domingo, 24 de abril de 2011

Ellerhian tapa del capitulo 2

No está terminado el capítulo porque tengo mucho laburo en éste momento, pero me saque las ganas de tomarme un recreo  terminar la tapa que tenia empezada. El rubio cara de traste es Dephros, otro de los personajes importantes en la historia.

sábado, 23 de abril de 2011

Uñas



Todo pasó un día en que estaba sentado en el edénico jardín de mi casa, mirándome las uñas.
Era un día de un calor asfixiante, cargoso, irrespirable, como todo aquel otro día en cuya noche, volviendo a casa, me di cuenta que estaba comiéndome las uñas y entonces...
En realidad todo esto es mentira. El día de sol en que me miraba las uñas en el edénico jardín de mi casa nunca existió y toda la historia que iba a desarrollar alrededor de la noche que me comía las uñas, que tendría insospechables relaciones causales con lo que ocurriría en ese otro día, era en realidad una ficcionalización que iba a intentar, sobre una noche de calor en que volvía de trabajar y se me ocurrió este cuento. Pero bueno, así es la literatura, que le vamos a hacer...
Voy a intentar contar entonces -sin que se note mucho-, lo que pasó y lo que podría haber pasado, así como también lo que pensé que podría haber pasado en ese cuento que iba a escribir, que no sé si se corresponderá mucho con éste.

Como decía en el cuento yo estaba sentado en el edénico jardín de mi casa mirándome las uñas.
Era un día de calor asfixiante, cargoso, irrespirable, como todo aquel día en cuya noche, volviendo a casa me di cuenta de que estaba comiéndome las uñas.
Fue casi como que me pasara lo que a muchas personas que sufren algo que los esquimales llamaban “amok” (término que ahora tomaron los sicólogos), que de pronto, luego de haber estado en una profunda depresión, entran en un estado de furor incontrolable y sorpresivamente, se ven con un cuchillo lleno de sangre en la mano y un cadáver en frente y no saben por qué. Me descubrí haciendo algo inaudito, que mi mente apenas registraba y de lo cual sólo cobraba conciencia ahora, justamente por el hecho de haberlo negado hace muy poco tiempo. Casi sentía culpa por una especie de asesinato en potencia, que no cometí justamente por la ausencia física de la víctima, al tiempo que esta ausencia era parte del motivo de comereme las uñas.
Como no se está entendiendo nada de lo que digo, aclaro que Paola, una amiga muy especial para mí, me había dicho hace poco tiempo, que comerse las uñas, era un síntoma de odio hacia el padre.
Había conocido a Paola hacía muy poco tiempo en ese entonces. Ahora la conozco un poco más. Toda la culpa, fue de que yo repitiera un año de liceo y al ingresar al profesorado, tuviera como compañera a Natalia. Cuando apenas me recuperaba de la patada en los huevos de la muerte de mi abuelo unos dos años y medio atrás en ese entonces, Natalia murió en una situación en que encima tuve que soportar todas las estúpidas conjeturas y escenas melodramáticas, falsedades, calumnias y conventilleríos de algunos de mis compañeros, además de darme cuenta que estaba desperdiciando mis sentimientos y mi tiempo con una estúpida novia que me hacía escenas de celos con amigas muertas. A casi un año de la muerte de Natalia, algunos compañeros seguían haciendo conventillo y llenándose la boca con su nombre con fines gremiales unos, antigremiales otros. Fue por eso, que un día una muchacha a quien no conocía ingresó a una clase para aclarar que su familia, que también era la de Natalia, no estaba diciendo la sarta de blasfemias que algunos compañeros decían que ellas decían.
Luego supe que esta muchacha se llamaba Mónica.
Un tiempo después, mejor dicho bastante tiempo después, estaba dando un examen y me crucé con Mónica. En ese momento me daba mucha culpa que me gustase justamente la hermana de Natalia, sobre todo, porque no sabía ni por qué, dado que si sumábamos todas nuestras conversaciones no deberían llegar ni a tres páginas en caso de ser noveladas, ni a treinta minutos cronometrados, ni a tres kilos de anamesita persa, ni semejantes valores en otras formas de medición que no quiero ejemplificar.
Me sentí aún más culpable, cuando mi corazón se derritió de ternura al escuchar que ella le pediría a una amiga que me “mandara reiki” para el examen, cuando seguramente si me lo hubiera dicho mi madre, que a veces se dedicaba a esa técnica, le hubiera pateado una canilla sin dudarlo. Así es el amor, uno se vuelve blando, cursi y tonto.
La susodicha amiga que me envió el reiki si es Paola.
Luego de un tiempo, como siempre que no quiero comentar algo, terminé comentándoles mi peligro de ceguera que ya en ese entonces era un tema más obsesivo en mí que en Borges o Sófocles (nótese que me podría haber comparado con el miserable ciego que toca el violín en la plaza independencia, pero que la pedantería de literato pudo más). Paola me aseguró que no era así, que todo dependía de uno mismo y que cuanto más uno afirmara el peligro de algo que podía suceder esto sucedía, como si creía lo contrario no ocurría. Me dijo también que las enfermedades del cuerpo son siempre manifestación de un problema a nivel espiritual y un montón de cosas que no tendrían que haberme sorprendido tanto, ya que en realidad eran cosas que sabía perfectamente y que no tendría que haber esperado a que me las dijera otro, sobre todo con una superficialidad de receta new age tan marcada. En ese momento, estaba tan enterado del tema, que incluso intentaba hacerme creer a mí mismo, una cohartada basada en la teoría constelar, que consiste –más o menos- en achacarle la culpa de todo a un karma familiar, del que uno se hace responsable como de una deuda del banco hipotecario.
La ayuda de Paola fue invalorable. Luego de pensar sólo unos días, la llamé por teléfóno un sábado y decidí confiarle algunos de mis problemas físicos y espirituales y mi propia percepción sobre los mismos y considerar su opinión, no sé si tanto como practicante de reiki, o como de alguien que parecía preocuparse por mí.
De allí se desprendieron afirmaciones que asentí casi inmediatamente en mi cabeza. Miedo al futuro, falta de confianza en uno mismo, miedos no superados, exceso de responsabilidades, miedo a exponerse ante los demás, exceso de situaciones que exceden la capacidad de controlarlas; y sobre todo miedo, miedo, mucho miedo; miedo por todos lados (miedo con la m de mamá, de mierda y de manteca, también de mar).
Sin embargo, lo único que no lograba hacer cuadrar, era esa casi aseveración en forma de pregunta, ¿Te comés las uñas? Y yo: no, no y más no, por más que me lo indujeran a dudas por medio de la mayéutica. Luego se utilizaron ciertos recursos de estilística interna y yo seguía con que no y que no.
Pero esa noche, volvía cansado, tan cansado del trabajo que por un momento, mi superyo flaqueó como ante la criptonita y me encontré comiéndome las uñas con la voracidad propia del que ya es ducho en degustar un manjar al que esta habituado y quizás –podríamos decir-, hasta hecho un vil adicto.
Y ya sé que lo dije infinidad de veces, pero el calor era insoportable, como en un cuento de Faulkner.

Creo que esa noche no pude dormir. Al otro día, le heché las culpas al calor pegajoso que me hacía rodar como un gusano sobre las sábanas. Mi madre se comió la excusa, pero yo sabía que el que necesitaba creer esa mentira era yo y que no lo había hecho, aunque esto en verdad, es parte del relato y nunca ocurrió, aunque lo de Paola y todo eso sí. Aunque también, creo que no se podría decir que esta parte del cuento es ficticia y la otra es real. En todo caso ¿quien podría determinar tal cosa sólo leeyendo el cuento, sin que yo lo enunciara? ¿Y por qué creerme? ¿Y si yo dijera que es ficticio lo que fue real y viceversa? Sin considerar, que lo que es real o no depende de nuestra percepción acerca de dicho constructo, sumándole a esto, que en literatura (según algunas teorías), nada es real, si no que únicamente, la cercanía con lo real se determina por medio de homologaciones del texto con los valores de realidad vigentes según la época (¿de producción o de recepción?). Pero esto no es mucho más que preguntas de adolescente boludo con tendencia al humanismo gremialista barato. Me refiero a esa gente que aún te plantea en serio y creeyendose inteligentísimos (más que uno siempre y que todos implícitamente), cosas como: ¿Y si un árbol se cayó en el medio del bosque y nadie lo ve, se cayó o no se cayó? (Esta pregunta apunta a esa discusión árida e interminable en torno de si los hechos son objetivos como en la física y el positivismo o si sólo son relativos a una subjetividad cartesiana que los constate).
Lo más complejo de precisar es cómo saber si de la misma forma en que yo les puedo hacer creer que es autobiográfico algo que no lo es, Paola no podría haberle hecho creer a mi mente que me comía las uñas de hace tiempo y finalmente me encontré haciéndolo un día por su influencia, cuándo en realidad nunca lo hacía.
¿Cómo saberlo? ¡¿Cómo?!
Lo único que puedo precisar, es que al día siguiente (de la noche en que me descubrí comiéndome las uñas), me puse a buscar entre una pila de objetos en total desorden que era mi cuarto, un cassette, dónde tuviera grabado algún programa de radio de los que se habían dejado de trasmitir ya hace tiempo. El desorden, tanto a nivel material, como de organización mental, es algo que tendría que pensar acerca de mi personal en froma bastante profunda también.
Es que hasta hace unos dos meses atrás, participaba en un programa de radio en una trasmisora comunitaria. Este programa venía en dolorosa y oscura agonía, que se concretó en un fatídico último programa, el fin de semana luego de que conociera a Paola.
Del programa, en ese momento, me quedaba un terrible gusto amargo en la boca, la decepción y la percepción de que –como siempre-, la gente nunca lograba hacer algo valioso sin dejar salir a flote sus resentimientos, sus mediocridades y sus más patéticos conventillerios de adolescente falso, tirando al final todo mi trabajo a la mierda y encima haciéndome sentir que siempre que confío en alguien es para que me clave un rastrillo por la espalda. También, me quedaba la nostalgia de las caminatas hasta la radio, encontrarse con la gente a conversar antes, llamarnos por teléfono y combinar el programa con Andrés y Pablo, reírnos de nosotros mismos en los cortes; y sobre todo, la idea de no tener en claro con cuánta gente nos comunicábamos, pero saber que con que lo que decíamos le llegara a una persona, la misión estaba cumplida. Más adelante, me di cuenta, que todo lo que hacíamos en el programa, era muy importante, sobre todo, para comunicarnos con nosotros mismos.
Bueno, el tema, es que también quería, que del programa me hubiese quedado alguna audición grabada para mostrársela a Mónica.
Finalmente, logré encontrar no uno, si no dos programas grabados, en contra de todas mis predicciones. Además de esto, debo reconocer, que si bien la audición de los mismos por parte de Mónica, logró hacerles cumplir su cometido (dejarle algo valioso aunque sea a una persona), lo debe haber logrado con diez veces más eficacia en mí mismo.
Asombrado, descubrí mi propia voz, insultando a mi padre por su abandono, apoyándome para dicho acto -totalmente engullido por mi memoria-, en la lectura de un fragmento de “Los hijos y el matrimonio” de Nietzsche. Además de asombrarme ante tal hecho, me gustó la alteración del final que le di a la lectura: “¡Id, pues, aprendiendo ya a amar! ¡Carajo!”, donde sólo el exabrupto final me correspondía. Ahora, me pregunto por qué no me hacía caso a mí mismo.
Esta era una situación problemática de la que no podía escapar. Sentía cosas de las que no tenía conciencia y no sabía tampoco como lograba reprimirlas en mi mente de tal manera. Esto sí que me daba que pensar con respecto a la realidad y con respecto a si realmente lo que creía ver con mis ojos enfermos, no era más que un producto de como quería ver las cosas.

En mi mente, hay un mito que es casi imposible de extirpar: el Ragnarok. Hace tiempo, escribí un relato que no me convence del todo, en que un tipo con evidentes problemas siquiátricos (lo que sirve para dejar en duda para el lector acerca de si algo pasó fuera de la mente del protagonista) y con una ideología cuestionable, narra su encuentro con una secta de complotadores para el advenimiento de dicha instancia, dejándose sacrificar vilmente, luego de que sus uñas cobraban una dimensión exagerada. Su visión del Ragnarok, por características de su propia mentalidad, no es positiva como para los nórdicos, que lo consideraban una instancia inevitable dentro de la ley de entropía que permite el desenvolvimiento universal del proceso creación-destrucción-reinicio y que forma una espiral ascendente como la cola de un chanchito. Los recursos literarios y la impresión general del cuento, son algo descuidados e informes –y lo que más me pesa, es que no fue buscado a drede.
Traté de darle la vuelta al cuento (el que iba a ser éste), por ese lado. La tentación era grandísima, ya que no me canso de hablar del Ragnarok y el cuento debía involucrar un ingrediente muy importante, como son las uñas.
Sin embargo, finalmente me decanté por una especie de relato alegórico, que contuviera en forma cifrada los hechos autobiográficos que atravesaba y a su vez su mismo contenido o mensaje, pero más en abstracto. Luego de que pasara lo que aún no voy a contar, me di cuenta que como alegoría era incompleta, e incluso inadecuada.
Sería más o menos así: en un lugar geográfico impreciso, vivía un niño, en una tosca cabaña de troncos. Su padre había partido a un viaje de duración y destino desconocidos. Quizás había muerto. No era más que una leyenda. Su madre llegaba de la humillación social de su trabajo bastante tarde para que él estuviera despierto y pudiese verla, por lo que la mayor parte del tiempo, vivía con su abuela. Ésta mujer, siempre hablaba de obligaciones y ritos religiosos, que nunca eran explicados del todo. De la misma manera, nunca se entendía bien el mecanismo interno de las órdenes que daba, como tampoco de su más mínimo comentario doméstico, en el cual incluso una zanahoria o el café, o los caramelos, contenía algún misterio, alguna prohibición, alguna amenaza incomprensible. El niño crecía casi sin entender nada de lo que lo rodeaba, sintiendo que el mundo era un misterio. Su hermano, cuando estaba en la casa, incluso jugaba con él, pero estaba siempre lejos, como no dejando ver del todo el alma de sus acciones, por lo cual, no pudo obtener tampoco de él un panorama más claro acerca de la vida.
Fue así, que un día, luego de haberlo bañado, su abuela se dispuso a cortarle las uñas. Sin embargo, las mismas (inexplicablemente), estaban tan duras y poco maleables que hacían rebotar el hierro que pretendía mutilarlas, logrando que de esta lucha cada vez más encarnizada, entre el alicate manejado por su abuela y sus uñas insumisas, resultase un terrible dolor en las manos del niño, en las cuales ya empezaban a aparecer accidentales cortes y sangrados en las yemas de los dedos.
El niño intentó por todos los medios posibles hacer que su abuela cejase en el intento de cortarle las uñas, sin embargo ella, con la firmeza misteriosa que siempre tenía al enunciar que debía hacerlo para evitar un terrible mal mítico que luego no explicaba, dijo algo; y siguió y siguió cortando hasta dejarle las yemas de los diez dedos ardiendo.
Atragantado con las lágrimas, el niño se quedó mirando las uñas en el suelo, que parecían medias lunas y también esas espadas que el abuelo alguna vez le había mostrado en un libro, siendo usadas por árabes. Quería aguantar, pero el resuello del llanto comenzó a brotarle lentamente. Entonces, su abuela, dijo algo y lo dejó esperando. Cuando volvió, sin que él la mirara, tomó una de sus manos doloridas y puso en su palma una moneda como una luna diciendo, para que nunca tengas que robar.
Desde ese día en adelante, cada vez que su abuela le cortaba las uñas, el niño recibía una moneda.

Sin embargo, ahora, pasado el tiempo, no puedo recordar ni entender que significa el cuento. Me pasó como al occidente con esos cuentos populares y medievales (que por lo general se volvieron “para niños”), de los cuales quedó el signo y no la significación.
Y ahora los poetas universitarios y los ricoteros, pueden venir y jugar al “todo vale” de la significación, que aman sobre todo los que creen que nada vale, por que nada les importa por el miedo que tienen a que algo les importe de verdad y se den cuenta entonces, que son cristianos huyendo y no subversivos.
¡Y si estaré hablando de mi mismo! ¿Y cómo no poder entender lo más profundo de mi mismo, después de haber entendido el teorema de Bascara? ¿La sima más pequeña es la más inalcanzable ahora?
No sé. No sé. Últimamente, a cada paso, cada nueva cosa que descubro dentro o fuera de mí, pero apuntando hacia dentro de mí, me revela un nuevo misterio mayor aún. Luego de matar a la esfinge, me doy cuenta que ni si quiera recuerdo de dónde vengo, ni a dónde voy. Cada día me encuentro con acciones, falsos recuerdos, dibujos, poemas palabras y personas, que no recuerdo bien, que mi mente falseó y trastornó en cuanto a su significado profundo y me pregunto por qué, cómo mi mente en lo profundo lo hace y para qué y cómo ni yo mismo puedo descubrirlo.
Como el cuento. Lo único que recuerdo levemente es que la anécdota de la moneda se la escuche a alguien, no sé a quién y que le agregué el ambiente y los personajes de modo tal de hacerlo una alegoría.... ¿De qué?
Miro, busco y rebusco. Es casi evidente, que de alguna forma, la actitud de la anciana hace eco de la denominación de los ladrones como “uñas largas”, propia del Río de la Plata; pero... ¿Y el niño que no entiende el mundo? ¿Y su padre que no está? ¿Y el dolor al cortárselas? ¿Y la asociación de las uñas discociadas del cuerpo como medias lunas y sables sarracenos (aunque quizás el niño recordara cimitarras)?
Veamos: las uñas en el Ragnarock, sirven para armar el barco en que los muertos volverán a la tierra a sembrar la destrucción. La abuela representaría la fuerza de la tradición, la ancestralidad, la supervivencia, Magna Mater, etc. por eso se empeña en que el nieto no deje crecer sus uñas y colabore potencialmente al Ragnarok. El niño, de alguna forma instintiva, sufre cuando le cortan las uñas ¿quiere colaborar con el Ragnarok? Quizás. Quizás no, ya que el niño no entiende nada, nada de nada. La abuela quizás sería la vida incomprensible en sus aspectos más profundos y elementales para el hombre y por eso su actitud. ¿Pero por qué el niño querría el Ragnarok? Quizás por que no tiene padre, por que no entiende el mundo y su grado de apego cultural a una civilización escapista y antitanática (si no la abuela entendería el Ragnarok) es nulo, porque no tiene raíces ni identidad, porque se siente fuera del mundo.
Claro. ¿Y conmigo que hacemos, si al contrario, yo me como las uñas todo lo más que puedo?
Quizás la clave está por un mecanismo de restitución que rechazo, no sé cuál… al niño, parecen restituir las uñas con monedas, o sea con un valor intercambiable ... ¿con vida? ¿vida por uñas?
No quiero detenerme más en el cuento, no recuerdo bien cómo era, ni que quise hacer con él, ni qué significo para mí, ni tampoco las interpretaciones que no hace muy poco intenté darle. No puedo recordar. Y lo más importante es saber por qué.

Cuando volví a escuchar el cassette que luego le dí a Mónica, no lo pude creer. Insultaba a mi padre, con todo lo que de amor y de consideación puede tener el odio.
Durante años había vivido indiferente a mi padre. Las pocas veces que pensaba en él, era para recordar que ni si quiera había rencor para él en mí, que era como un espacio vacío, un lúgubre hueco en mi alma en el cual ni podía anidar el dolor.
Sin embargo, algo, agazapado en mí latía, por más que siempre hubiera dicho que me había afectado incluso más la partida de mi padrastro que acepté casi inmediatamente, cuando en realidad, funcionalmente había sido lo más parecido a un padre para mí, además de mi abuelo, que por razones obvias no podía serlo del todo.
Pero lo odiaba, tanto que ni quería aceptarlo y lo ignoraba y lo olvidaba.
Cuando le presté el cassette a Mónica, no podía haber ni si quiera sospechado, que todos los programas habían sido hechos para ella. Cuando me dio su opinión y vi lo que le habían dejado, comprendí que la misión estaba cumplida y que con una sola persona a la que pudiera haber servido la estúpidez que hacíamos, aunque en diferido, todo el esfuerzo había valido la pena. Había salido de mí, había comunicado algo en el mundo.
Y sin embargo, enquistado adentro mío, había algo que recién hoy me había comunicado y no del todo.
Esa noche, regresé a casa y seguía haciendo un terrible calor, que me hacía recordar al personaje de Marcos en Los caminos de la libertad, al cual Sartre hacía nadar en sudor gran parte de la novela, o mejor dicho, porque Marcos lo había elegido. Y ya en casa, por más que entrara a mi cuarto que era lo suficientemente fresco y prendiera el ventilador, o hiciera lo que fuera, desde bañarme con agua fría, hasta tomar litros de limonada con cubitos, sentía que me abrasaba, hasta que mi madre, a punto de referirse acerca de mi actuación con respecto al calor, hizo que el mismo pareciera el violento calor de Macondo.

Me encerré en mi cuarto y comprendí que no podía seguir leyendo. Mis ojos me dolían como nunca y ya notaba que veía menos que ayer.
Pidiendo que se estancara, me acosté, sin poderme dormir por el calor. Pensé durante horas, sin poder esconderme en la lectura, en la forma en que pude haberme autoengañado a tal punto de borrar de mi mente una, dos acciones y todo un sentimiento. Paulatinamente, al darme vuelta sobre la cama empapada, me encontraba nuevamente comiéndome las uñas y entonces recordaba la grabación y los insultos, entonces sentía -con todo el atraso que traían-, el odio y el dolor más frío de mi vida.
Fue entonces, que en un sólo momento y sin saber cómo, lo acepté. Lo dije mentalmente y lo acepté por más que el dolor que viniera de ello fuera insoportable y sin que mediara un segundo, me dormí en una semisomñoliencia que pocas veces experimenté en mi vida. Al principio sólo sentía paz, la extraña paz de ser conciente de estar decansando, de estar a la vez durmiendo y conciente de ese descanso. Luego, de a poco, sin que supiera de dónde las imágenes surgieron, sin que pudiera saber más que mucho tiempo después que eran recuerdos.
Era mi antigua casa, donde ahora vivo nuevamente. Mi padre, difuso como una silueta, flaco hasta parecer una vara vestida, con sólo el rasgo distintivo de su enorme y siempre sucia barba negra y desprolija en la tez pálida como de hielo. “Papá”, creo que llamé en el recuerdo, pero no en el momento al que este se refería.
Él me había llamado y yo siempre acudía al lugar al que me llamaban sin contestar. Y lo veía así, como una silueta con barba. No sé por qué, la máquina de afeitar estaba prendida. Era obvio que no se afeitaba hace años y tampoco lo iba a hacer ahora. La dejó apoyada en el suelo, contra la pared y se agachó para hablarme bien en la cara como siempre lo hacía, poniéndome una mano en la cabeza. “Ahora papá se tiene que ir, pero vos te vas a quedar con mamá, así que no te pongas triste.” Yo no contesté. El recuerdo venía incluso con mis pensamientos. Me quedé triste, pero lo disimulé, porque papá siempre hacía lo mismo, se iba y volvía sólo después de mucho tiempo, entonces, ya no tenía gracia estar triste, era inútil y yo realmente lo intentaba y trataba sobre todo de no entristecer a papá. Pero en el recuerdo, también mi yo de ahora, ese niño crecido, se daba cuenta que esa vez, no era una ida como todas y recién después de tantos años, entendí por qué, papá, luego de mirarme un momento con su única expresión me dijo: “Me tengo que ir porque mamá se enojó conmigo y tiene razón.”
De todas formas, no entendí la explicación de adultos de esta vez (era común que él quisiera dármelas, sin entender que yo no entendía), por lo que, sin hablar, me puse en puntas de pie, aunque el estaba agachado y le di un beso en el poco de cara que le quedaba fuera de la barba.
Mi hermano, sin embargo, sabiendo que lo veíamos, amagaba a esconderse a espiar, detrás de la hoja de la puerta, con cara de miedo, de dolor y de bronca, todo mezclado, con una cara que nunca en los años había logrado entender. Ví que papá sin hablar, lo miró y se quedó callado y pensativo, como siempre, como siempre... cundo parecía que más se necesitaban sus palabras callaba. O demoraba años en hablar para finalmente decir cosas totalmente inútiles.
Yo esperé que papá hablara, pero desde el frente, de la casa de mi abuela, llegó la voz de mamá gritando, gritando como siempre lo hace, acercándose a nosotros.
Entonces, en un segundo, papá desenchufó el adorno de afeitadora y la metió en la ridícula y minúscula valijita que siempre usaba antes de irse. Se agachó. Me abrazó y me volvió a besar, diciéndome un simple “chau” y salió corriendo por la puerta, corriendo como un niño chico, como huyendo de una penitencia.
Se fue, sin afeitarse.

En ese momento hubo un corte, dejé de recordar, pero no despeté, ni me dormí del todo, seguía como en una especie de trance, de nebulosa, como un túnel que me atravesaba, que lo atravesaba todo y a través del cual ahora me iba colando de a poco en un pasado que mi mente había suprimido.
En el medio de uno y otro recuerdo había niebla y mi mente que flotaba en ella. Esos momentos, me permitían pensar y preguntarme cosas. La cara de papá, esa cara de aturdimiento, de nunca saber del todo que hacer, de tener miedo de la vida, de no ser ni si quiera dueño de sí mismo... esa cara de no entender nada y de no saber cómo actuar ante nada. Nada lo justifica, huyó por no haber sido lo suficientemente responsable como para hacerse cargo de dos niños que el había elegido traer al mundo.
Y sin embargo, su rostro, el recuerdo de su rostro, me hacían sentir el dolor y el desconcierto que el mismo debió sentir en ese momento. Escondido tras su barba. Tratando de huir del mundo y sufriendo por su propia irresponsabilidad. Huyendo al sacrificio del mar por no querer poner los pies sobre la tierra.
¿Qué logra el mar en la mente de los hombres? ¿Por qué no conozco la historia de un sólo marinero que haya tendido una vida “corriente”, o quizás clara por lo menos para si mismo?
Odiseo diez años luchando por volver a Ítaca, o quizás diez años huyendo de la rutina.
Y un eterno adolescente, huesudo, de barba, jugando a buscar la trascendencia vagando por los mares de vaya uno a saber dónde, dejando a sus dos hijos por años, sin preocuparse de lo que pasara y aún, regando más hijos por cada costa que pisara.
Mis medios hermanos mapuches, mis medios hermanos hindúes, suecos, chinos haitianos… ¿ellos lo habrán entendido, lo habrán comprendido?

La niebla se disipó. Pude ver un recuerdo, una escena que volví a vivir, siendo a la vez el niño y el adulto. Mi padre que había llegado no mucho tiempo antes de mi cumpleaños. Yo lo conocía sólo como una leyenda, ya que se había embarcado cuando tenía meses. Ahora casi con tres o cuatro años recién cumplidos, debía adaptar mi idea de mi padre a ese ser ridículo y misterioso, que no podía ocultarme con su mirada perdida y temerosa que sabía que lo escrutaba, que buscaba conocerlo y él tenía vergüenza de mostrarme que ni él se conocía.
Salía de bañarme. En la cocina, en el suelo, estaba su regalo de cumpleaños. Era un enorme gusano con secciones encastrables para armar, las cuales se podían disponer de distintas maneras, logrando efectos bastante variados, si consideramos que algunas secciones cambiaban de forma, otras tenían ruedas o alas. El ser era algo así como una oruga, lo delataba la sección única que representaba su cara esférica y sonriente. Pero la forma de construirlo era la gracia del juego. No puedo creer tanto simbolismo. Papá me lo había dado diciendo que era una cacharpila, aunque sigue existiendo un pedazo de la caja en el galpón de casa y en realidad allí se lee “caterpillar”.
La miré, antes de mirar a papá que como siempre estaba ahí, parado en algún lado, haciendo algo que no se entendía y que daba la impresión de que no hacía nada, que se pasaba el día pensando o mirando puntos fijos. Traté de ponerme en puntas de pie, para hablarle, pero en seguida se dio cuenta que estaba. Me miró fijo sin decir nada, entonces yo le exigí que me dijera la frase ritual que desde que llegó me decía cada vez que me bañaba. Me miró, demorando unos segundos y en seguida que salió de algo así como un trance, se agachó y me dio un beso pinchoso y áspero con su barba sucia, diciéndome “¡Limpito como un chiche!”

Esos son los recuerdos de mi padre que recuperé esa noche, los que mi memoria me había robado a mi mismo, que creía que lo había conocido ya siendo grande y que nunca había convivido con él. Ahora recordaba que no. Sólo dos fragmentos, dos escenas, pero ahora lo sabía. El día siguiente a mi cumpleaños se fue por un año más y luego volvió por unos días, yéndose para siempre en el momento de la afeitadora.

Había regresado, deslizándome hacia atrás a través de la niebla. Estaba en mi cama con los ojos cerrados surtiendo de lágrimas calientes mis mejillas. Pensaba en que al fin estaría verdaderamente limpio, que había sacado hacia la superficie la necesidad aunque sea de recordar. No de odiar o lamentar, pero por lo menos de recordar y darme cuenta que sí había perdido algo, que mi vida era una vida en la que había perdido a mi padre y que no podría rearmarla sin tener en cuenta ese pequeño detalle.
Lloré, lloré con una extraña angustia, triste y a la vez dulce y al fin me dormí en una extraña tibieza; casi conmovedora.

En noviembre u octubre del año pasado escribí lo siguiente, palabras más palabras menos:

Pasó un tiempo y yo seguí elaborando en mi mente aquellas escenas. Fueron meses duros, en los que el calor seguía agobiando, pero de a poco, logré aplacarlo, entendiendo no sé que relación simbólica entre mis complejos irresueltos y mi poca capacidad de resistencia ante las altas temperaturas. Todo en ese período fue extraño y llegado en su momento justo. Ya no sé como ennumerar todo lo que pasó, pero creo que se tendrá una idea bastante aproximada si digo que “Cada libro llega en su momento justo”. Llegaron a mis manos por azar y leí en secuencia exacta “la infancia de un jefe” y la biografía de Baudelaire de Sartre, releí a Felisberto y de alguna forma lo redescubrí, como a Levrero y también descubrí el brillante libro de un autor argentino desconocido, llamado Daniel Boggio, que muchos deberían descubrir.
No puedo decir que la vida sea un lecho de rosas, pero es mejor saber que mis uñas estarán a salvo, mientras utilizo mis manos para construir mi propia vida. A veces el calor me desespera, pero por suerte
Con sólo recordar a Mónica, lo transformo en una reconfortante tibieza.

En realidad no escribí lo que dice ahí. Estoy segurísimo de que era algo mucho más poético, elaborado, con palabras más cuidadas (y falsas me sale ahora) y que habían muchos más sucesos y libros que ahora me olvido. Ese tramo final sin embargo, tenía la sentencia de la tibieza mágica a través del recuerdo de Mónica.
El cuento original se perdió, desapareció como si la boca del universo se lo tragara. Yo lo había desarrollado de a poco, cuidando no forzar nada, escribir al ritmo del proceso personal que de alguna forma representaba el cuento. Sentí que el documento de una evolución espiritual se había llevado algo de ella y sentí que mi pensamiento se volvía cada vez más mágico simbólico. Sin embargo, me serené pensando que quizás sería bueno el hecho, porque al volver a escribirlo (tenía la intención real de hacerlo en algún momento), volvería a hacer un proceso que quizás agregara elementos a lo que ya había aprendido. También, reconozco, mi relación con Mónica me quitaba bastante interés en la escritura.
Creo que hasta la alegoría del Ragnarok, todo es bastante fiel al original. Sin embargo debo haber cambiado unas cuantas cosas desde ahí.
La vida, como si estuviera siendo redactada por un escritor que cambia cosas por olvido o por sistema (como saberlo) cambió otras cosas. O quizás el problema es que los humanos olvidamos cosas sin ningún pudor en la vida real y estúpidos como yo se preocupan por olvidarse de lo que querían escribir acerca de un cuento que quisieron escribir pero no es este y en el que hablarán de ese que no es y que además lo perdí entonces este es la reconstrucción de ese y de dos más que quise hacer y no me acuerdo.
¡A la mierda, a la mierda el recurso literario y el contrato narrativo y hacer creer que la vida es como los cuentos donde S por lo tanto P y donde el elemento nombrado como motivo libre “clavo” al principio del cuento, debe usarse para colgar el saco del personaje, empalarlo o metérselo en la uretra de su reverenda pija al final del mismo! La vida es así es como un cuento donde las uñas del título desencadenan en ¿qué?

Mónica rompió el contrato narrativo un día, porque sí, como si se olvidara de todo lo que escribió con lo que dijo, con lo que hizo, con lo que prometió, con todo lo que arriesgamos juntos. El motivo era algo así como:-------------------------------------------, o en otros términos, porque debajo de su tierna máscara de tibieza mágica, había una adolescente que ni tendría nunca el coraje de subirse a un barco, pero que no pudo resistir la responsabilidad de que yo creyera como un idiota que era real aquello que ella decía para jugar a un juego, a un juego bonito que ya tenía edad para jugar. Sin embargo como juego se sustituyó por otro en el mismo momento que el primero comenzó a aburrir.
Pasaron semanas (quizás meses) para que saliera de un estado casi de shock, de un alelamiento que no me dejaba casi pensar, y directamente no me dejaba dormir. Pasaba todo el día entonces, descompensado, muriéndome de chuchos de frío y sin capacidad de coordinación para abrir un tarro de ketchup, lo que me hizo tener una crisis de llantos de tres horas sobre la mesa en una reunión familiar.
Cuando pude medianamente volver a mi vida normal, de todas formas había comenzado el invierno que ahora termina y el frío era una tortura en mi cuerpo dañado por la experiencia angustiante.
Fue entonces que me senté a pensar solamente en lo necesario: en sobrevivir. Y como un lobo u otro cánido cerré la historia que había escrito en mi mente con la más cruda y desgarradora verdad. Después me levanté y seguí adelante. No voy a mentir; si ya no me importara no hubiera reescrito esto, no la haría parte del proceso de este que no sé que tiene que ver con el del cuento original. Pero por suerte, aún puedo reconstruir mi vida, otra vez… La memoria, que es dolorosa, que por suerte nunca es tibia, no esconde las cosas como escondió a mi padre y por suerte (nuevamente), comprendí que él único que eligió la ficción fui yo mismo y que de aquí en más sólo puedo buscar la “felicidad” en la realidad. En la realidad que es efímera, transitoria, olvidadiza, en la realidad del ser humano que hoy dice sí y mañana no, que un día ama y al otro odia, sabiendo que toda realidad puede volverse con una mirada hacia atrás, una ilusión.
Caminar sin que lo principal sea la felicidad, si no la obra, el bien personal. Sin mentirme.

Este es el cuento o los cuentos, pero ninguno es el que quise escribir, si no que al fin, ellos me escribieron a mí, o se escribieron solos.
Ya no tengo más nada que agregar. Sólo que en algún momento quería que el final, algo falto de sinceridad, culminara conmigo mismo, aún sufriendo por Mónica, mirándome las uñas en un rincón del cuarto, sugiriendo al posibilidad de un suicidio y cuestionándome si cortarme o no las uñas antes de morir, si vengativamente colaborar a acelerar o no el Ragnarok.

Jorge "Pollito" Manco.

El Asiento Vacio.



El boliche, se ubica exactamente en la esquina de la cuadra, pero en alguna época estuvo en ese mismo lugar, cuando la cuadra aún ni existía, ni lo hacía formar parte de un rectángulo del que nunca dependió.
Más o menos hasta mediados de los sesentas, esas zonas eran baldíos inacabables, donde a uno se le perdía la vista en los montes de pastos y matorrales, chilcas, cardos y colas de zorro. De entre las pocas construcciones que habían regadas a veces a cuadras de distancia las unas de las otras, que eran casi todas ranchos sin planchada y a veces sin puerta, no se explicaba mucho la existencia del boliche, aunque estuviera de camino al frigorífico y a la playa al mismo tiempo.
Sin embargo, al poco tiempo, tanto la gente de las cuadras más regularmente trazadas y más densamente pobladas que había allí cerca, como la gente que venía del lado del barrio pasando el tajamar, a trabajar al frigrífico, comenzó a asistir asiduamente.
De esa época datan anécdotas desopilantes, que los parroquianos aún guardaban en la memoria por haberlas presenciado directamente cuando eran jóvenes y otros por referencias de sus padres y en algún caso de los abuelos, de los que heredaron el apego a ese ambiente del boliche. Por ejemplo, se recuerda aún que una noche oscurísima, luego de suspenderse una velada de boxeo que todos esperaban y de haber tenido que matar las expectativas de acción insatisfechas con tanta caña como fuera posible, en medio del alboroto general, uno de los más golpeados por el alcohol tuvo que salir al “escusado”. Alberto, que así se llamaba, bebía muchísimo en estas ocasiones, ya que todos sabían que había soñado con ser boxeador, pero la vida lo frustró en su afán y sólo era un empleado más del frigorífico, con una mujer a la que no soportaba y que no le dejaba disfrutar ni siquiera de sus dos hijas, por las cuales vivía y se desvivía. Se estaba desatando una tormenta y el “escusado” que quedaba como a treinta metros del boliche, era una hermita de lata cimbreándose por los vientos del apocalipsis, en una oscuridad abrumadora. Alberto, conciente de lo certero de sus amigos que antes de salir le habían gritado: “¡Tenés que apuntarle a un agujero que hay en el suelo, eh!”, abrió la puerta de maderas podridas por ejercico de memoria, e intentando no caer, sin meterse a la oscuridad del cuartito repelente, apuntó y comenzó a desaguar de lejos. Mientras, dirigió su vista hacia el boliche, que era una mancha oscura con un rectángulo que manaba luz de querosén y oyó llegar las risas y voces mezcladas con un fondo de tango. Pero de pronto, en medio de la borrachera, le llamó la atención, que el ruido de el agua salpicando en el “escusado” no le llegara como siempre, estrépitoso y sonoro, sino como un murmullo sordo, como si algo sólido le avisara no estar embocando.
Al rato, comunicó su impresión (extrañado y ya sospechando lo que no decía), causando la risa de todos sus compañeros, los cuales ni la tomaron en cuenta. Unos minutos después el “Bruto” Martínez, que había desaparecido en el tumulto hace bastante tiempo, pero no tanto como para que sus trastornados amigos lo advirtieran, apareció. Cruzó la puerta haciéndose sangadillas al pie izquierdo con el derecho, encorvado y agarrándose de todos lados, con los ojos a medio abrir por la siesta en el escusado y lo peor, mojado desde el sombrero gris hasta la camisa, pasando por la cara, por algo que no era agua, dado su olor y aspecto.
En otra ocasión -recordaban algunos, sobre todo para molestar a las mujeres presentes que los iban a buscar para que vuelvan a casa, como hace décadas-, el colectivo del boliche se confabuló para lograr que un individuo indeseable se autoexpulsara del grupo, en donde nadie lo sentía presencia grata. Héctor Ceballos, era un clásico boca de jarro, fanfarrón, engreído y mentiroso; sobre todo mentiroso. Desde que entraba hasta que salía del boliche, no hacía más que tratar de intimidar a los presentes con sus conquistas amorosas inventads, que por lo general, faltaban el respeto a las esposas de quienes no estuvieran presentes en el momento en que las contaba, entre muchas otras actitudes con que intentaba marcar sus superioridad sobre los demás. Para colmo, algunos sabían de buena fuente, que Héctor tenía algunas costumbres algo asquerosas. Así que un día, planeando las cosas con paciencia, para poder disfrutar al máximo de la venganza (aunque ya apenas podían contenerse), mandaron al “Ruso” a la pequeña chacra que la familia de Ceballos tenía, con un balde de pintura negra, que cubrió la lana blanca de las patas traseras de la oveja del Héctor. Caída ya la noche oscura de invierno, el predecible de Héctor, bastante entonado, prometió volver a seguir la partida de truco, luego de pasar por la casa de una señora que le tocaba atender mientras el marido pescaba a la encandilada. En su ausencia, el “Ruso” volvió a las risas, esperando el resultado del trabajo que le costó la pintura bovina en casa ajena sin que lo descubrieran. A los quince minutos el boliche tembló por las carcajadas simultáneas y atroces de unos veinte hombres, mientras Héctor, mirándose sorprendido, descubría el negro, que lo acusaba desde la bragueta a las rodillas y salía del boliche para no volver, mientras el “Ruso” le mostraba la lata de pintura y todos los injuriados gritaban: “¡Meeeeh, Meeeeh!”.
Y esas son sólo dos anécdotas elegidas al azar, de las cientos y cientos que se podrían contar, tantas como para hacer un libro, o varios.
Sin embargo, el boliche, que continuaba inamovible en el barrio, como un bastión de una era remota, no sufrió -como todos podían pensar-, tanto con la llegada de la “civilización”, con el trazado de nuevas calles, ni la llegada de los servicos públicos y los comercios, junto con un montón de vecinos anónimos de los que uno no podía terminar de conocer las caras, amontonados en edificios de viviendas; como con lo que el tiempo empezó a cambiar dentro de él mismo.
Los parroquianos más fieles, que por lo general eran de la tanda de los comienzos, cuando no había cuadra y en vez de Water había “escusado”, sobrevivieron a tandas fluctuantes o pasajeras de simples viciosos u ociosos que al final podían tomar (y seguro que mejor) o jugar al truco y escuchar tango, en cualquier lado, incluso en sus casas, porque no tenían ese vínculo de memoria y costumbre, que luego algunos descendientes agarramos con los amigos de nuestros abuelos; sumando a la vieja tanda, dos o tres nuevos miembros.
Uno de esos parroquianos fieles se llamaba Carlos, como mi abuelo. Vivía al lado de la casa donde me críe, de la que me fui a los seis años y donde ahora vivo nuevamente y, aunque eran muy amigos con mi abuelo y yo me llevaba bien con él, realmente nunca llegué a tolerar a sus hijos y menos a sus nietos.
Desde que tengo memoria lo conocí viudo, fumando como una chimenea y por lo general volviendo del boliche borracho como una cuba, pese al ejemplo de moderación que mi abuelo trataba de darle y los pedidos de su nonagenaria madre, Doña María, que había venido con él aún bebé, huyendo de la guerra cívil española, donde su marido había muerto.
En el boliche, el asiento de Don Carlos era intocable, cual si se tratara del asiento de un rey, aunque se tratara de una silla de plástico blanco, tan sucia que parecía gris. La mesa donde se sentaba, al lado de la ventana, tenía un registro del paso de los años, en las superpuestas perforaciones causadas por las brasas de cigarros que frecuentemente se la caían a Don Carlos hasta quemar la cobertura de barniz de la madera vieja.
Como un ritual que aseguraba a todos los presentes, que algunas cosas tenían un carácter eterno, como el del ciclo de la naturaleza, el “Gallego” Mario, ponía el vaso de Don Carlos, sobre la mesa de Don Carlos ya a las diez y media, esperando su inevitable llegada entre las once menos veinte y las once menos diez, cuando lo llenaría de caña por primera vez en el día. Por más que cuando el boliche cerraba antes de medianoche
- por que ya ninguno estaba para trasnochar- los botijas de la otra cuadra se sentaran a fumar porro y tomar cocaína en los escalones de la puerta, por más que ya no hubiera más boxeo en el barrio y que Déborah, la nieta de Mario los hiciera rabiar cada vez que pasaba a saludar a su abuelo y ya ninguno pudiera conseguir que el corazón le bombeara la sangre suficiente hasta allá abajo como antes, Don Carlos, el más fiel de todos los parroquianos, seguía viniendo. Seguiría llegando alrededor de las once, sentándose en su asiento, en su mesa contra la ventana, fumando como un cerdo, tomando hasta quedar en cuatro patas antes de la siesta y volviendo a la tardecita por el segundo pedo del día, que lo ayudaba a conciliar el sueño.
Sin embargo, como dije antes, ni la incomprensible música de los gurises de la otra cuadra o la internet, habían afectado tanto al boliche, como lo que con sólo el tiempo le había pasado por adentro.
Es que con los años y sin que ninguno se diera cuenta (con lo natural que era), de unos veinte clientes fijos desde casi el comienzo del boliche, de un golpe y ante la perplejidad de todos, en tres años habían quedado unos siete. El noventa y siete, se llevó uno tras otro a tres de ellos, que ya desde un tiempo atrás por sus enfermedades ya no venían tan seguido. La muerte por infarto del primero que se fue, el “Ñato” Colucchi, a sus setenta y seis años, después Pedro Maldonado que no se pudo transplantar el hígado y el “Ruso” víctima de la demencia senil.
También descubrieron, que no sólo era la muerte quien podía llevárselos, por más que los años de inquebrantable aguante tras los vasos de caña y las cartas los había hecho creerse inmortales, si no que al año siguiente, la inmigración de los hijos y nietos, se llevó para siempre cuatro más de ellos, seguramente a morir a las tierras de sus padres.
Ese año murieron dos más y al siguiente tres.
Cada uno que se iba, era un grado más de profundidad en el silencio que se apoderaba del boliche últimamente. La mayoría entraba ya cansado, como si el peso que antes les sacaba el boliche, cuando pasaron hambre, cuando había que soportar a los ingleses sin chistar, cuando los dejaron sin trabajo y con hijos, les cayera todo de golpe ahora, que estaban quebradizos y medio ciegos, y ningún recuerdo, ninguna charla, ni las cartas, ni el asqueante alcohol del que se habían agarrado como sedante durante toda la vida los consolara. Cada típica, cada tango compartido que volvía a sonar, parecía traerles a la memoria que alguien ya no estaba, que había lugares físicos inllenables, en el boliche cada vez más vacío aunque algunos nos colaramos, tratando de entrar a un lugar que nunca había sido nuestro.
Pero…Don Carlos… Mientras aún viniera Don Carlos, por lo menos por algunos momentos, todos sentían el alivio de que algunas cosas aún eran como siempre.

Ese año, Don Carlos murió.
No sé cuántos lo sabían, pero él le había dicho a mi abuelo, hace años, que tenía un cáncer bastante generalizado, que le había empezado hace añares en la garganta y luego le había corrido para los pulmones y una cantidad de lugares más. Su familia no quería decírselo, le ocultaron de que lo trataba el médico unos cuantos años, pero él sospechó, dado que sabía perfectamente, que desde los doce había fumado cuatro paquetes por día. Habló con el médico y este le reconoció que estaba en lo cierto, pero que lamentablemente, lo habían descubierto ya fuera de tiempo, que lo único que podía tratar de hacer para vivir más y que los dolores no se volvieran insoportables, era dejar de fumar y de tomar; pero Don Carlos, prefirió vivir lo que le restara como siempre.
El día que murió, cerca de mi cumpleaños, no sé por qué, pero no sentí nada más que alivio, porque sabía que no iba a sufrir más. Había agonizado una semana y pocos habían tenido el coraje de ir a visitarlo, a no ser el “Gallego” Mario, que iba a verlo todas las tardes a la casa, aunque sabía que la familia lo acusaba de “robarle” toda la jubilación a Don Carlos.
El boliche estuvo cerrado unos días. Yo pensaba en lo paradójico de la muerte, que se llevó en un accidente de tránsito casi tres años antes a mi abuelo (que era sano, que había dejado el cigarrillo y la bebida de joven), que a Don Carlos que estaba enfermísimo y no sé que otras estupideces.
Recién volvieron a abrir el boliche un viernes. Me acuerdo que era uno de esos días de calor abrumador, lo que era una excusa perfecta para que nadie hablara.
El boliche, aún más vacío, dejaba que corriera tan libremente el sol que entraba por la ventana, había tal falta de sombras humanas, que daba ganas de llorar.
Eran las diez de la mañana, y sólo Don D`orssini se atrevía a decir de vez en cuando:
-Esta calor húmeda es presagio de tormenta ¿Eh?
A lo que cualquiera contestaba que sí, luego de medio minuto, como haciendo un esfuerzo por salir de un trance hipnótico, en que realmente estábamos.
No sé por qué, al llegar las diez y veinte, sin hablar, todos nos miramos y comprendimos que habíamos tenido la misma idea, luego de que el silencio se hiciera aún más profundo. Nadie dijo nada, pero todos dudábamos de si Mario pondría o no pondría el vaso frente al asiento vacío, en la mesa contra la ventana. Nadie podría haber dicho si sabía si estaba bien o mal hacerlo, si tendría o no sentido, o si quería o no. Creo que todos estabamos esperando para convencernos de que no estábamos ya casi seguros de que lo haría, cual sería la resolución final de Mario, aunque la conocíamos de anetmano. Y al fin, sin que nadie dijera nada, vimos como dobló su cabeza hacia atrás para mirar el reloj que marcaba las diez y media y resuelto, con el mismo ademán mecánico de siempre, puso el vaso vacío en la mesa frente a la ventana.
Luego de esa quijotada tan absurda y sin embargo necesaria, que nadie en su lugar hubiera dejado de hacer, el silencio se hizo más profundo, el calor empezó a apretar y una chicharra cortó el aire con su chillido metálico.
No sé como explicarlo, pero quien lo haya vivido sabrá como son esos momentos en que el silencio es tan grande, tan evidente como su por qué, entonces, no sé si es que en tanto silencio se pueden oír los pensamientos o es que el mismo silencio habla a gritos, más que un discurso retórico, pero todos supimos lo que pensábamos.
Silencio.
La chicharra chillaba por treinta segundos y al callar, el silencio resaltaba aún más.
A los cinco minutos, se sintió zumbar un mosquito.
Cuando faltaba un minuto para las once menos veinte, todos sabíamos que por más descabellada que fuera la idea, teníamos la certeza irracional y aún más, el deseo ansioso, irrefrenable, de que Don Carlos, atravesara la puerta, se sentara en su asiento y empezara a tomar y fumar dejando caer las cenizas sobre la mesa llena de marcas de sus cigarros asesinos.
Sólo Mario lo había visto. Una agonía, que en una semana había consumido un cuerpo ya de por sí muy flaco, tornándolo esqueleto con piel, de color necrostado, ceniciento y como lleno de hongos, que sin embargo vivía y sufría. Desprendiendo un olor insufrible por una semana y vomitando hediondos pedazos de órganos podridos, hasta las atrocidades del último día en que su hija se desmayó al ver como la tos le habría agujeros en la carne.
Sabíamos que lo haría, no sabíamos como, bajo que apariencia, pero lo haría. Al pensar en la forma atroz que podría cobrar la aparición de ultratumba de un viejo comido por el cáncer, por primera vez todos tuvimos miedo, y al pasar un perro por la puerta abierta, golpeándola con la cola, tras un breve sobresalto, nos miramos estupefactos y vimos como algunas gotas de sudor nos corrían por la frente. Por el calor, de seguro.
A las once menos dieciseis minutos, entró impregnando el aire con su perfume dulce y fresco y agitándolo con el vaivén de su larga cabellera, sus espléndidas caderas y sus senos altivos, la inocente de Déborah, que sin entender el por qué, se vio alejada del bar en menos de un minuto por todos al mismo tiempo, que nuevamente, habiamos leído nuestros pensamientos y actuado en conjunto sin hablar, para evitar que la chiquilina de diecisiete años viera el espectáculo, que se acercaba cada vez más.
A las once menos diez, comenzamos a darnos cuenta que las cosas podían ser peor de lo que pensábamos, de lo que era una muestra inequívoca la demora, que incluía un cierto factor sorpresa en una aparición que quizá incluso no sólo nos desagradaría, si no que sería demasiado para la mente o el corazón de alguno.
El silencio se hizo más y más profundo, el calor aumentaba al doble cada minuto y algo hacía que el aire que respirabamos pareciera arena.
A las once, levantamos la vista y nos volvimos a mirar.
Iba a hacerlo, aunque sea en una forma que no lo pudiéramos ver.Aunque sea, veríamos al vaso moverse, Mario lo llenaría de caña y esta bajaría poco a poco, como por acción de los sorbos de un ser intangible. Soplaría una brisa inexplicable, sentiríamos una presencia…
A las once y media, como despertando de un ridículo sueño colectivo, en el que sin duda estábamos, nos miramos como asombrados y al unísono y resoplando cada uno masculló alguna frase de desengaño que más que aliviar, parecía maldecir.
Nadie sintió vergüenza, creo.
No sé por qué, no pude evitar reírme para tratar de conjurar la angustia. Cuando dirigí mi mirada hacia Mario, dejé de reír y lo vi romper en un llanto silencioso y agonizante.
Nunca más entré al bar, sólo saludo por la ventana a Mario, que está casi todo el día sólo, o con dos o tres más-cada vez menos-, mirando en silencio al asiento vacío.

Jorge "Pollito" Manco.

















La Chica

            Imagen extraída de la película Alice de Savankmajer.

Iba en el ómnibus a trabajar y como me pasa comúnmente, me puse a mirar a la gente que estaba sentada cerca de mí. Cuando no voy leyendo algo que me entretenga lo necesario para estar más que concentrado, hipnotizado en la lectura como suelo hacerlo, miro a la gente y río mentalmente de sus tics, ropas y de esa engolada y absurda manía de los viajantes de estar como aislados completamente de lo que pase alrededor, como enfrascados a tal punto que uno puede estar ofreciéndoles regalarles un caramelo y ellos seguirán con la vista clavada en la ventanilla de en frente, como haciendo que no ven, no sea que esté envenenado o hagan el ridículo.
Con esta niña –perdón, adolescente- me pasó lo que no hubiera deseado en varios sentidos. Es bastante peligroso e incómodo para mí que una persona del sexo femenino (sea cual sea su edad, pero más una chica) vea que la miro o incluso que me mire ella, o que comiencen esos extraños juegos de miradas de los que nunca quise participar, pero que sin embargo no puedo evitar jugar por curiosidad de entender lo que pasa.
La chica tenía otra u otras particularidades. Si bien se notaba que era una adolescente, era bastante flaca y menuda, aunque alta –eso sí-, tanto que si uno no la observaba bien parecía una niña gigante; aunque al ver el brillo de su mirada y sus gestos uno entendía que no lo era. Tenía el pelo muy largo y rubio, ojos claros y algo maliciosos y misteriosos, además de un aire que aún no logro explicar y era lo más raro de todo… al ver su cara, había algo ahí, las facciones o vaya a saber uno lo qué, que me hacían pensar en algo no humano, pensé en un gato o un pato, pero no pude establecer el porqué de tal asociación.
Por suerte para mí, miserable cazador cazado, el juego duró poco y se bajó del ómnibus unas pocas paradas después de que me subí y yo seguí flojamente con mi lectura, aunque olvidándome fuertemente de la chica.
Sin embargo, ni bien pasaron dos o tres semanas, subo a la misma línea de transporte y hete aquí con qué me encuentro: con la chica.
¡Bastante predecible! El lector se preguntara si es que no puedo presentar menos sonoramente algo tan evidente, pero claro está, no me dejó terminar de explicar la situación.
Cuando digo que “me encontré con la chica” no digo “me encontré con la misma chica”, ni tampoco dejo muy claro si es que me encontré con otra, ya que tampoco digo “me encontré con otra chica”, si no solamente digo “me encontré con la chica”. Claro, el lector dirá: “pero si es la única chica de la que habló hasta ahora, es evidente que el artículo la hace referencia a ella”.
Bueno, tampoco pondría esto tan en claro y me explico, porque creo que no lo estoy haciendo muy bien. Subí al ómnibus y en el primer asiento creí sentirme levemente observado por alguien. Cuando miro en la dirección de la que siento llegar la mirada veo la cara de la chica que unas semanas antes me miraba indisimuladamente, la flaca alta rubia delgadísima y temprana adolescente. Luego de mi primer encuentro con ella no la había recordado ni pensado en ella para nada pero al verla la reconocí de inmediato y recordé la situación anterior.
Pero no. Es rubia, tiene sus ojos, su boca –creo que era la boca- que le da algo de expresión de pato-gato y es ella, solo que su cuerpo no es el de una chica flaquísima de unos doce o trece años, si no el cuerpo esbelto de una joven de diecisiete o dieciocho y además de eso, ostenta un descomunal embarazo.
Confundido pero cumpliendo mecánica y rápidamente con las cosas como se debe hacer dentro de los ómnibus, saco el boleto, me tiro en el primer asiento que encuentro y mientras saco el libro para disimular y me empiezo a cebar unos mates, cada tanto echo una ojeada.
Es ella, no cabe duda. ¿Pero como se explica que en tres semanas haya cambiado de tal forma su apariencia física? Bueno, estando embarazada es muy posible que su cuerpo cambie, que entre a haber carne donde no la había, digamos. Y con la actitud que ya había demostrado conmigo en nuestro primer encuentro, era muy probable que la chica se hubiese embarazado. No por sí sola, ni tampoco que yo la haya embarazado con la mirada, creo que me explico. Pero ¿Cómo hizo para tener una barriga de nueve meses en tan poco tiempo?
Cuando ya estaba pensando en que era su hermana, dado que además me miró mucho menos y más disimuladamente que aquella, se bajó en la misma parada que la chica, la otra… o ésta.
Eso me dejó mucho más claro el hecho de que no era ella si no su hermana, que se había bajado para ir a la casa que cohabitaban, de seguro también con los rubios padres de ambas. Aunque al segundo, me di cuenta que si era ella, no era nada improbable que bajara en la misma parada que ella misma la vez anterior , ya que no es necesario ser el hermano de uno mismo para bajarse en la parada en que uno se baja habitualmente, si no todo lo contrario.
Esta vez venía leyendo un libro bastante atrapante, sin embargo, aunque quise evitarlo, pasé gran parte del viaje recordando el misterio a cada ratito.
Pero como esto no fuera suficiente, hoy, luego de una semana del último encuentro, me la crucé otra vez.
Subí al ómnibus y como en nuestra primera vez, ella estaba en el primer asiento mirándome. Ahora no cabía duda. Se notaba en el brillo de sus ojos expresivísimos que sabía que era ella y que yo también, así como ella sabía que yo sabía que era ella pero sospechaba de tantos cambios anormales en tan poco tiempo. Ahora, su larguísimo pelo estaba cortado en una melena por los hombros, desflecado, como conviene a una madura mujer con un niño de unos 18 meses en los brazos. Sus facciones también eran las de una mamá veinteañera, y su mirada hosca e inquisitiva ya no mostraba ni un dejo de erotismo, si no más bien lo que demuestra la mirada de los criminales cuando alguien puede delatarlos.
Un poco asustado, me senté donde no pudiera verme, pero la muy desgraciada me veía. Parecía que leyera mi mente o algo así y cada vez que –sin poder evitar mi condenada curiosidad- estiraba la cabeza para mirarla a ella y a su criatura, la adolescente-chica-mujer ladeaba la cabeza y me miraba con el rabillo del ojo.
En tan pocas paradas pensé tantas posibilidades…
Son personas completamente distintas que yo confundo por un detalle físico que comparten. ¡Ja! Es tan evidente… ni si quiera tienen por qué ser familiares, hay tantas personas que comparten los mismos rasgos… ¿No?
Pero no, no es nada evidente. De hecho es absurdo. Sería demasiada coincidencia para ser casual que personas TAN parecidas viajaran en el mismo ómnibus, sobre todo con esa característica similitud indefinible con un gato-pato. Entonces, no cabe duda son parientes. No tiene nada de extraño ni de alarmante que una pareja tenga hijos con una distancia temporal de unos cuatro o cinco años, que era lo que parecía separar etariamente a la(s) chica(s) una de ¿otra? Eso explicaba también porque se bajaban todas en la misma parada, porque -como ya se explicó anteriormente-, cohabitan el mismo domicilio con sus padres y quizás un perro llamado Fido o Firulais.
Esto me deja más tranquilo y pienso en todas las veces que me habrán confundido con mi hermano que es muy parecido a mi con unos cuantos kilos y años más… me interrumpo en este pensamiento y pienso otro: confundí a una serie de tres hermanas casi idénticas con una evidente diferencia de edad. ¿Y por qué todas ellas me miran como reconociéndome a partir del encuentro con la hermana menor? ¿Es acaso un patrón genético que siempre se sienten en el mismo lugar, cuando por lo general este tipo de conductas son elecciones individuales o incluso manías (lo cual muchas veces es más individual que una elección)? ¿Por qué tres hermanas alternadamente se toman el mismo ómnibus a la misma hora y se bajan en el mismo lugar, además de mirarme como si me reconocieran cada una de las veces si no son la misma persona?
Bueno, es claro, la primera hermana llegó a su casa y le contó a su hermana mayor embarazada: “Hoy en el ómnibus vi al señor sin ningún rasgo característico digno de resaltar a no ser la nariz de judío del que nos habló el hada madrina”, entonces, la hermana mayor, envidiosa la mató y ocupó su lugar. Luego llegó a su casa y le contó a su hermana mayor y con un hijo: “hoy en el ómnibus…”
Bueno, entonces nos encontramos ante la misma persona (sí, de eso no cabe duda, no sé como pude llegar a cuestionármelo en algún momento), con la peculiar diferencia con el resto de los seres humanos, deque no sólo tiene extrañas facciones de gato-pato, si no que en el trascurso de un mes aproximadamente, no sólo avejenta unos diez años de golpe, si no que además gesta y pare un hijo, que como digno vástago de su madre en pocos días de vida ya aparenta tener como un año y medio.
Sólo habían pasado dos paradas y si no me equivocaba todavía faltaba una eternidad para que se bajara y yo cada vez más asustado, mientras iba pensando que carajo pasaba, miraba hacia donde ella estaba y automáticamente, sin fallar ni una vez, en ese instante, torcía la cabeza hacia mí y me miraba entre desafiante y amenazadoramente.
Esforcé mi mente lo que más pude para lograr tranquilizarme y retomar la lectura, entonces razoné, que en realidad lo que pasaba era simplemente que era la misma chica, la cual había cambiado físicamente y avejentado mucho por causa del embarazo. Obviamente, la primera vez que la vi no era tan chica como pensé y además, como siempre estoy muy abstraído en mis lecturas, me equivoqué y lo que vi suceder en el trascurso de más o menos un mes, paso en el trascurso de…
Es imposible, dado que sólo me estoy tomando esta línea de ómnibus hace dos meses y de eso estoy totalmente seguro, siempre la encuentro en el mismo ómnibus y en el mismo asiento incluso y no pasaron nueve meses más un año y medio desde la primera vez que la vi hasta hoy.
No, ninguna hermana le contó a la otra. No me confundí en nada. Debo dejar la razón de lado esta vez y aceptarlo: es la misma persona, una misma persona que por alguna extraña razón se desarrolla con un ciclo vital aceleradísimo para un humano corriente.
Ahora bien ¿Cuál es esa extraña razón? ¿Una mutación genética autoinducida? ¿Consumo de drogas? ¿Un experimento secreto de los Estados Unidos? ¿El producto de la obra de algún alquimista ignoto que consiguió la creación del homúnculo? ¿Una raza de extraterrestres que bajo la apariencia humana está poblando la tierra aceleradísimamente, para un día de golpe conquistarnos con miles de soldados instalados entre nosotros sin que lo hayamos advertido?
Mientras pienso la última opción, entiendo que aunque no fuera exactamente un espécimen extraterrestre, algo turbio hay en el desarrollo anormal de la chica y de su niñito, ya que está a punto de bajarse y mientras acomoda su sempidurmiente niño como para levantarse del asiento, mira nuevamente y en sus ojos (hace tan poco tiempo casi infantiles y perversamente lascivos), pareciera decir: “Sos el único que se dio cuenta en todos estos viajes que llevo hechos, si abrís la boca tendrás que vértelas con la Cossa Nostra venusina”.
No podés ser tan paranoico, pensé. Después me di cuenta que podía, con lo que había visto…
No pude seguir leyendo. De hecho no pude dejar de pensar en todo el día en la chica, mujer o lo que sea y en su niño prematuro, precoz, superdesarrollado o lo que sea también. Sea lo que sea su anormalidad me siento perturbado y más que amenazado siento la imposibilidad de comprender la mirada última de ella. Lo más perturbador de todo, es que al miedo y al desconcierto se le suma por momentos que no son pocos, un incontrolable sentimiento de impotencia de dolor por la chica y por su niño, que no me puedo explicar. Debo dejarle dicho esto a alguien, porque no puedo dejar de tomar esa línea. Si en unos días muero a manos del hijo de la mujer si es que alguna vez ofendí a su madre, si fallezco ahorcado por sus enormes manos de descargador del puerto, quiero que alguien lo sepa, yo no hice nada, sólo lo que no voy a hacer nunca más: mirar a la gente a mi alrededor en el ómnibus.

Jorge "Pollito" Manco.

Mago

Imagen extraída de la despedida de casados del actor belga Simon De La Rocha.


Lo que me diferenciaba de los demás (por no decir de todos los que conocía), era mi origen. Por lo general, los demás magos, aunque no siguieran la misma línea que sus ancestros, habían sido criados bajo un tipo de educación, en un ambiente o por personas que propiciaran su futuro desarrollo. Quien más quien menos, provenía de una familia de de metafísicos new age, teólogos, umbandistas o aunque sea, de hippies fumaporros, mientras que unos cuantos -que eran los protegidos a todas vistas- descendían de magos. Habían crecido oyendo hablar de transmigración, meditación y hechizos homeopáticos desde niños, por lo cual, la veracidad de su carácter de personas excepcionales con respecto al común de los mortales era mentira. Simplemente, ellos habían sido adiestrados socialmente (al fin y al cabo por más original que sea una familia, siempre es el primer núcleo social y de alguna forma trasmite valores o antivalores de esta misma sociedad) para ser magos y la semilla bien plantada había germinado, de la misma manera en que sus vecinitos hijos de ateos socialistas terminaban siendo abogados materialistas y las de amas de casa cristianas, lo que sus madres soñaron y nunca pudieron ser: divorciadas y madres solteras.
Mientras la mayoría de los demás había crecido casi con su destino marcado, yo había nacido en una casa donde hasta mi propia crianza -e incluso mi subsistencia, cuando aún no podía valerme por mi mismo- estuvieron desganadamente abandonadas al mínimo esfuerzo posible y a ningún valor que no fuera lo práctico y en lo posible, lo cómodo. No tengo idea si quiera de si mi familia era agnóstica o posicionarse en un estado de duda ya les costaba demasiado trabajo. Con respecto a lo que podía ser la religión, mis padres estaban más allá del bien y el mal, no creían en ninguna de sus dos opciones (la fe o el ateismo), ni tampoco dudaban. Con respecto a lo que podemos llamar “creencias mágicas”, como se les denominan en el módulo introductorio del segundo semestre, alguna vez que otra, vi que cuando al parecer les convenía y no les costaba mucho trabajo o plata, habían recurrido de igual forma a los pais como al Reiki y la angeloterapia, pero sin tomar en serio ninguna de ellas, más que como se toma en serio al plomero que viene a destapar la mierda de la cloaca.
Realmente, creo que el único excepcional ahí había sido yo y que -como veladamente alguna vez dejó entrever uno de los maestres-, yo había nacido con el don, lo que me ponía por simple naturaleza por encima de aquellos que teniendo padres influyentes y practicando desde hace años no lograrían ni la mitad de mis triunfos.

Al comienzo, me acerqué a la escuela con algo de desconfianza, pero a su vez feliz de encontrar a otros como yo en el mundo, que me comprenderían y me guiarían y de darme cuenta que no era un loco divagante. La Suprema Orden Del Sur no funcionaba de manera muy diferente a una escuela nocturna, por lo menos en el período en que uno no aprendía a través de misiones encomendadas por los maestres, quienes las controlaban desde las sombras como en un examen-reality show. Y como en cualquier escuela, esa esperanza de ser entendido se esfumó bastante rápido. Mis compañeros se fastidiaron bastante conmigo, cuando sin entender demasiado de qué hablaban, les reconocí que aunque algo había oído, nunca había leído a ese tal Harry Putter, ya que en casa lo único que se hacía todo el día era escuchar la radio y jugar mames en la computadora, además que yo no tenía casi amigos. Traté de disculparme por mi error, pero desde ya, los más avanzados sentenciaron que en la vida real (de mago), equivocarse en una letra podía ser fatal.
Eso era verdad, como entendí después.
Teníamos materias teóricas muy vastas que profundizaban poco en cada tema, como historia de las religiones, técnicas espirituales y teoría mágica, además de una cantidad de materias generales y de filtro que por lo general nunca aplicaríamos, como sociología y legislación de la magia. Pero el grueso de nuestra preparación, consistía en los nombres secretos, aunque esto se adornaba con cursos donde aprendíamos de memoria hechizos discursivos en lenguas raras, escritos en enormes cronicones amarillentos y polvosos, como también a crear los nuestros y a veces acompañarlos con procedimientos físicos que a los demás les encantaban, como cortarse una yema para hacer salir sangre y otras cosas de las películas.
Una vez aprendidos los alfabetos sagrados básicos (aunque luego se podía seguir aprendiendo más de ellos, siendo obligatorios cinco antes del sexto semestre), se nos comenzaban a revelar los nombres secretos de las cosas, o se nos ponían pruebas o ejercicios prácticos para conocerlos.
Por medio de estos nombres secretos, nosotros podíamos controlar las cosas en el más amplio sentido del término, de una forma similar -aunque cualitativamente inferior- a como lo hace el Arquitecto. Estos nombres eran infinitos y a veces difíciles de encontrar, porque distintas civilizaciones habían nombrado distintas cosas, faltándole alguna con respecto a las otras y sobrándoles con respecto a las que sí tenían lo que a ésta le faltaba. Dominando bien los nombres secretos, combinándolos y usando la intuición, se podía hacer todo lo imaginable: conocer el futuro, crear ilusiones y otras cosas que me callo por ahora.
El poder de la palabra, aún solamente pensada, era algo que yo manejaba instintivamente desde niño, sin percatarme nunca de que no nombraba las cosas en castellano, ni ningún otro idioma que conociera. Sin embargo, en Hodarts encauzaron mi poder innato y ampliaron mi vocabulario secreto instintivo, aunque sugiriéndome que no me preocupara y dispersara tanto en conocer más alfabetos sagrados fuera de clases, ya que con el hebreo era casi suficiente para todo lo que hiciera en mi vida. Insistieron mucho con eso, sobre todo después de que no les hiciera caso ni les creyera.
Convocar pequeñas brisas que me alcanzaran los papeles a mi mano de sobre la mesa o prender llamitas en las velas de mi pupitre sin usar fósforos (ahora a conciencia) me llenaba de emoción en mis primeros meses, tanto que no me percaté que a nadie allí le gustaba mi desempeño sumamente acelerado, ni mi falta de obediencia a “sugerencias” de los maestres.
La otra gran parte de nuestra formación era una advertencia repetida desde todos los ángulos y con todas las variantes posibles, que en el primer semestre comenzaba como tema trasversal en todas las materias y después se volvía hasta una o dos materias obligatorias por curso, si no en forma, en contenido. En casi todos los libros se le llamaba “teoría del equilibrio”, aunque tenía otros nombres, como “ley de la compensación”, o “ley del triple”, que era la forma en la que más gustaban llamarla los alumnos, ya que remitía a algo así como un castigo que triplicaba la fuerza del hechizo en dirección opuesta hacia el mago cuando éste hacía algo “malo” y hacía pensar en seguida en películas tontas y taquilleras que apestaban a moral cristiana. Los maestres que se reían de esto, la llamaban con otros nombres y la explicaban un poco distinto, pero en el fondo, se notaba que la concebían de la misma forma. Sin embargo, siendo un poco más crítico y conciente, se advertía que lo que los grandes Magos del pasado habían advertido en sus libros (de los que ninguno se puede conseguir en las librerías supuestamente especializadas en el tema), era mucho más simple y menos rimbombante. La teoría del equilibrio afirmaba que siempre que el mago utilizaba su magia, de alguna forma, por medio de su acción más allá de lo posible para el humano común, alteraba el orden o equilibrio del universo. Y este universo como cualquier ser vivo, siempre tendía a la homeostasis. Por lo cual, cada vez que utilizaba su magia, antes debía calcular concientemente la reacción equilibrante que el cosmos generaría (la acción “opuesta”, o castigo, desde la teoría con sentido moral). La forma en que el universo tendía a volver a equilibrarse de la acción mágica descansaba sobre una lógica simplísima, que quedará en evidencia con unos pocos ejemplos. Por ejemplo: un mago quiere desembarazarse de un ruido molesto y decide entonces aumentar la densidad de la pared que lo separa de la casa del vecino donde se celebra una fiesta. Lo hace y funciona, no obstante, los espacios itermoleculares o incluso cuánticos anulados generarán una rarefacción en cadena que quizás hará que todos los líquidos dentro de la casa del mago se evaporen y quizás, también, algunos sólidos y quizás no sólo en su casa, si no a unas cuantas cuadras a la redonda. Aquí entonces, el mago tendría que considerar si no sería mejor volver la pared más porosa para que absorba el ruido o hacer que las ondas de sonido se refracten en su pared. Cada decisión tendrá su contrapartida de compensación particular y en elegir la que vuelva más eficiente el conjuro, es lo que distingue a un mago de un inventor de desastres artificiales. Se nos hacía estudiar ejemplos y comprender el mecanismo redactándolo, o se nos ponían reacciones para que nosotros halláramos los hechizos que los podían haber causado, o se nos ponía un hechizo para que concluyéramos sus posibles consecuencias. Ya sabíamos de memoria que hacer llover provocaba luego heladas o niebla en forma anormal, que generar alucinaciones provocaba luego períodos de esterilidad mental y visión truncada, que aflojarle el eje de la bicicleta a un enemigo podía provocar que varias personas incluyendo el mago no se pudieran desabrochar los zapatos, que anular el reflejo de un cuerpo en un espejo hacía que éste brillara posteriormente, que adelgazar una pareja luego le provocaba cansancio crónico, etcétera, etcétera, etcétera. Si bien esta ni se tomaba en cuenta para los primeros y más tontos hechizos (prender bombitas y esas bobadas), a medida que avanzábamos en nuestro aprendizaje, la repetición hasta le hartazgo de dicho principio una y otra vez generaba incluso tanto aburrimiento que hacía que mucha gente abandonara los cursos.
No obstante la “primera etapa” en Hodarts terminó y yo lo superé sin trancarme en ningún filtro, con excelentes notas y ya convocando ánimas.

Se inicio el primer receso largo en mi formación y durante la fiesta de despedida, se hizo muy evidente para mi la antipatía mal disimulada, con que alumnos que ni me conocían me hacían sentir un extraño vacío, por el cual yo no podía cuajar en ninguno de los grupitos que se habían armado, aunque donde más lo sentí fue en el grupo de los más allegados a mí, quienes aún se conformaban con apagar la luz eléctrica y abrir ventanas. Y exactamente el mismo fastidio sentí en los maestres. No obstante eso, era evidente que era el mejor alumno de toda la escuela.
Autorizado ya para practicar la magia fuera Hodarts, no tuve mayores inconvenientes para hacerlo. Tenía a mi favor dos elementos. Primero: ya lo había hecho antes de entrar en el instituto sin que nada saliera mal o en forma desfavorable con respecto a mi persona, además y segundo: manejaba muy bien la ley del equilibrio. Por otro lado, aplicar la magia en la vida cotidiana para beneficiarme o simplemente divertirme (como la mayoría de mis compañeros la usaba) no era algo que realmente me importara demasiado. De todas formas, esto no me hacía más humilde o desinteresado que aquellos que practicaban magia para aumentar su poder sobre la vida y los demás hombres comunes. En lo profundo de mi ser, si bien no lo declaraba a menudo, lo que más me había interesado de seguir creciendo como mago desde mi entrada a Hodarts, ya no era aprender a hacer aparecer y desaparecer objetos o supuestas proezas como detener el tiempo a mi alrededor. Mi aspiración al comienzo me pareció a mi mismo que era conocer por conocer, saber hasta elevarme de mi mismo por medio de la sabiduría, sentir que no había ningún secreto para mí. Después me di cuenta que yo quería saber incluso más que los magos, que yo quería ser como, o incluso ser un dios.
Fue entonces, que sin declararme, cada vez me alejé más intelectualmente de los cursos que tomaba (los cuales sin embargo con poco esfuerzo salvaba con excelentes notas) y me dediqué a desentrañar de los libros más oscuros y difíciles de la biblioteca. Aquellos que los maestres nos ocultaban muy simplemente, ya que la mayoría de los aprendices sólo leían el libro obligado por el docente del curso para salvar la prueba y se conformaba con eso.
Ni bien comenzada la segunda etapa, yo ya estaba tras las pistas de “El Camino innombrable”, aquél que no se sabía bien cómo (ni si realmente funcionaba) llevaba a igualarse o a ser Dios. El camino parecía difícil y al parecer de años. Había que descubrir una cantidad de nombres secretos de entes de los que nunca nos habían hablado, practicar la alquimia (sin usar los nombres secretos) hasta conseguir la piedra filosofal, develar el secreto de la eyaculación azul, aprender la trasmigración hacia las metaalmas y finalmente, lo que no debo nombrar bajo riesgo de desaparecer junto con quien lo sepa de mí; que por lo tanto, tampoco está nombrado en ninguna parte por nadie.
La falta de integración con mis compañeros a partir de ese momento se volvió cada vez más evidente. En las clases me sentaba en cualquier lugar, mientras los demás tenían su corrillo armado e inamovible. Me quedaba en la biblioteca sin poner ninguna excusa cuando estos mismos corrillos organizaban reuniones en la casa de alguno de sus integrantes, así como cuando salían a tomar algo después de clases. Mi desacomodo estético también era notorio. Aunque con variantes, todos en Hodarts entraban dentro de unos pocos grupos estéticos: por el lado de los profesores, todos ellos eran más o menos pelados, con barbas candado y una falsa desprolijidad en sus camisas blancas y pantalones de jean, mientras las pocas profesoras que había por lo general parecían Cruela de Vil o Yoko Ono. Los estudiantes por su parte, tenían una extraña obsesión por vestirse con algo similar a un uniforme de colegio inglés victoriano, aunque allí nadie exigiera llevar uniforme. Por otro lado, estaban aquellos que permanentemente se vestían de negro llenos de accesorios incongruentes que podía mezclar un mjolnir con una cruz de malta como si nada. En cuanto a accesorios las chicas llevaban los peores; además de polleras, vestidos puntillosos en extremo, maquillajes como de Halloween y uñas negras en ambos sexos. Yo sin embargo.. ni si quiera recuerdo lo que usaba. Sólo me vestía porque de estar desnudo me encarcelarían y en la biblioteca de la cárcel de seguro no estarían los libros que necesitaba. No quería demostrar nada ni pertenecer a ningún grupo a partir de mi imagen, ni menos aún tenía preferencias por tal o cual ropa o peinado.
La segunda fase culminó con todos los estudiantes de un lado y yo del otro, nuevamente con las mejores calificaciones y los maestres gruñendo al tener que felicitarme.

Pero el tercer ciclo no llegó sólo, si no con algo que trastornó completamente mi trayecto recto hacia las metas que deseaba cumplir.
Estaba en la primera clase del año. Había llegado más temprano que todos, por lo cual como a los cinco minutos desde que yo me había instalado en mi pupitre, recién comenzaron a entrar los compañeros y el docente. En ese momento, vi que todo se enlentecía. Miré -casi con costumbre a que pasaran este tipo de cosas como pruebas sorpresa-, como mientras todos iban lentísimo, casi midiendo sus movimientos, una sola figura se destacaba, también con movimientos pausados, pero menos que los de los demás y mucho más graciosos. Noté que desprendía algo como un brillo y que se veía nítida entre todos los demás borrosos y después, noté que era una muchacha y además preciosa, de una figura delgada pero de curvas marcadas, alta y firme, con un pelo lacio castaño claro, suelto hasta los omóplatos y unos ojos marrones y grandes en una cara inteligente y notoriamente orgullosa. Me quedé deslumbrado observando la escena en con arrobamiento atrasado, ya que desde mi entrada a Hodarts nunca me había fijado si quiera en una mujer.
Seguí con los ojos pegados a ella hasta que llegó a su pupitre y mirando hacia mi con algo de indiferencia, soltó su cartera en el suelo indolentemente y luego de sentada al lado mío se dio vuelta para mirarme ahora a aquemarropa y sin tapujos.
Asombrado, no pude reaccionar y dejé que mi mentón bajara un poco, mientras seguía observando su cara desafiante, inteligente, orgullosa y ahora un poco maligna o maleducada, cuando empezó a reírse de mí en mi propia cara, mientras todo volvía a la velocidad normal.
- ¡Jajaja! –cuando reía mostraba unos dientes blanquísimos y los ojos se le empequeñecían graciosamente- ¡Siempre hay alguno que cae en el truco de la cámara lenta! ¡Jajajaja!
Desconcertado, vi como unos cuantos alrededor también empezaron a reírse de mí, mientras ella, con desparpajo ponía las piernas sobre la mesa del pupitre de tal forma que se veían sus nalgas y su bombachita fucsia y se ponía los auriculares que no se sacó en toda la clase.
Si bien mi humillación no se evacuó con tanta velocidad, ese día el tiempo quedó algo acelerado, por lo que pronto me enteré de que ella se llamaba Agustina Ponce De León y era hija de uno de los grandes maestres, lo cual explicaba por qué nadie la reprendió por utilizar aquel hechizo en una estúpida broma y dejar luego el tiempo acelerado (lo que lograba que las lecciones quedaran cortadas), ni tampoco por escuchar música durante la clase, ni por la posición en que presenciaba ésta. Agustina había abandonado sus estudios durante tres años para hacer un viaje en crucero alrededor del mundo, el cual abandonó para quedarse a vivir un tiempo en las islas de pascua y algunas escalas más como regalo de sus padres por sus quince años.
Ahora retomaba la última fase junto conmigo, al parecer para mi escarnio.
El primer día confirmé lo que más o menos se dio por casi todo el resto del semestre. Agustina parecía ser respetada, o por lo menos no detenida por más desubicaciones que cometiera, aunque se notaba que ni los compañeros ni los docentes la soportaban demasiado, a no ser por conveniencia. A su vez, Agustina, conciente de la falsedad de los demás para con ella, destrataba o parecía ser simpática con la gente según su antojo del día, mas sin embargo, no se burlaba tan atrozmente de nadie más que de mí. No obstante, mis días fueron convertidos en un infierno gracias a Agustina por otro detalle: era una estudiante muy buena y dotada para la magia, aún siendo desaplicada, por lo cual clases enteras se veían perdidas en áridas discusiones entre ella y los profesores, sin más motivo que el hecho de que ella se levantara quisquillosa. Y como temí desde el primer momento, en discusiones conmigo, que era casi el único que levantaba la mano todas las clases. Se notaba que para ella era un deporte y que incluso estando de acuerdo conmigo, estaba esperando todo el tiempo que yo hablara para caer con un hacha sobre mí, sólo por la satisfacción que le daba ver que cada día levantaba la mano con la cara más pálida esperando lo que venía.
Debo reconocerlo por más que no quiera. Había un hecho más por el cual Agustina destrozó el ascenso meteórico de mi carrera, llevándome a pensar que enloquecería en cualquier momento de seguir así.
Agustina, inexplicablemente, me generaba odio, fastidio, miedo y por sobre todo una intolerable e incontrolable atracción que apenas puedo explicar con palabras. No sé si era la belleza de su cuerpo cada vez que la veía pasar caminado con la nariz apuntando al cielo y los pechos a veinte centímetros delante de ella, no sé si era la grosera exhibición de su cuerpo que practicaba todos los días en Hodarts con su ropa corta y desprolija como si no le importara, si era su inteligencia al discutir al santo botón o qué, pero cada día, mientras me insultaba impunemente o se reía de mí después de paralizarme las piernas al momento de pasar al pizarrón, sentía que estaba enamorándome de ella; como por arte de magia.
Fue en ese entonces, que empecé a estar de pronto en la biblioteca consultando los más antiguos cronicones y luego de tres horas frente a un símbolo, darme cuenta que no podía decodificarlo porque estaba pensando en Agustina, imaginándome cerca de ella mirándonos, acariciándonos y hablándonos con ternura y luego besándonos mientras yo bajaba mis manos por debajo de las tablas de su diminuta pollera; pensando como hacer para decirle algo de lo que sentía, sin darme cuenta que no podía decirle ni hola sin que ella emitiera un comentario irónico o despectivo al respecto.
No obstante esto, aunque yo mismo notara mi decadencia, pasé el primer semestre de la última fase nuevamente con las mejores notas, aunque –sí, justamente ella- Agustina hubiera estado a pocos puntos de quitarme mi sitial, lo cual puso aún a todos los maestres amigos de su padre más furiosos contra mí.
El segundo semestre y final en este fase, nos separaba de la graduación como mago general (luego cada uno haría su especialización) y la tensión era increíble.
En el aula, sólo estaba yo de mi generación y Agustina (vaya a saber de qué generación) que compartía relativamente mi edad. El resto de los compañeros, era gente no demasiado notable que estaba en Hodarts, hace años, incluso hace décadas y que a claras vistas, sobre todo en las caras de hartazgo de los docentes, se notaba que podrían seguir tomando esos cursos por años sin graduarse jamás.
La primera semana, Agustina se veía extrañísima. Tenía cara de estar realmente malhumorada, al punto de que ni siquiera hablaba o se burlaba de nadie. Ni si quiera de mí. Solamente entraba a las clases –por lo general tarde-, se sentaba con las piernas en una posición relativamente decente, escuchaba sin hablar y con el ceño fruncido y luego al tocar el timbre se iba antes que nadie golpeando la puerta con la mente.
La segunda semana yo estaba dentro del aula ya, cuando la vi entrar mirándome seria y caminado directo a hacia mí. El corazón me dio un vuelco y sentí como si estuviera a punto de serme develado el Secreto de los Secretos, el que no se puede develar si no deja de serlo.
- Hola –fue lo único que atiné a decir, con la voz temblorosa.
Agustina, sin contestarme, se sentó al revés en el pupitre frente a mí y me dijo con dureza:
- Yo no quiero ser mago, lo hago porque mi familia me obliga, pero si no termino ya me van a volver loca. Cuando tenga ese título lo voy a colgar de la pared y me voy a dedicar a accionista de alguna empresa de comida chatarra ¿Me oíste? –terminó la frase con bronca, como si a mí me competiera lo que ella hiciera de su vida futura, más allá de que me parecía un desperdicio que no explotara su talento para la magia.
- Y no… -temblé y se me cortó la voz, esperando su reacción a lo que iba a decir- ¿Y no te gustaría especializarte en algo?
- ¡No! –gritó ella acercando su boca rabiosa hacia mí. Vi como sus labios también temblaban y casi no resistí las ganas de besárselos de golpe, pero en seguida me di cuenta de que Agustina sería capaz de sellarme la cavidad bucal y que además temblaba de bronca o impotencia, pero no de lo mismo que yo.
- ¡Dejate de temblar, maricón! –gritó, pegándome un piñazo mental en el pene semierecto.
Mientras me encogía de dolor, continuó diciéndome con la voz bastante alta:
- En este curso todos son un bodrio y con el único imbécil que puedo contar para hacer los trabajos conjuntos es contigo, así que si no te tomo más el pelo es sólo por eso ¡pero si llegás a hacer algo mal o alguna de tus estupideces o me contradecís en algo estando conmigo, te voy a hacer comer las bolas y te voy a cerrar el agujero del culo para siempre nerd pajero comelibros del carajo!
Cuando se dio vuelta y se alejó caminando enfurecida no pude evitar ver como su cabello y su pollera se movían al ritmo de su andar rabioso y sólo una segunda piña mental de despedida evitó que volviera a alborotarme físicamente.
Tenía un problema mental. No podía gustarme alguien así y ahora encima, tener que compartir con ella horas de estudio. Pero aparte Agustina me hacía sentir más humillado aún con uno de sus insultos, ya que tenía razón, de noche no podía evitar pensar en ella, por lo que al otro día por lo general estaba ojeroso y dormido, no podía pensar bien y además era sabido que la energía que se gasta en la satisfacción del eros disminuye notablemente las capacidades mágicas, por lo menos en la línea que se usaba en Hodartds. Y dicho fenómeno aumentó aún más en el período que estudiamos juntos para preparar los trabajos. Pasaba toda la noche recordando el momento en que se agachó displicentemente a recoger la goma o la forma en que mordisqueaba el lápiz al leer un repartido con las piernas arriba de la mesa de la biblioteca y la silla flotando a treinta centímetros del suelo.
Su mal humor no cambiaba nunca y todas mis esperanzas de que la rica mala de la película al fin se hirviera novia o pareja del pobretón brillante se deshacían en pedazos a cada uno de sus piñazos mentales en mis genitales.

Tener vagina es sumamente complicado, sobre todo cuando uno aún es joven en llevarla puesta y no está acostumbrado. Intentando seguir su teoría sobre la teoría del equilibrio, sin mucho cuidado, corté una menstruación de Agustina. Lo ahorrado en dolor de útero incomodidad e impracticidad por tener que andar cambiándose e higienizándose no teniendo tiempo ni ganas, no fue ganancia ante lo que pasó después. Al necesitar cocinar rompí un huevo contra el filo de la sartén y en vez de salir la clara y yema acostumbradas, cayó pesadamente en el metal caliente un feto humano del tamaño de una galladura flotando en salsa de tomate. Pero supongo que todas las mujeres se acostumbran a tenerla puesta ahí en la entrepierna, sean o no magos.
Sin embargo no debo adelantarme: antes de que la teoría del equilibrio se volviera completamente desconcertante para mí en los hechos, aún pasaron otras cosas.
Todo empezó a enrarecerse un día en que estudiábamos algo acerca de cómo se podía hacer creer a las mente débiles que la magia homeopática funcionaba, al sugestionarlas por medio del procedimiento y hacer que ellas mismas alteraran los hechos por medio de su fuerza mental innata, o simplemente percibieran que los hechos se alteraban aunque eso no ocurriera. Agustina, como siempre comenzó a insultar al autor del libro y a quejarse acerca de las estupideces en que tenía que gastar su tiempo. De ahí el discurso derivó en que era lo que hacían la mayoría de los magos “populares” (wiccas, umbandistas, cristianos carismáticos, etc.) y que si el autor nos estaba tratando como viles ilusionistas de cumpleaños infantil y de qué nos servía saber algo así, después de supuestamente conocer tantos nombres secretos y etcétera, etcétera, etcétera. Entonces, como siempre, sin poder evitarlo yo discutí el punto con ella, dándome cuenta al instante de que mis genitales serían golpeados atrozmente de nuevo.
- Pero Agustina, el texto es algo oscuro y en realidad aún no entiendo a qué está apuntando, por lo que habría que ver primero eso. Creo que si te ponés a pensarlo, capaz que está apuntando a que el mago no se haga cargo de la teoría de la compensación cuando el encargo es un disparate compensatorio y quien lo reclama no puede transigir en eso por que no lo entiende…
Callé asustado al darme cuenta y esperando un seguro golpe descargado en mis genitales que ya se contraían instintivamente, pero esto no sucedió. Por primera vez en todo ese tiempo, Agustina se dignó a expresar lo que pensaba sin coaccionar de ningún modo a su interlocutor para que le diera la razón. Por primera vez, Agustina estaba realmente segura de lo que decía.
- Sí, de seguro que es por eso o por algo todavía más bajo y servil, por algo igual a lo que se le ocurriría a mis padres, que son magos sólo para hacer plata a costillas de los demás y pensar que tienen todo controlado a su alrededor. –calló un segundo y me miró, como si observara si esta vez podía entenderla o debía seguirme explicando.- ¿Sabés cual es el problema? Es ese machaque continuo con la teoría del equilibrio. La teoría del equilibrio no es verdad. La mayoría de las veces no lo es y si lo es, es en una forma mucho menos confusa y predecible que lo que dicen los libros, pero el hecho es tenerte agarrado de las bolas por medio de ella, castrarte ¿Entendés? Te cortan las bolas mágicas, intelectuales y morales…
-No, no entiendo –dije con miedo y tampoco fui golpeado.
- A ver - dijo Agustina, como tratando de ordenar sus pensamientos-. ¿Qué experiencias has tenido con la teoría del equilibrio?
Si bien tuve que hacer un poco de memoria, luego contesté resuelto:
- Y… casi ninguna. Más bien lo predecible, lo que sabía clarísimo que iba a pasar por los libros y nunca nada negativo, ya que calculo muy bien a partir de eso. Sólo una vez volvía calentar la hamburguesa que se me había enfriado y se me congelaron las yemas de los dedos por un ratito. Nada del otro mundo. La mayoría de las oportunidades los efectos eran tan pequeños que ni si quiera los noté…
- O no hubo –me cortó. Yo me quedé mudo y ella continuó.- ¿Sabés lo que pienso yo, de qué estoy casi segura? De que la teoría de la compensación es en gran medida algo para asustarnos y para que sólo los grandes maestres hagan cosas grandes –y cuando digo grandes, es realmente grandes, lo sé por mis padres-. Nos meten miedo, entonces como creemos que el cosmos nos va a hacer salir hemorroides si hacemos que una persona no vea el asiento donde nosotros nos queremos sentar, luego de hacerlo, nuestra propia mente nos hace venir un cáncer al colon, porque somos magos y podemos hacerlo. Imaginate si jugamos con el tiempo, si volamos, si nos volvemos invisibles; probablemente explotemos nosotros y todos nuestros seres queridos. Tenemos inconsciente y nuestro inconsciente está diciendo nombres secretos por atrás de nuestra conciencia todo el tiempo, por eso cuando hacemos algo que hay en un libro nos parece que es verdad el ejemplo de la compensación que decía que iba a pasar, porque lo hacemos nosotros mismos ¿Entendés ahora? Me parece que en eso de la sugestión este payaso tiene razón.
- Pero… Pero Agustina, no sé… y si no es así. Y si todos pensáramos como vos e hiciéramos lo que quisiéramos con el cosmos… todo sería un caos, ya ninguna ley natural serviría para nada, alteraríamos el equilibrio del mundo entero, el destino… No sé, a cada instante todo sería un caos por los efectos en cadena que podríamos generar…
- No lo creo. No. Pensalo. Ese es el problema. ¿Ves? La palabra que usaste lo explicó todo: caos. ¿Nunca pensaste que se le llama “caos” a todo ello que el hombre no puede controlar o simplemente se sale de sus planes, sin detenerse a ver si en realidad no será un “orden” superior que el no puede ver o simplemente un azar más? Somos unos putos magos post-positivismo, post-ilustración. Somos magos científicos por oposición a los magos –justamente- de pensamiento mágico-simbólico que salen en los programas de la televisión. ¡El caos! ¡Oh Jesús! ¡Oh capital! ¡Qué horror! ¡Algo que no podemos dominar y que puede tirar por tierra nuestros delirios sicóticos de dominadores del mundo! No, imposible. El vacío no existe. El caos tampoco. Si nosotros hacemos a, por ende b y si tomás el nuevo yogur de la Semenísima te crecerán los senos y te quedarán duritos y paraditos.
Cuando terminó la última oración no pudo evitar parar en su discurso despotricante y reírse como loca, sin poder fingir si quiera por orgullo que seguía enojada. Y yo también me reí, como hipnotizado por su risa. Fue tan espontáneo, tan genuino. Compartimos la risa sin que nada importara y sin darnos cuenta que según el libreto, no debíamos hacerlo. Cuando nos detuvimos, Agustina sin embargo no pudo evitar continuar en su discurso avasallante:
- ¿Alguna vez pensaste que fascista es todo esto? ¿Qué cantidad de afecciones mentales potencia en la gente: deseos de control absoluto, megalomanía, alienación del resto del cosmos? Es muy, muy fascista…
- ¿Fascista? –pregunté yo, pensando en la doctrina política.
- Sí, quiero decir es muy totalitario y muy estúpido, como el fascismo. ¿Cómo nos pueden hacer creer por toda nuestra carrera, que porque nosotros practiquemos un hechizo para generar un efecto podemos anular, manipular e ignorar la increíble cadena de fenómenos que están vinculados a aquél que nosotros queremos cambiar, los millones de personas aplicando otras acciones en la realidad a nuestro alrededor, cómo alguien puede pensar que genera algo a la fuerza a la realidad, sin tener en cuenta los millones de causas y efectos que giran a su alrededor, siendo tan yoísta de pensar que puede torcerlos hacia donde quiere, sin darse cuenta que quizás, la realidad sólo está permitiéndole que lo haga? –hizo una pausa- O incluso forzándolo a que lo haga…
Quise discutirle muchas cosas, que luego y pensándolas muchísimo, me hicieron dar cuenta que no eran lógicas, si no, justamente, cosas que me habían hecho creer y que debía defender para que mi sistema, para que mi idea de la realidad no se cayera por el suelo y yo tuviera que plantearme de vuelta toda mi vida. Era evidente que podría haberle dicho que en algunas cosas su teoría era muy parecida a la de la ley del equilibrio pero luego me di cuenta que no. También que había que tener algún criterio práctico de realidad y hacer aquello que diera resultados sin cuestionarlo tanto, pero de inmediato, me di cuenta que decía eso porque -como me lo había dicho-, tenía miedo al “caos”. Incluso pensé en decirle que había que tomar en cuenta la doctrina mágica y de la realidad como una especie de compromiso por haber elegido ese camino, aunque en seguida me di cuenta de que la obligación o el deber eran el peor argumento para resolver un planteo acerca de la misma naturaleza del cosmos y de la acción del hombre.
De todas formas, no le podría haber dicho nada. Un conserje me avisó algo, escuché a mi hermano por el teléfono y cuando quise recordarlo, estaba en casa. Me acuerdo de todo muy fragmentariamente, como flashes, como un videoclip.
Mi padre murió en alguna situación que nunca pude esclarecer del todo. Lo cierto era que si bien él siempre había estado mucho menos en casa o comprometido con nosotros que con el bar, su aporte era lo que básicamente mantenía toda la casa, desde mi madre que no trabajaba hasta a mí, pasando por mi hermana y mi sobrino. Yo estaba trabajando en algo de pocas horas y zafral desde segundo año de Hodarts, pero eso no alcanzaría prácticamente para nada y toda la presión social de la familia, los vecinos y hasta de gente que no conocía cayó en la supuesta -y afirmada por todos- verdad absoluta de que ahora me tocaba a mi trabajar en serio para mantener a la familia y dejar de hacer el liceo nocturno que suponían que hacía cuando iba a Hodarts; que además no me iba a servir para nada.

Los últimos meses en Hodarts fueron los peores de mi vida. Creo.
Debía terminar mis más difíciles exámenes finales con al presión incesante de mi familia porque consiguiera un trabajo en serio, que me dejara de liceo y arrancara para las ocho horas, los gritos de mi madre y hermana reclamando por la bombita que no había cambiado y porque de noche tenía que estar en la casa porque había ladrones por todos lados, los gritos y berrinches constantes de mi sobrino, completamente malcriado con la justificación de que no tenía padre y mi hermano que vivía a muchos kilómetros y sólo venía cada tanto a recoger chismes diciéndome lo que tenía que hacer e insultándome por las maldades que le hacía a mi madre y mi hermana.
Sin embargo –creo que esa fue al más hermosa ilusión, por no decir la única por esos días-, la relación con Agustina, desde aquella charla parecía haberse dulcificado de tal manera que ahora hasta podíamos hablar de igual a igual, e intercambiar palabras acerca de nuestros problemas y proyectos. Yo necesitaba terminar -sin pifiar en lo más mínimo- la carrera, para aunque sea tener eso, ya que probablemente nunca más tuviera tiempo ni dinero suficiente para seguir las especializaciones que quería, ni para hacer “El Camino Innombrable”. Agustina quería también, zafar radicalmente del destino impuesto por su familia para ella, para siempre.
- Qué ironía, vos querés seguir acá por toda tu vida y no podés, a mi me van a obligar a recibirme y ganar una beca para Egipto y yo lo que quiero es manejar un supermercado desde una laptotp tirada en una playa de Hawai.
- Yo más que nada quiero seguir El Camino Innombrable, sólo eso Agustina, que quizás con tiempo un día podría hacer sin que nadie me lo enseñe; sólo viniendo a la biblioteca… No me interesan los títulos ni las becas, menos si como me dijiste tus padres ya arreglaron que te den la beca a vos, cuando incluso no la necesitás…
- Yo no necesito ni si quiera estudiar ¿Entendés? Lo hago por inercia… si no hiciera nada en los exámenes me pondrían un nivel de excelencia igual… mis padres me están obligando a esto sea como sea…
- Realmente es una ironía… no sabría como ayudarte, si no lo haría.
-Gracias, yo también te ayudaría, pero eso de hacer El Camino Innombrable… no se cómo podría ayudarte a ser un Dios, no sé mucho como es eso de los Dioses…
- Y… Básicamente lo son porque tienen una capacidad de crear superior…
- ¿Superior? –dijo Agustina con una extraña cara, como no diciendo algo- ¿Estás seguro?
Me quedé cortado. De todas formas ella retomó el discurso.
- Bueno, vamos a seguir que quedan dos días para el examen ¿Sí? Yo te voy a ayudar como pueda, sos una buena persona, eh…
Cuando dijo eso no lo pude creer.
- Vos.. vos también Agustina…-empecé a ponerme colorado ya sudar como un botija de doce años, por lo que tuve que justificar lo más superficialmente que pude mi afirmación- Quiero decir… pudiendo no estudiar lo hacés igual…
Ella se sonrió y después empezó a reírse bajito sin decir nada. Esta vez no me humilló, bajó la mirada y hasta se puso colorada, pero era evidente que yo no la engañaba.

Salvamos el examen. El último. Agustina no le dio corte, hasta se sintió apesadumbrada, obviamente por el hecho de que al otro día, en las celebraciones de fin de curso le darían la beca que tanto odiaba. Yo no pude ni festejar de tan cansado que estaba. Simplemente nos dieron la nota y nos fuimos, aún ante el falso festejo de algunos compañeros hacia nuestra graduación.
Al otro día, nos dieron los putos diplomas y a Agustina la beca que ella misma me dijera que me tendría que haber tocado a mí. Nos despedimos, ya que al otro día ella se iría de vacaciones a Europa y luego, a la beca en Egipto.
A las pocas horas, entre los gritos de mi madre, mi hermana y mi sobrino, sentí sonar el teléfono que pronto nos cortarían. Cuando atendí, reconocí la voz al instante, pero por las dudas pregunté:
- ¿Agustina?
- No, la Reina Isabel de Castilla.
- ¿Qué querías? –casi grité, descortésmente, para tratar de tapar la voz de mi madre que me decía que fuera a comprar pañales de una vez.
- Bueno… no quería molestarte…
-¡No! ¡No!
-Sí, yo sé cómo es en tu casa… Escuchame, no quiero perder tiempo, te espero en la puerta de Hodarts en quince minutos…
- Pero, pero… no puedo porque…
- ¡No! ¡No! –volvió a ser la vieja Agustina y yo a pensar en que no podía ser, pero evidentemente era que al fin pasaría lo imposible- Necesito que vengas, por favor. Te quedás a dormir en casa… Por favor, necesito que te quedes antes de irme.
- Pero…
-Dale, te espero en media hora así te doy tiempo de que discutas para poder salir. En la puerta de Hodarts.
Y cortó.
Tuve que salir casi por la fuerza. Sabía que después me costaría caro, pero tenía que ir, fuese lo que fuese que pasara, sería seguramente la última oportunidad de estar a solas con Agustina en mi vida, a menos que pasara algo que no esperaba, aunque deseaba, aun sabiendo que la vida no es como las comedias. Llegué cuarenta minutos tarde porque obviamente tuve que ir en ómnibus y no en el taxi o auto que Agustina en su inconciencia debe haber pensado que yo podría usar. Pero Agustina seguía ahí.
- Perdoname qué…
-¡No importa! ¡No importa! Dale, vení.
No era una Agustina prepotente, ni la Agustina un poco más humana de los últimos días, sino una Agustina a las claras desesperada por algo, que necesitaba de mí más que antes aún. Me arrastró como un bólido por los callejones que daban a las mal disimuladas casas de los grandes maestres, todas detrás de Hodarts con su pantalla incongruente de panadería de una cuadra con arquitectura neogótica que nunca vendía al público. Finalmente me volvió invisible y me hizo pasar a su cuarto. Le gritó a su padres que se iba a dormir y trancó la puerta con más pasadores que los de una cárcel.
Cuando pude ser visible de vuelta, intenté preguntarle que pasaba pero se tiró encima mío, se adosó a mi cuerpo como algo caliente y suave que siempre hubiera tenido que estar abrigando mi carne, silenció mi boca con su lengua agitándose apasionadamente dentro de ella, penetrándome, impidiéndome reaccionar para darme cuenta de lo que estaba pasando. Después de haberlo soñado tanto.

No imaginé las consecuencias de conseguir lo que quería, de haber dicho tantos nombres secretos en pos de Agustina, del Camino Innombrable y tantas cosas más. A la mañana siguiente desperté como borracho, exhausto y con esa especie de soltura posterior a un orgasmo avasallante, sin embargo, sentía algo inexplicablemente distinto a otras oportunidades, una especie de sensación de no estar dentro de mi cuerpo. Ni dentro de mi cuarto. Agustina no estaba en ningún lado y yo, encerrado ahí, con sus padres tan cerca.
Al mirar al espejo recordé y también me di cuenta.
Ese orgasmo, ese orgasmo había cambiado mi vida para siempre. La relación sexual había sido algo tan fluido, espontáneo e inevitable que parecía hipnosis o mística pura. La lenta y creciente sensación de cada fibra del cuerpo volviéndose cada vez y cada vez más flexible, subiendo en crescendo como nunca antes había pasado, mucho más lentamente, hacía correr mareas de calor hacia todas las extremidades. El cuerpo sentía unos cosquilleos que aflojaban los músculos a espasmos, al ritmo de la penetración y sin que pudiera evitarlo soltaba gemidos suaves, agudos, como exhalando una especie de emoción fuerte, más sólida, más física que llenaba dese el pubis por donde entraba, hasta la garganta por donde salía. Los bordes sensibilísimos de los nervios, cada vez más acariciados, eran completados por el otro cuerpo como piezas de un puzzle buscadas hace tiempo y sólo ahora encontradas, envolviendo más fuertemente y contrayéndose más fuertemente, hasta que finalmente explotaron en una serie de terremotos que atravesaron cada célula, como una muerte, cortando el aliento, hasta que pude reaccionar, volver como de un trance y liberar todo el placer acumulado como una carcajada que nunca antes había liberado en mi vida y quedarme dormido.
Pero al mirarme en el espejo no sólo lo recordé, si no que me di cuenta que había equivocado todos los verbos en su género. Porque él que había tenido ese orgasmo la noche anterior fui yo pero en el cuerpo de Agustina, la cual ahora me miraba desde el espejo.
Le toqué los senos o sea, mis senos en ese momento, toqué mi vulva, sentí el placer de tocársela y sentirme tocada a la vez, me asusté y quise pensar que no era verdad a la vez. Pensé que en cualquier momento, Agustina volvería para explicarme que había sido todo un error, broma o algo así.
Pero no fue así. A las pocas horas fui obligado a tomar un avión a Europa. Nunca supe nada de ella, que supongo que debe ser yo, o sea, de estar en mi cuerpo.
La beca en Egipto marcha extraordinariamente, aún con el hijo que crío, que es algo así como un hijo de mi mismo en su cuerpo. Hasta hoy la recuerdo mucho siempre, me pregunto que estará haciendo con mi cuerpo y si algún día la encontraré, mientras viajo tranquilamente por el mundo con una y otra beca, tranquilo. Creo que finalmente entendí su teoría de la magia y muchas cosas más, ya que descubrí El Camino Innombrable desde hace tiempo, gracias a ella.


Jorge "Pollito" Manco.