sábado, 23 de abril de 2011

El Asiento Vacio.



El boliche, se ubica exactamente en la esquina de la cuadra, pero en alguna época estuvo en ese mismo lugar, cuando la cuadra aún ni existía, ni lo hacía formar parte de un rectángulo del que nunca dependió.
Más o menos hasta mediados de los sesentas, esas zonas eran baldíos inacabables, donde a uno se le perdía la vista en los montes de pastos y matorrales, chilcas, cardos y colas de zorro. De entre las pocas construcciones que habían regadas a veces a cuadras de distancia las unas de las otras, que eran casi todas ranchos sin planchada y a veces sin puerta, no se explicaba mucho la existencia del boliche, aunque estuviera de camino al frigorífico y a la playa al mismo tiempo.
Sin embargo, al poco tiempo, tanto la gente de las cuadras más regularmente trazadas y más densamente pobladas que había allí cerca, como la gente que venía del lado del barrio pasando el tajamar, a trabajar al frigrífico, comenzó a asistir asiduamente.
De esa época datan anécdotas desopilantes, que los parroquianos aún guardaban en la memoria por haberlas presenciado directamente cuando eran jóvenes y otros por referencias de sus padres y en algún caso de los abuelos, de los que heredaron el apego a ese ambiente del boliche. Por ejemplo, se recuerda aún que una noche oscurísima, luego de suspenderse una velada de boxeo que todos esperaban y de haber tenido que matar las expectativas de acción insatisfechas con tanta caña como fuera posible, en medio del alboroto general, uno de los más golpeados por el alcohol tuvo que salir al “escusado”. Alberto, que así se llamaba, bebía muchísimo en estas ocasiones, ya que todos sabían que había soñado con ser boxeador, pero la vida lo frustró en su afán y sólo era un empleado más del frigorífico, con una mujer a la que no soportaba y que no le dejaba disfrutar ni siquiera de sus dos hijas, por las cuales vivía y se desvivía. Se estaba desatando una tormenta y el “escusado” que quedaba como a treinta metros del boliche, era una hermita de lata cimbreándose por los vientos del apocalipsis, en una oscuridad abrumadora. Alberto, conciente de lo certero de sus amigos que antes de salir le habían gritado: “¡Tenés que apuntarle a un agujero que hay en el suelo, eh!”, abrió la puerta de maderas podridas por ejercico de memoria, e intentando no caer, sin meterse a la oscuridad del cuartito repelente, apuntó y comenzó a desaguar de lejos. Mientras, dirigió su vista hacia el boliche, que era una mancha oscura con un rectángulo que manaba luz de querosén y oyó llegar las risas y voces mezcladas con un fondo de tango. Pero de pronto, en medio de la borrachera, le llamó la atención, que el ruido de el agua salpicando en el “escusado” no le llegara como siempre, estrépitoso y sonoro, sino como un murmullo sordo, como si algo sólido le avisara no estar embocando.
Al rato, comunicó su impresión (extrañado y ya sospechando lo que no decía), causando la risa de todos sus compañeros, los cuales ni la tomaron en cuenta. Unos minutos después el “Bruto” Martínez, que había desaparecido en el tumulto hace bastante tiempo, pero no tanto como para que sus trastornados amigos lo advirtieran, apareció. Cruzó la puerta haciéndose sangadillas al pie izquierdo con el derecho, encorvado y agarrándose de todos lados, con los ojos a medio abrir por la siesta en el escusado y lo peor, mojado desde el sombrero gris hasta la camisa, pasando por la cara, por algo que no era agua, dado su olor y aspecto.
En otra ocasión -recordaban algunos, sobre todo para molestar a las mujeres presentes que los iban a buscar para que vuelvan a casa, como hace décadas-, el colectivo del boliche se confabuló para lograr que un individuo indeseable se autoexpulsara del grupo, en donde nadie lo sentía presencia grata. Héctor Ceballos, era un clásico boca de jarro, fanfarrón, engreído y mentiroso; sobre todo mentiroso. Desde que entraba hasta que salía del boliche, no hacía más que tratar de intimidar a los presentes con sus conquistas amorosas inventads, que por lo general, faltaban el respeto a las esposas de quienes no estuvieran presentes en el momento en que las contaba, entre muchas otras actitudes con que intentaba marcar sus superioridad sobre los demás. Para colmo, algunos sabían de buena fuente, que Héctor tenía algunas costumbres algo asquerosas. Así que un día, planeando las cosas con paciencia, para poder disfrutar al máximo de la venganza (aunque ya apenas podían contenerse), mandaron al “Ruso” a la pequeña chacra que la familia de Ceballos tenía, con un balde de pintura negra, que cubrió la lana blanca de las patas traseras de la oveja del Héctor. Caída ya la noche oscura de invierno, el predecible de Héctor, bastante entonado, prometió volver a seguir la partida de truco, luego de pasar por la casa de una señora que le tocaba atender mientras el marido pescaba a la encandilada. En su ausencia, el “Ruso” volvió a las risas, esperando el resultado del trabajo que le costó la pintura bovina en casa ajena sin que lo descubrieran. A los quince minutos el boliche tembló por las carcajadas simultáneas y atroces de unos veinte hombres, mientras Héctor, mirándose sorprendido, descubría el negro, que lo acusaba desde la bragueta a las rodillas y salía del boliche para no volver, mientras el “Ruso” le mostraba la lata de pintura y todos los injuriados gritaban: “¡Meeeeh, Meeeeh!”.
Y esas son sólo dos anécdotas elegidas al azar, de las cientos y cientos que se podrían contar, tantas como para hacer un libro, o varios.
Sin embargo, el boliche, que continuaba inamovible en el barrio, como un bastión de una era remota, no sufrió -como todos podían pensar-, tanto con la llegada de la “civilización”, con el trazado de nuevas calles, ni la llegada de los servicos públicos y los comercios, junto con un montón de vecinos anónimos de los que uno no podía terminar de conocer las caras, amontonados en edificios de viviendas; como con lo que el tiempo empezó a cambiar dentro de él mismo.
Los parroquianos más fieles, que por lo general eran de la tanda de los comienzos, cuando no había cuadra y en vez de Water había “escusado”, sobrevivieron a tandas fluctuantes o pasajeras de simples viciosos u ociosos que al final podían tomar (y seguro que mejor) o jugar al truco y escuchar tango, en cualquier lado, incluso en sus casas, porque no tenían ese vínculo de memoria y costumbre, que luego algunos descendientes agarramos con los amigos de nuestros abuelos; sumando a la vieja tanda, dos o tres nuevos miembros.
Uno de esos parroquianos fieles se llamaba Carlos, como mi abuelo. Vivía al lado de la casa donde me críe, de la que me fui a los seis años y donde ahora vivo nuevamente y, aunque eran muy amigos con mi abuelo y yo me llevaba bien con él, realmente nunca llegué a tolerar a sus hijos y menos a sus nietos.
Desde que tengo memoria lo conocí viudo, fumando como una chimenea y por lo general volviendo del boliche borracho como una cuba, pese al ejemplo de moderación que mi abuelo trataba de darle y los pedidos de su nonagenaria madre, Doña María, que había venido con él aún bebé, huyendo de la guerra cívil española, donde su marido había muerto.
En el boliche, el asiento de Don Carlos era intocable, cual si se tratara del asiento de un rey, aunque se tratara de una silla de plástico blanco, tan sucia que parecía gris. La mesa donde se sentaba, al lado de la ventana, tenía un registro del paso de los años, en las superpuestas perforaciones causadas por las brasas de cigarros que frecuentemente se la caían a Don Carlos hasta quemar la cobertura de barniz de la madera vieja.
Como un ritual que aseguraba a todos los presentes, que algunas cosas tenían un carácter eterno, como el del ciclo de la naturaleza, el “Gallego” Mario, ponía el vaso de Don Carlos, sobre la mesa de Don Carlos ya a las diez y media, esperando su inevitable llegada entre las once menos veinte y las once menos diez, cuando lo llenaría de caña por primera vez en el día. Por más que cuando el boliche cerraba antes de medianoche
- por que ya ninguno estaba para trasnochar- los botijas de la otra cuadra se sentaran a fumar porro y tomar cocaína en los escalones de la puerta, por más que ya no hubiera más boxeo en el barrio y que Déborah, la nieta de Mario los hiciera rabiar cada vez que pasaba a saludar a su abuelo y ya ninguno pudiera conseguir que el corazón le bombeara la sangre suficiente hasta allá abajo como antes, Don Carlos, el más fiel de todos los parroquianos, seguía viniendo. Seguiría llegando alrededor de las once, sentándose en su asiento, en su mesa contra la ventana, fumando como un cerdo, tomando hasta quedar en cuatro patas antes de la siesta y volviendo a la tardecita por el segundo pedo del día, que lo ayudaba a conciliar el sueño.
Sin embargo, como dije antes, ni la incomprensible música de los gurises de la otra cuadra o la internet, habían afectado tanto al boliche, como lo que con sólo el tiempo le había pasado por adentro.
Es que con los años y sin que ninguno se diera cuenta (con lo natural que era), de unos veinte clientes fijos desde casi el comienzo del boliche, de un golpe y ante la perplejidad de todos, en tres años habían quedado unos siete. El noventa y siete, se llevó uno tras otro a tres de ellos, que ya desde un tiempo atrás por sus enfermedades ya no venían tan seguido. La muerte por infarto del primero que se fue, el “Ñato” Colucchi, a sus setenta y seis años, después Pedro Maldonado que no se pudo transplantar el hígado y el “Ruso” víctima de la demencia senil.
También descubrieron, que no sólo era la muerte quien podía llevárselos, por más que los años de inquebrantable aguante tras los vasos de caña y las cartas los había hecho creerse inmortales, si no que al año siguiente, la inmigración de los hijos y nietos, se llevó para siempre cuatro más de ellos, seguramente a morir a las tierras de sus padres.
Ese año murieron dos más y al siguiente tres.
Cada uno que se iba, era un grado más de profundidad en el silencio que se apoderaba del boliche últimamente. La mayoría entraba ya cansado, como si el peso que antes les sacaba el boliche, cuando pasaron hambre, cuando había que soportar a los ingleses sin chistar, cuando los dejaron sin trabajo y con hijos, les cayera todo de golpe ahora, que estaban quebradizos y medio ciegos, y ningún recuerdo, ninguna charla, ni las cartas, ni el asqueante alcohol del que se habían agarrado como sedante durante toda la vida los consolara. Cada típica, cada tango compartido que volvía a sonar, parecía traerles a la memoria que alguien ya no estaba, que había lugares físicos inllenables, en el boliche cada vez más vacío aunque algunos nos colaramos, tratando de entrar a un lugar que nunca había sido nuestro.
Pero…Don Carlos… Mientras aún viniera Don Carlos, por lo menos por algunos momentos, todos sentían el alivio de que algunas cosas aún eran como siempre.

Ese año, Don Carlos murió.
No sé cuántos lo sabían, pero él le había dicho a mi abuelo, hace años, que tenía un cáncer bastante generalizado, que le había empezado hace añares en la garganta y luego le había corrido para los pulmones y una cantidad de lugares más. Su familia no quería decírselo, le ocultaron de que lo trataba el médico unos cuantos años, pero él sospechó, dado que sabía perfectamente, que desde los doce había fumado cuatro paquetes por día. Habló con el médico y este le reconoció que estaba en lo cierto, pero que lamentablemente, lo habían descubierto ya fuera de tiempo, que lo único que podía tratar de hacer para vivir más y que los dolores no se volvieran insoportables, era dejar de fumar y de tomar; pero Don Carlos, prefirió vivir lo que le restara como siempre.
El día que murió, cerca de mi cumpleaños, no sé por qué, pero no sentí nada más que alivio, porque sabía que no iba a sufrir más. Había agonizado una semana y pocos habían tenido el coraje de ir a visitarlo, a no ser el “Gallego” Mario, que iba a verlo todas las tardes a la casa, aunque sabía que la familia lo acusaba de “robarle” toda la jubilación a Don Carlos.
El boliche estuvo cerrado unos días. Yo pensaba en lo paradójico de la muerte, que se llevó en un accidente de tránsito casi tres años antes a mi abuelo (que era sano, que había dejado el cigarrillo y la bebida de joven), que a Don Carlos que estaba enfermísimo y no sé que otras estupideces.
Recién volvieron a abrir el boliche un viernes. Me acuerdo que era uno de esos días de calor abrumador, lo que era una excusa perfecta para que nadie hablara.
El boliche, aún más vacío, dejaba que corriera tan libremente el sol que entraba por la ventana, había tal falta de sombras humanas, que daba ganas de llorar.
Eran las diez de la mañana, y sólo Don D`orssini se atrevía a decir de vez en cuando:
-Esta calor húmeda es presagio de tormenta ¿Eh?
A lo que cualquiera contestaba que sí, luego de medio minuto, como haciendo un esfuerzo por salir de un trance hipnótico, en que realmente estábamos.
No sé por qué, al llegar las diez y veinte, sin hablar, todos nos miramos y comprendimos que habíamos tenido la misma idea, luego de que el silencio se hiciera aún más profundo. Nadie dijo nada, pero todos dudábamos de si Mario pondría o no pondría el vaso frente al asiento vacío, en la mesa contra la ventana. Nadie podría haber dicho si sabía si estaba bien o mal hacerlo, si tendría o no sentido, o si quería o no. Creo que todos estabamos esperando para convencernos de que no estábamos ya casi seguros de que lo haría, cual sería la resolución final de Mario, aunque la conocíamos de anetmano. Y al fin, sin que nadie dijera nada, vimos como dobló su cabeza hacia atrás para mirar el reloj que marcaba las diez y media y resuelto, con el mismo ademán mecánico de siempre, puso el vaso vacío en la mesa frente a la ventana.
Luego de esa quijotada tan absurda y sin embargo necesaria, que nadie en su lugar hubiera dejado de hacer, el silencio se hizo más profundo, el calor empezó a apretar y una chicharra cortó el aire con su chillido metálico.
No sé como explicarlo, pero quien lo haya vivido sabrá como son esos momentos en que el silencio es tan grande, tan evidente como su por qué, entonces, no sé si es que en tanto silencio se pueden oír los pensamientos o es que el mismo silencio habla a gritos, más que un discurso retórico, pero todos supimos lo que pensábamos.
Silencio.
La chicharra chillaba por treinta segundos y al callar, el silencio resaltaba aún más.
A los cinco minutos, se sintió zumbar un mosquito.
Cuando faltaba un minuto para las once menos veinte, todos sabíamos que por más descabellada que fuera la idea, teníamos la certeza irracional y aún más, el deseo ansioso, irrefrenable, de que Don Carlos, atravesara la puerta, se sentara en su asiento y empezara a tomar y fumar dejando caer las cenizas sobre la mesa llena de marcas de sus cigarros asesinos.
Sólo Mario lo había visto. Una agonía, que en una semana había consumido un cuerpo ya de por sí muy flaco, tornándolo esqueleto con piel, de color necrostado, ceniciento y como lleno de hongos, que sin embargo vivía y sufría. Desprendiendo un olor insufrible por una semana y vomitando hediondos pedazos de órganos podridos, hasta las atrocidades del último día en que su hija se desmayó al ver como la tos le habría agujeros en la carne.
Sabíamos que lo haría, no sabíamos como, bajo que apariencia, pero lo haría. Al pensar en la forma atroz que podría cobrar la aparición de ultratumba de un viejo comido por el cáncer, por primera vez todos tuvimos miedo, y al pasar un perro por la puerta abierta, golpeándola con la cola, tras un breve sobresalto, nos miramos estupefactos y vimos como algunas gotas de sudor nos corrían por la frente. Por el calor, de seguro.
A las once menos dieciseis minutos, entró impregnando el aire con su perfume dulce y fresco y agitándolo con el vaivén de su larga cabellera, sus espléndidas caderas y sus senos altivos, la inocente de Déborah, que sin entender el por qué, se vio alejada del bar en menos de un minuto por todos al mismo tiempo, que nuevamente, habiamos leído nuestros pensamientos y actuado en conjunto sin hablar, para evitar que la chiquilina de diecisiete años viera el espectáculo, que se acercaba cada vez más.
A las once menos diez, comenzamos a darnos cuenta que las cosas podían ser peor de lo que pensábamos, de lo que era una muestra inequívoca la demora, que incluía un cierto factor sorpresa en una aparición que quizá incluso no sólo nos desagradaría, si no que sería demasiado para la mente o el corazón de alguno.
El silencio se hizo más y más profundo, el calor aumentaba al doble cada minuto y algo hacía que el aire que respirabamos pareciera arena.
A las once, levantamos la vista y nos volvimos a mirar.
Iba a hacerlo, aunque sea en una forma que no lo pudiéramos ver.Aunque sea, veríamos al vaso moverse, Mario lo llenaría de caña y esta bajaría poco a poco, como por acción de los sorbos de un ser intangible. Soplaría una brisa inexplicable, sentiríamos una presencia…
A las once y media, como despertando de un ridículo sueño colectivo, en el que sin duda estábamos, nos miramos como asombrados y al unísono y resoplando cada uno masculló alguna frase de desengaño que más que aliviar, parecía maldecir.
Nadie sintió vergüenza, creo.
No sé por qué, no pude evitar reírme para tratar de conjurar la angustia. Cuando dirigí mi mirada hacia Mario, dejé de reír y lo vi romper en un llanto silencioso y agonizante.
Nunca más entré al bar, sólo saludo por la ventana a Mario, que está casi todo el día sólo, o con dos o tres más-cada vez menos-, mirando en silencio al asiento vacío.

Jorge "Pollito" Manco.

















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