sábado, 23 de abril de 2011

Mago

Imagen extraída de la despedida de casados del actor belga Simon De La Rocha.


Lo que me diferenciaba de los demás (por no decir de todos los que conocía), era mi origen. Por lo general, los demás magos, aunque no siguieran la misma línea que sus ancestros, habían sido criados bajo un tipo de educación, en un ambiente o por personas que propiciaran su futuro desarrollo. Quien más quien menos, provenía de una familia de de metafísicos new age, teólogos, umbandistas o aunque sea, de hippies fumaporros, mientras que unos cuantos -que eran los protegidos a todas vistas- descendían de magos. Habían crecido oyendo hablar de transmigración, meditación y hechizos homeopáticos desde niños, por lo cual, la veracidad de su carácter de personas excepcionales con respecto al común de los mortales era mentira. Simplemente, ellos habían sido adiestrados socialmente (al fin y al cabo por más original que sea una familia, siempre es el primer núcleo social y de alguna forma trasmite valores o antivalores de esta misma sociedad) para ser magos y la semilla bien plantada había germinado, de la misma manera en que sus vecinitos hijos de ateos socialistas terminaban siendo abogados materialistas y las de amas de casa cristianas, lo que sus madres soñaron y nunca pudieron ser: divorciadas y madres solteras.
Mientras la mayoría de los demás había crecido casi con su destino marcado, yo había nacido en una casa donde hasta mi propia crianza -e incluso mi subsistencia, cuando aún no podía valerme por mi mismo- estuvieron desganadamente abandonadas al mínimo esfuerzo posible y a ningún valor que no fuera lo práctico y en lo posible, lo cómodo. No tengo idea si quiera de si mi familia era agnóstica o posicionarse en un estado de duda ya les costaba demasiado trabajo. Con respecto a lo que podía ser la religión, mis padres estaban más allá del bien y el mal, no creían en ninguna de sus dos opciones (la fe o el ateismo), ni tampoco dudaban. Con respecto a lo que podemos llamar “creencias mágicas”, como se les denominan en el módulo introductorio del segundo semestre, alguna vez que otra, vi que cuando al parecer les convenía y no les costaba mucho trabajo o plata, habían recurrido de igual forma a los pais como al Reiki y la angeloterapia, pero sin tomar en serio ninguna de ellas, más que como se toma en serio al plomero que viene a destapar la mierda de la cloaca.
Realmente, creo que el único excepcional ahí había sido yo y que -como veladamente alguna vez dejó entrever uno de los maestres-, yo había nacido con el don, lo que me ponía por simple naturaleza por encima de aquellos que teniendo padres influyentes y practicando desde hace años no lograrían ni la mitad de mis triunfos.

Al comienzo, me acerqué a la escuela con algo de desconfianza, pero a su vez feliz de encontrar a otros como yo en el mundo, que me comprenderían y me guiarían y de darme cuenta que no era un loco divagante. La Suprema Orden Del Sur no funcionaba de manera muy diferente a una escuela nocturna, por lo menos en el período en que uno no aprendía a través de misiones encomendadas por los maestres, quienes las controlaban desde las sombras como en un examen-reality show. Y como en cualquier escuela, esa esperanza de ser entendido se esfumó bastante rápido. Mis compañeros se fastidiaron bastante conmigo, cuando sin entender demasiado de qué hablaban, les reconocí que aunque algo había oído, nunca había leído a ese tal Harry Putter, ya que en casa lo único que se hacía todo el día era escuchar la radio y jugar mames en la computadora, además que yo no tenía casi amigos. Traté de disculparme por mi error, pero desde ya, los más avanzados sentenciaron que en la vida real (de mago), equivocarse en una letra podía ser fatal.
Eso era verdad, como entendí después.
Teníamos materias teóricas muy vastas que profundizaban poco en cada tema, como historia de las religiones, técnicas espirituales y teoría mágica, además de una cantidad de materias generales y de filtro que por lo general nunca aplicaríamos, como sociología y legislación de la magia. Pero el grueso de nuestra preparación, consistía en los nombres secretos, aunque esto se adornaba con cursos donde aprendíamos de memoria hechizos discursivos en lenguas raras, escritos en enormes cronicones amarillentos y polvosos, como también a crear los nuestros y a veces acompañarlos con procedimientos físicos que a los demás les encantaban, como cortarse una yema para hacer salir sangre y otras cosas de las películas.
Una vez aprendidos los alfabetos sagrados básicos (aunque luego se podía seguir aprendiendo más de ellos, siendo obligatorios cinco antes del sexto semestre), se nos comenzaban a revelar los nombres secretos de las cosas, o se nos ponían pruebas o ejercicios prácticos para conocerlos.
Por medio de estos nombres secretos, nosotros podíamos controlar las cosas en el más amplio sentido del término, de una forma similar -aunque cualitativamente inferior- a como lo hace el Arquitecto. Estos nombres eran infinitos y a veces difíciles de encontrar, porque distintas civilizaciones habían nombrado distintas cosas, faltándole alguna con respecto a las otras y sobrándoles con respecto a las que sí tenían lo que a ésta le faltaba. Dominando bien los nombres secretos, combinándolos y usando la intuición, se podía hacer todo lo imaginable: conocer el futuro, crear ilusiones y otras cosas que me callo por ahora.
El poder de la palabra, aún solamente pensada, era algo que yo manejaba instintivamente desde niño, sin percatarme nunca de que no nombraba las cosas en castellano, ni ningún otro idioma que conociera. Sin embargo, en Hodarts encauzaron mi poder innato y ampliaron mi vocabulario secreto instintivo, aunque sugiriéndome que no me preocupara y dispersara tanto en conocer más alfabetos sagrados fuera de clases, ya que con el hebreo era casi suficiente para todo lo que hiciera en mi vida. Insistieron mucho con eso, sobre todo después de que no les hiciera caso ni les creyera.
Convocar pequeñas brisas que me alcanzaran los papeles a mi mano de sobre la mesa o prender llamitas en las velas de mi pupitre sin usar fósforos (ahora a conciencia) me llenaba de emoción en mis primeros meses, tanto que no me percaté que a nadie allí le gustaba mi desempeño sumamente acelerado, ni mi falta de obediencia a “sugerencias” de los maestres.
La otra gran parte de nuestra formación era una advertencia repetida desde todos los ángulos y con todas las variantes posibles, que en el primer semestre comenzaba como tema trasversal en todas las materias y después se volvía hasta una o dos materias obligatorias por curso, si no en forma, en contenido. En casi todos los libros se le llamaba “teoría del equilibrio”, aunque tenía otros nombres, como “ley de la compensación”, o “ley del triple”, que era la forma en la que más gustaban llamarla los alumnos, ya que remitía a algo así como un castigo que triplicaba la fuerza del hechizo en dirección opuesta hacia el mago cuando éste hacía algo “malo” y hacía pensar en seguida en películas tontas y taquilleras que apestaban a moral cristiana. Los maestres que se reían de esto, la llamaban con otros nombres y la explicaban un poco distinto, pero en el fondo, se notaba que la concebían de la misma forma. Sin embargo, siendo un poco más crítico y conciente, se advertía que lo que los grandes Magos del pasado habían advertido en sus libros (de los que ninguno se puede conseguir en las librerías supuestamente especializadas en el tema), era mucho más simple y menos rimbombante. La teoría del equilibrio afirmaba que siempre que el mago utilizaba su magia, de alguna forma, por medio de su acción más allá de lo posible para el humano común, alteraba el orden o equilibrio del universo. Y este universo como cualquier ser vivo, siempre tendía a la homeostasis. Por lo cual, cada vez que utilizaba su magia, antes debía calcular concientemente la reacción equilibrante que el cosmos generaría (la acción “opuesta”, o castigo, desde la teoría con sentido moral). La forma en que el universo tendía a volver a equilibrarse de la acción mágica descansaba sobre una lógica simplísima, que quedará en evidencia con unos pocos ejemplos. Por ejemplo: un mago quiere desembarazarse de un ruido molesto y decide entonces aumentar la densidad de la pared que lo separa de la casa del vecino donde se celebra una fiesta. Lo hace y funciona, no obstante, los espacios itermoleculares o incluso cuánticos anulados generarán una rarefacción en cadena que quizás hará que todos los líquidos dentro de la casa del mago se evaporen y quizás, también, algunos sólidos y quizás no sólo en su casa, si no a unas cuantas cuadras a la redonda. Aquí entonces, el mago tendría que considerar si no sería mejor volver la pared más porosa para que absorba el ruido o hacer que las ondas de sonido se refracten en su pared. Cada decisión tendrá su contrapartida de compensación particular y en elegir la que vuelva más eficiente el conjuro, es lo que distingue a un mago de un inventor de desastres artificiales. Se nos hacía estudiar ejemplos y comprender el mecanismo redactándolo, o se nos ponían reacciones para que nosotros halláramos los hechizos que los podían haber causado, o se nos ponía un hechizo para que concluyéramos sus posibles consecuencias. Ya sabíamos de memoria que hacer llover provocaba luego heladas o niebla en forma anormal, que generar alucinaciones provocaba luego períodos de esterilidad mental y visión truncada, que aflojarle el eje de la bicicleta a un enemigo podía provocar que varias personas incluyendo el mago no se pudieran desabrochar los zapatos, que anular el reflejo de un cuerpo en un espejo hacía que éste brillara posteriormente, que adelgazar una pareja luego le provocaba cansancio crónico, etcétera, etcétera, etcétera. Si bien esta ni se tomaba en cuenta para los primeros y más tontos hechizos (prender bombitas y esas bobadas), a medida que avanzábamos en nuestro aprendizaje, la repetición hasta le hartazgo de dicho principio una y otra vez generaba incluso tanto aburrimiento que hacía que mucha gente abandonara los cursos.
No obstante la “primera etapa” en Hodarts terminó y yo lo superé sin trancarme en ningún filtro, con excelentes notas y ya convocando ánimas.

Se inicio el primer receso largo en mi formación y durante la fiesta de despedida, se hizo muy evidente para mi la antipatía mal disimulada, con que alumnos que ni me conocían me hacían sentir un extraño vacío, por el cual yo no podía cuajar en ninguno de los grupitos que se habían armado, aunque donde más lo sentí fue en el grupo de los más allegados a mí, quienes aún se conformaban con apagar la luz eléctrica y abrir ventanas. Y exactamente el mismo fastidio sentí en los maestres. No obstante eso, era evidente que era el mejor alumno de toda la escuela.
Autorizado ya para practicar la magia fuera Hodarts, no tuve mayores inconvenientes para hacerlo. Tenía a mi favor dos elementos. Primero: ya lo había hecho antes de entrar en el instituto sin que nada saliera mal o en forma desfavorable con respecto a mi persona, además y segundo: manejaba muy bien la ley del equilibrio. Por otro lado, aplicar la magia en la vida cotidiana para beneficiarme o simplemente divertirme (como la mayoría de mis compañeros la usaba) no era algo que realmente me importara demasiado. De todas formas, esto no me hacía más humilde o desinteresado que aquellos que practicaban magia para aumentar su poder sobre la vida y los demás hombres comunes. En lo profundo de mi ser, si bien no lo declaraba a menudo, lo que más me había interesado de seguir creciendo como mago desde mi entrada a Hodarts, ya no era aprender a hacer aparecer y desaparecer objetos o supuestas proezas como detener el tiempo a mi alrededor. Mi aspiración al comienzo me pareció a mi mismo que era conocer por conocer, saber hasta elevarme de mi mismo por medio de la sabiduría, sentir que no había ningún secreto para mí. Después me di cuenta que yo quería saber incluso más que los magos, que yo quería ser como, o incluso ser un dios.
Fue entonces, que sin declararme, cada vez me alejé más intelectualmente de los cursos que tomaba (los cuales sin embargo con poco esfuerzo salvaba con excelentes notas) y me dediqué a desentrañar de los libros más oscuros y difíciles de la biblioteca. Aquellos que los maestres nos ocultaban muy simplemente, ya que la mayoría de los aprendices sólo leían el libro obligado por el docente del curso para salvar la prueba y se conformaba con eso.
Ni bien comenzada la segunda etapa, yo ya estaba tras las pistas de “El Camino innombrable”, aquél que no se sabía bien cómo (ni si realmente funcionaba) llevaba a igualarse o a ser Dios. El camino parecía difícil y al parecer de años. Había que descubrir una cantidad de nombres secretos de entes de los que nunca nos habían hablado, practicar la alquimia (sin usar los nombres secretos) hasta conseguir la piedra filosofal, develar el secreto de la eyaculación azul, aprender la trasmigración hacia las metaalmas y finalmente, lo que no debo nombrar bajo riesgo de desaparecer junto con quien lo sepa de mí; que por lo tanto, tampoco está nombrado en ninguna parte por nadie.
La falta de integración con mis compañeros a partir de ese momento se volvió cada vez más evidente. En las clases me sentaba en cualquier lugar, mientras los demás tenían su corrillo armado e inamovible. Me quedaba en la biblioteca sin poner ninguna excusa cuando estos mismos corrillos organizaban reuniones en la casa de alguno de sus integrantes, así como cuando salían a tomar algo después de clases. Mi desacomodo estético también era notorio. Aunque con variantes, todos en Hodarts entraban dentro de unos pocos grupos estéticos: por el lado de los profesores, todos ellos eran más o menos pelados, con barbas candado y una falsa desprolijidad en sus camisas blancas y pantalones de jean, mientras las pocas profesoras que había por lo general parecían Cruela de Vil o Yoko Ono. Los estudiantes por su parte, tenían una extraña obsesión por vestirse con algo similar a un uniforme de colegio inglés victoriano, aunque allí nadie exigiera llevar uniforme. Por otro lado, estaban aquellos que permanentemente se vestían de negro llenos de accesorios incongruentes que podía mezclar un mjolnir con una cruz de malta como si nada. En cuanto a accesorios las chicas llevaban los peores; además de polleras, vestidos puntillosos en extremo, maquillajes como de Halloween y uñas negras en ambos sexos. Yo sin embargo.. ni si quiera recuerdo lo que usaba. Sólo me vestía porque de estar desnudo me encarcelarían y en la biblioteca de la cárcel de seguro no estarían los libros que necesitaba. No quería demostrar nada ni pertenecer a ningún grupo a partir de mi imagen, ni menos aún tenía preferencias por tal o cual ropa o peinado.
La segunda fase culminó con todos los estudiantes de un lado y yo del otro, nuevamente con las mejores calificaciones y los maestres gruñendo al tener que felicitarme.

Pero el tercer ciclo no llegó sólo, si no con algo que trastornó completamente mi trayecto recto hacia las metas que deseaba cumplir.
Estaba en la primera clase del año. Había llegado más temprano que todos, por lo cual como a los cinco minutos desde que yo me había instalado en mi pupitre, recién comenzaron a entrar los compañeros y el docente. En ese momento, vi que todo se enlentecía. Miré -casi con costumbre a que pasaran este tipo de cosas como pruebas sorpresa-, como mientras todos iban lentísimo, casi midiendo sus movimientos, una sola figura se destacaba, también con movimientos pausados, pero menos que los de los demás y mucho más graciosos. Noté que desprendía algo como un brillo y que se veía nítida entre todos los demás borrosos y después, noté que era una muchacha y además preciosa, de una figura delgada pero de curvas marcadas, alta y firme, con un pelo lacio castaño claro, suelto hasta los omóplatos y unos ojos marrones y grandes en una cara inteligente y notoriamente orgullosa. Me quedé deslumbrado observando la escena en con arrobamiento atrasado, ya que desde mi entrada a Hodarts nunca me había fijado si quiera en una mujer.
Seguí con los ojos pegados a ella hasta que llegó a su pupitre y mirando hacia mi con algo de indiferencia, soltó su cartera en el suelo indolentemente y luego de sentada al lado mío se dio vuelta para mirarme ahora a aquemarropa y sin tapujos.
Asombrado, no pude reaccionar y dejé que mi mentón bajara un poco, mientras seguía observando su cara desafiante, inteligente, orgullosa y ahora un poco maligna o maleducada, cuando empezó a reírse de mí en mi propia cara, mientras todo volvía a la velocidad normal.
- ¡Jajaja! –cuando reía mostraba unos dientes blanquísimos y los ojos se le empequeñecían graciosamente- ¡Siempre hay alguno que cae en el truco de la cámara lenta! ¡Jajajaja!
Desconcertado, vi como unos cuantos alrededor también empezaron a reírse de mí, mientras ella, con desparpajo ponía las piernas sobre la mesa del pupitre de tal forma que se veían sus nalgas y su bombachita fucsia y se ponía los auriculares que no se sacó en toda la clase.
Si bien mi humillación no se evacuó con tanta velocidad, ese día el tiempo quedó algo acelerado, por lo que pronto me enteré de que ella se llamaba Agustina Ponce De León y era hija de uno de los grandes maestres, lo cual explicaba por qué nadie la reprendió por utilizar aquel hechizo en una estúpida broma y dejar luego el tiempo acelerado (lo que lograba que las lecciones quedaran cortadas), ni tampoco por escuchar música durante la clase, ni por la posición en que presenciaba ésta. Agustina había abandonado sus estudios durante tres años para hacer un viaje en crucero alrededor del mundo, el cual abandonó para quedarse a vivir un tiempo en las islas de pascua y algunas escalas más como regalo de sus padres por sus quince años.
Ahora retomaba la última fase junto conmigo, al parecer para mi escarnio.
El primer día confirmé lo que más o menos se dio por casi todo el resto del semestre. Agustina parecía ser respetada, o por lo menos no detenida por más desubicaciones que cometiera, aunque se notaba que ni los compañeros ni los docentes la soportaban demasiado, a no ser por conveniencia. A su vez, Agustina, conciente de la falsedad de los demás para con ella, destrataba o parecía ser simpática con la gente según su antojo del día, mas sin embargo, no se burlaba tan atrozmente de nadie más que de mí. No obstante, mis días fueron convertidos en un infierno gracias a Agustina por otro detalle: era una estudiante muy buena y dotada para la magia, aún siendo desaplicada, por lo cual clases enteras se veían perdidas en áridas discusiones entre ella y los profesores, sin más motivo que el hecho de que ella se levantara quisquillosa. Y como temí desde el primer momento, en discusiones conmigo, que era casi el único que levantaba la mano todas las clases. Se notaba que para ella era un deporte y que incluso estando de acuerdo conmigo, estaba esperando todo el tiempo que yo hablara para caer con un hacha sobre mí, sólo por la satisfacción que le daba ver que cada día levantaba la mano con la cara más pálida esperando lo que venía.
Debo reconocerlo por más que no quiera. Había un hecho más por el cual Agustina destrozó el ascenso meteórico de mi carrera, llevándome a pensar que enloquecería en cualquier momento de seguir así.
Agustina, inexplicablemente, me generaba odio, fastidio, miedo y por sobre todo una intolerable e incontrolable atracción que apenas puedo explicar con palabras. No sé si era la belleza de su cuerpo cada vez que la veía pasar caminado con la nariz apuntando al cielo y los pechos a veinte centímetros delante de ella, no sé si era la grosera exhibición de su cuerpo que practicaba todos los días en Hodarts con su ropa corta y desprolija como si no le importara, si era su inteligencia al discutir al santo botón o qué, pero cada día, mientras me insultaba impunemente o se reía de mí después de paralizarme las piernas al momento de pasar al pizarrón, sentía que estaba enamorándome de ella; como por arte de magia.
Fue en ese entonces, que empecé a estar de pronto en la biblioteca consultando los más antiguos cronicones y luego de tres horas frente a un símbolo, darme cuenta que no podía decodificarlo porque estaba pensando en Agustina, imaginándome cerca de ella mirándonos, acariciándonos y hablándonos con ternura y luego besándonos mientras yo bajaba mis manos por debajo de las tablas de su diminuta pollera; pensando como hacer para decirle algo de lo que sentía, sin darme cuenta que no podía decirle ni hola sin que ella emitiera un comentario irónico o despectivo al respecto.
No obstante esto, aunque yo mismo notara mi decadencia, pasé el primer semestre de la última fase nuevamente con las mejores notas, aunque –sí, justamente ella- Agustina hubiera estado a pocos puntos de quitarme mi sitial, lo cual puso aún a todos los maestres amigos de su padre más furiosos contra mí.
El segundo semestre y final en este fase, nos separaba de la graduación como mago general (luego cada uno haría su especialización) y la tensión era increíble.
En el aula, sólo estaba yo de mi generación y Agustina (vaya a saber de qué generación) que compartía relativamente mi edad. El resto de los compañeros, era gente no demasiado notable que estaba en Hodarts, hace años, incluso hace décadas y que a claras vistas, sobre todo en las caras de hartazgo de los docentes, se notaba que podrían seguir tomando esos cursos por años sin graduarse jamás.
La primera semana, Agustina se veía extrañísima. Tenía cara de estar realmente malhumorada, al punto de que ni siquiera hablaba o se burlaba de nadie. Ni si quiera de mí. Solamente entraba a las clases –por lo general tarde-, se sentaba con las piernas en una posición relativamente decente, escuchaba sin hablar y con el ceño fruncido y luego al tocar el timbre se iba antes que nadie golpeando la puerta con la mente.
La segunda semana yo estaba dentro del aula ya, cuando la vi entrar mirándome seria y caminado directo a hacia mí. El corazón me dio un vuelco y sentí como si estuviera a punto de serme develado el Secreto de los Secretos, el que no se puede develar si no deja de serlo.
- Hola –fue lo único que atiné a decir, con la voz temblorosa.
Agustina, sin contestarme, se sentó al revés en el pupitre frente a mí y me dijo con dureza:
- Yo no quiero ser mago, lo hago porque mi familia me obliga, pero si no termino ya me van a volver loca. Cuando tenga ese título lo voy a colgar de la pared y me voy a dedicar a accionista de alguna empresa de comida chatarra ¿Me oíste? –terminó la frase con bronca, como si a mí me competiera lo que ella hiciera de su vida futura, más allá de que me parecía un desperdicio que no explotara su talento para la magia.
- Y no… -temblé y se me cortó la voz, esperando su reacción a lo que iba a decir- ¿Y no te gustaría especializarte en algo?
- ¡No! –gritó ella acercando su boca rabiosa hacia mí. Vi como sus labios también temblaban y casi no resistí las ganas de besárselos de golpe, pero en seguida me di cuenta de que Agustina sería capaz de sellarme la cavidad bucal y que además temblaba de bronca o impotencia, pero no de lo mismo que yo.
- ¡Dejate de temblar, maricón! –gritó, pegándome un piñazo mental en el pene semierecto.
Mientras me encogía de dolor, continuó diciéndome con la voz bastante alta:
- En este curso todos son un bodrio y con el único imbécil que puedo contar para hacer los trabajos conjuntos es contigo, así que si no te tomo más el pelo es sólo por eso ¡pero si llegás a hacer algo mal o alguna de tus estupideces o me contradecís en algo estando conmigo, te voy a hacer comer las bolas y te voy a cerrar el agujero del culo para siempre nerd pajero comelibros del carajo!
Cuando se dio vuelta y se alejó caminando enfurecida no pude evitar ver como su cabello y su pollera se movían al ritmo de su andar rabioso y sólo una segunda piña mental de despedida evitó que volviera a alborotarme físicamente.
Tenía un problema mental. No podía gustarme alguien así y ahora encima, tener que compartir con ella horas de estudio. Pero aparte Agustina me hacía sentir más humillado aún con uno de sus insultos, ya que tenía razón, de noche no podía evitar pensar en ella, por lo que al otro día por lo general estaba ojeroso y dormido, no podía pensar bien y además era sabido que la energía que se gasta en la satisfacción del eros disminuye notablemente las capacidades mágicas, por lo menos en la línea que se usaba en Hodartds. Y dicho fenómeno aumentó aún más en el período que estudiamos juntos para preparar los trabajos. Pasaba toda la noche recordando el momento en que se agachó displicentemente a recoger la goma o la forma en que mordisqueaba el lápiz al leer un repartido con las piernas arriba de la mesa de la biblioteca y la silla flotando a treinta centímetros del suelo.
Su mal humor no cambiaba nunca y todas mis esperanzas de que la rica mala de la película al fin se hirviera novia o pareja del pobretón brillante se deshacían en pedazos a cada uno de sus piñazos mentales en mis genitales.

Tener vagina es sumamente complicado, sobre todo cuando uno aún es joven en llevarla puesta y no está acostumbrado. Intentando seguir su teoría sobre la teoría del equilibrio, sin mucho cuidado, corté una menstruación de Agustina. Lo ahorrado en dolor de útero incomodidad e impracticidad por tener que andar cambiándose e higienizándose no teniendo tiempo ni ganas, no fue ganancia ante lo que pasó después. Al necesitar cocinar rompí un huevo contra el filo de la sartén y en vez de salir la clara y yema acostumbradas, cayó pesadamente en el metal caliente un feto humano del tamaño de una galladura flotando en salsa de tomate. Pero supongo que todas las mujeres se acostumbran a tenerla puesta ahí en la entrepierna, sean o no magos.
Sin embargo no debo adelantarme: antes de que la teoría del equilibrio se volviera completamente desconcertante para mí en los hechos, aún pasaron otras cosas.
Todo empezó a enrarecerse un día en que estudiábamos algo acerca de cómo se podía hacer creer a las mente débiles que la magia homeopática funcionaba, al sugestionarlas por medio del procedimiento y hacer que ellas mismas alteraran los hechos por medio de su fuerza mental innata, o simplemente percibieran que los hechos se alteraban aunque eso no ocurriera. Agustina, como siempre comenzó a insultar al autor del libro y a quejarse acerca de las estupideces en que tenía que gastar su tiempo. De ahí el discurso derivó en que era lo que hacían la mayoría de los magos “populares” (wiccas, umbandistas, cristianos carismáticos, etc.) y que si el autor nos estaba tratando como viles ilusionistas de cumpleaños infantil y de qué nos servía saber algo así, después de supuestamente conocer tantos nombres secretos y etcétera, etcétera, etcétera. Entonces, como siempre, sin poder evitarlo yo discutí el punto con ella, dándome cuenta al instante de que mis genitales serían golpeados atrozmente de nuevo.
- Pero Agustina, el texto es algo oscuro y en realidad aún no entiendo a qué está apuntando, por lo que habría que ver primero eso. Creo que si te ponés a pensarlo, capaz que está apuntando a que el mago no se haga cargo de la teoría de la compensación cuando el encargo es un disparate compensatorio y quien lo reclama no puede transigir en eso por que no lo entiende…
Callé asustado al darme cuenta y esperando un seguro golpe descargado en mis genitales que ya se contraían instintivamente, pero esto no sucedió. Por primera vez en todo ese tiempo, Agustina se dignó a expresar lo que pensaba sin coaccionar de ningún modo a su interlocutor para que le diera la razón. Por primera vez, Agustina estaba realmente segura de lo que decía.
- Sí, de seguro que es por eso o por algo todavía más bajo y servil, por algo igual a lo que se le ocurriría a mis padres, que son magos sólo para hacer plata a costillas de los demás y pensar que tienen todo controlado a su alrededor. –calló un segundo y me miró, como si observara si esta vez podía entenderla o debía seguirme explicando.- ¿Sabés cual es el problema? Es ese machaque continuo con la teoría del equilibrio. La teoría del equilibrio no es verdad. La mayoría de las veces no lo es y si lo es, es en una forma mucho menos confusa y predecible que lo que dicen los libros, pero el hecho es tenerte agarrado de las bolas por medio de ella, castrarte ¿Entendés? Te cortan las bolas mágicas, intelectuales y morales…
-No, no entiendo –dije con miedo y tampoco fui golpeado.
- A ver - dijo Agustina, como tratando de ordenar sus pensamientos-. ¿Qué experiencias has tenido con la teoría del equilibrio?
Si bien tuve que hacer un poco de memoria, luego contesté resuelto:
- Y… casi ninguna. Más bien lo predecible, lo que sabía clarísimo que iba a pasar por los libros y nunca nada negativo, ya que calculo muy bien a partir de eso. Sólo una vez volvía calentar la hamburguesa que se me había enfriado y se me congelaron las yemas de los dedos por un ratito. Nada del otro mundo. La mayoría de las oportunidades los efectos eran tan pequeños que ni si quiera los noté…
- O no hubo –me cortó. Yo me quedé mudo y ella continuó.- ¿Sabés lo que pienso yo, de qué estoy casi segura? De que la teoría de la compensación es en gran medida algo para asustarnos y para que sólo los grandes maestres hagan cosas grandes –y cuando digo grandes, es realmente grandes, lo sé por mis padres-. Nos meten miedo, entonces como creemos que el cosmos nos va a hacer salir hemorroides si hacemos que una persona no vea el asiento donde nosotros nos queremos sentar, luego de hacerlo, nuestra propia mente nos hace venir un cáncer al colon, porque somos magos y podemos hacerlo. Imaginate si jugamos con el tiempo, si volamos, si nos volvemos invisibles; probablemente explotemos nosotros y todos nuestros seres queridos. Tenemos inconsciente y nuestro inconsciente está diciendo nombres secretos por atrás de nuestra conciencia todo el tiempo, por eso cuando hacemos algo que hay en un libro nos parece que es verdad el ejemplo de la compensación que decía que iba a pasar, porque lo hacemos nosotros mismos ¿Entendés ahora? Me parece que en eso de la sugestión este payaso tiene razón.
- Pero… Pero Agustina, no sé… y si no es así. Y si todos pensáramos como vos e hiciéramos lo que quisiéramos con el cosmos… todo sería un caos, ya ninguna ley natural serviría para nada, alteraríamos el equilibrio del mundo entero, el destino… No sé, a cada instante todo sería un caos por los efectos en cadena que podríamos generar…
- No lo creo. No. Pensalo. Ese es el problema. ¿Ves? La palabra que usaste lo explicó todo: caos. ¿Nunca pensaste que se le llama “caos” a todo ello que el hombre no puede controlar o simplemente se sale de sus planes, sin detenerse a ver si en realidad no será un “orden” superior que el no puede ver o simplemente un azar más? Somos unos putos magos post-positivismo, post-ilustración. Somos magos científicos por oposición a los magos –justamente- de pensamiento mágico-simbólico que salen en los programas de la televisión. ¡El caos! ¡Oh Jesús! ¡Oh capital! ¡Qué horror! ¡Algo que no podemos dominar y que puede tirar por tierra nuestros delirios sicóticos de dominadores del mundo! No, imposible. El vacío no existe. El caos tampoco. Si nosotros hacemos a, por ende b y si tomás el nuevo yogur de la Semenísima te crecerán los senos y te quedarán duritos y paraditos.
Cuando terminó la última oración no pudo evitar parar en su discurso despotricante y reírse como loca, sin poder fingir si quiera por orgullo que seguía enojada. Y yo también me reí, como hipnotizado por su risa. Fue tan espontáneo, tan genuino. Compartimos la risa sin que nada importara y sin darnos cuenta que según el libreto, no debíamos hacerlo. Cuando nos detuvimos, Agustina sin embargo no pudo evitar continuar en su discurso avasallante:
- ¿Alguna vez pensaste que fascista es todo esto? ¿Qué cantidad de afecciones mentales potencia en la gente: deseos de control absoluto, megalomanía, alienación del resto del cosmos? Es muy, muy fascista…
- ¿Fascista? –pregunté yo, pensando en la doctrina política.
- Sí, quiero decir es muy totalitario y muy estúpido, como el fascismo. ¿Cómo nos pueden hacer creer por toda nuestra carrera, que porque nosotros practiquemos un hechizo para generar un efecto podemos anular, manipular e ignorar la increíble cadena de fenómenos que están vinculados a aquél que nosotros queremos cambiar, los millones de personas aplicando otras acciones en la realidad a nuestro alrededor, cómo alguien puede pensar que genera algo a la fuerza a la realidad, sin tener en cuenta los millones de causas y efectos que giran a su alrededor, siendo tan yoísta de pensar que puede torcerlos hacia donde quiere, sin darse cuenta que quizás, la realidad sólo está permitiéndole que lo haga? –hizo una pausa- O incluso forzándolo a que lo haga…
Quise discutirle muchas cosas, que luego y pensándolas muchísimo, me hicieron dar cuenta que no eran lógicas, si no, justamente, cosas que me habían hecho creer y que debía defender para que mi sistema, para que mi idea de la realidad no se cayera por el suelo y yo tuviera que plantearme de vuelta toda mi vida. Era evidente que podría haberle dicho que en algunas cosas su teoría era muy parecida a la de la ley del equilibrio pero luego me di cuenta que no. También que había que tener algún criterio práctico de realidad y hacer aquello que diera resultados sin cuestionarlo tanto, pero de inmediato, me di cuenta que decía eso porque -como me lo había dicho-, tenía miedo al “caos”. Incluso pensé en decirle que había que tomar en cuenta la doctrina mágica y de la realidad como una especie de compromiso por haber elegido ese camino, aunque en seguida me di cuenta de que la obligación o el deber eran el peor argumento para resolver un planteo acerca de la misma naturaleza del cosmos y de la acción del hombre.
De todas formas, no le podría haber dicho nada. Un conserje me avisó algo, escuché a mi hermano por el teléfono y cuando quise recordarlo, estaba en casa. Me acuerdo de todo muy fragmentariamente, como flashes, como un videoclip.
Mi padre murió en alguna situación que nunca pude esclarecer del todo. Lo cierto era que si bien él siempre había estado mucho menos en casa o comprometido con nosotros que con el bar, su aporte era lo que básicamente mantenía toda la casa, desde mi madre que no trabajaba hasta a mí, pasando por mi hermana y mi sobrino. Yo estaba trabajando en algo de pocas horas y zafral desde segundo año de Hodarts, pero eso no alcanzaría prácticamente para nada y toda la presión social de la familia, los vecinos y hasta de gente que no conocía cayó en la supuesta -y afirmada por todos- verdad absoluta de que ahora me tocaba a mi trabajar en serio para mantener a la familia y dejar de hacer el liceo nocturno que suponían que hacía cuando iba a Hodarts; que además no me iba a servir para nada.

Los últimos meses en Hodarts fueron los peores de mi vida. Creo.
Debía terminar mis más difíciles exámenes finales con al presión incesante de mi familia porque consiguiera un trabajo en serio, que me dejara de liceo y arrancara para las ocho horas, los gritos de mi madre y hermana reclamando por la bombita que no había cambiado y porque de noche tenía que estar en la casa porque había ladrones por todos lados, los gritos y berrinches constantes de mi sobrino, completamente malcriado con la justificación de que no tenía padre y mi hermano que vivía a muchos kilómetros y sólo venía cada tanto a recoger chismes diciéndome lo que tenía que hacer e insultándome por las maldades que le hacía a mi madre y mi hermana.
Sin embargo –creo que esa fue al más hermosa ilusión, por no decir la única por esos días-, la relación con Agustina, desde aquella charla parecía haberse dulcificado de tal manera que ahora hasta podíamos hablar de igual a igual, e intercambiar palabras acerca de nuestros problemas y proyectos. Yo necesitaba terminar -sin pifiar en lo más mínimo- la carrera, para aunque sea tener eso, ya que probablemente nunca más tuviera tiempo ni dinero suficiente para seguir las especializaciones que quería, ni para hacer “El Camino Innombrable”. Agustina quería también, zafar radicalmente del destino impuesto por su familia para ella, para siempre.
- Qué ironía, vos querés seguir acá por toda tu vida y no podés, a mi me van a obligar a recibirme y ganar una beca para Egipto y yo lo que quiero es manejar un supermercado desde una laptotp tirada en una playa de Hawai.
- Yo más que nada quiero seguir El Camino Innombrable, sólo eso Agustina, que quizás con tiempo un día podría hacer sin que nadie me lo enseñe; sólo viniendo a la biblioteca… No me interesan los títulos ni las becas, menos si como me dijiste tus padres ya arreglaron que te den la beca a vos, cuando incluso no la necesitás…
- Yo no necesito ni si quiera estudiar ¿Entendés? Lo hago por inercia… si no hiciera nada en los exámenes me pondrían un nivel de excelencia igual… mis padres me están obligando a esto sea como sea…
- Realmente es una ironía… no sabría como ayudarte, si no lo haría.
-Gracias, yo también te ayudaría, pero eso de hacer El Camino Innombrable… no se cómo podría ayudarte a ser un Dios, no sé mucho como es eso de los Dioses…
- Y… Básicamente lo son porque tienen una capacidad de crear superior…
- ¿Superior? –dijo Agustina con una extraña cara, como no diciendo algo- ¿Estás seguro?
Me quedé cortado. De todas formas ella retomó el discurso.
- Bueno, vamos a seguir que quedan dos días para el examen ¿Sí? Yo te voy a ayudar como pueda, sos una buena persona, eh…
Cuando dijo eso no lo pude creer.
- Vos.. vos también Agustina…-empecé a ponerme colorado ya sudar como un botija de doce años, por lo que tuve que justificar lo más superficialmente que pude mi afirmación- Quiero decir… pudiendo no estudiar lo hacés igual…
Ella se sonrió y después empezó a reírse bajito sin decir nada. Esta vez no me humilló, bajó la mirada y hasta se puso colorada, pero era evidente que yo no la engañaba.

Salvamos el examen. El último. Agustina no le dio corte, hasta se sintió apesadumbrada, obviamente por el hecho de que al otro día, en las celebraciones de fin de curso le darían la beca que tanto odiaba. Yo no pude ni festejar de tan cansado que estaba. Simplemente nos dieron la nota y nos fuimos, aún ante el falso festejo de algunos compañeros hacia nuestra graduación.
Al otro día, nos dieron los putos diplomas y a Agustina la beca que ella misma me dijera que me tendría que haber tocado a mí. Nos despedimos, ya que al otro día ella se iría de vacaciones a Europa y luego, a la beca en Egipto.
A las pocas horas, entre los gritos de mi madre, mi hermana y mi sobrino, sentí sonar el teléfono que pronto nos cortarían. Cuando atendí, reconocí la voz al instante, pero por las dudas pregunté:
- ¿Agustina?
- No, la Reina Isabel de Castilla.
- ¿Qué querías? –casi grité, descortésmente, para tratar de tapar la voz de mi madre que me decía que fuera a comprar pañales de una vez.
- Bueno… no quería molestarte…
-¡No! ¡No!
-Sí, yo sé cómo es en tu casa… Escuchame, no quiero perder tiempo, te espero en la puerta de Hodarts en quince minutos…
- Pero, pero… no puedo porque…
- ¡No! ¡No! –volvió a ser la vieja Agustina y yo a pensar en que no podía ser, pero evidentemente era que al fin pasaría lo imposible- Necesito que vengas, por favor. Te quedás a dormir en casa… Por favor, necesito que te quedes antes de irme.
- Pero…
-Dale, te espero en media hora así te doy tiempo de que discutas para poder salir. En la puerta de Hodarts.
Y cortó.
Tuve que salir casi por la fuerza. Sabía que después me costaría caro, pero tenía que ir, fuese lo que fuese que pasara, sería seguramente la última oportunidad de estar a solas con Agustina en mi vida, a menos que pasara algo que no esperaba, aunque deseaba, aun sabiendo que la vida no es como las comedias. Llegué cuarenta minutos tarde porque obviamente tuve que ir en ómnibus y no en el taxi o auto que Agustina en su inconciencia debe haber pensado que yo podría usar. Pero Agustina seguía ahí.
- Perdoname qué…
-¡No importa! ¡No importa! Dale, vení.
No era una Agustina prepotente, ni la Agustina un poco más humana de los últimos días, sino una Agustina a las claras desesperada por algo, que necesitaba de mí más que antes aún. Me arrastró como un bólido por los callejones que daban a las mal disimuladas casas de los grandes maestres, todas detrás de Hodarts con su pantalla incongruente de panadería de una cuadra con arquitectura neogótica que nunca vendía al público. Finalmente me volvió invisible y me hizo pasar a su cuarto. Le gritó a su padres que se iba a dormir y trancó la puerta con más pasadores que los de una cárcel.
Cuando pude ser visible de vuelta, intenté preguntarle que pasaba pero se tiró encima mío, se adosó a mi cuerpo como algo caliente y suave que siempre hubiera tenido que estar abrigando mi carne, silenció mi boca con su lengua agitándose apasionadamente dentro de ella, penetrándome, impidiéndome reaccionar para darme cuenta de lo que estaba pasando. Después de haberlo soñado tanto.

No imaginé las consecuencias de conseguir lo que quería, de haber dicho tantos nombres secretos en pos de Agustina, del Camino Innombrable y tantas cosas más. A la mañana siguiente desperté como borracho, exhausto y con esa especie de soltura posterior a un orgasmo avasallante, sin embargo, sentía algo inexplicablemente distinto a otras oportunidades, una especie de sensación de no estar dentro de mi cuerpo. Ni dentro de mi cuarto. Agustina no estaba en ningún lado y yo, encerrado ahí, con sus padres tan cerca.
Al mirar al espejo recordé y también me di cuenta.
Ese orgasmo, ese orgasmo había cambiado mi vida para siempre. La relación sexual había sido algo tan fluido, espontáneo e inevitable que parecía hipnosis o mística pura. La lenta y creciente sensación de cada fibra del cuerpo volviéndose cada vez y cada vez más flexible, subiendo en crescendo como nunca antes había pasado, mucho más lentamente, hacía correr mareas de calor hacia todas las extremidades. El cuerpo sentía unos cosquilleos que aflojaban los músculos a espasmos, al ritmo de la penetración y sin que pudiera evitarlo soltaba gemidos suaves, agudos, como exhalando una especie de emoción fuerte, más sólida, más física que llenaba dese el pubis por donde entraba, hasta la garganta por donde salía. Los bordes sensibilísimos de los nervios, cada vez más acariciados, eran completados por el otro cuerpo como piezas de un puzzle buscadas hace tiempo y sólo ahora encontradas, envolviendo más fuertemente y contrayéndose más fuertemente, hasta que finalmente explotaron en una serie de terremotos que atravesaron cada célula, como una muerte, cortando el aliento, hasta que pude reaccionar, volver como de un trance y liberar todo el placer acumulado como una carcajada que nunca antes había liberado en mi vida y quedarme dormido.
Pero al mirarme en el espejo no sólo lo recordé, si no que me di cuenta que había equivocado todos los verbos en su género. Porque él que había tenido ese orgasmo la noche anterior fui yo pero en el cuerpo de Agustina, la cual ahora me miraba desde el espejo.
Le toqué los senos o sea, mis senos en ese momento, toqué mi vulva, sentí el placer de tocársela y sentirme tocada a la vez, me asusté y quise pensar que no era verdad a la vez. Pensé que en cualquier momento, Agustina volvería para explicarme que había sido todo un error, broma o algo así.
Pero no fue así. A las pocas horas fui obligado a tomar un avión a Europa. Nunca supe nada de ella, que supongo que debe ser yo, o sea, de estar en mi cuerpo.
La beca en Egipto marcha extraordinariamente, aún con el hijo que crío, que es algo así como un hijo de mi mismo en su cuerpo. Hasta hoy la recuerdo mucho siempre, me pregunto que estará haciendo con mi cuerpo y si algún día la encontraré, mientras viajo tranquilamente por el mundo con una y otra beca, tranquilo. Creo que finalmente entendí su teoría de la magia y muchas cosas más, ya que descubrí El Camino Innombrable desde hace tiempo, gracias a ella.


Jorge "Pollito" Manco.


No hay comentarios:

Publicar un comentario