lunes, 19 de julio de 2010

Cucarachas Chips

Como no hay peor ciego que el que no qiere oir, desatendiendo los olores de los que no comentan insignes creaciones literarias como "El viaje hacia el Bar" y "Doctor Dulces sueños", me empecino en postear mis obras literarias cumbres. en esta ocasión, nuestro blog publica un cuento que me pertence, el cual anteriormente fue publicada en la página de nuestro amigo Rosarino Gabriel Cejas, al cual le choreo la ilustración que tuvo el honor de hacer para mi narración. Si Ud. lee entre líneas, verá que lo que expreso es que no tengo mucho tiempo para dedicarle al blog en creación de cosas nuevas. Es que estoy haciendo a Ataulfo, ya lo van a ver.





I-lustración. Gabriel Cejas.


CUCARACHAS CHIPS


No puedo definir si la pesadilla surgió del asqueroso gusto que tenía impreso en la garganta o, al contrario, si la desagradable sensación en la garganta se originó en la pesadilla que tuve.
Lo cierto es que fue uno de esos sueños de los que no despierto del todo, o, al contrario, un sueño en el que puedo estar consciente y que una vez despierto, entonces no puedo separar de la vigilia.
Estaba en mi antigua casa y con la primera novia que tuve de adolescente, Leticia. Ella y mi madre se quejaban de mi empeño -basado en no sé qué idea delirante- de no matar las cucarachas con insecticida, ya que era un crimen. Y además desaprovechábamos la oportunidad de hacer cucarachas chips.
Aunque asqueadas y bastante indignadas, las dos mujeres terminaron por aceptar dejarme hacer, aunque se negaron a colaborar en la descabellada hazaña. Luego me di cuenta de que esta no tenía nada de ecológica, ni en defensa de las cucarachas, si no que era más bien meramente alimenticia. Una hazaña alimenticia, o más bien culinaria, motivada por el afán de probar mi destreza en ese ámbito.
De hecho, me había inventado una forma de matar las cucarachas que era infinitamente más inhumana que ponerles veneno. Yo las pisaba no sé con qué delicado movimiento del champión y en qué parte exacta de la última sección del cuerpo, haciéndoles reventar algo adentro, hasta que quedaban inmóviles y por los costados empezaban a manar algo como un puré blanquecino, viscoso y maloliente, que supongo serían las tripas de las cucarachas.
Finalmente, una tarde, cuando había logrado juntar un bollón entero de cadáveres de cucarachas descuajaringados y medio podridos, anuncié que mi maravillosa empresa sería llevada a cabo al fin y empecé a freír las cucarachas en el enorme sartén negro que se usaba para las tortas fritas, previo una pasada por masa de marineras.
Las primeras cucarachas chips comenzaron a flotar en el aceite hirviendo, despidiendo un desagradable olor. Unos instantes después, estuvieron ya cocidas y puestas por mí con una espumadera en un bol con un papel secante, volviéndose ahora, además, desagradables a la vista. Todos en mi casa se fueron al patio mientras estuve empecinado en la asquerosa empresa de la que yo mismo me daba cuenta debía abdicar, reconociendo que había sido una chifladura desde el primer momento.
Finalmente, apagué la cocina, sin querer mirar si quiera el bol lleno de insectos muertos y fritos, recubiertos de harina condimentada y cocida, desde la que asomaban patas y antenas y a veces, algo del puré de las tripas de las cucarachas.
La gente comenzó a entrar de nuevo a casa y mi madre, fastidiada, sólo se quedó mirándome, como esperando que le dijera que tenía razón y que había gastado el aceite, la harina y el gas al santo botón, además de haber metido microbios a patadas en todos los utensilios de cocina utilizados.
Pero yo, mejor porfiado que creador de recetas, tragándome mi asco, con completa jovialidad saludé a mi madre, diciéndole: “¿Estabas esperando que terminara?”. Y con una sonrisa estúpida me llevé una cucaracha chip a la boca.
El asco que me produjo aquello sólo lo puedo comparar con el asco que sentiría si viera una cucaracha comiéndose el cadáver de un hombre. Bastaría con que uno se tragara una bola de puré de boniato podrido y grasa pasada, recubierto por algo duro como una placa de rayos equis, que raspa toda la garganta al bajar y se hará la idea de lo que es saborear una cucaracha chip. Y yo, tan soberbio, mientras disimulaba el asco lo mejor que podía, invitaba a mi madre a que se animara a una.


De pronto me desperté en la cama de la casa donde me estaba quedando por unos días, con un gusto asquerosísimo en la boca, gusto a cucarachas chip. Mal del estómago y con ganas de vomitar, me levanté y fui al baño a hacer arcadas interminables, preguntándome como podía vomitarlas ahora, si eso había ocurrido hace años, cuando yo era apenas un adolescente. Sin vomitar, volví a la cama y me acosté, entonces me di cuenta que lo de las cucarachas chip había sido un sueño, o más bien una pesadilla.
Pero no pude conciliar el sueño, no sólo no me lo permitía el terrible malestar estomacal que tenía, si no la angustia de no poder afirmar del todo que hubiese sido un sueño.
Si sólo lo había soñado recién ¿Cómo era posible que mi inconsciente creara de la nada, la memoria de una sensación tan exacta, tan perfecta y completamente distinta a cualquier experiencia de vigilia que pudiesen haber atravesado alguna vez mis papilas gustativas, que perduraba luego del sueño; que aún me llega hoy al recordarlo?
Dando vueltas en la cama, a una vuelta creía estar seguro de recordarlo y de que realmente había pasado y que lo que había soñado recién era un recuerdo de algo realmente ocurrido y a la otra vuelta, lo dudaba e incluso lo negaba y nunca podía estar seguro.
Sólo al otro día, despierto del todo y razonando con un café en frente, me di cuenta de que de seguro el gusto en la garganta me había motivado a soñar con cucarachas chips y a identificar ese gusto con ellas, aunque nunca las hubiera probado. De hecho, la sensación en mi boca era la de un desesperado atracón de papas fritas algo pasadas que me di sin pensarlo, aprovechando la oportunidad de poder comer bien por un día antes de dormirme. De seguro era el gusto de esas papas fritas, quizás combinado con los litros y litros de mate primero amargo y luego ácido que había tomado durante el día.
Mi mente había creado toda una explicación onírica para el mal gusto en mi garganta y boca, así como para mi malestar estomacal y mi creciente pérdida del sentido de la realidad práctica había hecho el resto: nunca mi madre hubiera permitido algo así en su cocina, ni yo aunque lo parezca hubiera llegado aun idiotez tan grande.


Días después, le comenté lo ocurrido a un amigo riéndome, haciendo énfasis en cómo una persona puede hacer una continuidad tal entre sueño y vigilia, cómo puede vivir tanto en una igualdad de planos entre un mundo y otro, que ya no pueda distinguir a veces lo soñado de lo recordado y como quizás la distinción entre sueño o recuerdo es absurda, si de hecho lo que se sueña se vive y de alguna forma, yo sí había comido las cucarachas chips aquellas.
Él sin embargo, como buen estudiante de historia, me explicó que en no sé dónde comen escarabajos, cucarachas y grillos chips, lo cual es para ellos normal y me sugirió que quizás lo que había soñado era un recuerdo de alguna vida pasada por uno de esos países orientales.
Yo me quedé callado, porque desde el momento en que el sugiriera eso y para siempre, no sé por qué, pero no pude sacar de mi cabeza la certeza de que en realidad, yo viví en el sueño algo de una vida futura. De un futuro en que ya casi no exista la vida en el planeta y los pocos humanos sobrevivientes, tengan que alimentarse de las inmortales y omnipresentes cucarachas que ahora desprecian. Y esto no tiene nada de raro, ya que ahora mismo comemos cadáveres de vacas, conejos y tantos otros animales que nos simpatizan. Sólo espero que no esté de nuevo con Leticia ni con mi madre.


Cerca de la medianoche, volví a la casa que debía cuidar mientras sus dueños no estaban. Me sentía algo borracho, no demasiado porque me dio para prepararme una increíble cantidad de refuerzos.
Cuando estaba terminando de engullir el segundo, miré hacia el suelo y me quedé paralizado. Iba a soñar toda la noche con refuerzos de cucarachas. La que estaba ahí, me miraba como burlándose, como sabiendo perfectamente lo que toda su colectividad me hacía sufrir.

2 comentarios:

  1. Hola! Contesté a tu comentario en mi blog y pasé a chusmear el tuyo. Muy divertido el cuento de las cucarachas chips. Una vez mastiqué una babosa por error en la vida real y fue un verdadero trauma, así que me sentí un poco identificada con eso de comer bichos. Saludos!

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  2. Quién sabe, quizás sean nutritivas estas alimañas y uno las discrimine erradamente. Beso

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