martes, 4 de enero de 2011

OJOS



Cuando me desperté con un ruido de garras contra el suelo, seguramente por culpa del sueño profundo en el que me hundí casi a las cuatro de la mañana, había olvidado que me encontraba en una cama ajena, ya que hace casi un mes que trabajaba durante la noche, cuidando la casa de un matrimonio que estaba de viaje. Fue entonces, que abrí los ojos y lo vi ahí, inmóvil y acechante, mirandome de frente, con su lomo pegado al ropero: era un oso pardo. Petrificado, sin perder la calma, pensé que de seguro se había escapado de un zoológico o un circo. Al siguiente segundo pensé que era casi imposible que entrara a la casa, sin que los tres perros, que dormían adentro, no hubiesen ladrado... a menos que se los hubiese comido salvaje y abruptamente. Dicha reflexión, me llevó a un sentimiento y una idea: la terrible pena que sentí por los tres dogos mimosos y falderos con los que ya me había encariñado y la idea de la ferocidad que debería poseer el oso, para acabar de golpe con tres de esas bestias.
Recordé de inmediato, que en “Bernardo y Bruno”, un libro con el que me había torturado a mí mismo durante la infancia, ambos mozalbetes (así los llamaba el narrador), se salvaban de que los comiera un oso haciéndose pasar por muertos. Traté de que ni si quiera se moviera mi diafragma al respirar, hasta que el oso se alejara en busca de la heladera, o quizás de miel.
Sin embargo, luego de tres minutos, me extrañó que el oso tampoco se moviera ni un poquito, como si estuviese intentando que yo no me lo comiera, o fuese de cera o un trofeo de caza. Entonces, sin pensarlo demasiado, levanté un poco el cuello, al tiempo que acercaba mi cabeza al oso, al mismo tiempo, el oso se movió y vi que sólo era la oreja de Guillermo, uno de los perros, justo al lado de mi ojo, ya que se había quedado a dormir en la cama, pese a todas mis restricciones al respecto. Al mover mi cara, lo había despertado repentinamente y ahora me miraba desconcertado. Apesadumbrado, recordé que en el cuento, el oso sólo era la imaginación de Bernardo, al sentir una piedra mojada en el trasero, mientras tenía la cabeza dentro de un árbol para robar miel.


Aún no terminaba de acostumbrarme a que mis ojos confundieran una oreja de perro con un oso pardo. O mejor dicho, no me acostumbraba a la idea de que de un segundo a otro, el oso pardo pudiera ser una oreja de perro y que yo me tuviera que quedar con la idea final de que fuera una oreja de perro.
Hasta los once años, viví en la total ignorancia de que lo que veía estaba mal o algo así, que fue lo que me explicaron mal y no del todo. Como por lo general nunca expresaba demasiado lo que pensaba, o cuando lo hacía en mi casa no me tomaban demasiado en serio, nadie notó nada. Hasta que un día, un tipo que se llamaba León y era del Club de Leones del Cerro, vino a la escuela y fue clase por clase cazando checatos de todo tipo. Cuando llegó mi turno, me mostró algo en un cartel y me increpó acerca de lo que era. Con total seguridad, le dije que era una O (era lo que veía y nadie me convencería de lo contrario) y me llamó mucho la atención, que toda la clase se calló la boca como si hubiera avisado que murió alguien. El interrogatorio siguió un largo rato y yo contesté correctamente, aunque luego, mis compañeros trataran de convencerme de que había nombrado letras donde había numeros y viceversa y que incluso había nombrado figuras geométricas, de las cuales no había ninguna en todo el cartel. En el recreo, unos me empezaron a tratar de bobo, por no haber memorizado las respuestas del cartel (a lo que yo no le veía la gracia o ventaja) y otros de ciego, lo cual me importó tres pepinos.
Cuando regresaba a mi casa, mi mamá empezó a tratarme como si hubiese cometido un crímen o lo hubiera hecho a propósito. Yo trataba de hacerle ver que no podía preguntarme por qué lo había hecho, por que no había hecho nada que dependiera de mi voluntad, si no que sólo había dicho lo que veía, sin embargo ella seguía empecinada en la idea de que el no haber visto lo que “debía” ver dependía de mi voluntad y diciéndome que veía perfectamente y por qué no había leído bien o algo como leíste mal porque querías porque vos ves perfectamente. Yo insistía mecánicamente en que yo no había hecho nada, porque no tenía más que decir, aunque mi madre se esforzara en lo contrario, entonces, cada vez se ponía más furiosa gritaba más y decía cosas más gruesas e hirientes que ni venían al caso, como siempre.
Con el tiempo, parece que mi padrastro la hizo entrar en razón, pero en vez de llevarme al oculista, decidió no porfiarme más y enterrar el tema casi por un año.
Un día, mientras tomaban mate en el frente de nuestra casa vieja sobre alguna suave ondulación de nuestra penillanura, mi madre comentó, que linda la cruz luminosa que habían puesto en la punta de la torre de la iglesia. Mientras ellos comentaban entusiasmados, yo miraba a todo el vasto horizonte que podíamos abarcar desde casa (casi todo Montevideo y creo que hasta un pedacito de Santa Lucía), sin encontrar por ningún lado la famosa cruz de la que hablaban. Pero no conformes con eso, me increparon de por qué no les decía que a mí también me gustaba la cruz, si acaso era que no me gustaba. Yo les dije que no veía una cruz en ningún lado, entonces empezaron a poner caras y actitudes como las de mis compañeros de clase cuando fue León a la escuela. Finalmente, luego de un largo instructivo, me agarraron del mentón y me hicieron mirar a un lugar, donde había algo medio blanco. Yo me pudrí de decirles que lo que yo veía era como un cubito de hielo gigante, algo cuadrado y blanco y no una cruz, pero ellos siguieron con el interrogatorio y la persuasión hasta angustiarme. Ahí se dieron cuenta, y me preguntaron si no veía las ventanitas de la fortaleza. Yo, a punto de llorar y sin entender qué carajo querían, miré la fortaleza y aunque me esforcé, sólo ví una cosa blanca y grande (que sabía que era la fortaleza) con un montón de manchitas negras y supuse que esas serían las ventanas, pero como no las veía dije que no, que sólo veía manchitas negras.
Al tiempo, me había vuelto “el lenteja”, pero realmente las burlas nunca me importaron en lo más mínimo. Estaba mucho más desconcertado por digerir, qué había pasado, cómo era eso. Porque el mismo día en que me trajeron los lentes, de los que ya no me separé, me pararon en el frente de la casa y me hicieron mirar al horizonte. Como tratando de escarmentarme, me pusieron los lentes por la espalda y de golpe y en una forma atroz que aún no me explico, los cristales que se interpusieron entre el mundo y yo y de ahí en más convirtieron todo lo que yo veía en algo desconocido y tenebroso.
Sentía que había algo turbio o borroso en mis ojos, que por primera vez estaba viendo mal en mi vida y sin embargo, la alegría de los demás era exaltada como un gran insulto, cuando al fin les dije que veía la maldita cruz en vez del cubito de hielo gigante arriba de la iglesia y que veía las estúpidas ventanitas de la fortaleza, tan rectangulares que perdían toda gracia, en vez de los agujeritos negros. Y ellos insistían: “¡Ahora ves bien ahora ves bien!”


Desde ese día en adelante, tuve que acostumbrarme, o algo parecido. Más bien intento no darle importancia al hecho. Sin embargo, el problema, como decía antes, es el desconcierto que me causa, como las cosas pueden transformarse de un momento a otro, como si estuviera viviendo en dos mundos a la vez y sin embargo siempre estuviera obligado a optar entre uno u otro y no saber si quedarme con el oso o la oreja de perro.
La mayoría de los problemas, me los causa que la miopía avanza mucho más rápido que mi posibilidad económica de cambiar los cristales y entonces empiezo a ver mal incluso con los lentes puestos, o si no, las eventuales roturas de los mismos, que me dejan un par de días solo con mis ojos. De no ser por estos motivos, casi nunca me saco los lentes, sobre todo después de que me atropelló la moto.
Recuerdo, que una de las primeras veces que estuve un par de días sin los lentes, al llegar al prado, a dónde siempre iba a pensar tranquilo, o a charlar con amigos que hace años que no veo, al principio pensé que estaba perdido y sin embargo, luego supe que estaba realmente en el prado, sólo al pensar que de esa forma en que lo veía, se debería ver si lo pintaba un impresionista.
Maravillado, tropezándome con todo, cayéndome, metiéndome en charcos de agua y seguramente no saludando a todos los conocidos con que me crucé pensando que eran sombras (ya que lamentablemente me habían acostumbrado a caminar con los lentes, cuando siempre pude hacerlo con ellos y sin embargo ahora no), recorrí maravillado un prado totalmente nuevo. Unos años después cuando ví los sueños de Akira Kurosawa, me identifiqué con el tipito que anda por adentro de los cuadros de Van Gogh. Incluso, algunas veces que me resbalé en cosas como lodo verde y opaco, o barro no más, sentía que me estaba patinando en una pintura muy fresca.
Yo no podía creer, que durante tantos años me hubieran hecho perderme un prado tan cautivante, mucho más que ese en donde todo, hasta la hoja más pequeñita, tenía hasta las nervaduras marcadas y donde todo tenía tantas líneas de definición, tantos contornos, que parecía que nunca en la existencia se fuera a descomponer y desintegrarse en la tierra. Sin embargo tenía plena conciencia, de que un prado de ese tipo, ya era algo desconocido para mis ojos acostumbrados a los cristales y que en alguna forma, era una trampa para perderme, llenarme de moretones y rasguños y otras cosas que omito. Luego, cuando me volvieron a poner los lentes, siempre que podía me tiraba quietito en el pasto y miraba el entorno sin ellos y comentaba que veía todo como si fuera un paisaje impresionista.


Unos años después, aún recordando, que con sólo sacarme los lentes, podía transformar radicalmente el mundo en una obra de arte peligrosa y amoratante, descubrí también que sólo dejando que mi miopía se filtrara un poco en los cristales, podía llegar a crear transformaciones aún más significativas.
Era verano, había dejado de trabajar hace unos días y estaba caminando feliz e ingenuo con Lorena, alguien en quien en ese momento, confié demasiado. De pronto, me detuve y contemplé maravillado algo en el aire. Lorena, a quien le llamó la atención mi súbita frenada, también se detuvo y trató de ver lo que veían mis ojos.
Extasiado y sin decir palabra, dejé que una hermosa mariposa multicolor, que venía volando como ensimismada hacia nosotros, comenzara a revolotear a nuestro alrededor, como trazando un círculo mágico y uniéndonos con el hilo invisible de su vuelo; mientras se lo comentaba extasiado a Lorena.
Sin embargo, sin un dejo de compasión, cuando quise recordar, vi como ella interceptaba entre sus dedos como tenazas a la pobre mariposa, frenándole su puro vuelo entre medio de los dos. Antes de que tuviera tiempo para abrir la boca y expresar mi espanto por el cruel acto que acababa de cometer, casi me rompió la nariz metiéndome la mariposa bien en frente de los ojos, donde vi que no era más que un envoltorio de plástico viejo y sucio (seguramente de esos caramelos brasileños puro colorante) que revoloteaba en el aire de tal forma, gracias al viento levemente primaveral aunque fuera pleno verano.
Ese día no me di cuenta de algo más que sólo el hecho de que mis cristales ya estaban atrasados con respecto al avance de mi miopía, ya que de haber sospechado si quiera el contenido simbólico de mis confusiones visuales, muchas cosas hubieran sido distintas en mi vida.




No ocultaré que me pasaron otras cosas más maravillosas.
Por ejemplo, una vez venía caminando bastante tarde hacia mi casa en una noche de invierno terrible, y de pronto, con el rabillo del ojo, vi una sombra pequeñita que se movía vertiginosamente a mis espaldas. Di vuelta la cabeza y ya no la vi. Sin darle mucha importancia, seguí caminando, pero al volver sólo de reojo mi vista hacia atrás, veía como el bulto difuso de un gatito negro en el suelo, peludo y casi corriendo, me seguía como mi ángel de la guardia. Al intentar detenerme a saludarlo, nuevamente desapareció al voltearme. Extrañado seguí caminando a toda prisa, dado el frío y la hora y allí apareció de nuevo el gatito. Me asusté y temiendo ahora que me atacara, redoblé la velocidad de mi caminata, pero el gatito seguía atrás mismo, adaptando su carrera a la velocidad de mis piernas. De golpe, paré en seco y miré de reojo a mis espaldas. Abochornado y un poco desilusionado, comprendí que el gatito era la sombra de mi propio pelo alborotado, proyectada en el asfalto un poco hacia el costado y hacia atrás de mi cuerpo.
Sin embargo, sólo iré a algunos sucesos importantes, tengo infinidad de estas anécdotas para referir.


A finales del año, pasado, antes que llegara a una crisis psico-visual que está más bien cerca del final del cuento, mi miopía había avanzado mucho y tuvieron que hacerme uno de esos estudios bizarros con todo tipo de gotas en los ojos. Yo estaba bastante molesto, porque por tercera vez consecutiva había soñado con jugarle al trece a la cabeza y por no hacerlo, había perdido mucho dinero. La enfermera, que parecía más preocupada o conciente que yo de lo que me iban a hacer, me advirtió que me iba a arder muchísimo y que en lo posible estuviera dos o tres días en mi casa y sin contacto con la luz. Yo sin darle el más mínimo corte, le dije que sí, aunque sabía que era mentira, porque inevitablemente al otro día tenía que salir a trabajr (lo que implicaba que usaría la vista todo el día y que estaría en contacto con la luz).
A los pocos minutos, tomé conciencia de que “arder muchísimo”, significaba que iba a sentir que me habían metido una lanza congelada por el iris, que llegaba exacatamente al centro del dolor desesperante en el cerebro. Cuando salí a la calle, sentí que el mundo entero estaba lleno de esos reflectores enceguecedores que usan para perseguir a los fugitivos en las cárceles de las películas yankees. Todo parecía refulgir de una forma tal que su brillo me hería los ojos hasta casi hacerme desvanecer y peor aún el metal de los ómnibus que parecía pata lustrada al ácido aún en el más sucio y opaco de ellos. Mi madre que me había acompañado, entendió esta vez y me prestó sus lentes negros, que empeoraban la situación, por que al ser pequeños para mi radio de visión, dejaban el centro de mis ojos en la total penumbra, mientras que por los costados parecía que los haces de alguna explosión de supernova me estuvieran apuñalando directamente el cerebro.
Sin embargo, a esta altura ya había aprendido a jugar y a maravillarme con las particularidades de mi vista y al otro día, cuando el dolor de cabeza insoportable había aminorado, aproveché para ver que pasaba, luego de haberme subido al ómnibus para ir a trabajar.
Al principio, me saqué los lentes negros despacito y sentí una especie de desmayo, a la vez que creí mecánicamente hallarme en algún estado de alucinación grave. Sin embargo, cuando logré adaptar mi vista, noté que los colores fluorescentes me rodeaban como en un viaje de ácido y que salían desde mis manos, hasta los zapatos (que yo suponía marrones) y ahora parecían de un violeta chillón naif.
El viaje fue para mí como una especie de ensueño sicótico, donde redescubrí al prado en una nueva faceta, donde el pasto de lejos parecía una enorme mancha compacta de mutágeno fosforescente. Las muchachas, no sé por que complot del destino, parecían haberse vestido todas del rojo más chillón y violento que vi en mivida, tanto que parecían exaltadas en su belleza y como flotando en el asfalto azulado con pelos que en su mayoría parecían naranjas violetas o verdes.
De camino desde la parada al trabajo, el sol que me llegaba muy directamente sin la protección del techo del ómnibus, me obligó a ponerme nuevamente los lentes oscuros. Ahora, aunque adivinaba con bastante precisión el camino, veía el lado totalmente opuesto de las cosas, todo brillaba pero en el tono más oscuro que pudiese (si es que tal expresión es coherente); tanto, que me costaba distinguir bien el volumen y el contenido de los contornos.
Fue entonces, que doblando por una calle algo desierta a esa hora del día, vi a un pequeño pequinés, peludo, revolcándose como rabioso en el suelo, agitando como enloquecido su largo pelo al viento matutino. Sin saber que hacer, dudé entre acercarme para ayudar al pichicho, o intentar seguir por otro lado de la calle, en que el contacto con el mismo fuera menos probable y también el peligro de ser mordido por un perro rabioso. Sin embargo, mientras dudaba, el movimiento, la duración y continuidad del mismo, me parecieron tan inusuales, que decidí fijarme mejor en él y he ahí que vi que en realidad había tomado por pequinés a la mancha oscura y borrosa que mis ojos habían percibido de una caja de cartón deshecha, que el viento movía sin animarse a arrastrar del todo.
Lamentablemente,todavía no había aprendido (nunca lo hice del todo) a saber cuando mentir innecesariamente ante los demás y al llegar al trabajo, además de comentar lo del perro, me saqué los lentes y cuando me vieron las pupilas, comenzaron a encubrir su comentario real con chanzas acerca de que dejara de lamer sapos. Efectivamente, cuando fui al baño, vi que las pupilas me abarcaban casi la totalidad del ojo y que los tenía tan negros que parecía uno de esos demonios de la película “La Profecía”.


Esa noche –la noche que desembocó en todo lo demás-, por no saber que más hacer para no pensar en lo que pensaba, luego de salir de un recital bastante deprimente, me quedé en una plaza, conversando y tomando un vino bastante berreta con unos apenas conocidos. Traté de disimularlo y de disfrutar de una forma tan burda como ellos, pero sin embargo, al contrario de lo que aparentaba, el alcohol me ponía aún menos feliz e irreflexivo de lo que estaba. Encima su deprimente conversación –por diez millonésima vez en la vida-, desembocó en “sisecaeunárbolenelmediodeunbosqueynadieloveseca yóonosecayó”, “¿qué es realmente la realidad?”, y todo ese tipo de diletancias de personas más que convencidas de su ideología, sus partiditos seudosubversivos, su iglesia o su cuadro de fútbol.
Fue así que en un momento no lo soporté y creo que dije (a veces me parece que sólo lo pensé) casi sin un gramo de buen humor, que si creían que eran graciosos, o se estaban tomando muy a la ligera y de una forma muy estúpida, algo bastante profundo y que ni si quiera habían experimentado, ni se lo habían cuestionado realmente. Iba a agregar que su estúpida conversación de borrachos y sus hipotésis divagantes, eran tan simples para mi como sacarme los lentes, para realmente transformar perros en osos, cajas en perros o envoltorios en mariposas, pero decidí callarme. Luego de mi última palabra, quedé realmentre aturdido y ensimismado, por lo que ni oí la contestación acerca de Descartes que me dio Guillermo (el perro-oso se llamaba igual), un intelectual marxista ortodoxo y ateo, ennoviado desde los trece años con su pareja. Sin saber ni si quiera si me despedí o no, desaparecí de la placita de Arroyo Seco y me dirigí a tomarme el ómnibus tranquilamente.
Cuando me quise acordar, sentí un golpe seco y brutal como una estampida en la sien derecha, que a la vez que me reventaba la ceja, hacía que los lentes me volaran por el aire, haciéndodse pedazos en el suelo, según deduje por el ruido a cristal roto, por suerte no en mi cara.
Cuando pude dirigir mi vista hacia el origen del golpe, traté de ver, pero mis ojos sólo veían un cuadro impresionista a oscuras, con un gran manchón fosforescente y lechoso en el medio y unos chorretes oscuros, salpicados de algo más oscuro y rojizo como sangre, que es lo que era.
Distinguí algo como dos tipos enormes y pelados. Yo los veía oscuros y casi negros, pero por lo que me dijeron después, de seguro eran muy blancos e incluso skinheads, aunque nunca me pudieron dar una certeza. Lo que si distinguí bien al segundo golpe, que casi me hizo tambalear, fue el arma, que era nada más y nada menos que un lampazo de madera.
No sé cómo, logré no caerme al segundo y brutal palazo (lampazaso) y calculando cuando llegaría el tercro, logré retenerlo en el aire con las dos manos y ahí lo vi clarito. Un lampazo, como el que mi madre usaba para limpiar el piso.
Cuando dije en la comisaria que los golpes que tenía, que me habían dejado casi deforme y habían llenado todo el suelo de sangre, me los habían hecho con un lampazo, los milicos empezaron a cagarse de la risa. Los chistes acerca del lampazo, se prolongaron intermitentemente hasta que me fui, sumados -otra vez-, a chanzas que sugerían mi consumo de alucinógenos. Después me preguntaban si era punk (en realidad ellos decían pan), yo les decía que no y que no y ellos me seguían insistiendo.
Después me dijeron que no podían hacer nada. Por suerte, unos cumbieros que salían del interbilable los habían parado antes de que me masacraran, pero sin embargo cuando los corrieron no los pudieron agarrar. El más viejo me acompañó hasta la comisaría, luego de ayudarme a buscar por todo el suelo los lentes que no aparecieron más. Yo le expliqué al viejo lo mismo que a los milicos, que la miopía avanzaba cada vez más y ya me habían diagnosticado peligro de ceguera, sin embargo ningún oculista, ni las clínicas privadas, ni salud pública, ni Mahadma Gandhi parecían poder hacer nada por mí a menos que tuviera una base de seis mil dólares para una delicada operación con láser (por el precio, un láser de la nave Enterprise). El viejo me miraba y decía “Aajá… ¡Que disparate!” Los milicos no me daban bola y anotaban y preguntaban boludeces. Les expliqué como al viejo, que por suerte no me había hecho el cambio de cristales (casi al doble de su graduación) que me habían mandado la semana anterior. Que era muy importante recuperar aunque sea los armazones, ya que el cambio de los cristales únicamente, me consumiría casi todo el sueldo y no podía estar sin lentes. Los milicos me dijeron: “Bueno, cualquier cosa te avisamos”, con un tono que sonaba como a: “Ya están en la feria, iluso (en realidad ellos pensaban pelotudo)”.
Estuve en observación una semana, porque había peligro de un derrame cerebral y no sé lo qué y todavía tengo una cicatriz acá en la ceja. La monsruosa deformación de la cara que me duró bastante tiempo no me molestó tanto.
Sin embargo, cuando inevitablemente tuve que volver a trabajar -esta vez, a cuidar nuevamente la casa del perro-oso-, tuve que salir de mi casa sin los lentes. Yo intentaba cumplir funciones automáticas como caminar, pero sin embargo, la sola marcha de mi cuerpo me costaba tanto como si el mundo físico, mis piernas, mi visión y mi equilibrio hubieran perdido cualquier mínimo resquicio de solidaridad. Tuve que ir casi que contando los pasos, por calles que conocía perfectamente, y que sin embargo, veía transformadas como en la peor pesadilla expresionista. Los autos me frenaron varias veces casi rozándome el cuerpo y los conductores me insultaban tan fuerte que ni me daban tiempo de que les explicara o pidiera disculpas.
Seguí caminando, cuarenta y cinco minutos, una hora y quizás un poco más, haciendo un recorrido que sólo me llevaba quince minutos. La memoria me decía que me dirigía a dónde siempre, por el camino de siempre, pero yo no podía distinguir una casa de otra una calle de otra. Todo parecía masacotes oscuros y brumosos, casi sin consistencia y las personas con que me cruzaba eran bultos antropomórficos, de rostros indiferenciables.
Seguí caminando, casi temiendo no llegar más, hasta que tuve la seguridad de estar haciendo bien el camino, al diferenciar perfectamente algo demasiado grande y particular como para no hacerlo: el cementerio, que ocupaba una enorme cuadra que atravesaba más de dos calles. Sin embargo, sólo lo pude distinguir por su interminable y decadente pared de ladrillos mohosos que ahora veía casi negros, ya que al mirar a su interior por sus puertas hacia la calle Bulgaria, no distinguía una cruz, una tumba o una estatua, si no que sólo veía una parda llanura estéril, llena de cosas medio rectángulares, blancas, manchadas de gris y negro, como dientes putrefactos de una gran boca deforme abierta en la tierra.
Llegué a la casa y al prender la luz, noté que todo seguía siendo oscuro y borroso. Me senté al telefono, intentando llamar a alguien con quien poder hablar. Llamé a una amiga algo lejana que conocía desde hace cuatro años atrás y a la que últimamente me estaba acercando mucho más íntimamente. Ella mostró muchísimo más interés por los detalles objetivos del hecho que los milicos y después de un arduo interrogatorio me dijo algo así como que lo sentía y que esperaba que me mejorara. Nos quedamos callados, creo que porque ella no sabía que más decir y yo porque esperaba que me dijera que me vendría a ver; pero no; por lo cual me despedí gentilmente y colgué.
Me quedé sentado en frente al telefono, sin saber que hacer con él y me puse a llorar. Guillermo, el perro-oso, haciéndome fiestas se encaramó con sus dos patas en mis hombros y me empezó a lamer la cara, enjugándome las lágrimas.


Hoy me desperté y fui al baño ya con los lentes puestos. Me senté a hacer mis necesidades y vi un estilizado caballo negro por la ventana del baño, sin embargo, luego descubrí que sólo era un soutien negro en una cuerda.
Tengo que volver a cambiarme los lentes.
Ya no tengo ganas de hacerlo.
Esta vez, el aumento de la miopía es tan grande, que sumado al hecho de que tengo mucho menos visión en el ojo izquierdo que en el derecho y que el desnivel de los cristales me marea, hizo que mi oculista sentenciara lentes de contacto en forma urgente. Sin embargo, la previsión social entiende que puedo esperar dos meses hasta que me atienda el oculista del BPS y decida si los necesito realmente o no, lo que depende directamente del presupuesto del estado y del grado de servilismo al mismo de parte del oculista. Mi oculista, mis conocidos, una gran fila de personas me prometieron que iba a cambiar el mundo para mí, que tener lentes de contacto es como volver a nacer con la vista sana, o sea, “ver bien”. Todos los días me hacen extensas historias con ejemplos y anécdotas de conocidos, mientras que yo -por lo general-, hago que escucho y pienso en otras cosas, por ejemplo: que parecidas son las palabras oculista y ocultista. Mientras ellos siguen insistiendo: va a ser como si nunca hubieses sido miope.
Pero yo ya sé que no. Que nunca.
La última vez, luego de casi haberme acostumbrado a ver todo como una borra de café, como un montón de montañas de plasticina oscuras y brumosas envueltas en la niebla de Irlanda, tuve que adaptarme a nuevos armazones y nuevos lentes, cuyo aumento era tal, que durante los primeros días veía todo curvado. Yo trataba de no mirar al suelo al caminar, porque parecía que caminaba por un acueducto y encima, el pasto o el asfalto parecían quedar a años luz de mis ojos. Sin embargo, no podía mirar mucho a la gente, porque según su altura, los veía alrgadísimos y arqueados en un punto, que podía ser el abdómen, el pecho (esto era muy chocante en las mujeres) y dada mi estatura, muchas veces la cintura. Yo trataba de no hacerlo, pero los efectos visules que esto causaba, me hacían poner verdaderas caras de pavor cuando veía a la gente, a tal punto, que olvidándome de disimular, casi me gano una paliza en un ómnibus de parte de un gordo elefantítico, que sin embargo, veía casi con una visagra en la enorme barriga fofa.
Una tarde, cuando aún no me había adaptado, pero ya estaba harto de los nuevos cristales, me fui al prado y hastiado, me saqué los lentes que dejé descuidadamente tirados por el pasto y yo mismo me tiré en el piso a mirar el cielo y los árboles impresionistas.
A los cinco segundos, cundo me disponía a ver las formas que tomaban las nubes, vi una pequeña silueta (que deduje femenina) acercándose a mí como si vacilara en hacerlo, o como si viniera tropezando o peleándose con algo.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, seguramente mirandome a la cara, pero sin que yo pudiera ver la suya, me pidió la hora. Como yo no tenía ganas de mostrar cuan cerca debía poner el reloj de mis ojos para verla, lo levanté un poco, como para que se fijara ella misma.
La forma en que se inclinó sobre mi, casi propicio que nos besaramos y con su cara a milímetros de mis ojos, noté las marquitas en la nariz propias de los que usan lentes permanentes.
-¡Vos también usás lentes!-dije con un entusiamo tan grande, que me dio que pensar que la muchacha se asustaría de mi extrañeza y se iría lo más rápido posible. Sin embargo, con total afabilidad, me contestó que sí y se excusó por casi haberme pisado para mirar la hora. Se quedó a conversar y a los dos minutos sabía que se llamaba Rossina, que era de Tacuarembó, miope y con astigmatismo y que estudiaba pintura en la Casa de la Cultura del prado. Por la cercanía vi también que era menudita, de muy bonito cuerpo, castaña clara y que tenía un rostro preciosísimo, con dos ojazos celestes y miopes, brillantes y taciturnos, que le daban una rarísima expresión de ternura.
La conversación se hizo cada vez más intensa y terminé contándole casi todo lo mismo que escribí antes, exceptuando lo del lampazo, no sé por qué: lo de la cruz y la fortaleza, cómo cuando me sacaba los lentes veía todo “en impresionista”, el incidente del oso, el de la dilatación ocular y otros que me olvidé y no incluí acá. Yo veía que si bien ella prestaba atención, ante el final de cada episodio (sobre todo luego de que yo hablara de ver “en impresionista”), ella se apresuraba a concluir con una sonrisa “¡Eso es parecido a los cuadros de Munch!”, o “Claro, colores estridentes como en el arte pop” y cosas por el estilo, que mostraban que en realidad no entendía un carajo.
Entonces, los dos callamos de pronto. Yo nunca me había levantado del pasto para hablarle y ella, que al principio se había sentado a mi lado, se acostó en el suelo muy cerca mío, me miró con esos ojos e hizo un gesto con el brazo como indicando a mi espalda. Asentí con la cabeza y dejé que me pasara un brazo por sobre los hombros y la espalda y el otro sobre el pecho, mientras ambos mirábamos el cielo.
Fue entonces, que vi pasar una nube sonrosada y ágil que parecía un conejo. “¿Qué te parece esa nube?” pregunté. “Una canasta de pan ¿Y a vos?”. “Un conejo.”
Nos desternillamos de risa.
Luego, pasó una nube, completamente rosada con forma de esos corazoncitos icónicos.
“¿Y esa, de qué tiene forma?” Rossina me volvió a fulminar estoqueándome con sus ojos y dijo convencidísima “De corazón”.
Yo asentí y quedé mirando pensativo el cielo. Recordé que para los germanos el mismo ideograma, era sólo una representación de las nalgas y los genitales femeninos.
Fue entonces, que pasó la nube más asombrosa, compleja y fabulosa que jamás haya vuelto a ver en mi vida. Era una nube enorme, kilométrica, tanto, que sus diferentes partes tenían distintos colores según la incidencia de la luz solar en la misma, pudiendo abarcar del rojo sangre al oro y el blanco algodonoso. Su forma era tan, tan rara y complicada, que me permitió imaginarla como una enorme nave con forma de águila, con alas de aeroplano, de las que caían algunos misiles. Sobre el águila, quizás manejándola iba un canguro con una chistera tocada con una margarita.
Asombrado, pregunté a Rossina, que se había puesto de costado acercándose hacia mí “¿Y esa? ¡¿De qué tiene forma esa?!” Rossina, algo desconcertada miró la nube por unos segundos y luego contestó. “De nada. Esa me parece que no tiene ninguna forma.”
Hizo un silencio y agregó:
-En realidad sólo son nubes.
Yo la miré. Me miró. Miré el cielo. La miré. Me miraba dulcemente. Quedé callado unos segundos y contesté:
-Sí. Son nubes. Sólo son eso. Nubes...