jueves, 17 de junio de 2010

EL VIAJE HACIA EL BAR CAPÍTULO V




LA TABERNA DEL HONGO

He aquí a los dos aventureros, en la noche cerrada, bajando por un monte de dudosa reputación, con hambre, falta de leche y de balas. Sobre todo la falta de balas estaba empezando a poner tenso a Damián. No sé muy bien por qué bajaban si en el capítulo anterior se disponían a dormir, ni por qué se tratan de tú, pero a veces se expresan de una manera menos castiza y más rioplatense, por qué paulatinamente el cuento cambia de estilo y otras cosas más, pero en fin; concentrémonos en sus peripecias.
- No tengo balas. –dijo con una expresión fantasmal.
-Y yo no tengo leche y no sabemos dónde estamos, ni dónde está nuevamente la ruta… Bernardo comenzó a enumerar todos los males que los aquejaban, pero como viera que a su amigo le entraban por una oreja y el salían por la otra, se calló sabiamente.
Continuaron andando un lago trecho, callados y con la vista fija en el suelo. Damián ya delirante casi, dijo nuevamente:
- No tengo balas.
Fue entonces, que de lejos y sin haber pisado la ruta de la que los separaban (por suerte) unos pocos metros, vieron algo como unos faroles brillando en la noche, a la vez que sentían algo como una música lejana, acompañada de risotadas, gritos y ruido a cristales rompiéndose.
-¿Qué es eso? –preguntó Bernardo.
Y Damián le contestó:
-No tengo más balas.
Luego de avanzar unos metros más y ya en la carretera, vieron un hongo gigante, con el cuerpo blanco y con textura al parecer esponjosa, coronado con un enorme techo en forma de sombreo, rojo y con pintitas blancas como de leche sin descremar. Era lo suficientemente grande como para admitir que le hubiesen hecho una puerta bastante ancha y varias ventanas, a través de las cuales sólo se apreciaba humo.
Afuera vieron algunas figuras de mujeres que aspiraban balas y viejos -por lo general sucios y a punto de caerse- que hablaban con ellas, además de alguna persona que salía despedida por la puerta y que después no se levantaba, por lo cual, en frente a la entrada se iba formando una pila, que seguramente aumentara más su tamaño con el correr de la noche (función directamente proporcional).
- ¡Balas! –dijo Damián.
- ¡No! –dijo Bernardo deteniendo su triciclo.
Damián, que también se paró y que había salido de su abstracción, planeando algo en su mente preguntó a su amigo que pasaba.
- Ya sé qué es eso, lo vi en mi viaje anterior. Nunca había visto una con esa forma, pero se nota por el aspecto es una taberna.
- Ah, sí, sí –dijo Damián, haciéndose el entendido y sólo fijándose en el humo de balas que ascendía desde el sombrero del hongo hacia la noche-, una taberna.
- Sí – dijo Bernardo-, son lugares medios raros, no entiendo mucho… la gente va ahí y aspiran balas como si fuera aire y gritan y…
Los ojos del otro muchacho se expandieron y adquirieron una extraña tonalidad.
-¡Aspiran balas! –dijo Damián como enloquecido.
- Sí, lo malo de esos lugares, es que está lleno de gente que te toma el pelo y habla cualquier taradez, como las que te conté que encontré por todos lados cuando hice mi primer viaje, pero lo mejor de todo es que ahí, en las tabernas fue dónde lo vi por primera vez…
Bernardo calló, con los ojos soñadores y Damián esperó a que continuara, pero como no lo hiciera preguntó a su vez:
- ¿Balas?
- ¡No, tonto! –contestó, divertido por la obsesión enfermiza y sicopatológica de Damián- ¡El alcohol! en las tabernas hay alcohol y muchas de esas cosas, como mujeres con portaligas y canciones picantes. –hizo una risita que su amigo no le siguió- y lo mejor de todo, es que si en las tabernas venden alcohol, capaz que tienen leche y … ¡Capaz que saben donde es el pueblo del alcohol!
Ambos amigos festejaron y rieron, decididos a arriesgarse a entrar a esa taberna dónde no conocían a nadie y podían tomarles el pelo hasta que se murieran, aunque ninguno de los dos pensaba que la alegría no era con los mismos propósitos de parte de uno y el otro.
Ni bien se acercaron a la taberna, notaron que los viejos que hablaban con mujeres con portaligas (e incluso los que se agarraban a puñetazos tirándose al suelo por turnos), cesaban en sus actividades para mirarlos.
Sin embargo, ellos, orgullosos y convencidos de que su viaje los había hecho lo suficientemente hombres como para aceptar el reto, dejaron el triciclo y el boggie amarrados firmemente a la entrada y traspusieron la puerta de vaivén bajo la enseña. Tampoco sé cómo Bernardo recuperó su triciclo, pero hagamos las concesiones del caso.
Luego de atravesar la puerta, conocieron un mundo nuevo. El aire cambió radicalmente, ya que en su mayoría lo que se respiraba era humo y a su vez, en comparación con el mundo exterior (tan silencioso en la noche), era un caos de voces, cristales y una música bastante rancia de acordeones, violín y voces destempladas.
Regocijados y con los ojos abiertos en todo su diámetro, los rapaces comenzaron a balancearse hipnóticamente por el ambiente creado dentro del lugar.
Caminaron entre filas de mesas redondas, pobladas por señores de largas barbas y con aspecto de rudos, riendo a mandíbula batiente con pocos dientes y empujando a sus regazos (de manera muy poco cortés) a doncellas que de inmediato parecían rechazarlos, de manera muy poco convincente.
Nuestros amigos llegaron a la barra, que no estaba demasiado limpia y acodados a ella, buscaron con la mirada llamar la atención del cantinero, pero éste parecía no verlos.
Pasaron aproximadamente diez minutos y aunque los chicos -sin hablar casi entre sí-, llegaron incluso a levantar el dedo índice en señal de que querían ser atendidos, sus expectativas no fueron satisfechas.
Al final, un anciano con aspecto repulsivo se sentó en un taburete como tres veces más alto que él al lado de los chicos. Con un gruñido, hizo que al segundo, el cantinero estuviera en frente de él mientras limpiaba un vaso con un paño lleno de grasa, que sacaba los restos de alcohol y agua y dejaba la grasa. Con un gruñido de cada uno como conversación, al momento el viejo estaba con un vaso lleno de un líquido parecido a orines de cabra, donde flotaban unos pedacitos de grasa.
Los chicos lo miraron de una forma tan anhelante, tan entusiasmada… ¡Oh! ¡No sabría como explicar la felicidad embriagante que sintieron nuestros protagonistas, de la misma forma, que ellos mismos no supieron reconocer ese sentimiento que comenzó a efervescer en sus corazones, similar a la primera mirada de amor hacia una chiquilla del pueblo…
El viejo dejó caer una ceja, al tiempo que detenía al recorrido del vaso a su boca, dejándola abierta y haciendo asomar un diente interrogativo. Durante unos dos o tres minutos, el trío continuó en la misma posición, mientras detrás de ellos, la gente seguía cantando mal, tomando alcohol y fumando balas, al tiempo que las doncellas coqueteaban con los viejos que no caían al suelo empujados por sendos puñetazos.
Finalmente, el venerable anciano se decidió a compartir algo de la sabiduría propia de su larga edad y experiencia por los caminos del señor y le dijo amablemente a los niños:
-¿Qué miran?
Ambos mozalbetes, emocionados y algo temerosos de quedar mal con su interlocutor, dudaron un instante, sin embargo Damián (que era el más avispado y ducho en picardías de los dos), contesto al insigne geronte:
-¡Solamente mirábamos la buena elección de su bebida! –dijo Damián dicharachero y desplegando una amplia sonrisa- Como verá –continuó-, somos forasteros en este lugar y pasábamos por aquí buscando algunas balas y…
El viejo, que hasta ese momento no había cambiado la expresión, sin embargo al oír la palabra “balas”, no dejó terminar a Damián un párrafo que de otra forma hubiese sido extenso hasta el hartazgo. En ese mismo momento, siguió sin cambiar la expresión y sacando una uzzi con silenciador y mango anatómico, les apuntó y comenzó a disparar.
Ambos mozalbetes fueron supremamente veloces. Asustados y sin comprender lo que pasaba, pero con los nervios ya curtidos por sus varias aventuras en los caminos, se tiraron al suelo, haciendo que las balas rompieran varios vasos. Sanguíneos.
¡Qué conmoción se sucedió entonces entre los nobles parroquianos de la venerable taberna!
Podría referiros detalle por detalle todo lo que acaeció en dicho momento, como pormenorizadamente se hizo la secuencia sumamente descriptiva e introductoria de los chicos llegando al lugar dentro del cual tendrían tantas aventuras. Por ejemplo, contando la discusión que el dueño de la taberna tuvo con el anciano pistolero, reclamándole por la rotura de varias sillas y algunas piezas de caza disecadas que colgaban de la pared, que luego involucró a los chicos, que fueron acusados como causantes indirectos de tal sin sabor por dicho anciano. De la misma manera, podría narrarles como éstos comenzaron a explicar deshilvanadamente, que sólo querían balas y leche, frente a lo cual todos comenzaron a reírse, al tiempo que otro viejo, al escuchar que se reían de los chicos pensó que se reían de él, de forma tal que pegó un puñetazo a alguien que a su vez, tenía un fiel amigo que pegó un puñetazo al viejo que le pegó un puñetazo a su fiel amigo. En ese instante un fiel amigo del viejo, le pegó un puñetazo al fiel amigo del fiel amigo que había sido golpeado por el viejo y entonces, un mal amigo de otro anciano que tenía un buen amigo, aprovechó para decirle una grosería a una doncella, entonces el fiel amigo del señor que tenía un mal amigo, le pegó al mal amigo de éste y luego todos los fieles y malos amigos de todos, se estaban pegando con los amigos de los demás y los demás y sus amigos con éstos. Por lo cual, finalmente, todos se pegaban, mientras las doncellas -como damas respetables que eran- se retiraban algo asustadas por las puertas, llevándose billeteras y otros enseres que antes no tenían.
Los protagonistas recibieron algunos golpes, pero como no tenían más fieles o malos amigos que ellos mismos, que a su vez reprodujeran los golpes que les propinaban, pronto dejaron de ser golpeados.
A su vez, escucharon una serie de escabrosas conversaciones, de las cuales expondremos algunos ejemplos, omitiendo detalles deshonrosos y vocablos procaces como se acostumbra en nuestra historia:
-¡¿Por qué le pegás a mi amigo, pedazo de un hijo de p… y la re p… que te parió?!
-¡Y vos cara de c…! ¿Por qué le pegás al mío? ¡Pedazo de un recontra p… chupa p… que te c… por el c…!
Y allí, otro amigo de alguien, venía e intervenía diciendo:
-¡Pero vos que hablás c… roto, que a tu hermana le chupé la c… y le di por el c… hasta que c… tres kilos de m…, porque es flor de p…, que le gusta masticar p…y tragarse toda la leche!
Cuando los mozalbetes escucharon la palabra leche, iban a preguntar como podían hacer ellos para tragársela también, pero desgraciadamente, no pudieron conseguir una información tan valiosa, porque otro anciano, llegó pegando puñetazos y bramando:
- ¡Haceme el favor cara de c… con dientes, que te metés una p… por el c…y la sacás por la c… de tu madre, que es tan p…que come m… mientras se la c… si le pagan diez centésimos y encima te da el cambio!
- ¡P… c… c…. , chupame la p… y la c… mal c… de tu hermana mal c… por el c…!
-¡C… la p… con el c…!
-¡C… m… p…m … c… p…. m… v…. m…. v…. c… c….!
-¡C...m...p...m...c...p...m...v...m...v...c...c... serás vos, p...c...p...c...c...c...m...v...m...c...!
Y discusiones del mismo calibre y lenguaje.
Podría referirles también, como los dos amigos (fieles), como veían que algo malo pasaba por su culpa, comenzaron a sentirse cada vez peor, mientras esquivaban sillas y puñetazos, por lo cual, aún deseosos de leche, alcohol y balas, si embargo, preciando más la vida que Dios les había dado, aprovecharon una distracción y huyeron junto con las damiselas.
Ya fuera de la taberna, algunas de las damiselas, maternalmente preocupadas por ellos, les hicieron varias preguntas risueñamente, sobre la leche y otras cosas, lo que llevo a varias horas de extrañas actividades y desventuras de todo tipo para nuestros protagonistas, las cuales terminaron en que ambos quedaron tirados en algún monte en un estado calamitoso y sin ninguna pertenencia.
Sin embargo, no podré contarles nada de esto, porque el redactor dominical me impone una humilde cantidad de columnas para esta aventura en entregas y ya me excedí demasiado en detalles innecesarios en el comienzo de este episodio.

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