miércoles, 4 de agosto de 2010

Babalonia



Imagen: "Henrietta Moraes" de Francis Bacon.


Las habitaciones estaban forradas con papel de cobre, por lo cual fuese cual fuese la fuente de luz dentro de ellas, todo tenía una molesta y mediocre luminosidad amarillenta brillosa. Era desagradable y estresante. Me hacía sentir aún más la decadencia algo fastuosa del lugar y me hacía pensar en orín y ratas.
Verónika ni si quiera habló conmigo. En Babalonia todas eran así, o mejor dicho, todos éramos así, ya que los de afuera al entrar, asumíamos los mismos códigos. Como nunca se podía estar seguro del idioma que hablaba el otro, sólo se mostraba el dinero y señoras mal pintarrajedas nos llevaban por pasillos mal iluminados hasta seres complacientes a los que no había que convencer o persuadir.
Verónika era quien me convendría para lo que estaba buscando, según dijo la sacerdotisa. Me había mostrado una figurita de ella y también me había gustado físicamente, sin embargo, dudo que la señora hubiese entendido a lo que me refería con hablar. De seguro creyó comprender que quería que me dijeran una frase de un poema de memoria para excitarme durante la cópula o algo así. Algo como que con gemidos gatunos y al compás de mis movimientos pélvicos me dijeran al oído “...And the raven never flitting now is sitting on the palid bust of Palas...”.
Subí una escalera y finalmente llegué a una caja de madera, donde -con la puerta entreabierta- ella me esperaba. Hasta el momento de nuestra separación, yo creí que no pude ver realmente cómo era. En vez de ver su cara o su cuerpo, veía los de todas las anteriores.


Antes, durante años, copulé desesperada y ansiosamente con cuerpos que creí que amaba y pasaba horas sin que una gota de líquido azul saliera de mí. Menos aún el blanco. Finalmente conocí a una mujer que estaba loca como una semilla. Ella me arrancó mi primer orgasmo (luego de tantas cópulas), que fue como un regalo de cumpleaños vacío y yo supe que sólo había salido lo blanco. Luego su locura comenzó a germinar y la arrancaron de mí. Se llevó los pelos de sobre mi frente y mis sienes y un poco de mi salud y mi cordura; me hizo morir socialmente y también huir de la policía. Y yo seguía sin saber cómo lograr la eyaculación azul de la que me habían hablado. Y tiempo después, había ido a buscar a Babalonia, donde todos decían encontrar lo que querían y no podía ver la cara de Verónika, porque una y otra vez, su cara era la de Leticia y un segundo después la de Lorena y un segundo después la de Única y al instante la de Circe.
Luego de explicarme las condiciones del rito, yo esperé que me diera unos segundos para hablar. Lo hizo, pero mientras se desvestía, al tiempo que mis manos la imitaban mecánicamente y simultáneamente, mis ojos las miraban hacerlo impotentes. Le pregunté su edad, el por qué, qué sentía ella durante el rito y a todo me contestó como si le preguntara por el color de la nieve que entraba por la ventana, respondiéndome cosas simples y evidentes, que no aportaban nada.
Verónika, pequeña y bajita, con una cara que no se definía entre simpática o estúpida y un cuerpo sensual, me arrancó un orgasmo de placer, que me hizo salir de dentro de ella vacío, con una conciencia similar a un desmayo. Mientras desfallecía a sus espaldas, sólo alertado por su queja en voz bajísima como un maullido, me di cuenta de que casi le estaba comiendo la oreja:
-Me estás lastimando. –dijo casi con timidez. Entonces, como pude, la solté y caí por algún lado, lleno de sangre en los dientes. Cuando quise recordar ella estaba sacándome la bolsa con mi semen y guardándosela, mientras me limpiaba con un papel para que no chorreara sábanas, que de no estar inmaculadamente blancas perderían su pureza y debían ser quemadas y veladas con siete días de ayuno.
Ella seguía sonriendo como siempre y yo desconcertado quería ver el color de mi eyaculación.
-¡Dámela, dámela! –exigí casi desesperado y adelantando una mano hacia donde creí estaba mi semen.
Pero Verónika ni si quiera me contestó. Sólo me preguntó al rato si quería continuar pues todavía estábamos dentro del horario sagrado. Yo entonces le dije que no, mientras ella se volvía cada vez menos interactiva. Le pregunté si el semen había sido blanco, blanco otra vez.
Ella, con simpleza y con la misma nada que tenía ante todo, me contestó:
-No, fue rojo.
Yo, cortado, quise pedirle explicaciones o aunque sea que me dejara verlo para creerle, pero no pude.
Ni bien terminó de decir “rojo”, vi como caía.
Me tiré sobre ella y no comprendí, por lo que intenté moverla. Sus brazos me parecieron demasiado manipulables para ser de persona, entonces, cuando miré su cara, vi sus ojos esquemáticos, su pelo artificial y la blancura polvosa de la tiza y me di cuenta que cumplida su misión, se había transformado o regresado a su estado natural de muñeca.


Los primeros minutos estaba asustadísimo para llegar a intentar algo. Me quedé estupefacto mirándola y ahora que lo recuerdo mejor, me doy cuenta que en realidad no estaba tan asustado, ya que de hecho comencé a mirarla y a recordar algo así como que de prepúber me había enamorado de una muñeca de mi hermana. Realmente no recuerdo mucho los momentos que siguieron a la transformación de Verónika hasta que sonó el gong. El mismo avisaba que faltaban tres minutos para el fin del tiempo sagrado. Al escucharlo, empecé a sudar, sin saber cómo encararía o miraría a la sacerdotisa al salir a pagar, momento durante el cual entrarían al cuarto, viendo que Verónika no salía y la descubrirían hecha una muñeca de tiza. Seguramente, sin preguntarme, decidirían que la culpa había sido mía (quizás por morderle la oreja o de seguro por hacerle preguntas) y sería asesinado implacablemente por las uñas afiladas y los látigos de cuero de una horda de de prostitutas frías e inmisericordes. Sin embargo ¿qué derecho tenían a hacerlo? Yo había alquilado a Verónika y no debía responsabilizarme de lo ocurrido durante el tiempo de mi usufructuo de ella más que con el oro que pagaría, incluso cubriendo de esta manera los gastos por daños o reparaciones. Miré el reloj de arena y faltaban muy pocos granos, más o menos un minuto, ya que había estado como dos para pensar lo anteriormente expresado. Me había resuelto a salir y decir que Verónika se había transformado en una muñeca, pero ni bien tensé un músculo para levantarme de la cama, nuevamente, un sudor frío fue parido en la raíz de mi cabello y arrojado por el precipicio de mi frente, mientras en mi cerebro se enseñoreaba la idea de que ellas no necesitaban motivos para matar, además de que en este caso los tenían, por lo cual no iban a razonar conmigo. Quise interponer el recurso de que pagaría, pero mi mente me insistió en que estaba encerrado allí, a merced de ellas, bajo su ley, la ley de Babalonia.
El último grano de arena hizo que el peso del reloj accionara el martillo que dio contra el segundo gong, esta vez mucho más agudo y prolongado. Luego, silencio.
En mi incertidumbre, aún sin haber decidido efectivamente qué hacer, comencé a vestirme de nuevo. Desesperado, miré todos los rincones de la habitación esperando ver un hueco o rendija dónde esconderme. Sabía que en Babalonia cada pieza tenía una especie de agujero tapado por dónde se tiraban los desperdicios orgánicos hacia hediondos depósitos debajo de la ciudad, que volvían a dar con la superficie cerca de los pantanos, dónde los gases se liberaban inocuamente; pero ni si quiera encontré una rejilla de ventilación o una miserable esclusa.
- Verónika…
Escuché llamar a la sacerdotisa del otro lado.
El tiempo era tan tenso que se me estiraba como un chicle, sin embargo, para los demás corría más rápido y si yo no actuaba conforme el ritmo externo, perdería. Como teniendo una iluminación miré el reloj y lo di vuelta. Sonó el gong inicial de vuelta y la sacerdotisa del otro lado alejó su taconeo por el pasillo, suponiendo que había requerido un tiempo sagrado más y que lo pagaría.
- Vení a jugar acá… -oí maullar a Verónika a mis espaldas.
Me di vuelta y la miré, pero ella ya me estaba bajando el pantalón, estirando sus brazos desde la cama.
- Esperá, esperá -le dije-, quiero hablar.
-Sí Adonis, hablá que yo escuchog –dijo terminando de sacar mi pene y metiéndoselo en la boca al instante.
- ¿Dónde tirás las cosas?
Verónika tenía mi pene entero aún flacido dentro de su boca y se movía adelante y atrás onduleando la lengua como una serpiente sin parar, pero no me contestaba. Repetí la pregunta y ella me miró brillosa e indiferentemente, tomándome de la cintura y metiendo más adentro aún de su boca mi pene que empezaba a pararse sin que yo pudiera evitarlo.
Sin preguntar, se lo saqué de entre los labios y obsesionado, comencé a revisar la habitación. No encontraba nada, sentí que Verónika habló, pero yo no encontraba el bendito agujero y era lo único que me importaba en ese momento.
- ¿Dónde está el agujero?
- ¿Cuál de los tres querés? - dijo Verónika riendo, sin entender que yo hablaba de otra cosa.
En ese momento, abrí la puerta de un armario hábilmente disimulado en la pared, que igual se delataba por un pomo con forma de hipocampo. Dentro, aunque estaba oscuro, vi que había algo como un pasadizo. Ya me aprontaba para entrar a husmear un poco, cuando los brazos de la puta me envolvían como una víbora de seda , mientras su lengua resbalaba por mi oreja haciéndome parar insoportablemente el miembro, que ella frotaba suavemente con la manita hecha un anillo de constrictor.
No tenía cómo desembarazarme de ella, ni del reloj, sin embargo, podía usar ambos para entrar al pasadizo.
Arrastrándome con Verónika prendida a mi pene como una sanguijuela, fui hasta el reloj y sacando de mi pantalón el puñal ritual, corté los hilos metálicos que sostenían el reloj al mecanismo de pesas que hacía sonar los gongs, así podría demorarme allí todo lo que quisiera. Quedaba ahora develado el mecanismo de la transformación de Verónika: cuando la arena se terminaba ella se transformaba en muñeca, sólo hacía falta dar vuelta el reloj nuevamente.
- Vamos –ordené, alejándola de mi pene, tomándola de la mano y comenzando a caminar hacia el pasadizo.
- ¡Pero quiero la lechita calentita! –dijo mirándome con cara de niña a punto de llorar. Yo sentí pena por un momento, pero debía dominar la situación.
- Te la doy después de que descanse, si no no va a estar tan rica. –argumenté, pensando en que de hecho ella ni si quiera la saborearía y que decía eso sólo por compromiso con el cliente- mientras, quiero que me acompañes acá adentro.
- Bueno ¿Pero me prometés que después me das la lechita calentita?
-Sí, cuando empiece el próximo tiempo sagrado.
-Bueno, entonces sí. –dijo ella, sonriendo con dulzura, mientras entrábamos en el pasadizo.


Dentro estaba realmente oscuro, tanto que caminamos varios minutos sin ver nada. Tantos minutos, que cuando comenzó a estar iluminado por no sabría decir que fuente de luz, vi que la arena había dejado de caer ya. Me di vuelta y miré a Verónika, que si bien me miró con una expresión vacía, era una mujer y no una muñeca.
Mi error era evidente: la vez anterior ella se había transformado en muñeca antes de que la arena terminara de caer, por lo cual, era muy probable que si bien el mecanismo de “destransformación” se activaba dando vuelta el reloj, el de transformación no tenía nada que ver con éste. Aunque siempre quedaba la posibilidad de que las mutaciones de Verónika si respondieran a el funcionamiento del reloj, pero algo se hubiese desajustado en el mecanismo entre ambos objetos y el tiempo de cambio en Verónika fuera distinto al del reloj, que demorara menos en ciertas oportunidades y más en otras.
El tema de que ella se volviera muñeca nuevamente no me perturbaba demasiado, ya que de hecho el sonar del gong dependía de que yo uniera el reloj a su mecanismo original, dejándome así el tiempo necesario para refaccionarla antes de tener que encarar a la sacerdotisa. Por otro lado, era muy probable que si Verónika se convertía en muñeca en función al funcionamiento del reloj de arena que marcaba el tiempo sagrado en su pieza, no fuera la primera vez que un cliente abandonara a la muñeca en vez de a la mujer, por lo que ni la sacerdotisa ni las demás hetairas tomarían represalias por el hecho. En ese momento, también me percaté de que inicialmente quería encontrar el agujero (ahora túnel) de los desperdicios para huir de mi responsabilidad con respecto a la transformación de Verónika, pero que ahora eso ya no me importaba. Me pregunté para qué había entrado ahí teniendo solucionado el dilema de la prostituta hecha juguete y qué era eso que evidentemente no era un agujero para desperdicios.
Continuamos caminando por el pasadizo de paredes curvas, ahora iluminado y monótono, por varios minutos más. Miré –ahora nervioso- a Verónika y con total desparpajo, ella seguía mostrando su cara y su cuerpo de hermosa mujer desnuda.
- ¿Qué es este pasadizo? ¿Es el pasadizo de los desperdicios? –le pregunté, teniendo varias preguntas en mi cabeza, pero sin saber cual formular primero.
- No sé –me contestó Verónika con un tono sumamente sincero.
- ¿Y por qué no te volviste a transformar en muñeca?
- ¿Qué? –me preguntó ahora ella a mí, con una detestable cara de sorna y haciéndome sentir un idiota- ¿En muñeca? Yo no me transformo en muñeca.
- Sí, hoy antes de que terminara el primer tiempo sagrado te convertiste en una muñeca de tiza y ahora hace rato que terminó el segundo y no lo volviste a hacer.
Ella se rió descaradamente de mí.
- ¡Sí! –dije ahora poniéndome violento- ¡Idiota! ¡Fui yo el que te volvía convertir en mujer dando vuelta el reloj!
Estaba furioso. Verónika lo había hecho y bien, me había hecho sentir hombre de vuelta, pero ahora, al reírse de mí me hacia recordar mis problemas anteriores, mi avanzada calvicie y mi presunta estupidez en la situación.
Cuando la insulté, ella sin dejar de reir, cambió la expresión a una mucho más dura y me contestó con un tono sumamente áspero:
- Eso no pasó que yo recuerde. –y miró con rudeza la mano que yo ya estaba levantando para pegarle.
Recordé entonces que el tiempo sagrado había terminado y vi con miedo las largas y afiladas uñas de Verónika. De inmediato, di vuelta el reloj y ella con cara de nenita pervertida me dijo ceceando, mientras se sonrojaba:
- ¿Ahora sí me vas a dar mi lechita?
- ¡No! –grité ahora firmemente- lo que quiero primero es que me digas lo que sabés. Qué es este pasadizo y adónde tiran los desperdicios. ¿Es acá? –y entonces me di cuenta de por qué, inconscientemente había entrado ahí- ¿Dónde está mi eyaculación roja?
- No sé, no sé. Eso son cosas que sólo sabe la sacerdotisa. –dijo con simpleza- ¿Ahora me vas a dar la lechita?
La cuestión de la lechita estaba comenzando a hartarme. Sin embargo, en ese momento comprendí que la única forma de ver la eyaculación roja era mantener relaciones con ella fuera de las habitaciones de papel de cobre, ya que en éstas, estaba prohibido derramar el semen, por lo cual, las pupilas siempre nos obligaban a usar bolsas que recibían nuestra emanación. Sin darme cuenta, estaba desperdiciando hace rato la posibilidad, ya que por algún oscuro motivo, estaba seguro que el camino hacia la eyaculación azul estaba en esa extraña eyaculación roja, de la que ningún libro hablaba y sin embargo Verónika sí.
- Bueno, te la voy a dar, pero no te la tomes, quedátela en la boca y dejame verla y quedarme con un poco, después te la dejo tomar. –le dije ahora entusiasmado con la perspectiva.
-¿Tibiecita? –dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
-Sí, tibiecita.
Ella se arrodilló y comenzó a engullirme el pene de tal forma que aún más que en mi anterior coito con ella, casi olvidé por completo mis afanes alquímicos y comencé a sentir una pasión animal por el placer sexual que me brindaba, e hipnotizado me entregué casi inconscientemente a las maravillosas sensaciones que su húmeda cavidad bucal, labios y lengua desataban en todo mi cuerpo, estremeciendo hasta mi columna vertebral.
El proceso era un crescendo descomunal, en que a cada segundo, a cada movimiento inconcebible (a su vez hacia delante y atrás, pero también circular y ondeado) de Verónika, el placer y el ensimismamiento crecía diez veces más que en el segundo anterior, pero al segundo siguiente crecía veintiocho veces más y al otro cuarenta y dos. La conciencia del lugar se me borraba y mientras sentía el placer y bienestar más grande que alguna vez sintiera en mi cuerpo, a la vez sentía que mi cuerpo no estaba, sólo sus sensaciones. Me acercaba a un orgasmo descomunal, y casi eterno en esa sucesión de segundos en que el placer los hacía durar años, cuando abruptamente, un dolor en mi pene inflamado como una cobra a punto de escupir veneno me despertó como un golpe contra un árbol en pleno vuelo. Abrí los ojos y vi a Verónika con la cara parcialmente cubierta como de manchones de cal descascarándose. Con rapidez, entendiendo el antitético raspado como de una piedra sobre mi glande hinchado de placer, logré quitar mi miembro de su boca, un instante antes de lograr la eyaculación –que quedó así cortada- y de que ella se convirtiera nuevamente en una muñeca de tiza.


Quise racionalizar la situación como siempre, sin embargo no podía pensar. La frustrante desesperación que me embargaba por no haber podido alcanzar el clímax presumiblemente celestial que Verónika me estaba brindando, me llenaba de una sensación similar a la que debe sentir alguien a punto de morir cuando recién a comenzado a disfrutar la vida. La sacudí, pero siguió hecha una muñeca. Intenté ver si presionando por algún lado podía abrir algún mecanismo que ensanchara su boca de tiza y descubriera algún receptáculo de látex o similar para poder terminar lo empezado, pero no. Y aún así, no habría sido lo mismo. Tomé el reloj que había dejado ahí a un costado y lo di vuelta, pero Verónika seguía siendo una muñeca y ahora, casi con ganas de estrellarla contra la pared y deshacerla en un montón de polvo, me preguntaba el por qué, por qué se había vuelta una muñeca de nuevo.
No pude preguntármelo demasiado. Primero vi las sombras muy estiradas acercándose a lo lejos y luego escuché la voz de la sacerdotisa, dirigiéndose a lo que presumía un grupo de cinco o seis hetairas:
- ¡Mientras Verónika sea restablecida íntegra no importa lo que tengan que hacer para quitársela, despedácenlo con los dientes si quieren, pero eso sí, dejenme que yo le arranque la sucia verga atrofiada!
El pasadizo -que cada vez tenía más la forma de un túnel sin fin-, de seguro daba vueltas, tenía curvas o recodos bastante pronunciados que yo no había notado al transitarlos, ya que la sombra de la sacerdotisa y su grupo me venía como si los hubiera, mientras que ellas no podían verme, como si alguna pared sólida se los impidiera.
Paralizado, me di cuenta que ya desde que entrara en el cuarto de Verónika, varias veces había perdido casi totalmente la conciencia de mis actos, como si mi ser y mi destino estuvieran a merced de algo azaroso y caótico dentro o fuera de mi, pero de cualquiera de las dos maneras ingobernable, echando por tierra el uso íntegro de mi voluntad o inteligencia. Más de una vez ya me había encontrado haciendo cosas sin una motivación demasiado clara o perdiendo de vista mis objetivos al atravesárseme cualquier cosa por delante, aunque asombrosamente, a veces parecía que de esta forma y a tropezones, me acercaba más a mis metas originales que por el camino recto. (Aunque era evidente, que también así me acercaba a otras metas inconscientes o insospechadas, que quizás no me fueran gratas o saludables, como ser atrapado por la sacerdotisa, la cual presumía que yo le había robado a Verónika). No obstante, no me quedaba claro si yo siempre había sido así y recién hoy lo había notado, perdido como estaba siempre en el reino de la cavilación abstracta y la elucubración, del desvarío y la meditación, siendo así que mis devitaciones no me dejaban ver que yo hacia cuadrar la realidad según mis ideas sobre ella, en vez de verla como era en sí misma, lo cual de seguro era imposible, por más que me hubieran enseñado que no. Pero tampoco me quedaba del todo claro, si en realidad esto no me pasaba solamente desde que había metido el primer pie con que pisé Babalonia (no sé si el derecho o el izquierdo), si esta no sería otra de las reglas que sólo existían allí, dentro del recinto de Babalonia, donde las reglas del cosmos parecían cambiar.
Cuando terminé de preguntarme esto, vi que nuevamente el tiempo exterior me había ganado y que en uno de mis instantes, los demás habían tenido los suficientes para llegar a mí. La sacerdotisa y –efectivamente- cinco hetairas mostrando senos furiosos desde sus túnicas abiertas estaban a unos dos metros de mí.
- ¡Si Verónika ya no sirve no lo maten, primero hay que torturarlo! –gritó la sacerdotisa, mientras gruñendo, las prostitutas corrían hacia mí.
No sé por qué, pero no huí sin antes agarrar a la pesada Verónika de tiza entre los dos brazos, comenzando a correr con una velocidad que sólo la adrenalina me podría haber prodigado. No obstante, mis primeros metros casi terminan en caída, ya que tenía el pantalón bajado pero las pantorrillas y ni reparé en que estaba corriendo como un pingüino, mientras mis perseguidoras lo hacían como tigras cazando. De una pataleta, dejé atrás mis pantalones y mi calzoncillo, pero con ellos también perdí mi daga ritual, todo el oro que llevaba y una bolsa con polvos de metales sin usar.
Correr con Verónika a cuestas era muy difícil, por lo cual era inminente que en muy poco tiempo, alguna de ellas me iba a alcanzar. Sabía que dentro de Babalonia lo que iba a hacer estaba prohibido y castigado, pero ya era un prófugo, así que sin remordimientos, lancé el nombre secreto necesario. Cuando la piedra me respondió, le ordené que se agrupara en muro tras de mí. La piedra lo hizo al instante, cerrando el túnel para el paso de mis perseguidoras, aunque de hecho, creo que al reacomodarse en el espacio, la roca atravesó el cuerpo de una de ellas, ya que creí ver algo como unos bucles asomando de la cara del muro tras de mi.
Fatigado por el conjuro y desesperado, paré a descansar un segundo, pero ahora sí con la conciencia de no extenderlo demasiado. Dejé a Verónika en el suelo, pensando que ya sin el reloj no podría controlar más sus mutaciones, si es que éste de algo servía para hacerlo.
Pronto, recobré el aliento y cargándola sin saber por qué, seguí caminando lo más rápido que pude. Unos metros después, pude ver una luz muy fuerte y a unos metros más aún, me encontré con una salida que daba al exterior.


Estaba fuera del templo, en medio de la plaza de Babalonia. El mercado estaba lleno de gente. De hecho era tanto el gentío que yo salí con Verónica debajo del brazo por un agujero en la fuente de la plaza y nadie lo notó. Sin embargo, estaba consciente de que de un momento a otro, la sacerdotisa me estaría persiguiendo por toda la ciudad y que perderme entre la multitud quizás no fuera tan efectivo como creía, sobre todo por que no entendía como se habían alertado de mi crimen, ni con que poderes mágicos me estaba enfrentando.
Tratando de pensar una estrategia, comencé a caminar entre los puestos. Habían putarracas ancianas vendiendo tortas hechas con levadura de vagina, atracciones en tablados con adolescentes morenas y aceitadas haciendo la danza del vientre y retablos donde títeres de madera celebraban orgías, puestos de lencería erótica y compradores que probaban los látigos de siete colas en la esclava del vendedor. Caminando apresuradamente, luego de pasar por la jaula donde se exhibía un hermafrodita, como llamado por un imán, miré detrás de una montonera de hombres comprando cuernos de rinoceronte y vi como la sacerdotisa y cuatro de sus siervas, recorrían el mercado mirando para todos lados.
Apretando el paso para que no me vieran, me perdí en una multitud en la dirección contraria y luego me metí por una calle paralela a la del mercado, que estaba medio vacía, donde comencé a correr rápido, mirando siempre a las paralelas por las esquinas. Cada vez estaba más cerca de la puerta de Babalonia, la veía de lejos, pero aunque sea la veía, una vez fuera de ahí, sería mucho más fácil perderme para siempre de la sacerdotisa y de sus leyes.
No obstante, a lo lejos, del balcón de una casa vi asomarse un rostro oscuro pitando una pipa de ganja y adiviné en su torva faz para quién trabajaba y qué sabía. Con algo más de una cuadra de ventaja, corrí hacia la calle del mercado, mientras el otro corría escaleras abajo. Me metí en la montonera pechando gente a diestra y siniestra. Me gané una golpiza que poco me alcanzo de un hombre al que dejé girando sobre si mismo en la cola frente a una madre que vendía a sus hijas trillizas. Pero me había alejado ya bastante. Frenando el paso, entendí que corriendo llamaría aún más la atención y que de hecho, quizás se corriera rápido el dato de que un hombre sin pantalones y con una bebota de tiza con un precioso vestidito estampado con rosas estaba prófugo del templo, sin pagar y raptando a una pupila.
Pero no fue necesario que me preocupara por que el dato se corriera. La gente, comenzó a gritar desaforadamente, cuando (como ocurría siempre que había un prófugo en Babalonia) de las fuentes empezó a llover sobre las calles un mar de baba viscosa que hacía patinar a todo el que lo pisara, haciendo que correr o si quiera caminar fuera imposible sin quedar tendido de espaldas en el suelo.
Ya no me faltaba nada. La baba se extendía con sus tentáculos cada vez más cerca de mis pies, cuando vi a la sacerdotisa, sus pupilas y el fumador de ganja a la altura de las carpas del templo de Freyja.
Sin calcular el daño, pronuncié un nombre secreto. Era muy difícil que tuviera éxito, ya que luego de haber gastado energía mágica en relaciones carnales, había conjurado la piedra y ahora aspiraba a servirme no de un elemento, si no de ánimas. Sin embargo, poniendo toda mi fuerza en ello, pronuncié el nombre secreto de nuevo y pronto, sentí el griterío en el cielo. Unos cuatrocientos mil gorriones descendieron sobre mi como una sola mano. Al instante, me vi trasportado por le cielo, observando literalmente a vuelo de pájaro alejarse las murallas de Babalonia -ruego al Arquitecto que-, para siempre.


En unos minutos, fui depositado por los gorriones junto a un lago, en un frondoso bosque fuera de Babalonia. Cuando vi al maestre, comprobé lo que supuse al ver que los gorriones me llevaban a un lugar específico sin que se los pidiera.
- Deberías haberte dado cuenta que tu poder no alanzaba para tanto.
-Gracias por salvarme , maestro. –dije como única respuesta, inclinando mi cabeza.
Era imposible ver su rostro, pero por la falta de inflexiones en su voz, uno imaginaba que éste nunca cambiaba.
- ¿Qué haz averiguado sobre la eyaculación azul?
Avergonzado contesté:
-Nada… Todavía nada.
El maestro calló unos minutos. Quizás mis grandes proezas, mi rápido progresar de los primeros años y mi precoz llegada a un grado alto lo habían hecho depositar esperanzas en mi, que yo había tirado por tierra.
- No me arrepiento de rescatarte, pero sí de que todo esto halla sido por una mujer… -dijo señalando a la muñeca- y de que hayas quedado fuera. Vuelve al mundo de los fenómenos y ya no practiques la magia o serás anulado.
El maestre calló, pero esperó sin embargo mis últimas palabras y mientras las lágrimas me arrasaban los ojos, las pronuncié:
- Sólo dos preguntas maestre…
- Realízalas.
- La primera es: ¿Cómo se controlan las mutaciones de… algo como ella?
El maestro asintió con la cabeza, como ordenando que continuara.
- Y la segunda es: ¿usted conoce el secreto de la eyaculación azul?
El maestro hizo un silencio antes de contestar, como siempre.
- A la primera pregunta, debo contestarte que de seguro quien la convierte en muñeca eres tú.
Sentí algo como dolor ante esa respuesta, pero pronto arremetió con la segunda.
- Y en cuanto a la eyaculación azul… Eso sólo lo sabe la sacerdotisa. –sentenció y luego convirtiéndose en una avispa, se alejó volando.


Me quedé sentado junto al río, pensando en sus respuestas, cuando sentí a Verónika respirando detrás de mí.
Su cara había cambiado sin embargo, no era la misma de muñeca ni de dentro del templo, ahora podía ver el rostro de Verónika, el de antes y el de ahora y sabía que cualquiera de los dos era el de ella.
La miré casi llorando y sintiendo que mi pene volvía a la vida, le pedí que fuera mía otra vez.
- Dame oro. –dijo.
- Ya no tengo. Lo tenía en el pantalón y me prohibieron crear más.
- Entonces no. –contestó con simpleza- No me gustás.
Indignado, le dije:
-Pero me pertenecés, te liberé de la sacerdotisa. Si no me pertenecés por papeles, aunque sea por gratitud deberías reconocer que me debes tu vida… ¡Y tu libertad!
-¿Qué? –contestó y empezó a reírse como antes, en el túnel- ¿Libertad de qué? Yo soy libre. Y ahora quiero volver al templo. Si vas allá y pagás oro, puedo dejarte tomar la rosa de mi ano. –sentenció, mirándome desafiante.
Luego se levantó y partió, riendose con una malicia infantil y madura a la vez, mientras decía para sí “Verónika decide vivir, jajaja!”, haciéndome sentir aún más estúpido y pelado. Furioso, pensé en comvertirla en muñeca de tiza y pulverizarla contra el piso, pero recordé que si lo hacía, el maestre me anularía de inmediato y mi alma quedaría dormida por la eternidad, que era peor que vivir sin poderes y sin ella.
La vi alejarse para siempre, enseñándome sus espaldas, su pelo violeta y ondulante, sus firmes nalgas que nunca se abrirían a mi pene, balanceadas de un lado a otro por sus caderas y piernas como trompas de elefante. La vi alejándose, llevándose con ella la suave entrepierna que ya no penetraría jamás, la boca que nunca más sentiría sobre mi pene y mi cuerpo, la sonrisa y la mirada que jamás volvería a ver brillar con una simpleza incomprensible. La vi alejarse, hasta convertirse en un punto invisible en la nada, sin poder resignarme a pederla, sabiendo que hubiera dado todo, toda mi vida interior, por ser un granjero estúpido durmiendo cada noche junto a ella en una cama de paja en un establo.
En ese instante, comprendí que nunca sería, ni había sido, ni podía ser mía, ni de nadie y la vanidad de mis poderes y mi vida de ilusión hasta ese momento. Toda mi falsa sabiduría, sin embargo, me llevó en ese momento a abrir mis ojos como nunca, sabiendo que aunque ya estaba fuera, había llegado más lejos que el maestre y su perpetuidad de orgasmos blancos; que en el templo había logrado el orgasmo rojo y ahora, había acabado de comprender el orgasmo azul.

martes, 3 de agosto de 2010

LA ÚLTIMA VEZ



El día que menos hubiese esperado algo así, cuando ya ese fantasma siempre presente parecía haberse difuminado un poco de su mente, justo ese día; sonó el timbre. Al abrir la puerta, se encontró con uno disfrazado de cadete de florería –quizás fuese un cadete real, esto nunca lo podría saber-. Una gorra de visera le impidió verle la cara. Se quedó con un ramo de rosas amarillas en la mano y una tarjeta que decía: “Te diré todo en la estación, junto a estas flores”.
De inmediato, angustiado, salió con lo puesto y una gorra encasquetada hasta los ojos él también, dejando a su mujer y su hijo durmiendo. Tomó un taxi con ansiedad. Era como recordar los códigos de viejas citas románticas. La estación a la que fue por primera vez en el 76 y otra vez, en el ochenta. Iba como hipnotizado por una serpiente hacia ella, preguntándose cuántos pasos intermedios y desesperantes, cuántas pruebas que superar para llegar al objetivo habría esta vez.
Si bien sabía que por más que lo aparentara, esta vez no había entendido el mensaje del todo, por lo menos fue fácil de entrada comprender hacia donde ir. Al llegar a la antigua estación, herrumbrosa, derruida y ocupada por gente sin hogar hace años, encontró un muro con un mamarrachiento graffiti. Eran unas rosas mal dibujadas y amarillas, debajo de las que se leía en rojo “Rosi te amo x 100pre H.J.” Al lado del mismo, en un agujero de la pared de bloque, embutido con fuerza y enrollado como un pergamino sagrado, había un papel escrito por computadora que seguía con el estúpido jueguito de pistas : “En donde fue nuestra primera vez, encontrarás el instrumento y el objeto del amor”.
Un poco más tenso, pero con la costumbre que le había dado la experiencia de tantos años, partió caminando al lugar indicado. Refunfuñaba entre dientes, pensando en que le esperaría ahora.
Era muy extraño que las pistas hubieran sido tan simples. En otras oportunidades, las mismas lo habían hecho ir a diez lugares equivocados antes de dar con el real, a no dormir, a llorar, a deprimirse, a sudar y enfermarse de los nervios tratando de desentrañarlas y sabiendo, que -como le habían estipulado en su primera vez-, el plazo máximo para resolver el trabajo era de cinco días.
Una vez, le habían escrito “Si te quedas mucho, te sacan en cuatro tablas, mientras estás, en algún momento vas o te llevan a donde no se debe comer.” El cuarto día, comprendió que debía ir al cuarto de baño de un hospital, o sanatorio, no sabía cuál. Lo había despistado que el creador de la pista hubiese alterado el orden de los factores en “donde se come no se caga”. Finalmente, luego de correr por toda la capital, pensando que no le daría el tiempo para buscar en el interior, encontró un graffiti en una cisterna del Clínicas que decía: “Ahora no estoy acá, pero todos los días duermo al lado tuyo. Antes cuento ovejitas negras, mi propio pelo.”
Exactamente a la noche del quinto día, unos minutos antes de cumplirse el plazo, supo que debía deslizarse por la ventana al cuarto de su propia vecina de apartamento; una alegre veinteañera con un ridículo african look que le daba aspecto de más drogadicta de lo que en verdad era. Esa vez, como consecuencia del trabajito, tuvo que mudarse de edificio, pero además con el cuidado que no fuera muy de golpe, para no evidenciarse, pero viviendo cada día con el miedo a ser descubierto. Soportó casi dos meses, cuando el pudor le había hecho desear huir en el mismo momento posterior a consumar su acto y cuando casi había muerto de la angustia al declarar hábilmente y con una tranquilidad externa e hipocresía que lo asombraban a él mismo, ante policías e investigadores que acosaron a todo el edificio.
Sin embargo, cuando las pistas eran tan, tan simples, era porque la faena que le esperaba era algo muy, muy fuerte.
Hace casi diez años que no recibía mensajes y si bien el temor de que estos volvieran no lo había abandonado del todo, en algún momento pensó que ya no llegarían más. Pero no. Ese día, un nuevo mensaje había llegado y el marchaba a su cita, viejo y cansado, sin saber que debería intentar disfrutarla más (si esto era posible) porque era la última.
Esta vez tomó el ómnibus desde la estación al próximo lugar. Atravesando dieciocho de Julio con paso ansioso, piensa infructíferamente -como lo hizo tantas veces-; ¿Quiénes son? Al principio no se lo preguntaba, porque lo tenían asustado y bien agarrado del pico. Un día, alguien lo llamó por teléfono a su consultorio, le preguntó si quería conservar su título, o quizás su libertad y la integridad de su culo y luego, le dijo que le había fascinado el modo en que anestesió, torturó y violó a su paciente de urgencia, deshaciéndose del cuerpo de un modo impecable y consiguiendo que la policía no llegara ni remotamente a vincular la “desaparición” con él. Luego le preguntó con sorna si era su primera vez, y le decía que a veces uno se pone nervioso y no se le para, pero que después de la segunda o tercera lo disfruta mucho más y que quería darle la oportunidad ofreciéndole trabajar para “Ellos”, que siguiera las reglas del juego al pie de la letra, o si no, optara por perder el culo en una cárcel por ventipico de años. Luego ironizó, con que por supuesto “el trabajo era en negro”.
Por un tiempo estuvo seguro que eran los milicos. Al contrario de lo que siguieron pensando todos, incluso en los tiempos de venganza diplomática y legalizada de treinta años después, la idea de que el trabajo sucio lo hicieran civiles, gente de fuera que ni sabía a quién obedecía, era perfecta para que ante cualquier juicio a lo Nüremberg, nadie supiera nada en concreto, cargando con la responsabilidad de lo hecho por sus subordinados, solamente los peces gordos y bien protegidos. Había a su vez, una perfecta repartición de tareas, ya que él no arrancaba confesiones, ni enterraba los cuerpos, sólo los mataba y a veces los violaba y torturaba si era indicado en el “castigo”.
A su vez los que torturaban para confesiones y los que enterraban nunca estaban en contacto con él.
Sin embargo, luego de la reapertura, sus trabajos continuaron, aunque un poco menos, o quizás más espaciados. Fue entonces, en que su seguridad con respecto a los milicos cambió a una posibilidad más entre muchas, más allá de que luego le pareció ver en un affiche con los rostros de los desaparecidos (“los que se conocen”, pensó él), a dos o tres de sus víctimas.
Quizás seguían siendo ellos, quizás lo habían “recomendado” a otros -incluso a sus detractores-, quizás nunca habían sido los milicos, quizás nunca fueron los mismos y sólo fueran una empresa multinacional contratada por cualquiera, como esas de las que su hijo que se pensaba un intelectual rebelde mientras era mantenido, hablaba todo el tiempo. Una empresa de la muerte… ¿Cómo saberlo? Nunca supo ni si quiera quiénes eran los pobres desgraciados a quienes “limpiaba” con fineza y discreción total, como precio a pagar, por su primera y única vez voluntaria en que mató por placer y venganza de la que lo separaban casi cuarenta años.
Cuarenta años en que las pesadillas no lo habían abandonado, las pesadillas como una picana en los testículos dónde se agolpaban frente a él, sufrientes por la eternidad, caras con los ojos vidriosos por el llanto, rostros de muertos y muertas deformadas grotescamente por el horror y la impotencia. Se entremezclaban a las caras de sus víctimas, la que él imaginaba que ponía cuando era niño y fingiendo el llanto, le prometía a su madre que era “la última vez” que le pegaba a su hermana de esa forma o la asustaba para molestarla y hacerla llorar, que a su vez, se mezclaba con el rostro de la primera vez de su mujer, en que terminó brutalmente desvirgada y golpeada, con el vestido de novia empapado de sangre y lágrimas. Se entremezclaban a los rostros de su esposa y su hermana, gritos de desesperación, sobre los cuales de igual manera, el llegaba al orgasmo, eyaculando sobre los cuerpos que en un rato estarían muertos y fríos, aún antes que su semen secándose sobre senos duros y violetas como bloques de muerte.


Llegó entonces al lugar donde había sido su primera vez con “Ellos”. Dudó que el edificio aún estuviera en pie. Cuando descifró la primera pista que le mandaron pegada en el diario un día en su puerta, dudó de que en vez de los predecibles barracones en medio del campo, utilizaran una metalúrgica industrial casi en el centro de la ciudad.
Cuando entró a la fábrica -que ahora era una ruina donde las ratas ni siquiera dejaban vivir a los travestis y bichicomes de la zona-, por una ventana que aún después de cuarenta años no estaba tapiada y por la que volvió a entrar, encontró a la encargada administrativa en una oficina pobremente arreglada, sola, durmiendo de aburrimiento aún debajo del ruido ensordecedor de los trabajadores arriba.
Cuando la volteó de golpe con el cortaplumas con el mango envuelto en un pañuelo contra su cuello, en un segundo ambos comprendieron todo y mientras le habría una sonrisa de sangre en la garganta, vio las lágrimas saltando de sus ojos, como un pedido de piedad, como una queja más terrible que cualquier grito y vio y sintió al mismo tiempo, contra sus piernas, el abdomen abultado por cinco meses de embarazo.
Ahora, cuarenta años después la ventana del fondo, rota y filosa, era la única sin tapiar. El pelo se le llenó de telarañas y en seguida sintió las alimañas huyendo de la invasión y picazones corredizas por el cuerpo, que delataban seres pequeños como garrapatas o mosquitos. La oscuridad era total. El olor a mugre y encierro lo hicieron sentir un pequeño desvanecimiento. Guiándose por el tacto en las paredes, encontró un interruptor de luz que no servía, entonces, debió iluminar el lugar con el encendedor que llevaba en el bolsillo.
Inconcientemente, pidió la protección de Dios pensando en qué sería lo que iba a ver.
Había empezado a fumar a la tercera o cuarta vez. No demasiado, pero lo suficiente para sentirse esclavo del cigarrillo para aplacar su tensión permanente ante una nueva ocasión. Lentamente, los cigarrillos se convirtieron en un a obsesión y en casi su única forma de soportar la vida.
Cinco años atrás, luego de ser un desinteresado total de la religión toda su vida, al punto de ni interesarse por saber lo que era el agnosticismo, una almacenera a quien despertó en una calle desconocida a las tres de la mañana, pidiéndole por favor le vendiera cigarrillos con una cara de desesperación que asustaría a cualquiera, mirándolo compasivamente y con un falta de miedo demencial, le dijo:
- A usted le está haciendo falta una cajilla de Dios, hermano.
Y le extendió un folletito colorinche, con dibujos casi de propaganda mussoliniana.
Lo leyó fumando dos cigarrillos. Hablaba de cómo el demonio se apoderaba de los hombres, justamente haciéndoles pensar que no existía, para que no pudieran luchar contra él. Decía también que todo hombre podía luchar incluso contra el demonio, si recurría a la gracia de Yavéh Todopoderoso.
En cuatro semanas de desesperada búsqueda de redención, escuchó como el orador gritaba enloquecido mientras algunos acólitos entregaban a los demás fieles el agua de la purificación:
- ¿Y quién quiere ser entre todos los políticos este señor Bush? ¡Él quiere ser Dios hermanos, pero él no es Dios, no tiene poder para decidir sobre nuestras vidas y no posee, la gracia y el poder total que Dios tiene sobre el mundo! ¡Él es un demonio que sirve a Mammón, el demonio que tienta los hombres con las riquezas materiales que pierden el espíritu! Hermano, y hasta los demonios como Bush deben obedecer a Dios Todopoderoso, como Samael, que siembra la destrucción y la muerte que Dios no puede cometer para no manchar sus manos, pero sólo si Dios lo quiere y por que así lo quieren designios que nunca los demonios conocerán; y todo mal que Satanás haga sobre la tierra, e incluso cuando Satanás tentó a Jesús, respondía a un plan de Dios, para probar a los hombres que él todo lo puede y qué quien lucha contra los demonios lo consigue…
¡Por eso hermano purifícate! No importan tus pecados del pasado… ¡Purifícate! Cuando veas hermano, al demonio que posee a tu vecino envidioso, a tu compañero de trabajo, a esa mujer que practica la brujería, piensa…
Su mente entonces, quedó pensando en Samael. Quedó pensando en Dios, en el plan sagrado del universo y quedó pensando en por qué no, él fuera como Samael y hacía el trabajo para que otros no se mancharan las manos, por qué quizás él no podría ser el vengador de Dios sin saberlo, por qué quizás no sería un demonio, sí, pero un demonio que Dios necesitaba para limpiar el mundo de personas inicuas cómo él desde que mató a aquella paciente…
Esa noche soñó con que Dios venía a él como una luz casi insoportable y señalándolo con su dedo, lo nombraba Samael.
Despertó entonces con un furor que nunca había sentido en su vida, un furor sólo igualable -quizás- al que sintió en su primera vez. Y supo que estaba salvado.
Sin embargo, a los dos días la policía procesó al orador. Él se enteró por el informativo, de todo lo que éste hacía a las personas que iban con él mismo al templo, sin que si quiera lo sospechara, oyó un a confusa lista de chantaje, abuso sexual y sicológico, amenazas, tráfico y lavado de dinero. Aterrorizado, corrió pensando en salvar su alma, pensando en los demonios que manejaban al orador para ser introducidos en sus fieles haciéndoles creer lo contrario. Y corrió a la iglesia católica.
Eran las once y diez de la noche y el cura abrió sólo una rendija de la puerta, luego de que él casi la derribara a golpes y gritos. El cura dijo que no podía a esa hora y él comenzó desesperadamente a decirle todo –todo incluso lo que había hecho hace años-, en una forma entreverada e histérica. El cura trataba de decirle sobre sus gritos que de todas formas no era horario, hasta que levantó la voz también y él oyó:
-Retírese o llamo a la policía.
Desesperado, le explicó que se había dejado poseer por un demonio, que se demonio se llamaba Samael y que hacía el trabajo sucio para que Dios no manchara sus manos, entonces el cura entre risueño, furioso y asustado, le dijo:
- Entonces no se moleste en venir, usted pertenece al Demonio y se irá al Infierno.
Y acto seguido cerró la puerta con un golpe colosal.


La luz del encendedor alumbraba unos centímetros delante de sus narices. No quería recordar aquel terror aún irresuelto, el de no saber que era él mismo, no saber que pasaría con su alma si existía ese Dios en que no sabía si creía. Si era una pieza en el ajedrez de Dios, o sólo un demonio hijo de puta al que éste pulverizaría, o si sólo era un asesino manejado por viles y llanos mortales maquiavélicos como el orador. A su alrededor, todo era mugre y suciedad, encierro tumbal. Subió las escaleras, luego de apagar el encendedor un rato, para no quemarse los dedos.
Pensaba en que le depararían esta vez, en si tendría que matar a un pobre viejo gordo como él, incapaz de defenderse o a un joven que ofrecería resistencia y que tendría que violar encima. Si sería una muchacha hermosa que él vejaría y aniquilaría, o una anciana casi sin conciencia, o un niño…
La planta de la fábrica era un paisaje de película de ciencia ficción en que el mundo estuviera destruido luego de ser dominado por las máquinas. Los esqueletos industriales herrumbrados y mohosos chirriaban al ser rozados erizándole los vellos de la nuca, mientras todo a su alrededor, se oía el invisible huir de animalejos repulsivos que en cualquier momento lo atacarían y no se veía nada más allá de unos diez centímetros.
¿Por qué no habría confesado su primer crimen lo hubiera pagado con su libertad y su culo durante veinte años y no con esta vida de sufrimiento e incertidumbre? ¿Quién lo vendría a aniquilar, Dios, el Diablo, la policía, Ellos?
De pronto, llegó a una pared y sin quererlo, alumbró un espejo carcomido y medio quebrado con una nota pegada. “En donde fue nuestra primera vez, encontrarás el instrumento y el objeto de nuestro amor”, recordó.
Tomó la nota temblando y leyó: “Todo llega a su fin”. Nada más, ni una ironía, ni una indicación de dónde buscar, ni quién era su víctima. Algo le hacía helar los huesos. Intentó comprender, alelado, pero no fue necesario. Al levantar su vista de la nota, se vio reflejado en un espejo.
Lentamente, sin importarle nada, arrancó un filoso pedazo medio quebrado de espejo, y sin importarle si se equivocaba o no, vio como se abría la sonrisa roja de la muerte en su papada estúpida y pensó: Sí, demonio. Samael.