sábado, 23 de abril de 2011

La Chica

            Imagen extraída de la película Alice de Savankmajer.

Iba en el ómnibus a trabajar y como me pasa comúnmente, me puse a mirar a la gente que estaba sentada cerca de mí. Cuando no voy leyendo algo que me entretenga lo necesario para estar más que concentrado, hipnotizado en la lectura como suelo hacerlo, miro a la gente y río mentalmente de sus tics, ropas y de esa engolada y absurda manía de los viajantes de estar como aislados completamente de lo que pase alrededor, como enfrascados a tal punto que uno puede estar ofreciéndoles regalarles un caramelo y ellos seguirán con la vista clavada en la ventanilla de en frente, como haciendo que no ven, no sea que esté envenenado o hagan el ridículo.
Con esta niña –perdón, adolescente- me pasó lo que no hubiera deseado en varios sentidos. Es bastante peligroso e incómodo para mí que una persona del sexo femenino (sea cual sea su edad, pero más una chica) vea que la miro o incluso que me mire ella, o que comiencen esos extraños juegos de miradas de los que nunca quise participar, pero que sin embargo no puedo evitar jugar por curiosidad de entender lo que pasa.
La chica tenía otra u otras particularidades. Si bien se notaba que era una adolescente, era bastante flaca y menuda, aunque alta –eso sí-, tanto que si uno no la observaba bien parecía una niña gigante; aunque al ver el brillo de su mirada y sus gestos uno entendía que no lo era. Tenía el pelo muy largo y rubio, ojos claros y algo maliciosos y misteriosos, además de un aire que aún no logro explicar y era lo más raro de todo… al ver su cara, había algo ahí, las facciones o vaya a saber uno lo qué, que me hacían pensar en algo no humano, pensé en un gato o un pato, pero no pude establecer el porqué de tal asociación.
Por suerte para mí, miserable cazador cazado, el juego duró poco y se bajó del ómnibus unas pocas paradas después de que me subí y yo seguí flojamente con mi lectura, aunque olvidándome fuertemente de la chica.
Sin embargo, ni bien pasaron dos o tres semanas, subo a la misma línea de transporte y hete aquí con qué me encuentro: con la chica.
¡Bastante predecible! El lector se preguntara si es que no puedo presentar menos sonoramente algo tan evidente, pero claro está, no me dejó terminar de explicar la situación.
Cuando digo que “me encontré con la chica” no digo “me encontré con la misma chica”, ni tampoco dejo muy claro si es que me encontré con otra, ya que tampoco digo “me encontré con otra chica”, si no solamente digo “me encontré con la chica”. Claro, el lector dirá: “pero si es la única chica de la que habló hasta ahora, es evidente que el artículo la hace referencia a ella”.
Bueno, tampoco pondría esto tan en claro y me explico, porque creo que no lo estoy haciendo muy bien. Subí al ómnibus y en el primer asiento creí sentirme levemente observado por alguien. Cuando miro en la dirección de la que siento llegar la mirada veo la cara de la chica que unas semanas antes me miraba indisimuladamente, la flaca alta rubia delgadísima y temprana adolescente. Luego de mi primer encuentro con ella no la había recordado ni pensado en ella para nada pero al verla la reconocí de inmediato y recordé la situación anterior.
Pero no. Es rubia, tiene sus ojos, su boca –creo que era la boca- que le da algo de expresión de pato-gato y es ella, solo que su cuerpo no es el de una chica flaquísima de unos doce o trece años, si no el cuerpo esbelto de una joven de diecisiete o dieciocho y además de eso, ostenta un descomunal embarazo.
Confundido pero cumpliendo mecánica y rápidamente con las cosas como se debe hacer dentro de los ómnibus, saco el boleto, me tiro en el primer asiento que encuentro y mientras saco el libro para disimular y me empiezo a cebar unos mates, cada tanto echo una ojeada.
Es ella, no cabe duda. ¿Pero como se explica que en tres semanas haya cambiado de tal forma su apariencia física? Bueno, estando embarazada es muy posible que su cuerpo cambie, que entre a haber carne donde no la había, digamos. Y con la actitud que ya había demostrado conmigo en nuestro primer encuentro, era muy probable que la chica se hubiese embarazado. No por sí sola, ni tampoco que yo la haya embarazado con la mirada, creo que me explico. Pero ¿Cómo hizo para tener una barriga de nueve meses en tan poco tiempo?
Cuando ya estaba pensando en que era su hermana, dado que además me miró mucho menos y más disimuladamente que aquella, se bajó en la misma parada que la chica, la otra… o ésta.
Eso me dejó mucho más claro el hecho de que no era ella si no su hermana, que se había bajado para ir a la casa que cohabitaban, de seguro también con los rubios padres de ambas. Aunque al segundo, me di cuenta que si era ella, no era nada improbable que bajara en la misma parada que ella misma la vez anterior , ya que no es necesario ser el hermano de uno mismo para bajarse en la parada en que uno se baja habitualmente, si no todo lo contrario.
Esta vez venía leyendo un libro bastante atrapante, sin embargo, aunque quise evitarlo, pasé gran parte del viaje recordando el misterio a cada ratito.
Pero como esto no fuera suficiente, hoy, luego de una semana del último encuentro, me la crucé otra vez.
Subí al ómnibus y como en nuestra primera vez, ella estaba en el primer asiento mirándome. Ahora no cabía duda. Se notaba en el brillo de sus ojos expresivísimos que sabía que era ella y que yo también, así como ella sabía que yo sabía que era ella pero sospechaba de tantos cambios anormales en tan poco tiempo. Ahora, su larguísimo pelo estaba cortado en una melena por los hombros, desflecado, como conviene a una madura mujer con un niño de unos 18 meses en los brazos. Sus facciones también eran las de una mamá veinteañera, y su mirada hosca e inquisitiva ya no mostraba ni un dejo de erotismo, si no más bien lo que demuestra la mirada de los criminales cuando alguien puede delatarlos.
Un poco asustado, me senté donde no pudiera verme, pero la muy desgraciada me veía. Parecía que leyera mi mente o algo así y cada vez que –sin poder evitar mi condenada curiosidad- estiraba la cabeza para mirarla a ella y a su criatura, la adolescente-chica-mujer ladeaba la cabeza y me miraba con el rabillo del ojo.
En tan pocas paradas pensé tantas posibilidades…
Son personas completamente distintas que yo confundo por un detalle físico que comparten. ¡Ja! Es tan evidente… ni si quiera tienen por qué ser familiares, hay tantas personas que comparten los mismos rasgos… ¿No?
Pero no, no es nada evidente. De hecho es absurdo. Sería demasiada coincidencia para ser casual que personas TAN parecidas viajaran en el mismo ómnibus, sobre todo con esa característica similitud indefinible con un gato-pato. Entonces, no cabe duda son parientes. No tiene nada de extraño ni de alarmante que una pareja tenga hijos con una distancia temporal de unos cuatro o cinco años, que era lo que parecía separar etariamente a la(s) chica(s) una de ¿otra? Eso explicaba también porque se bajaban todas en la misma parada, porque -como ya se explicó anteriormente-, cohabitan el mismo domicilio con sus padres y quizás un perro llamado Fido o Firulais.
Esto me deja más tranquilo y pienso en todas las veces que me habrán confundido con mi hermano que es muy parecido a mi con unos cuantos kilos y años más… me interrumpo en este pensamiento y pienso otro: confundí a una serie de tres hermanas casi idénticas con una evidente diferencia de edad. ¿Y por qué todas ellas me miran como reconociéndome a partir del encuentro con la hermana menor? ¿Es acaso un patrón genético que siempre se sienten en el mismo lugar, cuando por lo general este tipo de conductas son elecciones individuales o incluso manías (lo cual muchas veces es más individual que una elección)? ¿Por qué tres hermanas alternadamente se toman el mismo ómnibus a la misma hora y se bajan en el mismo lugar, además de mirarme como si me reconocieran cada una de las veces si no son la misma persona?
Bueno, es claro, la primera hermana llegó a su casa y le contó a su hermana mayor embarazada: “Hoy en el ómnibus vi al señor sin ningún rasgo característico digno de resaltar a no ser la nariz de judío del que nos habló el hada madrina”, entonces, la hermana mayor, envidiosa la mató y ocupó su lugar. Luego llegó a su casa y le contó a su hermana mayor y con un hijo: “hoy en el ómnibus…”
Bueno, entonces nos encontramos ante la misma persona (sí, de eso no cabe duda, no sé como pude llegar a cuestionármelo en algún momento), con la peculiar diferencia con el resto de los seres humanos, deque no sólo tiene extrañas facciones de gato-pato, si no que en el trascurso de un mes aproximadamente, no sólo avejenta unos diez años de golpe, si no que además gesta y pare un hijo, que como digno vástago de su madre en pocos días de vida ya aparenta tener como un año y medio.
Sólo habían pasado dos paradas y si no me equivocaba todavía faltaba una eternidad para que se bajara y yo cada vez más asustado, mientras iba pensando que carajo pasaba, miraba hacia donde ella estaba y automáticamente, sin fallar ni una vez, en ese instante, torcía la cabeza hacia mí y me miraba entre desafiante y amenazadoramente.
Esforcé mi mente lo que más pude para lograr tranquilizarme y retomar la lectura, entonces razoné, que en realidad lo que pasaba era simplemente que era la misma chica, la cual había cambiado físicamente y avejentado mucho por causa del embarazo. Obviamente, la primera vez que la vi no era tan chica como pensé y además, como siempre estoy muy abstraído en mis lecturas, me equivoqué y lo que vi suceder en el trascurso de más o menos un mes, paso en el trascurso de…
Es imposible, dado que sólo me estoy tomando esta línea de ómnibus hace dos meses y de eso estoy totalmente seguro, siempre la encuentro en el mismo ómnibus y en el mismo asiento incluso y no pasaron nueve meses más un año y medio desde la primera vez que la vi hasta hoy.
No, ninguna hermana le contó a la otra. No me confundí en nada. Debo dejar la razón de lado esta vez y aceptarlo: es la misma persona, una misma persona que por alguna extraña razón se desarrolla con un ciclo vital aceleradísimo para un humano corriente.
Ahora bien ¿Cuál es esa extraña razón? ¿Una mutación genética autoinducida? ¿Consumo de drogas? ¿Un experimento secreto de los Estados Unidos? ¿El producto de la obra de algún alquimista ignoto que consiguió la creación del homúnculo? ¿Una raza de extraterrestres que bajo la apariencia humana está poblando la tierra aceleradísimamente, para un día de golpe conquistarnos con miles de soldados instalados entre nosotros sin que lo hayamos advertido?
Mientras pienso la última opción, entiendo que aunque no fuera exactamente un espécimen extraterrestre, algo turbio hay en el desarrollo anormal de la chica y de su niñito, ya que está a punto de bajarse y mientras acomoda su sempidurmiente niño como para levantarse del asiento, mira nuevamente y en sus ojos (hace tan poco tiempo casi infantiles y perversamente lascivos), pareciera decir: “Sos el único que se dio cuenta en todos estos viajes que llevo hechos, si abrís la boca tendrás que vértelas con la Cossa Nostra venusina”.
No podés ser tan paranoico, pensé. Después me di cuenta que podía, con lo que había visto…
No pude seguir leyendo. De hecho no pude dejar de pensar en todo el día en la chica, mujer o lo que sea y en su niño prematuro, precoz, superdesarrollado o lo que sea también. Sea lo que sea su anormalidad me siento perturbado y más que amenazado siento la imposibilidad de comprender la mirada última de ella. Lo más perturbador de todo, es que al miedo y al desconcierto se le suma por momentos que no son pocos, un incontrolable sentimiento de impotencia de dolor por la chica y por su niño, que no me puedo explicar. Debo dejarle dicho esto a alguien, porque no puedo dejar de tomar esa línea. Si en unos días muero a manos del hijo de la mujer si es que alguna vez ofendí a su madre, si fallezco ahorcado por sus enormes manos de descargador del puerto, quiero que alguien lo sepa, yo no hice nada, sólo lo que no voy a hacer nunca más: mirar a la gente a mi alrededor en el ómnibus.

Jorge "Pollito" Manco.

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