viernes, 25 de junio de 2010

EL VIAJE HACIA EL BAR CAPÍTULO VIII



¡El peneúltimo capútulo de la aventura!


VIII
UNA CARRETA LLENA DE LICUADORAS


La noche cayó como un velo de tinieblas sobre los inhóspitos campos donde pocos humanos habían hollado. La naturaleza hermosa, maravillante, que Dios creó para regocijo y consuelo de sus vástagos predilectos, se cernía ahora sobre Bernardo como algo amenazador y desconocido. Los miedos de su alma afligida, sumados al dolor de la pérdida de sus dos entrañables amigos, le hacían contemplar los bultos informes y oscuros que lo rodeaban como un ejército de monstruos rampantes, allí donde horas antes contemplara el más embriagador paisaje silvestre de todo el universo.
Y sucedía, que él contemplaba proyectados fuera de sí, los pesares que embargaban su corazón. Pensaba en todo lo que había ocurrido a partir de unos días atrás y mientras lloraba, gemía en voz baja:
“¡Oh! Yo tenía un bello hogar, en un pueblo donde todos me querían y apreciaban. Era el mejor de mi grado y el más mimado en mi candorosa familia, que mal o bien, más allá de algunas discusiones y alguna prohibición autoritaria de mi venerada madre (¡que yo tan a mal tomaba, pero ahora comprendo, eran tan útiles para evitarme penas y sufrimientos sin par!), era más que una simple familia, una especie de jardín del Edén. ¡Oh sí, Dios! ¿De qué otra manera expresar las delicias y bondades sin fin que yo encontré en el cálido regazo de mi madre y mis hermanas, como en los fuertes brazos de mi robusto padre (cuando me golpeaba hasta desmayarme), que el Señor llevó al cielo tan joven? ¡Era como el jardín del Edén! ¡Oh! Mi padre era como el fuerte nogal sobre el que se apoyan las florecillas silvestres y las zarzas, alrededor de las cuales zumban abejas, mandrágoras, trolls y otros hermosos animalillos buscando el sustento para sus polluelos… mi madre, era como la delicada flor de loto sobre la que se posa la mosca que huye de la planta carnívora en la que se posó su hermana… mis hermanitas eran como otras flores que hay ahí alrededor y que son muy lindas y perfumadas también; tanto que las parejas de enamorados, ante su visión, primero se ruborizan y maravillan ante tal manifestación de la divina presencia del Creador en todas sus criaturas que creó, luego, piensan en tomar algunas de esas florecillas para así, obsequiarlas a su parejas y finalmente; deciden quedarse con la flor para ellos y dejan a su pareja de lado, ante tal arrobamiento, o arrobación. ¡Oh!”
Conteniendo los mocos, Bernardo sollozó y aprovechó para respirar y continuó su largo lamento:
“ Y yo… yo… ¿Qué soy yo? ¡Oh, señor! ¡Perdóname! ¡Oh! ¡Yo soy como el cardo que afea y afeanta todo el conjunto de hermosos conjuntos de pétalos, tallo, pecíolo y otras partes de la anatomía botánica de las plantas vegetales! ¡Oh! ¡Soy como el árbol del bien y el mal que tentó a Eva a agarrar una serpiente y comérsela y como la pecadora… ¡Oh, doblemente pecadora! No conforme con condenarse a sí misma al fuego del infierno imperecedero, con saña, envidia, resentimiento, perfidia y sicilia, obligó a Adán a comer también de tal fruto, condenándonos a todos los hijos de Adán y Eva (que eran ellos), al error, la perdición, el pecado y a tener que comer manzanas… ¡Sí, ese soy yo Señor! ¡Oh!”
“¡Oh! ¡De la misma manera que Eva condenó a Adán y a toda la raza humana a la perdición, yo, con mis alocadas ideas de tomar alcohol, tener aventuras y conocer pueblos lejanos y mujeres con portaligas (tan semejantes a Eva y a aquella María Magdalena, que no era la madre de Jesús, nuestro redentor, ya que esta se llamaba María a secas), no solamente abandoné al sufrimiento y la contrición, la convicción y conflagración a mi amada familia (que quién sabe si volveré a ver), si no que (infelizmente), arrastré a mi mejor amigo (Damián) y una de las mejores personas del pueblo (el sheriff, que no sé como se llamaba), a un destino aborrecible (ver capítulo anterior) y otras cosas (que no vale la pena aclarar)… ¡Oh sí, yo soy el pecador! ¡Oh Dios, perdóname, o si me quieres castigar, como fueron castigados, condenados al desierto los hijos de Caín y Abel, sin si quiera tener la esperanza de encontrar la ciudad de Somorra… ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Yo lo aceptaré y lo aceptaré de buena gana y es más; te conminaré a qué me apliques el doble o el triple de tormento y te apuesto ahora mismo la cantidad que quieras a que me la banco hasta expurgar todos mis pecados! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!”
Sin resistir casi tanto dolor y sufrimiento, Bernardo, quedó -luego de tan largo párrafo-, sollozando sin aliento, expurgando por medio de las lágrimas su pecados y también el exceso de tóxicos en su sangre.
Sin que él lo notara, cegado como estaba en su autopunición, las pequeñas ardillas, mangostas y manatíes que poblaban aquél bosquecillo donde se encontraba, se acercaban y veían su tormento, conmoviéndose y pensando en ayudar al chiquillo, que no era tan malo como creía, sobre todo porque el primer paso a la salvación, queridos lectores, es reconocer los errores y confesarlos ante las autoridades, que en este momento no estaban al alcance de Bernardo, pero que de seguro no deben faltar en el centro comunal, iglesia o asociación social y deportiva de su barrio, así como en las estaciones de policía más cercanas.
Sin embargo, los animalillos no sabían cómo conformar a Bernardo, hasta que éste, liberado y puro como un niño (que era y seguiría siendo por siempre), soltó con un suspiro en el medio de su llanto:
“¡Oh, Dios, pero si supieras… ¡Oh! si supieras que nada lo hice por maldad, que en nada tuve mala intención… ¡Oh! si supieras que todo esto lo hice por la vana e infantil ilusión de llegar al pueblo del alcohol y aunque sea, probar un poquito de esas maravillosas bebidas que tienen todos los más hermosos colores de tu creación insuperable por la coctelería humana! ¡Oh!”
¡Pobrecillo Bernardo! Lo que en su inocencia, no sabía o no recordaba, es que Dios (como los narradores que predominan en la literatura moderna y que por lo general también son heterodiegéticos), es omnisciente, lo cual quiere decir que sabe todo, incluso lo que pasó y lo que va a pasar y lo que no pasó, pero igual espera a ver que hacemos para perdonarnos y todo lo demás, porque tenemos libre albedrío y otras cosas que no se contradicen dentro de una visión teológica más vasta que no puedo explicar acá. Por esto, como no tiene capacidad de acción directa (más que en casos extremos como la iluminación entre otros), había enviado a los animalillos buenos, para que éstos (que a su vez tampoco tenían poderes sobrenaturales), escucharan lo dicho por Bernardillo y se lo comunicaran… ¡Sí! ¡Al hada madrina del niño!
En un buró en un ombú de 250 años de antigüedad, se oyó de pronto los golpes de una cantidad de pequeñas patitas, de animalillos que alegres por la buena acción con la que colaborarían, esperaron ansiosos detrás de la puerta por varios segundos. El Hada, que estaba ocupada en unos trámites burocráticos con un pequeño duendecillo, atendió finalmente la puerta con voz agitada.
Los animalillos alegre, bulliciosa y entreveradamente le contaron al hadilla lo que le pasaba al chiquillo y esta no entendió nadilla y les tuvo que pedir unas cuantas repeticioncillas, hasta que cansadilla, se sentó en una silla y aunque entreverada y finalmente, entendió mente por fin lo que querían decirle.
Y (¡Oh, grata sorpresa!), cuando Bernardo despertó, se encontró con que estaba en medio de la ruta, inexplicablemente. Se levantó de golpe, sobresaltado por las cariñosas palabras de unos conductores de carretas que casi lo habían atropellado, pero finalmente sólo le pasaron por arriba.
Bernardo, que se creía ya muerto, comenzó a llorar y a gritar:
-¡Oh, Dios! No has escuchado mis súplicas y he de merecerlo, ya que soy un pecador. Moriré sin poder pedirle perdón a todos aquellos que tanto me quieren y que sin embargo, he dañado y afligido con mis endiabladas travesuras y que con toda razón quizás ya no me quieran más… ¡Oh! Morir sólo en el mundo, con hambre, sueño, resaca (todavía me dura), sin tomar la deliciosa y fresca leche desde hace días y…
Bernardo calló un momento y luego, como un inocente niño que era, dejó libre su corazón, más allá de su arrepentimiento:
- Y sin ni si quiera tener una gota de maravilloso alcohol, para llevarme a la boca antes de morir (si es que ya no soy un frío y pálido cadáver), de ese elixir de los dioses, por el que ingenuamente corrí y dejé atrás todo… todo…
Y luego, ya no pudo hablar más, dejando correr un mar de lágrimas.
Sin embargo, Bernardo escuchó algo y su sentido común le indicaba que los muertos no escuchan.
Levantó la vista y vio como los dos hombres bonachones que conducían la carreta, lloraban conmocionados con lágrimas que llegaban hasta sus mostachones de color marrón claro como toneles.
Entonces, Bernardo comprendió que lo habían escuchado e hizo un simple silogismo (todas las personas vivas escuchan hablar otras personas vivas, Los señores bonachones son personas vivas y escucharon hablar a Bernardo, por lo tanto los señores bonachones y Bernardos están vivos). Y tal silogismo, fue como ver salir el sol luego de una furiosa tormenta nocturna.
Bernardo, loco de la vida, se levantó y vio que no tenía más que algunos rasguños y una o dos docenas de hematomas, además de haber perdido cuatro o cinco dientes delanteros… ¡Estaba vivo!
De inmediato, los señores bonachones bajaron a auxiliarlo y le ofrecieron todo lo que tenían para resarcir el accidente que provocaron por su impericia al conducir.
- Discúlpanos pequeño mozuelo –dijeron al unísono los señores-, es que veníamos algo borrachos y pensamos que eras una bolsa de arpillera llena de coles de Bruselas. –en efecto, se notaba que uno de ellos además de estar ebrio, usaba unos lentes gruesos como fondo de botella- Como recompensa a los daños ocasionados, siempre que no presentes cargos ante un juez competente, te ayudaremos en lo que necesites. ¡Te daremos lo que pidas!
Bernardo, sin creer aún, que a veces en los trances más dolorosos, Dios se acuerda de nosotros y nos da un fruto de oro colgando de la ortiga, pensó en pedirles muchas cosas, pero antes preguntó creyendo intuir la respuesta:
- Borrachos… o sea, en ese estado de felicidad estúpida en el que uno queda luego de tomar mucho alcohol, por lo menos hasta el otro día, cuando tiene resaca, se acuerda de lo que hizo (o ve las consecuencias y comentarios) y tiene que pagar la cuenta?
- Claro, claro chaval –dijeron riendo los señores-. No es algo que esté muy bien visto (a no ser en entornos socialmente aceptados para ello, como cumpleaños, casamientos Navidad, Fin de Año, asados con amigos, salidas a los bailes cada fin de semana, bautismos, barmitzvas, velorios, entierros, citas amorosas, salidas al cine, salidas a comer, cenas almuerzos o meriendas en casa, al ir a un motel con un amante, etc.), mas la gente ruda pero amable y caritativa como nosotros, lo hacemos siempre. Sabes, nuestro oficio es muy duro, conducimos carretas que transportan licuadoras desde los más lejanos pueblos, hasta el pueblo de San Cavernet, donde las convertimos en máquinas de escribir. Debemos hacerlo aunque nos pese, ya que si no, nuestras familias y tantos chiquillos huérfanos no comerían su pedazo de pan negro y su bota de leche cortada con clericó, ya que el 40% del ingreso bruto de nuestro pueblo es del rubro licuadoril y el otro 80 %, es el de la exportación del alcohol, que por suerte Dios hace crecer hasta en las fuentes de nuestras plazas…
Bernardo se asombró, no podía creer que al fin sus deseos se cumplirían.
-Ustedes… ustedes… ¡Van al pueblo del alcohol! –dijo balbuceando y rompiendo en un llanto, esta vez de felicidad.
Los señores bonachones, compungidos al no entender que no era un llanto de tristeza se disculparon:
- Sí, disculpa muchacho… ¿Mataron algún pariente tuyo ahí?
Bernardo, llorando esta vez de negación de la premisa del interlocutor, contestó:
- No… es que no lo puedo creer, hace días que vengo penando por llegar a ese pueblo, mi aventura comenzó hace días…
Brevemente, les contó la historia que vosotros ya conocéis y finalmente, admirados y con lágrimas en los ojos y las orejas, los dos adultos le propusieron enternecidos:
-¡Entonces muchacho, no nos queda más que llevarte hacia tu sueño hecho realidad!
En momentos, los tres partían llorando de regocijo e intercambiando anécdotas de borracheras y leche, en un largo pero esperanzador viaje hacia San Cavernet, que Bernardo hizo dentro de una licuadora, llorando de viaje.

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