzó a brotarle lentamente. Entonces, su abuela, dijo algo y lo dejó esperando. Cuando volvió, sin que él la mirara, tomó una de sus manos doloridas y puso en su palma una moneda como una luna diciendo, para que nunca tengas que robar.
Desde ese día en adelante, cada vez que su abuela le cortaba las uñas, el niño recibía una moneda.

Sin embargo, ahora, pasado el tiempo, no puedo recordar ni entender que significa el cuento. Me pasó como al occidente con esos cuentos populares y medievales (que por lo general se volvieron “para niños”), de los cuales quedó el signo y no la significación.
Y ahora los poetas universitarios y los ricoteros, pueden venir y jugar al “todo vale” de la significación, que aman sobre todo los que creen que nada vale, por que nada les importa por el miedo que tienen a que algo les importe de verdad y se den cuenta entonces, que son cristianos huyendo y no subversivos.
¡Y si estaré hablando de mi mismo! ¿Y cómo no poder entender lo más profundo de mi mismo, después de haber entendido el teorema de Bascara? ¿La sima más pequeña es la más inalcanzable ahora?
No sé. No sé. Últimamente, a cada paso, cada nueva cosa que descubro dentro o fuera de mí, pero apuntando hacia dentro de mí, me revela un nuevo misterio mayor aún. Luego de matar a la esfinge, me doy cuenta que ni si quiera recuerdo de dónde vengo, ni a dónde voy. Cada día me encuentro con acciones, falsos recuerdos, dibujos, poemas palabras y personas, que no recuerdo bien, que mi mente falseó y trastornó en cuanto a su significado profundo y me pregunto por qué, cómo mi mente en lo profundo lo hace y para qué y cómo ni yo mismo puedo descubrirlo.
Como el cuento. Lo único que recuerdo levemente es que la anécdota de la moneda se la escuche a alguien, no sé a quién y que le agregué el ambiente y los personajes de modo tal de hacerlo una alegoría.... ¿De qué?
Miro, busco y rebusco. Es casi evidente, que de alguna forma, la actitud de la anciana hace eco de la denominación de los ladrones como “uñas largas”, propia del Río de la Plata; pero... ¿Y el niño que no entiende el mundo? ¿Y su padre que no está? ¿Y el dolor al cortárselas? ¿Y la asociación de las uñas discociadas del cuerpo como medias lunas y sables sarracenos (aunque quizás el niño recordara cimitarras)?
Veamos: las uñas en el Ragnarock, sirven para armar el barco en que los muertos volverán a la tierra a sembrar la destrucción. La abuela representaría la fuerza de la tradición, la ancestralidad, la supervivencia, Magna Mater, etc. por eso se empeña en que el nieto no deje crecer sus uñas y colabore potencialmente al Ragnarok. El niño, de alguna forma instintiva, sufre cuando le cortan las uñas ¿quiere colaborar con el Ragnarok? Quizás. Quizás no, ya que el niño no entiende nada, nada de nada. La abuela quizás sería la vida incomprensible en sus aspectos más profundos y elementales para el hombre y por eso su actitud. ¿Pero por qué el niño querría el Ragnarok? Quizás por que no tiene padre, por que no entiende el mundo y su grado de apego cultural a una civilización escapista y antitanática (si no la abuela entendería el Ragnarok) es nulo, porque no tiene raíces ni identidad, porque se siente fuera del mundo.
Claro. ¿Y conmigo que hacemos, si al contrario, yo me como las uñas todo lo más que puedo?
Quizás la clave está por un mecanismo de restitución que rechazo, no sé cuál… al niño, parecen restituir las uñas con monedas, o sea con un valor intercambiable ... ¿con vida? ¿vida por uñas?
No quiero detenerme más en el cuento, no recuerdo bien cómo era, ni que quise hacer con él, ni qué significo para mí, ni tampoco las interpretaciones que no hace muy poco intenté darle. No puedo recordar. Y lo más importante es saber por qué.

Cuando volví a escuchar el cassette que luego le dí a Mónica, no lo pude creer. Insultaba a mi padre, con todo lo que de amor y de consideación puede tener el odio.
Durante años había vivido indiferente a mi padre. Las pocas veces que pensaba en él, era para recordar que ni si quiera había rencor para él en mí, que era como un espacio vacío, un lúgubre hueco en mi alma en el cual ni podía anidar el dolor.
Sin embargo, algo, agazapado en mí latía, por más que siempre hubiera dicho que me había afectado incluso más la partida de mi padrastro que acepté casi inmediatamente, cuando en realidad, funcionalmente había sido lo más parecido a un padre para mí, además de mi abuelo, que por razones obvias no podía serlo del todo.
Pero lo odiaba, tanto que ni quería aceptarlo y lo ignoraba y lo olvidaba.
Cuando le presté el cassette a Mónica, no podía haber ni si quiera sospechado, que todos los programas habían sido hechos para ella. Cuando me dio su opinión y vi lo que le habían dejado, comprendí que la misión estaba cumplida y que con una sola persona a la que pudiera haber servido la estúpidez que hacíamos, aunque en diferido, todo el esfuerzo había valido la pena. Había salido de mí, había comunicado algo en el mundo.
Y sin embargo, enquistado adentro mío, había algo que recién hoy me había comunicado y no del todo.
Esa noche, regresé a casa y seguía haciendo un terrible calor, que me hacía recordar al personaje de Marcos en Los caminos de la libertad, al cual Sartre hacía nadar en sudor gran parte de la novela, o mejor dicho, porque Marcos lo había elegido. Y ya en casa, por más que entrara a mi cuarto que era lo suficientemente fresco y prendiera el ventilador, o hiciera lo que fuera, desde bañarme con agua fría, hasta tomar litros de limonada con cubitos, sentía que me abrasaba, hasta que mi madre, a punto de referirse acerca de mi actuación con respecto al calor, hizo que el mismo pareciera el violento calor de Macondo.

Me encerré en mi cuarto y comprendí que no podía seguir leyendo. Mis ojos me dolían como nunca y ya notaba que veía menos que ayer.
Pidiendo que se estancara, me acosté, sin poderme dormir por el calor. Pensé durante horas, sin poder esconderme en la lectura, en la forma en que pude haberme autoengañado a tal punto de borrar de mi mente una, dos acciones y todo un sentimiento. Paulatinamente, al darme vuelta sobre la cama empapada, me encontraba nuevamente comiéndome las uñas y entonces recordaba la grabación y los insultos, entonces sentía -con todo el atraso que traían-, el odio y el dolor más frío de mi vida.
Fue entonces, que en un sólo momento y sin saber cómo, lo acepté. Lo dije mentalmente y lo acepté por más que el dolor que viniera de ello fuera insoportable y sin que mediara un segundo, me dormí en una semisomñoliencia que pocas veces experimenté en mi vida. Al principio sólo sentía paz, la extraña paz de ser conciente de estar decansando, de estar a la vez durmiendo y conciente de ese descanso. Luego, de a poco, sin que supiera de dónde las imágenes surgieron, sin que pudiera saber más que mucho tiempo después que eran recuerdos.
Era mi antigua casa, donde ahora vivo nuevamente. Mi padre, difuso como una silueta, flaco hasta parecer una vara vestida, con sólo el rasgo distintivo de su enorme y siempre sucia barba negra y desprolija en la tez pálida como de hielo. “Papá”, creo que llamé en el recuerdo, pero no en el momento al que este se refería.
Él me había llamado y yo siempre acudía al lugar al que me llamaban sin contestar. Y lo veía así, como una silueta con barba. No sé por qué, la máquina de afeitar estaba prendida. Era obvio que no se afeitaba hace años y tampoco lo iba a hacer ahora. La dejó apoyada en el suelo, contra la pared y se agachó para hablarme bien en la cara como siempre lo hacía, poniéndome una mano en la cabeza. “Ahora papá se tiene que ir, pero vos te vas a quedar con mamá, así que no te pongas triste.” Yo no contesté. El recuerdo venía incluso con mis pensamientos. Me quedé triste, pero lo disimulé, porque papá siempre hacía lo mismo, se iba y volvía sólo después de mucho tiempo, entonces, ya no tenía gracia estar triste, era inútil y yo realmente lo intentaba y trataba sobre todo de no entristecer a papá. Pero en el recuerdo, también mi yo de ahora, ese niño crecido, se daba cuenta que esa vez, no era una ida como todas y recién después de tantos años, entendí por qué, papá, luego de mirarme un momento con su única expresión me dijo: “Me tengo que ir porque mamá se enojó conmigo y tiene razón.”
De todas formas, no entendí la explicación de adultos de esta vez (era común que él quisiera dármelas, sin entender que yo no entendía), por lo que, sin hablar, me puse en puntas de pie, aunque el estaba agachado y le di un beso en el poco de cara que le quedaba fuera de la barba.
Mi hermano, sin embargo, sabiendo que lo veíamos, amagaba a esconderse a espiar, detrás de la hoja de la puerta, con cara de miedo, de dolor y de bronca, todo mezclado, con una cara que nunca en los años había logrado entender. Ví que papá sin hablar, lo miró y se quedó callado y pensativo, como siempre, como siempre... cundo parecía que más se necesitaban sus palabras callaba. O demoraba años en hablar para finalmente decir cosas totalmente inútiles.
Yo esperé que papá hablara, pero desde el frente, de la casa de mi abuela, llegó la voz de mamá gritando, gritando como siempre lo hace, acercándose a nosotros.
Entonces, en un segundo, papá desenchufó el adorno de afeitadora y la metió en la ridícula y minúscula valijita que siempre usaba antes de irse. Se agachó. Me abrazó y me volvió a besar, diciéndome un simple “chau” y salió corriendo por la puerta, corriendo como un niño chico, como huyendo de una penitencia.
Se fue, sin afeitarse.

En ese momento hubo un corte, dejé de recordar, pero no despeté, ni me dormí del todo, seguía como en una especie de trance, de nebulosa, como un túnel que me atravesaba, que lo atravesaba todo y a través del cual ahora me iba colando de a poco en un pasado que mi mente había suprimido.
En el medio de uno y otro recuerdo había niebla y mi mente que flotaba en ella. Esos momentos, me permitían pensar y preguntarme cosas. La cara de papá, esa cara de aturdimiento, de nunca saber del todo que hacer, de tener miedo de la vida, de no ser ni si quiera dueño de sí mismo... esa cara de no entender nada y de no saber cómo actuar ante nada. Nada lo justifica, huyó por no haber sido lo suficientemente responsable como para hacerse cargo de dos niños que el había elegido traer al mundo.
Y sin embargo, su rostro, el recuerdo de su rostro, me hacían sentir el dolor y el desconcierto que el mismo debió sentir en ese momento. Escondido tras su barba. Tratando de huir del mundo y sufriendo por su propia irresponsabilidad. Huyendo al sacrificio del mar por no querer poner los pies sobre la tierra.
¿Qué logra el mar en la mente de los hombres? ¿Por qué no conozco la historia de un sólo marinero que haya tendido una vida “corriente”, o quizás clara por lo menos para si mismo?
Odiseo diez años luchando por volver a Ítaca, o quizás diez años huyendo de la rutina.
Y un eterno adolescente, huesudo, de barba, jugando a buscar la trascendencia vagando por los mares de vaya uno a saber dónde, dejando a sus dos hijos por años, sin preocuparse de lo que pasara y aún, regando más hijos por cada costa que pisara.
Mis medios hermanos mapuches, mis medios hermanos hindúes, suecos, chinos haitianos… ¿ellos lo habrán entendido, lo habrán comprendido?

La niebla se disipó. Pude ver un recuerdo, una escena que volví a vivir, siendo a la vez el niño y el adulto. Mi padre que había llegado no mucho tiempo antes de mi cumpleaños. Yo lo conocía sólo como una leyenda, ya que se había embarcado cuando tenía meses. Ahora casi con tres o cuatro años recién cumplidos, debía adaptar mi idea de mi padre a ese ser ridículo y misterioso, que no podía ocultarme con su mirada perdida y temerosa que sabía que lo escrutaba, que buscaba conocerlo y él tenía vergüenza de mostrarme que ni él se conocía.
Salía de bañarme. En la cocina, en el suelo, estaba su regalo de cumpleaños. Era un enorme gusano con secciones encastrables para armar, las cuales se podían disponer de distintas maneras, logrando efectos bastante variados, si consideramos que algunas secciones cambiaban de forma, otras tenían ruedas o alas. El ser era algo así como una oruga, lo delataba la sección única que representaba su cara esférica y sonriente. Pero la forma de construirlo era la gracia del juego. No puedo creer tanto simbolismo. Papá me lo había dado diciendo que era una cacharpila, aunque sigue existiendo un pedazo de la caja en el galpón de casa y en realidad allí se lee “caterpillar”.
La miré, antes de mirar a papá que como siempre estaba ahí, parado en algún lado, haciendo algo que no se entendía y que daba la impresión de que no hacía nada, que se pasaba el día pensando o mirando puntos fijos. Traté de ponerme en puntas de pie, para hablarle, pero en seguida se dio cuenta que estaba. Me miró fijo sin decir nada, entonces yo le exigí que me dijera la frase ritual que desde que llegó me decía cada vez que me bañaba. Me miró, demorando unos segundos y en seguida que salió de algo así como un trance, se agachó y me dio un beso pinchoso y áspero con su barba sucia, diciéndome “¡Limpito como un chiche!”

Esos son los recuerdos de mi padre que recuperé esa noche, los que mi memoria me había robado a mi mismo, que creía que lo había conocido ya siendo grande y que nunca había convivido con él. Ahora recordaba que no. Sólo dos fragmentos, dos escenas, pero ahora lo sabía. El día siguiente a mi cumpleaños se fue por un año más y luego volvió por unos días, yéndose para siempre en el momento de la afeitadora.

Había regresado, deslizándome hacia atrás a través de la niebla. Estaba en mi cama con los ojos cerrados surtiendo de lágrimas calientes mis mejillas. Pensaba en que al fin estaría verdaderamente limpio, que había sacado hacia la superficie la necesidad aunque sea de recordar. No de odiar o lamentar, pero por lo menos de recordar y darme cuenta que sí había perdido algo, que mi vida era una vida en la que había perdido a mi padre y que no podría rearmarla sin tener en cuenta ese pequeño detalle.
Lloré, lloré con una extraña angustia, triste y a la vez dulce y al fin me dormí en una extraña tibieza; casi conmovedora.

En noviembre u octubre del año pasado escribí lo siguiente, palabras más palabras menos:

Pasó un tiempo y yo seguí elaborando en mi mente aquellas escenas. Fueron meses duros, en los que el calor seguía agobiando, pero de a poco, logré aplacarlo, entendiendo no sé que relación simbólica entre mis complejos irresueltos y mi poca capacidad de resistencia ante las altas temperaturas. Todo en ese período fue extraño y llegado en su momento justo. Ya no sé como ennumerar todo lo que pasó, pero creo que se tendrá una idea bastante aproximada si digo que “Cada libro llega en su momento justo”. Llegaron a mis manos por azar y leí en secuencia exacta “la infancia de un jefe” y la biografía de Baudelaire de Sartre, releí a Felisberto y de alguna forma lo redescubrí, como a Levrero y también descubrí el brillante libro de un autor argentino desconocido, llamado Daniel Boggio, que muchos deberían descubrir.
No puedo decir que la vida sea un lecho de rosas, pero es mejor saber que mis uñas estarán a salvo, mientras utilizo mis manos para construir mi propia vida. A veces el calor me desespera, pero por suerte
Con sólo recordar a Mónica, lo transformo en una reconfortante tibieza.

En realidad no escribí lo que dice ahí. Estoy segurísimo de que era algo mucho más poético, elaborado, con palabras más cuidadas (y falsas me sale ahora) y que habían muchos más sucesos y libros que ahora me olvido. Ese tramo final sin embargo, tenía la sentencia de la tibieza mágica a través del recuerdo de Mónica.
El cuento original se perdió, desapareció como si la boca del universo se lo tragara. Yo lo había desarrollado de a poco, cuidando no forzar nada, escribir al ritmo del proceso personal que de alguna forma representaba el cuento. Sentí que el documento de una evolución espiritual se había llevado algo de ella y sentí que mi pensamiento se volvía cada vez más mágico simbólico. Sin embargo, me serené pensando que quizás sería bueno el hecho, porque al volver a escribirlo (tenía la intención real de hacerlo en algún momento), volvería a hacer un proceso que quizás agregara elementos a lo que ya había aprendido. También, reconozco, mi relación con Mónica me quitaba bastante interés en la escritura.
Creo que hasta la alegoría del Ragnarok, todo es bastante fiel al original. Sin embargo debo haber cambiado unas cuantas cosas desde ahí.
La vida, como si estuviera siendo redactada por un escritor que cambia cosas por olvido o por sistema (como saberlo) cambió otras cosas. O quizás el problema es que los humanos olvidamos cosas sin ningún pudor en la vida real y estúpidos como yo se preocupan por olvidarse de lo que querían escribir acerca de un cuento que quisieron escribir pero no es este y en el que hablarán de ese que no es y que además lo perdí entonces este es la reconstrucción de ese y de dos más que quise hacer y no me acuerdo.
¡A la mierda, a la mierda el recurso literario y el contrato narrativo y hacer creer que la vida es como los cuentos donde S por lo tanto P y donde el elemento nombrado como motivo libre “clavo” al principio del cuento, debe usarse para colgar el saco del personaje, empalarlo o metérselo en la uretra de su reverenda pija al final del mismo! La vida es así es como un cuento donde las uñas del título desencadenan en ¿qué?

Mónica rompió el contrato narrativo un día, porque sí, como si se olvidara de todo lo que escribió con lo que dijo, con lo que hizo, con lo que prometió, con todo lo que arriesgamos juntos. El motivo era algo así como:-------------------------------------------, o en otros términos, porque debajo de su tierna máscara de tibieza mágica, había una adolescente que ni tendría nunca el coraje de subirse a un barco, pero que no pudo resistir la responsabilidad de que yo creyera como un idiota que era real aquello que ella decía para jugar a un juego, a un juego bonito que ya tenía edad para jugar. Sin embargo como juego se sustituyó por otro en el mismo momento que el primero comenzó a aburrir.
Pasaron semanas (quizás meses) para que saliera de un estado casi de shock, de un alelamiento que no me dejaba casi pensar, y directamente no me dejaba dormir. Pasaba todo el día entonces, descompensado, muriéndome de chuchos de frío y sin capacidad de coordinación para abrir un tarro de ketchup, lo que me hizo tener una crisis de llantos de tres horas sobre la mesa en una reunión familiar.
Cuando pude medianamente volver a mi vida normal, de todas formas había comenzado el invierno que ahora termina y el frío era una tortura en mi cuerpo dañado por la experiencia angustiante.
Fue entonces que me senté a pensar solamente en lo necesario: en sobrevivir. Y como un lobo u otro cánido cerré la historia que había escrito en mi mente con la más cruda y desgarradora verdad. Después me levanté y seguí adelante. No voy a mentir; si ya no me importara no hubiera reescrito esto, no la haría parte del proceso de este que no sé que tiene que ver con el del cuento original. Pero por suerte, aún puedo reconstruir mi vida, otra vez… La memoria, que es dolorosa, que por suerte nunca es tibia, no esconde las cosas como escondió a mi padre y por suerte (nuevamente), comprendí que él único que eligió la ficción fui yo mismo y que de aquí en más sólo puedo buscar la “felicidad” en la realidad. En la realidad que es efímera, transitoria, olvidadiza, en la realidad del ser humano que hoy dice sí y mañana no, que un día ama y al otro odia, sabiendo que toda realidad puede volverse con una mirada hacia atrás, una ilusión.
Caminar sin que lo principal sea la felicidad, si no la obra, el bien personal. Sin mentirme.

Este es el cuento o los cuentos, pero ninguno es el que quise escribir, si no que al fin, ellos me escribieron a mí, o se escribieron solos.
Ya no tengo más nada que agregar. Sólo que en algún momento quería que el final, algo falto de sinceridad, culminara conmigo mismo, aún sufriendo por Mónica, mirándome las uñas en un rincón del cuarto, sugiriendo al posibilidad de un suicidio y cuestionándome si cortarme o no las uñas antes de morir, si vengativamente colaborar a acelerar o no el Ragnarok.

Jorge "Pollito" Manco.

1 comentario:

  1. Jorg Mirá doónde te vengo a encontrar, jejje. Vos siempre vos y te quiero!!!!
    Lole!!!

    ResponderEliminar