miércoles, 16 de junio de 2010

EL VIAJE HACIA EL BAR CAPÍTULO iv



Imagen de Talthec


EL ÁRBOL DEL TIGRE ALBINO


Así, las horas pasaron y al llegar el sol a la mitad de la bóveda celeste (que ese día se presentaba realmente celeste y límpida), su luz iluminó el rostro de nuestros dos aventureros, abriendo sus párpados somnolientos. Sí, somnolientos, dado que no habían podido conciliar el sueño en casi toda la noche, ya que el bosque no era un lugar acogedor ni adecuado para pernoctar. Fueron asediados por insectos bastante más grandes que los que había en el pueblo, además de perturbados por corridas de sombras de animales salvajes muy cerca de ellos, sumándole a esto, que el bosque en que estaban no era de simples álamos, si no de álamos risueños, que se pasaron a las carcajadas toda la noche, no dejando conciliar el sueño a los infortunados viajeros.
Se decidieron a levantarse, con los ojos pegados, pero como ambos estaban exhaustos, se quedaron unos momentos más, sentados contra el tronco del árbol que acunó sus dulces sueños la noche anterior.
Damián, que había dormido un poco menos que su amigo, casi inmediatamente, tomó sus balas y encendió una. Luego miró la cajilla como siempre y dijo apesadumbrado:
- Sólo me quedan tres balas.
Bernardo, calculando sin comprender, le preguntó:
- ¿Pero cómo? Anoche te quedaban seis…
- Es que no me podía dormir… estaba muy tenso y me fumé dos más… no sabés la fuerza que tuve que hacer para no fumármelos todos… lo hubiera hecho, si no fuera que no sé hasta cuando voy a conseguir… -su frase terminó casi en un lamento. Le temblaban un poco las manos.
- ¿Qué haremos? –preguntó Bernardo, algo temeroso- ¿Sabes dónde estamos? ¿Cómo vamos a llegar…
Damián estaba preocupado también, pero le costaba salir de su abstracción.
- Tendríamos que tratar de salir a la carretera nuevamente, cruzando el bosque para el otro lado, la carretera hace como una vueltita alrededor y sigue por allá –dijo, señalando para allá.
Bernardo no dijo nada, pero pensó que lo mismo había pasado ayer y que Damián no tenía idea.
- ¿Cuánto demoraremos? –dijo Bernardo angustiado por la falta de leche.
- Y … no sé… tres días…
- Lo mismo dijiste la otra vez…
Damián fingió ofuscación y pensó “Entonces sigue solo”, pero no lo dijo. Quería disfrutar lo mayormente posible de su bala.
- Sólo me quedan tres balas –dijo Damián angustiado.
Bernardo, sin oírlo dijo como para sí:
- Quiero tomar leche.
Finalmente se levantaron a la voz de “Dale m…, capaz que en el camino conseguimos donde comprar leche y balas” de Damián, lo cual está muy mal, porque nunca se le debe decir m…, ni p… de m…. a un amigo. Aunque tenga pelo largo y no juegue al balón.
Mientras atravesaban el verdoso bosque, se deleitaban con el trino de los pájaros y la contemplación de la naturaleza. Los pocos rayos solares que atravesaban las frondosas copas de los árboles, les permitían vislumbrar pequeños roedores asomándose de sus madrigueras, como curiosos de ver pasar a tal extraña pareja, así como vieron también restos óseos -de vaya a saber uno qué-, mezclados con cuchillos oxidados y ropas de mujer raídas. Frente a tan bello panorama, los dos amigos no intercambiaban una palabra, ya que estaban cansados de su larga travesía. Ambos tenían hambre y temblaban pensando, el uno únicamente en leche, el otro únicamente en balas. Por eso, quizás, su pedaleo en el triciclo y el buggy -respectivamente- era tan lento y quejumbroso.
Entonces, en un claro del bosque la salvación los vino a encontrar en forma de árbol.
Cuando lo vieron pararon de pronto y al unísono, mirándolo asombrados.
Era un enorme frutal con una copa espiraloide y abundantes frutos amarillos y negros, sazonados por el aire primaveral y el hambre de los dos compinches.
Saltaron tomándose de las manos y festejando, e inmediatamente, tiraron sus vehículos por tierra y comenzaron a saborear los deliciosos frutos que estaban caídos al lado del árbol.
¡Qué satisfacción sintieron, luego de un opíparo almuerzo, que mitigaba el hambre de tantos días atrás!
Luego de tal atracón, los dos muchachos se disponían a dormir una tranquila siesta, cuando a Damián se le antojó prender otra bala para conciliar el sueño. Lo hizo, pero extrañamente su yesquero tuvo una extraña reacción fisicoquímica y estalló luego de encendido, de tal forma, que suerte tuvo de que no le arrancara cuatro o cinco dedos, ya que él era muy hábil soltando cosas a tiempo cuando el peligro apretaba.
Bernardo ya estaba adormilado. Más allá de que habían comido mucho, comenzó a sentir un sueño demasiado denso y espeso, luego de la ingesta de tal providenciales frutos y le parecía que veía extrañas manchitas y formas geométricas en el aire. Damián a su vez, con la bala consumiéndose entre sus dedos, sonreía mirando a la nada, con una extraña cara de placidez.
Fue entonces que unos chasquidos sonaron desde el otro lado del árbol. Sin embargo, los dos chicos no los sintieron, extasiados como estaban. De haberlo hecho, hubieran mirado hacia atrás y hubieran visto… ¡Sí al sheriff de su pueblo, junto a los dos viejos muy eruditos y poco amistosos, los cuales luego de indigestarse de frutos, habían caído dormidos hace muchas horas y se despertaron con la repentina e inexplicable explosión del yesquero.
Las manos del sheriff estaban por posarse sobre el poco avisado Bernardo, ya plácidamente acurrucado en los brazos de Morfeo, cuando Damián se dio cuenta y gritando y saltando como un resorte, alertó también a su amigo.
Los otros tres, un poco atribulados recularon de un salto al sentir tal grito y esta milésima de segundo, le dio la oportunidad a nuestros héroes de montar sus veloces transportes y comenzar una desesperada huída.
Al tiempo que nuestros amigos ganaban terreno, los malos demoraban su persecución, tratando de acomodarse los tres en un sólo caballo.
Los muchachos, aún algo atontados, pedaleaban a más no poder, cuando los tres venerables ancianos dieron la voz de “¡arre!”. Sin embargo, el caballo -aún con el peso que soportaba- era muy veloz y en pocos instantes, estaba a punto de darles la captura.
Bernardo ya estaba rezando y pidiendo perdón por haberse escapado de su casa, cuando Damián, viendo una posibilidad de salir de tal amargo trance le dijo:
- ¡Agárrate fuerte de las riendas!
Bernardo no entendió a que riendas se refería, pero sin embargo, siguió a su amigo, cuando como un suicida, doblaba abruptamente y tomaba una pendiente en el verde, más o menos de unos noventa grados.
Ambos mozalbetes sintieron entonces tanta velocidad y vértigo, que casi tenían ganas de reír de lo bien que se sentían cayendo a toda velocidad por la pendiente, pero no se podían reír, porque a los pocos metros caíanse y daban como cuarenta vueltas en el pasto con sus vehículos arriba y tenían que volver a montarlos a las apuradas. Bernardo, que era menos hábil que su compañero, se había rezagado y sus tres enemigos se acercaban peligrosamente a él, ahora seguidos de una extraña mancha borrosa, que los chicos consideraban una lagaña mal sacada. En ese momento, Damián vio, como los dos ancianos con tan florida verba que conocieran antes, comenzaban a sacar sus coquiteras.
Entonces, a la última caída de su amigo, retrocedió y como pudo, lo subió en su Buggie. Aún más pesados, caían más rápidamente, debido al cumplimiento regular de leyes científicas enunciadas por Newton. Mientras, los pies de uno y del otro se incrustaban en el ojo o la axila del compañero, conforme a los accidentes de tan alocado camino.
Damián sonrió al ver que ganaban distancia y que sus captores, tropezándose con el triciclo de Bernardo, se habían caído como una bolsa de papas, costándole más levantarse por su avanzada edad.
Sin embargo, esta alegría duró poco, ya que pronto, comenzaron a sentir desgarradores gritos de dolor, acompañados por parlamentos eruditos y angustiosos como “¡Oh! ¡Hado funesto! ¿Qué ignominiosa muerte me esperara, siendo pasto de una fiera surgida del averno?” y “Avanza hacia mí con la cabeza en alto y con hambre tan rabiosa que hasta el aire le temiese”, etc.
Entonces, Damián y su amigo Bernardo se detuvieron sin pensarlo y miraron que desdicha les acaecía a sus captores.
Y he allí, que sin dar crédito a sus ojos, vieron como un enorme tigre albino, como si estuviera hecho de leche coagulada, hincaba sus despiadadas fauces sobre los miembros del sheriff, mientras con una zarpa retenía contra el suelo -y muerto no sólo de pavor- a uno de los ancianos. La carnicería era brutal y pronto, el níveo pelaje de la bestia comenzó a salpicarse con el rojo de la sangre y difusamente, se veía volar por los aires chorros de carne picada y gritos que se elevaban al aire, en una siniestra sinfonía audiovisual, al tiempo que el caballo del sheriff y uno de los viejos huían despavoridos clamando: “Mientras yo huya, mamá tiene un hijo vivo” e “ijijijijijijijijjjjj” respectivamente.
-¡¿Qué es eso?! ¡Un tigre albino! –dijo Bernardo asombrado, enfrentándose a un ser que el sólo creía legendario.
- Sí –dijo Damián, prendiendo una bala y contemplando el espectáculo sórdido y siniestro. Los tigres albinos son felinos de gran estatura y hábitos de caza diurnos. Su peculiaridad más notable es su coloración blanca, matizada con algunas rayas negras en su pelaje y también sus ojos extremadamente celestes que, clavados con furia asesina en la mirada de sus presas, suelen aumentar aún el terror de las mismas en sus últimas exhalaciones agónicas. Nuestros queridos aventureros se quedaron grandemente perturbados, al ver que sus presuntos captores estaban siendo devorados por uno de éstos, ya que más allá de todo, eran buenas personas que sólo cumplían con su deber y con las reglas de la cortesía y el buen hablar.
Sin embargo, como no podían hacer nada más que sacrificar también sus vidas, ante ese ser diabólico enviado por la providencia, concluyeron aprovechar para seguir su camino, mientras el sheriff y uno de los ancianos eran deglutidos por la bestia salvaje, luego de haber estado a un tris de correr ellos también tan desafortunada suerte.
Al anochecer, ya en la ruta nuevamente, se preparaban para buscar un lugar lo suficientemente cómodo como para pernoctar, cuando con tristeza, recordaron la muerte de los dos hombres.
- Pobres.
- Pobres.
-¡Qué injusticia!
- Sí.
- ¿Y de dónde habrá salido ese tigre?
Damián, encendió su última bala y respondió:
-¡No lo sabes tonto! Cualquiera en el campo lo sabe… hay árboles cuyos frutos alucinógenos están guardados por tigres albinos, al igual que los baobabs, y quien osa violarlos es por lo general devorado como dichos frutos por la fiera centinela.
Bernardo, comprendiendo todo, sin embrago quedó con una duda:
-¿Y por qué no nos comió a nosotros también?
- Eso –dijo riendo Damián-, demuestra que las cosas siempre pasan por algo: se entretuvo más con aquellos que por suerte nos perseguían y nosotros así, quedamos libres, lo cual muestra que nuestro viaje debe continuar ¡y que seremos protegidos hasta que éste termine!
Así terminó la frase el joven y ambos sonrieron satisfechos. ¡Cuánta razón tenía!

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