martes, 22 de junio de 2010

dOCtOR dULCeS sUEÑOS CAP. VIII



Imagen: Bleeding Roses, de Salvador Dalí


Rosa Intestinal


Caminamos hasta una piedra. Isaac orinó de espaldas un chorro inacabable, mientras la niña se mantenía en un silencio sepulcral con la cabeza baja.
Pronto, al costado del cuerpo de Isaac apareció una puerta de color celeste claro. Éste la abrió, haciéndome un gesto de que entráramos, cosa que hicimos, con la niña siguiéndonos con la cabeza baja. Nos metimos en una habitación rectangular de unos diez metros cuadrados. De unas pilas informes en el suelo comenzamos a tomar tanta comida, botellas de agua y frascos de pastillas como pudimos.
-Sólo podemos estar un minuto, luego la puerta se cierra y nunca se encontró a alguien que quedara adentro.
Salimos y a los instantes la puerta desapareció. Nos subimos a la piedra y comencé a comer y tomar agua con pastillas anti-cáncer como desesperado, Isaac me imitó y ordenó a la niña a que también lo hiciera.
-Comé y tomá las pastillas para el cáncer con el agua. No voy a volver a tocarte hasta que estés sin cáncer y limpia, concha jedionda.
Cuando la miré, vi que sin que me percatara antes, se había vuelto una mujer algo aniñada o por lo menos una adolescente, similar a la que era en sus sueños, pero más linda, además de que estaba desnuda.
Luego, Isaac se dirigió a mí:
-Gracias. Sin vos no podría haber logrado nada y seguiría vagando en el desierto. ¡Gracias! –me dijo palmeándome.- Yo ya encontré la perla rosada, pero quizás la puerta negra no se abrió porque es mi destino ayudarte con algo…
- Quizás… -dije, pensando en que en realidad, con el secreto de las puertas invisibles podía zafarme para siempre del Doctor Dulces Sueños y volverme un ser del desierto; libre. Sin embargo, me callé por instinto, mientras escuchaba historias que Isaac pronunciaba y yo no retenía, ocupado en pensar y comer.
- Si se vuelve a abrir la puerta negra, quizás consiga que esta vez el Doctor Dulces Sueños me deje volver del todo –cambió el tema abruptamente.
- ¿Volver a dónde? –pregunté, ahora curioso de lo que pudiera tener que ver con el odioso que se negaba si quiera a verme.
- Al mundo real. Yo no elegí quedarme aquí, si no que un día, simplemente no pude despertar y cuando tomo las pastillas que me da el Doctor Dulces Sueños duermo en este mundo pero no despierto en el otro…
- ¿Qué? ¿Qué otro mundo? ¿Despertarte de qué? –comencé a desesperarme, pero ahora fue Isaac quien se asombró.
- ¿Ustedes no saben que están soñando ahora?
La niña y yo no contestamos por unos momentos, pero luego yo lo hice.
- En realidad soñamos dormidos, cuando tomamos las pastillas y por lo que dicen los médicos lo hacemos siempre, aunque no lo recordemos. Ahora de hecho estamos despiertos.
Isaac seguía mirándonos con incredulidad y nosotros sorprendiéndonos ante cada nueva incoherencia que decía. El diálogo se tornaba cada vez más y más lento.
- No, no. Están confundidos muchachos –se rió nervioso-. Toda su ciudad está formada por cuerpos oníricos, cuando ustedes viven acá es porque sus cuerpos reales están dormidos en el mundo real y cuando duermen acá, lo que según ustedes “sueñan” es la vida real…
- ¡La vida real! –no pude evitar reírme nerviosamente como él- En la vida real no pasan cosas irracionales como las leyes físicas y la moral y todas las cosas lentas, rígidas y lineales que… ¡que sólo pasan en los sueños! Esto no es el sueño, es la vida real…
- ¡No lo puedo creer! Yo soy de los pocos mortales que pueden vivir concientemente en el mundo de los sueños, decidí quedarme en éste porque era sacerdote del Doctor Dulces Sueños, pero pensé que ustedes sí sabían que no eran reales… El Doctor Dulces Sueños y todos ahí adentro lo saben…
Resignado, yo dejé que él siguiera hablando y temiendo por encontrarme al lado de ese loco.
- En realidad yo soy un cuerpo onírico creado por mi mismo o alguien que me conoce, o quizás ni me conoce, pero conservo mi conciencia de cuerpo real consciente aquí y ustedes también son cuerpos oníricos creados en el sueño de una sola noche, que permanecen con independencia de que se les sueñe o no. En realidad son partes de sueños… ¿comprenden? Hay miles como vos en distintos mundos, dependiendo de cuantas veces se te haya soñado y dentro de que mundo, quizás vuelvan a soñar con vos alguna vez o quizás no, pero cuando quien te soñó despierta, o cuando despierta la persona de la cual se formó tu imagen onírica, vos siempre volvés a ser parte de él y le llamás a eso un sueño cuando volvés a ser sólo un ser onírico… ¿Qué… ¿Qué pasa acá? Dentro del Palacio del Sueño todos lo saben…
-¿Bueno y si estás soñando por qué no despertás nunca? Cuando yo tomaba las pastillas según vos despertaba, aunque para mí dormía.
-Yo estoy en un aprieto porque caí bajo las leyes del mundo de los sueños y estoy atrapado por un ser muy poderoso en este mundo, que es el Doctor Dulces Sueños… Es un cuerpo onírico muy, muy poderoso y él simplemente logra que yo duerma en este mundo pero no despierte en el otro, así que lo único que puedo intentar es servirlo hasta que se digne a mostrarme la puerta de marfil. Por allí es por el único lugar por el que un onironauta como yo puede volver al mundo real después de haberse instalado en un mundo onírico. Yo cometí la estupidez de practicar la magia onírica sin haber aprendido aún a encontrar la puerta de marfil por mí mismo…
Ya poco interesado en lo que dijera Isaac, dejé que siguiera hablando como un loco y tomé el frasco de pastillas que había logrado sacar de la puerta celeste, entonces, el me tomó la mano evitando que lo abriera.
- ¡Espera! En el desierto debemos dormir por turnos, es la única manera de poder vigilarnos unos a otros de no morir comidos por criatura o sepultados en arena.
-¡Yo ya dormí! –dijo la niña solícita, como cediendo su turno a Isaac.
- Entonces debemos dejarlo a la suerte entre nosotros dos. –dijo mirándome.
No me gustó el perfil de autoridad que el demente de Isaac estaba comenzando a tener, menos con la complicidad sumisa de la asquerosa niña, adolescente o lo que fuera. Sin embargo, debía someterme a su voluntad cuanto pudiera, porque él era por lejos el más fuerte de los tres.
- Perla rosada –le dijo a la niña, alcanzándole una pastilla-, escondé esto en una de tus manos, el que adivine dónde está duerme.
Por lejos, el método era el más patético que se pudiera imaginar, pero la niña hizo lo que se le mandó y obviamente le dio a elegir primero a Isaac, que, obviamente, encontró la pastilla.
Isaac se acostó tranquilamente en el suelo y se durmió, mientras la niña-mujer lo abrazaba y lo miraba dormir arrobada. Entonces, comencé a tomar comida, agua y pastillas y meterlas en un pedazo de trapo que desgarré de mi ropa ya de por sí desgarrada, con la intención de irme de ahí lo más rápido posible y vivir en el desierto para siempre. Las puertas invisibles me alcanzaban para burlar al Doctor Dulces Sueños el resto de mi existencia, en vez de arrodillarme ante él, creyendo mientras que se trata de un sueño, como hacía Isaac.
Sin embargo, antes de irme miré hacia atrás y no pude creer lo que veía. Ella le había levantado la túnica mientras lamía su pene y en su estómago, se podía ver claramente un tatuaje. Este no era nada más y nada menos que una enorme rosa roja, que parecía sobresalir de la carne, cobrar volumen y sangrar con pétalos hechos como de vísceras, o mejor dicho de intestinos. Una perfecta Rosa Intestinal.
Al mismo tiempo -como una señal que me hizo sentir que realmente el Doctor Dulces Sueños estaba detrás, observándonos invisiblemente y riéndose-, vi aparecer en el aire una puerta negra que flotaba a unos centímetros de la arena.
Sin pensar por qué, solté todo lo que tenía en las manos, menos un frasco de pastillas y salté sobre ellos. Golpeé a la cosa y la saqué de encima de la Rosa Intestinal de un manotazo, tirándola de sobre la piedra hacia la arena. Luego, haciendo un esfuerzo para el cual no tenía energía, me cargué a la espalda a la Isaac, como una bolsa de papas. A los tropezones, corrí hasta la puerta, abriéndola de un empujón. La tipa ya se había levantado y se había arrojado a mis espaldas, golpeándome primero y luego, clavándome las uñas alrededor del cuello y tironeándome para atrás. Soportando el dolor y sin soltar a la Rosa Intestinal, arrojé como pude el cuerpo de Isaac dentro de la puerta, aunque quedó con la mitad de las piernas para afuera. Después me di vuelta como pude y esta vez, pegándole muy, muy fuerte a la que había sido niña, la subí a mis brazos, la remonté por el aire y la tiré para adentro de la puerta también. Luego empujándolos, entré yo también y cerré la hoja que nos separaba del desierto.
Una vez adentro, si bien la entrada había sido horizontal, nos encontramos con que la puerta era el piso de una especie de cloaca vertical de unos tres metros de altura, sobre la cual había una rejilla que dejaba pasar luz de antorchas. Volviendo a golpearla antes de que ella me arañara de nuevo, metí en la boca de la niña una pastilla dejándola dormida junto a la Rosa Intestinal. Yo me quedé esperando que alguien nos sacara de ahí. Yo seguía sin dormir.

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