martes, 3 de agosto de 2010

LA ÚLTIMA VEZ



El día que menos hubiese esperado algo así, cuando ya ese fantasma siempre presente parecía haberse difuminado un poco de su mente, justo ese día; sonó el timbre. Al abrir la puerta, se encontró con uno disfrazado de cadete de florería –quizás fuese un cadete real, esto nunca lo podría saber-. Una gorra de visera le impidió verle la cara. Se quedó con un ramo de rosas amarillas en la mano y una tarjeta que decía: “Te diré todo en la estación, junto a estas flores”.
De inmediato, angustiado, salió con lo puesto y una gorra encasquetada hasta los ojos él también, dejando a su mujer y su hijo durmiendo. Tomó un taxi con ansiedad. Era como recordar los códigos de viejas citas románticas. La estación a la que fue por primera vez en el 76 y otra vez, en el ochenta. Iba como hipnotizado por una serpiente hacia ella, preguntándose cuántos pasos intermedios y desesperantes, cuántas pruebas que superar para llegar al objetivo habría esta vez.
Si bien sabía que por más que lo aparentara, esta vez no había entendido el mensaje del todo, por lo menos fue fácil de entrada comprender hacia donde ir. Al llegar a la antigua estación, herrumbrosa, derruida y ocupada por gente sin hogar hace años, encontró un muro con un mamarrachiento graffiti. Eran unas rosas mal dibujadas y amarillas, debajo de las que se leía en rojo “Rosi te amo x 100pre H.J.” Al lado del mismo, en un agujero de la pared de bloque, embutido con fuerza y enrollado como un pergamino sagrado, había un papel escrito por computadora que seguía con el estúpido jueguito de pistas : “En donde fue nuestra primera vez, encontrarás el instrumento y el objeto del amor”.
Un poco más tenso, pero con la costumbre que le había dado la experiencia de tantos años, partió caminando al lugar indicado. Refunfuñaba entre dientes, pensando en que le esperaría ahora.
Era muy extraño que las pistas hubieran sido tan simples. En otras oportunidades, las mismas lo habían hecho ir a diez lugares equivocados antes de dar con el real, a no dormir, a llorar, a deprimirse, a sudar y enfermarse de los nervios tratando de desentrañarlas y sabiendo, que -como le habían estipulado en su primera vez-, el plazo máximo para resolver el trabajo era de cinco días.
Una vez, le habían escrito “Si te quedas mucho, te sacan en cuatro tablas, mientras estás, en algún momento vas o te llevan a donde no se debe comer.” El cuarto día, comprendió que debía ir al cuarto de baño de un hospital, o sanatorio, no sabía cuál. Lo había despistado que el creador de la pista hubiese alterado el orden de los factores en “donde se come no se caga”. Finalmente, luego de correr por toda la capital, pensando que no le daría el tiempo para buscar en el interior, encontró un graffiti en una cisterna del Clínicas que decía: “Ahora no estoy acá, pero todos los días duermo al lado tuyo. Antes cuento ovejitas negras, mi propio pelo.”
Exactamente a la noche del quinto día, unos minutos antes de cumplirse el plazo, supo que debía deslizarse por la ventana al cuarto de su propia vecina de apartamento; una alegre veinteañera con un ridículo african look que le daba aspecto de más drogadicta de lo que en verdad era. Esa vez, como consecuencia del trabajito, tuvo que mudarse de edificio, pero además con el cuidado que no fuera muy de golpe, para no evidenciarse, pero viviendo cada día con el miedo a ser descubierto. Soportó casi dos meses, cuando el pudor le había hecho desear huir en el mismo momento posterior a consumar su acto y cuando casi había muerto de la angustia al declarar hábilmente y con una tranquilidad externa e hipocresía que lo asombraban a él mismo, ante policías e investigadores que acosaron a todo el edificio.
Sin embargo, cuando las pistas eran tan, tan simples, era porque la faena que le esperaba era algo muy, muy fuerte.
Hace casi diez años que no recibía mensajes y si bien el temor de que estos volvieran no lo había abandonado del todo, en algún momento pensó que ya no llegarían más. Pero no. Ese día, un nuevo mensaje había llegado y el marchaba a su cita, viejo y cansado, sin saber que debería intentar disfrutarla más (si esto era posible) porque era la última.
Esta vez tomó el ómnibus desde la estación al próximo lugar. Atravesando dieciocho de Julio con paso ansioso, piensa infructíferamente -como lo hizo tantas veces-; ¿Quiénes son? Al principio no se lo preguntaba, porque lo tenían asustado y bien agarrado del pico. Un día, alguien lo llamó por teléfono a su consultorio, le preguntó si quería conservar su título, o quizás su libertad y la integridad de su culo y luego, le dijo que le había fascinado el modo en que anestesió, torturó y violó a su paciente de urgencia, deshaciéndose del cuerpo de un modo impecable y consiguiendo que la policía no llegara ni remotamente a vincular la “desaparición” con él. Luego le preguntó con sorna si era su primera vez, y le decía que a veces uno se pone nervioso y no se le para, pero que después de la segunda o tercera lo disfruta mucho más y que quería darle la oportunidad ofreciéndole trabajar para “Ellos”, que siguiera las reglas del juego al pie de la letra, o si no, optara por perder el culo en una cárcel por ventipico de años. Luego ironizó, con que por supuesto “el trabajo era en negro”.
Por un tiempo estuvo seguro que eran los milicos. Al contrario de lo que siguieron pensando todos, incluso en los tiempos de venganza diplomática y legalizada de treinta años después, la idea de que el trabajo sucio lo hicieran civiles, gente de fuera que ni sabía a quién obedecía, era perfecta para que ante cualquier juicio a lo Nüremberg, nadie supiera nada en concreto, cargando con la responsabilidad de lo hecho por sus subordinados, solamente los peces gordos y bien protegidos. Había a su vez, una perfecta repartición de tareas, ya que él no arrancaba confesiones, ni enterraba los cuerpos, sólo los mataba y a veces los violaba y torturaba si era indicado en el “castigo”.
A su vez los que torturaban para confesiones y los que enterraban nunca estaban en contacto con él.
Sin embargo, luego de la reapertura, sus trabajos continuaron, aunque un poco menos, o quizás más espaciados. Fue entonces, en que su seguridad con respecto a los milicos cambió a una posibilidad más entre muchas, más allá de que luego le pareció ver en un affiche con los rostros de los desaparecidos (“los que se conocen”, pensó él), a dos o tres de sus víctimas.
Quizás seguían siendo ellos, quizás lo habían “recomendado” a otros -incluso a sus detractores-, quizás nunca habían sido los milicos, quizás nunca fueron los mismos y sólo fueran una empresa multinacional contratada por cualquiera, como esas de las que su hijo que se pensaba un intelectual rebelde mientras era mantenido, hablaba todo el tiempo. Una empresa de la muerte… ¿Cómo saberlo? Nunca supo ni si quiera quiénes eran los pobres desgraciados a quienes “limpiaba” con fineza y discreción total, como precio a pagar, por su primera y única vez voluntaria en que mató por placer y venganza de la que lo separaban casi cuarenta años.
Cuarenta años en que las pesadillas no lo habían abandonado, las pesadillas como una picana en los testículos dónde se agolpaban frente a él, sufrientes por la eternidad, caras con los ojos vidriosos por el llanto, rostros de muertos y muertas deformadas grotescamente por el horror y la impotencia. Se entremezclaban a las caras de sus víctimas, la que él imaginaba que ponía cuando era niño y fingiendo el llanto, le prometía a su madre que era “la última vez” que le pegaba a su hermana de esa forma o la asustaba para molestarla y hacerla llorar, que a su vez, se mezclaba con el rostro de la primera vez de su mujer, en que terminó brutalmente desvirgada y golpeada, con el vestido de novia empapado de sangre y lágrimas. Se entremezclaban a los rostros de su esposa y su hermana, gritos de desesperación, sobre los cuales de igual manera, el llegaba al orgasmo, eyaculando sobre los cuerpos que en un rato estarían muertos y fríos, aún antes que su semen secándose sobre senos duros y violetas como bloques de muerte.


Llegó entonces al lugar donde había sido su primera vez con “Ellos”. Dudó que el edificio aún estuviera en pie. Cuando descifró la primera pista que le mandaron pegada en el diario un día en su puerta, dudó de que en vez de los predecibles barracones en medio del campo, utilizaran una metalúrgica industrial casi en el centro de la ciudad.
Cuando entró a la fábrica -que ahora era una ruina donde las ratas ni siquiera dejaban vivir a los travestis y bichicomes de la zona-, por una ventana que aún después de cuarenta años no estaba tapiada y por la que volvió a entrar, encontró a la encargada administrativa en una oficina pobremente arreglada, sola, durmiendo de aburrimiento aún debajo del ruido ensordecedor de los trabajadores arriba.
Cuando la volteó de golpe con el cortaplumas con el mango envuelto en un pañuelo contra su cuello, en un segundo ambos comprendieron todo y mientras le habría una sonrisa de sangre en la garganta, vio las lágrimas saltando de sus ojos, como un pedido de piedad, como una queja más terrible que cualquier grito y vio y sintió al mismo tiempo, contra sus piernas, el abdomen abultado por cinco meses de embarazo.
Ahora, cuarenta años después la ventana del fondo, rota y filosa, era la única sin tapiar. El pelo se le llenó de telarañas y en seguida sintió las alimañas huyendo de la invasión y picazones corredizas por el cuerpo, que delataban seres pequeños como garrapatas o mosquitos. La oscuridad era total. El olor a mugre y encierro lo hicieron sentir un pequeño desvanecimiento. Guiándose por el tacto en las paredes, encontró un interruptor de luz que no servía, entonces, debió iluminar el lugar con el encendedor que llevaba en el bolsillo.
Inconcientemente, pidió la protección de Dios pensando en qué sería lo que iba a ver.
Había empezado a fumar a la tercera o cuarta vez. No demasiado, pero lo suficiente para sentirse esclavo del cigarrillo para aplacar su tensión permanente ante una nueva ocasión. Lentamente, los cigarrillos se convirtieron en un a obsesión y en casi su única forma de soportar la vida.
Cinco años atrás, luego de ser un desinteresado total de la religión toda su vida, al punto de ni interesarse por saber lo que era el agnosticismo, una almacenera a quien despertó en una calle desconocida a las tres de la mañana, pidiéndole por favor le vendiera cigarrillos con una cara de desesperación que asustaría a cualquiera, mirándolo compasivamente y con un falta de miedo demencial, le dijo:
- A usted le está haciendo falta una cajilla de Dios, hermano.
Y le extendió un folletito colorinche, con dibujos casi de propaganda mussoliniana.
Lo leyó fumando dos cigarrillos. Hablaba de cómo el demonio se apoderaba de los hombres, justamente haciéndoles pensar que no existía, para que no pudieran luchar contra él. Decía también que todo hombre podía luchar incluso contra el demonio, si recurría a la gracia de Yavéh Todopoderoso.
En cuatro semanas de desesperada búsqueda de redención, escuchó como el orador gritaba enloquecido mientras algunos acólitos entregaban a los demás fieles el agua de la purificación:
- ¿Y quién quiere ser entre todos los políticos este señor Bush? ¡Él quiere ser Dios hermanos, pero él no es Dios, no tiene poder para decidir sobre nuestras vidas y no posee, la gracia y el poder total que Dios tiene sobre el mundo! ¡Él es un demonio que sirve a Mammón, el demonio que tienta los hombres con las riquezas materiales que pierden el espíritu! Hermano, y hasta los demonios como Bush deben obedecer a Dios Todopoderoso, como Samael, que siembra la destrucción y la muerte que Dios no puede cometer para no manchar sus manos, pero sólo si Dios lo quiere y por que así lo quieren designios que nunca los demonios conocerán; y todo mal que Satanás haga sobre la tierra, e incluso cuando Satanás tentó a Jesús, respondía a un plan de Dios, para probar a los hombres que él todo lo puede y qué quien lucha contra los demonios lo consigue…
¡Por eso hermano purifícate! No importan tus pecados del pasado… ¡Purifícate! Cuando veas hermano, al demonio que posee a tu vecino envidioso, a tu compañero de trabajo, a esa mujer que practica la brujería, piensa…
Su mente entonces, quedó pensando en Samael. Quedó pensando en Dios, en el plan sagrado del universo y quedó pensando en por qué no, él fuera como Samael y hacía el trabajo para que otros no se mancharan las manos, por qué quizás él no podría ser el vengador de Dios sin saberlo, por qué quizás no sería un demonio, sí, pero un demonio que Dios necesitaba para limpiar el mundo de personas inicuas cómo él desde que mató a aquella paciente…
Esa noche soñó con que Dios venía a él como una luz casi insoportable y señalándolo con su dedo, lo nombraba Samael.
Despertó entonces con un furor que nunca había sentido en su vida, un furor sólo igualable -quizás- al que sintió en su primera vez. Y supo que estaba salvado.
Sin embargo, a los dos días la policía procesó al orador. Él se enteró por el informativo, de todo lo que éste hacía a las personas que iban con él mismo al templo, sin que si quiera lo sospechara, oyó un a confusa lista de chantaje, abuso sexual y sicológico, amenazas, tráfico y lavado de dinero. Aterrorizado, corrió pensando en salvar su alma, pensando en los demonios que manejaban al orador para ser introducidos en sus fieles haciéndoles creer lo contrario. Y corrió a la iglesia católica.
Eran las once y diez de la noche y el cura abrió sólo una rendija de la puerta, luego de que él casi la derribara a golpes y gritos. El cura dijo que no podía a esa hora y él comenzó desesperadamente a decirle todo –todo incluso lo que había hecho hace años-, en una forma entreverada e histérica. El cura trataba de decirle sobre sus gritos que de todas formas no era horario, hasta que levantó la voz también y él oyó:
-Retírese o llamo a la policía.
Desesperado, le explicó que se había dejado poseer por un demonio, que se demonio se llamaba Samael y que hacía el trabajo sucio para que Dios no manchara sus manos, entonces el cura entre risueño, furioso y asustado, le dijo:
- Entonces no se moleste en venir, usted pertenece al Demonio y se irá al Infierno.
Y acto seguido cerró la puerta con un golpe colosal.


La luz del encendedor alumbraba unos centímetros delante de sus narices. No quería recordar aquel terror aún irresuelto, el de no saber que era él mismo, no saber que pasaría con su alma si existía ese Dios en que no sabía si creía. Si era una pieza en el ajedrez de Dios, o sólo un demonio hijo de puta al que éste pulverizaría, o si sólo era un asesino manejado por viles y llanos mortales maquiavélicos como el orador. A su alrededor, todo era mugre y suciedad, encierro tumbal. Subió las escaleras, luego de apagar el encendedor un rato, para no quemarse los dedos.
Pensaba en que le depararían esta vez, en si tendría que matar a un pobre viejo gordo como él, incapaz de defenderse o a un joven que ofrecería resistencia y que tendría que violar encima. Si sería una muchacha hermosa que él vejaría y aniquilaría, o una anciana casi sin conciencia, o un niño…
La planta de la fábrica era un paisaje de película de ciencia ficción en que el mundo estuviera destruido luego de ser dominado por las máquinas. Los esqueletos industriales herrumbrados y mohosos chirriaban al ser rozados erizándole los vellos de la nuca, mientras todo a su alrededor, se oía el invisible huir de animalejos repulsivos que en cualquier momento lo atacarían y no se veía nada más allá de unos diez centímetros.
¿Por qué no habría confesado su primer crimen lo hubiera pagado con su libertad y su culo durante veinte años y no con esta vida de sufrimiento e incertidumbre? ¿Quién lo vendría a aniquilar, Dios, el Diablo, la policía, Ellos?
De pronto, llegó a una pared y sin quererlo, alumbró un espejo carcomido y medio quebrado con una nota pegada. “En donde fue nuestra primera vez, encontrarás el instrumento y el objeto de nuestro amor”, recordó.
Tomó la nota temblando y leyó: “Todo llega a su fin”. Nada más, ni una ironía, ni una indicación de dónde buscar, ni quién era su víctima. Algo le hacía helar los huesos. Intentó comprender, alelado, pero no fue necesario. Al levantar su vista de la nota, se vio reflejado en un espejo.
Lentamente, sin importarle nada, arrancó un filoso pedazo medio quebrado de espejo, y sin importarle si se equivocaba o no, vio como se abría la sonrisa roja de la muerte en su papada estúpida y pensó: Sí, demonio. Samael.

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