martes, 29 de junio de 2010

dOCtOR dULCeS sUEÑOS CAP. X -FINAL



Imagen: :La conspiración del mundo de Juanito Laguna trastorna el sueño de los injustos" de Juan Antonio Berni.


Pesadilla


Cuando comencé a soñar, increíblemente sabía que lo estaba haciendo, por más que tuviera esa absurda forma de razonar de cuando uno está durmiendo. Siguiendo la misma, me levanté de la cama arrugada como cada noche, con el sol brillando en la ventana del mundo de mis sueños. Me higienicé lo más que pude, dado que el cansancio y el sueño que siempre tenía mientras soñaba me atacaban mucho más que otras veces y finalmente, me fui a trabajar.
Sin embargo, ese día fue una locura. Anteriormente, cuando soñaba, casi nunca recordaba lo que había pasado mientras estaba despierto, pero esta vez sí, recordaba todo, de tal forma que lo importante para mí mientras soñaba era el mundo real, al cual tenía delante de los ojos como una lagaña que empañaba mi visión del mundo onírico. La oficina, los papeles, la pantalla de la ridícula computadora, todo parecía transparente, obsesionado permanentemente por la idea y la imagen del Doctor Dulces Sueños.
Culminó al fin mi jornada de trabajo después de ocho exactas horas, contadas por un reloj cuya marcha era constante y groseramente física. Caminé a mi casa que siempre quedaba en el mismo lugar y simplemente metí la llave en la cerradura de una puerta sólida e inmutable, logrando entrar al instante. Recibí la llamada de mi exmujer reclamando dinero y después me puse a “pasar” ese tiempo inacabable de los sueños, esperando que terminara de una vez. Ese tiempo que trascurre sin saltar nunca. Tomé whisky y fumé un cigarrillo de marihuana mientras miraba el fútbol luego tuve que usar el teléfono para comunicarme con la pizzería para que me trajeran la cena, ya que no podía evitar pensar como en un sueño y querer comer para no morir de hambre.
Al fin llegó la noche. Tomé pastillas para dormir de una caja, pero esta vez, sabía perfectamente que eran para despertar, ya que seguramente, mal dormido, conservaba la conciencia sin poder evitarlo.
Sin embargo, la noche fue un manchón oscuro detrás de mis ojos, convertido en un reseco gusto a resaca, al despertarme nuevamente soñando al otro día, en la cama arrugada.
Comenzando a asustarme, esa noche aumenté la dosis de pastillas, pero nuevamente, en vez de despertar caí en un pozo ciego e inmóvil, del que volví de un tirón al abrir las pestañas con la luz del sol onírico, nuevamente soñando, en la cama arrugada.
Los primeros días estaba aterrorizado, pero como en el mundo real, o quizás peor aquí, nadie pudo explicarme el porqué pasaba, ni ayudarme. Como dije, en una forma mucho peor, ya que en le mundo real, por lo menos podía hablar libremente de que el Doctor Dulces Sueños no me daba las pastillas. En esta pesadilla, sabía por mi lado inconsciente que sólo de pedir ayuda a alguien explicando que este no era el mundo real, me podía traer consecuencias funestas.
Fue así, entonces, que nunca más desperté.
La pesadilla jamás terminó hasta ahora. Intenté escribir esto aquí, en el mundo de los sueños, para rescatar lo poco de cordura que conservo y que cada vez pierdo más visiblemente. Y cuando releo lo que escribí, me doy cuenta cada vez más, que hay cosas que trastoqué, ya que casi no puedo evitar pensar como si fuera una imagen de los sueños. Pero lo peor de todo, es cada vez que recuerdo a Isaac, la Rosa Intestinal y lo que me dijo una vez en el desierto… Comienzo a dudar una y otra vez acerca de todo y entiendo que debo elegir entre renunciar al mundo para no volverme loco en el sueño o pensar que viví sumido en la locura todo mi pasado, para vivir en un mundo que no deja de parecerme un sueño de locos.


Cuando ya comprendí que no podía despertar, busqué ayuda dentro del mundo de los sueños, pero allí, nadie más que el alcohol parecía poder ayudarme. El alcohol era lo que me hacía sentir más cerca del mundo real.
Y cuando digo esto no me equivoco, ya que fue bajo su influencia que algo con sentido volvió a ocurrirme dentro de la pesadilla sin fin que vivía. Que aún vivo.
Caminaba por la calle invernal, bastante ebrio, cuando me crucé con un viejo rojo como un tomate, con una barba blanca enorme y un tapado color mostaza hasta las pantorrillas. Yo estaba a punto de encender un cigarro cuando lo vi y me di cuenta que había perdido el encendedor, todo en uno.
- ¿Tiene fuego? –le pregunté sin anestesia y con la lengua patinándome.
El viejo, sacó un encendedor del bolsillo de su tapado, como quien saca un arma preparada para un asalto que venía planificando hace tiempo.
- Rosa Intestinal. –dijo con menos anestesia que yo y con la lengua patinándosele.


Fuimos a su casa que era en un altillo gris y ruinoso, al que llegamos atravesando pasillos llenos de sombras y criminales fumando pasta base de cocaína, que como ratas ante la luz, entrecerraban los ojos al vernos llegar. Atropelladamente, el hombre comenzó a mostrarme evidencias, a apilar libros y hojas escritas a mano, a explicarme cosas y nombres, todo al mismo tiempo. La mayoría los desconocía, ocupado sólo en la oficina como estaba en el mundo de los sueños, otros los había sentido nombrar, significando para mí, lo mismo que para el resto de las imágenes oníricas de ese mundo los “sueños” que creen tener en las noches, que les hacen olvidar lo que pasa cuando despiertan.
- La puerta de marfil y la puerta de cuerno, mitología griega… “ibant obscuri sub sole”… ¿No te suena? ¿Virgilio? ¿La Eneida? ¿Canto VI? ¿No? ¿Sigmund Freud, el inconsciente, la creación de la materia onírica a partir de imágenes amplificadas de la realidad? ¿Interpretación de los sueños? ¿Calderón de la barca? ¿Matrix?¿Jung? ¿Platón?
-Nada. –dije, recordando sin embargo, algo que no podía precisar y comenzando a sentir miedo y un gusto amargo en la boca, sin saber por qué.
La explicación fue simple y el coherente plan, que además me había presentado un hombre cruzado por un azar certero, me hacían sentir de nuevo en casa, aunque poco creí de lo que me dijo.
El hombre se alza por sobre la naturaleza de tal manera que los nacimientos exceden la cantidad de almas disponibles, por lo cual una sola alma individual se divide en varios cuerpos, con “mentes” que les hace creer ser almas individuales. Sin embargo, como no lo son, están casi a merced total de los avatares espirituales del cuerpo que conserva la parte “con liderazgo” del alma compartida con los demás. Y ahí, comienza la parte absurda propia de los sueños: el hombre me muestra evidencia. Una foto que sacó en la calle a “la niña”, que en realidad es la mujer que dejé llorando sobre el cadáver de Isaac y que viste de monja. El niño, que en el mundo de los sueños es un fumador de pasta base, fotografiado con cara hosca en uno de los pasillos que acabamos de transitar. Yo, saliendo de la oficina en una foto bastante reciente. Isaac, que es “un pintor poco conocido aún en nuestro país”, en la fotito del folleto de su primera exposición, donde se ven los cuadros “Rosa Intestinal”, “Perla Rosada” con la niña cuando era niña, pintada delante de una perla rosada gigante y la promisoria “Doctor Dulces Sueños”, donde “…parece llevar al reino de las artes plásticas las figuras de las animaciones de Tim Burton, con la constante de su técnica de pintura inspirada en la “onironaútica” ”.
- Atendí mucho mis sueños y llegué a una conclusión después de veinte años de auto psicoanálisis, de alucinógenos, de leer libros de alquimia y mitología y de buscar señales por toda la ciudad con una cámara de fotos…
Puso frente a mi cara la foto de un hombre mayor, con cara de facciones secas y trastornos sicológicos, el cual trasfigurado a una animación de Tim Burton, sería la viva imagen del Doctor Dulces Sueños.
- Este psicótico de mierda aprisionó nuestras almas desde el nacimiento de cada uno de nosotros en su único sueño psicótico, repetido por toda su vida, en su fantasía delirante de ser el rey de un mundo semidesértico donde reparte pastillas y donde las calles tienen enormes muros grises y el agua es arena… ¡Este desgraciado torturó cada una de las noches de mi vida con el mismo sueño traumático, del que cada día desde que fui un poco maduro desperté con la idea de que este mundo era el falso y aquél el real! ¡Este desgraciado me tiene hace más de veinte años, desde que comencé a descubrir todo, encerrado durante varios años por noche en cámaras de tortura, donde muero cada noche, una y otra vez! ¡Este es el idiota que tenemos que matar para ser dueños de nuestros sueños de una puta buena vez! –terminó gritando, mientras pegaba un golpe a la mesa, arrepintiéndose luego de arrugar la foto y alisándola con parsimonia.


No sólo fui el único con el que pudo hablar civilizadamente, si no que acepté hacerlo. Los días anteriores al fijado para el asesinato, comenzó esa horrible sensación de miedo que ya jamás me abandonó. Esa angustia borboteante detrás de cada vez que sonreía pensando en la trascendencia que la imagen de gabardina mostaza daba a un sueño, cuando yo, simplemente tenía ganas de matar una imagen onírica del Doctor Dulces Sueños. Y allí, subía el ácido a mi garganta y recordaba lo que había dicho Isaac en el desierto y comenzaba a dudar si no sería real. Luego, pensaba que esa conversación con Isaac me había hecho desarrollar ese tema dentro de la pesadilla en la que ahora estaba atrapado, pero cuando me daba cuenta que estaba usando el método de Freud al revés, gracias a las malditas explicaciones del viejo; comenzaba a pensar que estaba loco, loco en el mundo real, pensando que éste era un sueño; una pesadilla.
Acepté matar al “Doctor dulces Sueños”. Qué más me daba matar a un sueño. Sin embargo, aunque –como dije antes-, mi conciencia no me abandonaba dentro de esa pesadilla con lógica de pesadilla, pronto comencé a sentirme coaccionado por la moral, el miedo y la idea de que lo que iba a hacer estaba mal o era peligroso, tal como si estuviera totalmente entregado al sueño y pensara que éste fuera real.
Finalmente, el Doctor Dulces Sueños hizo su salida semanal de la enrome mansión en donde vivía. Como en el mundo real, era una figura de cera vestida con un largo tapado negro y acribillado a verrugas, sólo que con forma “humana” como corresponde a los sueños.
Caminó hasta el costoso auto negro que usaría para hacer las compras con que sobreviviría otra semana completamente encerrado con la sola visita de la empleada para cocinar y limpiar martes, jueves y sábado.
Lo miré antes de comenzar la caminata que culminaría con un cuchillo ensartado en sus tripas, lo miré y volví a pensar que sólo de esa forma quedaría libre de él en el mundo real y al fin despertaría y todos seríamos libres de él, de conseguir las pastillas cómo pudiéramos, aunque fuera por medio de las puertas invisibles del desierto, o simplemente no durmiendo nunca más, pero derrocando de una vez al fantoche atroz que -les mostraría a todos- había sido el Doctorzuelo.
- ¿Qué peligro va a haber? –me dijo el viejo- Lo único que puede pasar es que una vez que él muera, los cinco nos quedemos sin alma y muramos también… ¡jajajajaja! –terminando la frase con su exaltada risa de tipo poco dentro de sus cabales hasta para su mundo.
Todo estaba fríamente calculado. Nadie alrededor. Me acerqué a hablarle por la ventanilla justo después de que se sentara. Antes que terminara de negarme la moneda que falsamente le pedí, metí el brazo rápido, atravesé la piel y sentí escupir sangre a los intestinos calientes; retorcí el cuchillo para que el dolor no lo dejara gritar y saqué el brazo y el arma con huellas dactilares de un adicto de los pasillos, todo en uno.
Nos retiramos de las calles desiertas del barrio residencial caminando tranquilamente.
Raúl me dijo que se mudaría del altillo para empezar una vida nueva sin más pesadillas de torturas eternas y que me convendría hacerlo a mí también. Después se fue, aclarando que no lo buscara, ni a él ni a los demás, ni si quiera a la monja, que de seguro era en la que menos podía confiar, que él tampoco me buscaría y que nadie sabía nada.
Esa noche, sólo pude hacerme preguntas. Recordaba en el tacto como había matado a esa persona, ya que no lo miré, recordaba la sensación de la sangre caliente a través del guante ya incinerado y pensaba en por qué no lo había matado el viejo mismo y como había caído nuevamente en una misión parecida a la de la Rosa Intestinal. Me preguntaba si muerto el Doctor en el mundo de los sueños, donde las muertes son definitivas, podría despertar de una vez o si como solía pasar en los sueños, todo lo que me dijo el viejo sería “fantasía”, al igual que mis pretensiones de despertar y que yo abandonara la pesadilla no dependía nada más que del capricho de Dulces Sueños. Y luego me preguntaba si de ser así, si éste aún existiría, o habría muerto allá también. Luego me preguntaba qué me hacía pensar que el delirio de Raúl fuese real y ese tipo en verdad fuera la imagen onírica de Dulces Sueños, o según el viejo, el Dulces Sueños real. Me pregunté por qué el niño y la niña habían decidido no dormir en el mundo real, por qué nunca me había cruzado al viejo en él y sobre todo por qué, por qué el Doctor Dulces Sueños había iniciado todo esto, negándose a verme, negándome una miserable pastilla que él mismo había establecido obligatoria para dormir.
Esa noche no pude dormir y la angustia me hizo temblar y morirme de miedo al acordarme de nuevo de lo que Isaac me había dicho en el desierto y de pensar que fuera verdad.
Pero cuando cerca del mediodía me pude dormir, no desperté como esperaba, ni soñé los “sueños” que creen tener las imágenes oníricas de los que sueñan y esto se repitió todas las noches desde entonces. Comprendí que así, no tenía como comprobar ya cual mundo era real, ni si estaba despierto o dormido, ni cual era la verdad, o si la realidad era algo real y que con lo que había hecho, ya no podría nunca conformarme con creer realidad lo que yo percibía como tal.
Cada día necesito tomar más pastillas para dormir sin que el psiquiatra pueda evitarlo y cada mañana, descubro una nueva verruga en mi rostro que empalidece, sin que el dermatólogo pueda hacer nada. Como de cera.

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