domingo, 20 de junio de 2010

EL VIAJE HACIA EL BAR CAPÍTULO VII



Imagen tomada de "La gallina degollada" de Breccia, sobre un texto de H. Quiroga.


UN EXTRAÑO TREN SE LLEVA A UN AMIGO


Así, un nuevo día comenzó y como siempre, los rayos del sol en el medio del cielo despertaron a nuestros amigos, que poco a poco, se daban cuenta que en su pueblo no hacía tanto calor como creían, ya que cuanto más se alejaban de él, más les embargaba éste. Por la falta de costumbre, apenas podían soportar la temperatura y cada vez les costaba más seguir su marcha. Se encontraban ahora, además de famélicos, bajo los efectos perjudiciales que siguen a una noche de estados alterados de conciencia. Tenían los ojos pequeños y pegoteados, dolor de cabeza y sentían un gran malestar físico en general.
Sin embargo, Bernardo se sentía feliz de haber visto -aunque sea- un adelanto de lo que se vivía en el pueblo del alcohol y atravesaba dichos malestares como una hermosa instancia de crecimiento.
Ambos comenzaron a caminar, despojados como estaban de sus vehículos, por su falta de prudencia con los desconocidos. Al principio no emitían palabras por el cansancio, pero todo estalló cuando Bernardo (sin malas intenciones), preguntó a su amigo Damián cuánto quedaba para llegar a su destino.
Este, ostensiblemente molesto, demoró unos segundos en contestar, mirando con ira a su amigo, sobre todo, porque veía que este sobrellevaba casi con felicidad su atroz resaca, mientras él, desesperaba por una bala que lo reconfortara y alejara el dolor.
- No sé. –contestó finalmente.
Siguieron caminando callados y Bernardo, pensaba en cómo plantear sus pensamientos a su amigo, sin que este se enfadara aún más con él.
- Entonces ¿Cómo haremos para llegar? ¿Otra vez no sabes ni a dónde vamos?
Fue así que comenzó el fin de esta entrañable amistad.
Damián, muy enojado, le contestó que no le importaba ni sabía, ya que sólo estaba preocupado en ese momento porque no tenía balas y eso, le importaba mucho más que ese tonto viaje, que no se le había ocurrido a él si no a él. A su vez, Bernardo le dijo que sí, que se había dado cuenta de que lo único que le importaba a él, en ese momento y siempre eran las balas de m… y que el viaje se le había ocurrido a él, pero nadie le había puesto una gomera en la cabeza a él para que se decidiera a acompañarlo y que además, el que había perdido el mapa, la plata, el triciclo y el buggy, había sido él y no él. Él a su vez, le dijo que él era un m… de m… y que él, no tenía miedo a morirse de falta de lactosa, pero claro, él estaba enojado porque alguien quisiera una bala, como si él no hubiera hecho que por lo menos salieran del pueblo, porque él, si no tenía un mapa no sabía ir ni hasta la esquina y él, le dijo que no era cierto.
Cuando él estaba por levantar la voz, para decirle a él que tenía la culpa él y no él, un extraño ruido detrás los cortó en seco.
Y ahora no creeréis lo que ellos vieron y no os culpo, yo tampoco lo creería. Allí, caminando con paso firme para darles alcance, vieron una figura casi de un indigente. Las ropas estaban hechas jirones y manchadas de sangre, había rasguños por todo su cuerpo, algunos eran largas cicatrices que le daban un aspecto de indio bandolero y su forma de andar estaba un poco renga. Les costó reconocerlo, pero sí, al verlo un poco más cerca lo reconocieron: era el sheriff, increíblemente vivo, luego de una atroz lucha con el tigre albino y completamente abocado solamente a darles caza, como forma de vengarse de la paliza felina que había recibido por la culpa de nuestros amigos; según pensaba él.
Cómo había podido sobrevivir o preguntarle esto mismo fue una posibilidad que cruzó la cabeza de los rapaces, sin embargo, como sabían que de apresarlos la pasarían mal y que ante todo, debían completar su itinerario si querían llegar a poner pie en la tierra de sus deseos (que tantos sinsabores les estaba costando), debían huir de dicho representante de la ley, el orden y el progreso, decidieron alejarse rápidamente.
Como ya se habían acostumbrado, comenzaron a correr para alejarse de su seguro captor, que si bien estaba malherido, no andaba tan despacio, mientras ellos, cansados y abatidos, estaban bastante torpes en su huída.
No obstante, ni bien la persecución comenzó, al dar vuelta apenas la cabeza, Bernardo apreció que el sheriff sacaba del destrozado chaleco una coquitera (seguramente extraída del cuerpo ya sin vida de uno de los viejos muy eruditos y poco amistosos) y la tensaba, con el fin de disparar sendos proyectiles hacia sus desgraciadas cabecitas.
Uno de dichos proyectiles fue disparado y ni bien sintieron el chasquido de la gomita de la coquitera, ambos fugitivos intentaron evadirlo, pero el mismo rozó muy de cerca la pierna de Damián. El segundo coquito disparado alcanzó a este en un brazo. Él herido hizo “Ssss” y aunque le dolía siguió corriendo, mientras ambos miraban hacia atrás previendo un fatal desenlace.
- ¡Por favor! –gimió Bernardo, poniendo voz de bueno y sabiendo que en el pueblo lo querían más- Sólo somos dos jóvenes en busca de aventuras ¿No querrá una persona tan noble como Vd. devolvernos cadáveres a nuestras afligidas madres?
El sheriff -que tampoco era tan malo como aparentaba-, conmovido, dudó en su carrera y bajó la coquitera. Sin embargo, tras un momento de reflexión, volvió a endurecer sus facciones y levantando su arma, gritó:
-¡No cabemos en el mismo pueblo! –lo cual es totalmente comprensible, ya que Bernardo pronunció su apelación a la clemencia con signos de interrogación, siendo sabido que a nivel de las funciones pragmáticas del lenguaje, siempre es mejor afirmar implícitamente que preguntar, habiendo sido totalmente eficaz que Bernardo enunciara: “¡No querrá una persona tan noble como Vd. devolvernos cadáveres a nuestras afligidas madres!”, si bien es cierto que en situaciones que requieren de mayor uso de cortesía y consideración, es más efectivo indicar preguntando (por ej: “¿Me da fuego?”). De la misma manera, si bien el contenido semántico del enunciado del sheriff se comprende dentro de la situación, podría ser desambigüizado por medio del uso del lenguaje recto, ya que el discurso figurado “no cabemos en el mismo pueblo” (metáfora, mas también hiperbole), podría ser no comprendido por alguien poco avisado y ducho en la paráfrasis exhaustiva, ya que en ese momento ninguno de los tres se encontraba en ningún pueblo, por lo que no exisitiría un conflicto justificado hasta que Damián y Bernardo convivieran con el sheriff en un mismo poblado (considérese igual la posición de aquellos que raltivizan la separación entre sentido recto y figurado del lenguaje).
Renovado en sus ímpetus, el señor sheriff comenzó entonces a descargar una verdadera tormenta apocalíptica de coquitos sobre los dos amigos. Estos, corrían desesperadamente tratando de evitar los disparos, pero de cada tres o cuatro que lanzaba el sheriff, alguno les pegaba y les dolía mucho.
Sin embargo, utilizando más maña que fuerza, Bernardo exclamó:
- ¡Mira Damián, si bajamos esa pendiente por ahí hay una vía de tren, donde nos será más fácil huir raudamente de nuestro captor!
-¡Vamos entonces! –contestó rápidamente y sin dudarlo su interlocutor, mientras un coquito pasaba muy peligrosamente por el costado de su ojo.
Como dos ráfagas de viento, bajaron la empinada pendiente, llegando al terreno liso de las vías de tren y a su vez, evitando algo del flagelo de los coquitos que (dado el cumplimiento regular de ciertas leyes ya mencionadas en esta historia) al descender, perdían aceleración y por lo tanto, fuerza de impacto.
Segundos después de que nuestros amiguitos llegaran al terreno llano, sin embargo, el sheriff -que no cejaba en su empeño de capturarlos- también ganó la llanura con su andar renqueante y preparó nuevamente su coquitera. Nuestros personajes creyeron entonces que la persecución no tendría fin y que, por más que resistieran, sólo lograrían aplazar el momento en que los apresaran, arriesgándose incluso a ser muertos a coquitazos.
Bernardo entonces, decidió que lo mejor sería entregarse y ya procedía a decírselo a su amigo.
Pero justo en ese instante, pasó algo inaudito.
Ni bien Bernardo y Damián sacaban sus pies de las anchas vías, el sheriff procedía a posarlos en ellas, cuando una tromba infernal los sorprendió, a la vez que sentían algo como un chasquido de huesos a sus espaldas.
Al darse vuelta para observar, anonadados, vieron una larga carreta de metal negro y herrumbrado, que largaba humo como Damián al fumar sus balas y que siguió pasando por varios segundos a una velocidad increíble. Bernardo, maravillado se preguntaba cuántos minutos demoraría un vehículo así en llegar al país del alcohol. Damián ensanchó terriblemente sus ojos.
Este último cayó de rodillas y comenzó a sollozar, mientras Bernardo lo miraba sin comprender.
- ¿Qué pasa? –preguntó Bernardo.
Sin embargo, con el ruido del tren, Damián no lo escuchó y respondió para si mismo:
- ¡El tren bala! ¡Al fin voy a tener una bala en mis manos de nuevo!
Sin oírse entre sí, ambos vieron al tren frenar lentamente unos metros más delante de ellos.
Cuando las ruedas del mismo despejaron la vía, vieron sobre la misma al sheriff, que ahora presentaba un aspecto espantoso y heridas de las que no se repondría tan fácilmente como al ser atacado por el tigre albino. El pobre sheriff era ahora una estirada mancha roja y viscosa que despedía un desagradable olor y algo de vapor, de la que sobresalían pedacitos de carne picada y huesos astillados, más alguna que otra víscera, de las cuales la mayoría se habían enroscado en las ruedas del tren.
Los muchachos no habían podido si quiera aún asumir la muerte de su amigo, cuando del último vagón surgió un chirrido quejumbroso y vieron abrirse la puerta.
Lentamente, pero de manera constante, comenzaron a asomar miembros cubiertos de ropas raídas en su mayoría, tardando en aparecer los cuerpos a los que pertenecían. Los miembros se apelotonaban en la puerta, sin espacio para bajar, a la vez que de la puerta abierta comenzaba a emanar un olor nauseabundo y grotescos ululares y sonidos que remotamente se parecían al habla articulada de un humano normal.
Nuestros héroes observaron el forcejeo con la boca abierta, hasta que al fin, un amasijo de cuerpos cayó precipitadamente al suelo. Los seres caídos demoraban enormemente en reincorporarse y los balidos subían cada vez más su intensidad, al tiempo que un jorobado, enano, brazicorto y con la cara llena de cicatrices y suturas, aullaba por imitación con su boca desdentada, a punto de caer mientras se aferraba a la hoja de la puerta.
Sin dar tiempo a los caídos de levantarse, una nueva ola de cuerpos comenzó a bajar torpe y atropelladamente del tren, pisoteando a sus compañeros en el suelo y tirando insensiblemente al jorobado para pasar.
Bernardo y Damián contemplaron que el jorobado no era el único ser singular sobre el extraño vehículo. Como un desfile de fenómenos, apelotonados y emitiendo gañidos desagradables, bajaban uno tras otro una serie de deformes, mutilados, mutantes, siameses, inválidos en su más grande variación, seres que apenas se podrían llamar antropomórficos, todos ellos emitiendo extraños sonidos sombríos e incomprensibles y la mayoría con la ropa manchada de orines, materias fecales, baba aglutinada y otros fluidos corporales.
Bernardo, como ante una visión de esas que ilustraban el infierno en la Biblia del Reverendo, comenzó a sentir miedo, se acurrucó contra Damián y preguntó casi llorando:
-¿Qué son esos monstruos?
Pero Damián, enceguecido o algo por el estilo, temblando y con los ojos brillantes repetía una y otra vez la misma frase, como los deformes sus sonidos guturales:
-¡Balas! ¡Balas! ¡Balaaaaaaaaaaas!
Bernardo trató de detener a su amigo, pero éste ya iba casi corriendo hacia el pelotón de inválidos. Luego comenzó a gritarles, tirar de su ropa y hasta arrodillarse tratando de llamarles la atención, pero estos como autómatas, seguían bajando como cucarachas moribundas del tren y apelotonándose en algo parecido a unas filas paralelas entre sí, al lado de la vía. Bernardo gritaba a su amigo que volviera, sin embargo, éste, preso de la locura, se hincó de rodillas ante una mujer sin los brazos y con tres piernas, cuyos ojos estaban desorbitados como los de los enfermos de hipertiroidismo y tenía la boca cosida y le decía llorando:
-¡Balas! ¡Ustedes tienen balas! ¡Es el tren bala!
Pero la mujer, siguió su camino como hipnotizada, pisoteando a Damián, que sin resignarse se aferró de las rodillas de un siamés con una cabeza más chica que la otra y le imploró:
- ¡Déme una bala!
Pero los deformes seguían avanzando como ciegos (unos cuantos lo eran).
Bernardo quiso dar un paso atrás y huir de aquel tenebroso panorama. Pero ni bien movió el pie se detuvo, ya que sintió bajo sus pies la viscosidad liquida que había sido alguna vez el sheriff. Además no quería abandonar a su amigo (si bien habían discutido) en una situación tan peligrosa. No obstante ello, lo que más lo detenía como pegado al lugar donde se hallaba parado e inmóvil, era una extraña y contradictoria fascinación por la pesadilla que veía desarrollarse frente a él.
Ahora, las vías del tren eran bordeadas por unas docenas de inválidos y deformes alineados en tres filas una detrás de la otra, frente a las cuales se había parado un hombre con, los dedos palmeados y algo achaparrado vestido con una chistera y un frac, tal como un director frente a su coro. Y lo más espeluznante de todo, era que realmente era el director de un coro y los inválidos este último.
Luego de unos momentos de preparación, en que los deformes dejaron de ulular y el director alineó su ropa y levantó la batuta, las bocas monstruosas comenzaron a entonar una atroz disonancia a destiempo y con voces gangosas, ultra agudas, roncas -y a veces hasta chistosas- una salmodia incomprensible.
Los primeros tiempos parecían algo de película de terror, pero con el paso de la repetición de los dos únicos versos que constituían la pieza (siempre en el mismo ritmo y compás, sin variar un tono y al tiempo sin lograr nada parecido a la armonía), Bernardo comenzó a entender que cantaban algo, aunque sólo pareciera que gruñeran.
Le costó entender lo que pronunciaban, pero sin embargo, le costó más entender el sentido de repetir tantas veces tal vacuedad:


“Así baila Fernandito,
Fernandito baila así.
Así baila Fernandito,
Fernandito baila así,
Así baila Fernandito
Etc.. etc…etc..”


Dadas las deformidades y taras de cada uno de los ejecutantes, era muy difícil llegar a decodificar la letanía, ya que algunos decían: “Achí bala Penandito”, mientras otros no lograban modular otras letras, habiendo variaciones de todo tipo como “Atí baila Fenandito”, “Azí pala Penandito”, Etc. Etc. Etc.
Pero lo más escabroso, no era solamente las incapacidades lingüísticas de los seres bizarros que las emitían, sino el sentido de tal disparatada e incongruente proposición, además de que ni Bernardo ni Damián, ni el sheriff podían saber de qué Fernandito se estaba hablando, como tampoco (y menos que nadie), vuestro humilde narrador.
La pieza parecía no terminar más. No había intervalos ni variaciones, sólo el repetitivo “Así baila Fernandito/ Fernandito baila así”, que parecía no acabarse jamás, mientras Bernardo miraba incapaz de reaccionar y Damián trataba de gritar -por arriba del coro y tirando de las ropas de los coristas indiferentes- si alguno le daba una bala.
Después de unos cuantos compases, la escena se volvió aún más macabra, cuando los inválidos, rengueando unos, haciendo movimientos compulsivos y espásticos otros, babeando la mayoría y otros haciendo cosas inenarrables y contrarias a la anatomía, comenzaron a imitar un paso de baile que, seguramente, ilustraba el de Fernandito, al tiempo que sin dejar de cantar, se comenzaban a dirigir de nuevo hacia el vagón, como un éxodo de teatro griego.
Bernardo, sin poder creerlo, vio que su amigo Damián, como un deforme más, comenzó a seguir a la procesión y se notaba su clara intención de subir con ellos. Entonces, el muchacho comenzó a correr, para tratar de convencer a Damián de que no hiciera tal locura, pero la montonera de inválidos insensibles (que no abrían paso, ni se daban cuenta de que un cuerpo se interponía en su camino), le impidió llegar a tiempo.
-¡No lo hagas! ¡No lo hagas Damián! –gritó Bernardo con todas sus fuerzas, pero su amigo, apenas se dio vuelta para mirarlo, en ese mismo momento en que ya definitivamente el coro comenzaba a subir al tren sin dejar de cantar, en primer lugar el director y luego, todos los inválidos, sacaron unas enormes balas marrones y largas de sus ropas y comenzaron a aspirarlas de una forma grotesca y babeante, por los costados de bocas a veces no demasiado apropiadas a tal fin; de la misma manera que algunos, se metían las balas en las orejas, la nariz e incluso en algunos orificios menos anatómicamente apropiados.
Damián, con los ojos llorosos de júbilo, gritaba “¡Yo sabía, yo sabía! Era el tren bala!”, al tiempo que se dejaba arrastrar por la marea dentro del tren, Bernardo no pudo llegar a tiempo. La puerta del vagón se cerró y la ventanilla sucia sólo le dejaba ver un amasijo de seres temblequeantes, que seguían cantando cada vez más alto “Así baila Fernandito,/ Fernandito baila así”.
Bernardo intentó golpear la puerta del vehículo, pero era imposible que lo escucharan de adentro.
Pronto, de una forma ensordecedora, el tren comenzó a pitar, acompañando los graznidos del coro y locomotora comenzó a moverse.
Bernardo comenzó a intentar correr tras el enorme tren, pero como sabréis, es inútil que un ser humano intente si quiera llegar a recorrer la misma distancia en velocidad de un ferrocarril, por lo cual sus intentos fueron infructuosos y pronto, el vagón fue sólo una mancha lejana sobre las vías del tren.
Bernardo, se sentó exhausto a llorar sobre las vías. La última imagen que le había quedado de su amigo, era verlo seguir como un deforme más a una manada de deformes, clamando por una bala
Ahora, estaba perdido, no sabía como llegar a la tierra de sus sueños y el extraño tren se había llevado a dos de los compañeros de su travesía.

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