domingo, 20 de junio de 2010

dOCtOR dULCeS sUEÑOS CAP. VII



Imagen: Egon Schiele


Perla rosada


Cuando los soles comenzaron a castigarnos, la niña seguía durmiendo. El desconocido, que ya parecía poder hablar me dijo:
- Sería mejor que empezáramos a caminar.
Yo cargué a la niña sobre los hombros, mientras sentía como sus cánceres me raspaban la espalda. Al iniciar nuestra caminata, no hablamos de nada, pero luego, yo no pude evitar mirar al otro involuntariamente, quizás por lo cansado que estaba de ver sólo desierto. Entonces, note que su vestimenta desteñida y hecha jirones, de seguro había sido una de las túnicas anaranjadas que se usaban dentro del Palacio del Sueño. Sin embargo no me atrevía a preguntar sobre eso, pero él comenzó a contestar cosas solo:
- Me llamo Isaac y anoche estaba a punto de morir, ya que me salvaste a vida, tengo que confiártelo todo, así que podés preguntar.
Yo iba a preguntar, pero estaba pensando en si realmente yo podía confiar en que él me confiaría todo, cuando continuó contestando solo:
- El problema es que el Doctor Dulces Sueños me mandó al desierto a encontrar la perla rosada y hasta que no lo haga, no podré abrir las puertas invisibles, por lo que estoy hace días sin comer, tomar agua o tomar pastillas para dormir o contra el cáncer solar. Estaba por morir…
Sin darme cuenta pregunté con desesperación:
- ¿Qué puertas invisibles?
Isaac, quedó como decepcionado un momento.
-Es que quisiera mostrártelas ahora para que entiendas más rápido, pero hasta que no encuentre la perla rosada no puedo. –hizo una pausa y se detuvo- Es un secreto de profesión, pero prometí decirte todo y mi honor está primero. En el desierto, la única forma de sobrevivir es conocer las puertas invisibles. El desierto todas las noches se repliega y da vueltas sobre si mismo como un gusano, por lo que el que entra no puede salir de él si no es por la puerta negra del Doctor dulces Sueños, que se abre cuando él quiere. Entonces, la única forma de no morir antes de que puedas cruzar nuevamente la puerta negra, es entrar cada tanto a las puertas invisibles. Se vuelven visibles en el aire del desierto cuando orinás de espaldas a alguna de las piedras. Hay varias, de varios colores y cambian de lugar siempre, dentro hay agua, comida, pastillas. Sin embargo, hace días que estoy en el desierto y no puedo usarlas. Me salvaste la vida con lo que fuera que me diste para comer.
Continué caminando anonadado, pensando en la salvación que no podríamos utilizar. Yo no podía orinar ya que no dormía hace meses, al igual que Isaac, por lo que la única que nos podía salvar era la niña, si es que tenía el suficiente líquido dentro como para orinar algo.
Sin explicar nada, la tiré al suelo y le dije a Isaac.
-¡Hay que despertarla!
-¿No es una muñeca? –preguntó él, realmente confundido.
Pero yo ya estaba sacudiéndola y gritándole en el oído que se despertara. Pronto, Isaac entendió y me detuvo.
- No es así. –dijo apartándome. Y comenzó a golpear brutalmente a la niña hasta en los cánceres, que reventaban y largaban una sustancia violeta. Luego comenzamos a golpearla y gritarle ambos, pero estaba profundamente dormida y yo le pedí a Isaac que se detuviera para no matarla, perdiendo entonces nuestra única esperanza.
Nos quedamos sentados y repartimos lo que quedaba de músico muerto, cuando me di cuenta de lo que había olvidado.
- ¡La niña tiene pastillas de dormir escondidas en las bombachas!- grité.
Al segundo, estábamos levantándole el vestido y sacándole las diminutas bombachas de algodón finito con flores estampadas, pero no encontramos las pastillas.
- No puede ser, yo mismo vi como las sacó de ahí ayer y sé que tenía más de dos…
Isaac, que parecía saber mucho más que yo de todo, me apartó, diciéndome:
-No las sacó de sus bombachas.
Rápido, metió dos dedos dentro de la vagina de la niña y empezó a revolvérsela como un monedero, mientras con dos dedos de la otra mano, hacia lo mismo con su orificio anal.
-Creo que acá hay algo. –dijo, mientras retirando los dedos de dentro de la vagina, separó los labios de la vulva, mirando con atención. Lo que había allí, no era una pastilla, si no algo como un bochón de un rosado fuerte y superficie cristalina. Isaac lo tomó en sus dedos palpando su textura y dureza, al tiempo que gritó con júbilo:
-¡Es la perla rosada!
Él no reparó en que de forma automática, ni bien tocó la perla, la niña despertó, gimiendo enloquecida:
-¡Ah! ¡Si me hacés un buen oral te doy una pastilla!
Sin comprender que necesidad tenía Isaac de que la niña le diera una pastilla, ahora que podía usar las puertas invisibles, lo vi bajar como un perro a la entrepierna de la niña y comenzar a lamérsela con una larguísima lengua como de serpiente. Comencé a sentir asco de lo que veía, pero no podía evitar mirar. No obstante la relación entre Isaac y la niña casi no duró y todo fue peor para mí, ya que ni bien el vio que ella se entregara totalmente al placer y estuviera indefensa, sacando un cuchillo de algún lado, le rebanó la perla, extirpándola de su entrepierna, entre aullidos de dolor y un mar de sangre.
Isaac se incorporó escupiendo y pasándose la mano por la boca y la lengua. Luego, limpió de sangre la perla y su propia mano con su ropaje hecho pedazos y la aferró sonriendo.
-¡Dame la pastilla que me prometiste! –dijo autoritariamente a la niña, mientras se acercaba a ella.
La niña, llorando aún, pero ahora, como si se sintiera culpable en vez de dolorida, se levantó inmediatamente y vino hacia mí. Yo pensé que reclamando protección, pero antes de que yo la abrazara instintivamente, ella me metió las manos dentro del pantalón, después dentro de mis calzoncillos y sacó unas cinco pastillas.
-Son todas las que tengo… -le dijo sumisamente y lloriqueando, mientras se las daba en la mano.
Sin contestarle, Isaac comenzó a caminar.
-Seguime –me dijo, acompañándose con un gesto.

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