miércoles, 16 de junio de 2010

dOCtOR dULCeS sUEÑOS CAP. VI



Imagen "Serpientes" por M.C. Escher


El libro en el cielo


Sentí lástima, pero al momento, también me sentí aliviado de que el niño hubiese muerto por fin. La niña, sin embargo, desesperada, sacó de dentro de sus bombachas dos pastillas.
- Al fin se murió y no tengo que fingir más ¡Estúpido!
Dijo y mientras yo esperaba que una de las pastillas fuera para mí, la vi engullir las dos, mientras observaba cómo aquella que yo había conocido con dos perfectas colitas rubias y un paquete vestidito rosado con zapatos blancos, era ahora una muñeca abandonada de las que se encuentran en los sótanos.
Cuando la pastilla comenzaba a hacer efecto me avisó:
- Hace más de un año que no duermo porque no quería, pero ahora que no sé si voy a tener más pastillas, quiero dormir por las dudas de que después tenga ganas y ya no pueda… -los ojos se le agrandaron con ira, dentro de lo poco que la dejaba el sueño que ya la embargaba y agregó- Así que más vale que encuentres a la Rosa Intestinal, porque quiero mis pastillas.
Y se durmió.


A los minutos comprobé que la niña tenía la extraña capacidad de hacer que algunas de las imágenes de sus sueños se proyectaran en el aire cerca de su cabeza. Como todos, soñaba cosas áridas y disparatadas, donde el tiempo y el espacio cambiaban de formas escabrosas y lentísimas. Al parecer ella era más grande en su mundo onírico, había mucha gente a su alrededor, comían y bebían y en un momento, todo se prolongó en una visión de fuegos artificiales que parecía no terminar más.
Aunque me quedé un rato algo paralizado mirando los sueños de la niña enmarcados en el cielo cubierto de escrituras estelares, pronto me di cuenta de que sin advertirlo, estaba entrando en el trance de tres o cuatro insectos gigantes que tocaban flautas a unos metros de mí, en la piedra donde yo había matado a otro bicho-músico y seguramente, deseando comernos como forma de venganza. Entonces, antes de entontecerme del todo, me obligué a cargar a la niña y algunos pedazos del bicho asesinado y a salir caminando pesadamente, mientras la arena me flagelaba todo el cuerpo. Al mirar hacia atrás, vi como el cadáver del niño estaba empezando a dejar de verse bajo la arena, mientras los flautistas comenzaban a bajar de la piedra para devorarlo.
Exhausto, llegué a la enorme piedra con caras de sapos talladas donde nos refugiábamos prácticamente todas las noches. Subí a ella con la niña, que seguía durmiendo invenciblemente, parecida a un cadáver. Al tiempo, pensé que el niño ya había dejado de ser, para siempre.
El cansancio es atroz cuando no se puede dormirlo. Aunque era casi gratificante, que en ese momento, el mismo cansancio fuera tanto como para no sentir el ardor y el dolor de los colgarejos de carne negruzca que me había sacado el sol.
En ese momento, pude distinguir algo entre los últimos torbellinos de arena de la noche, cuando casi salía el primer sol. Era un hombre, cubierto por un ropaje largo hecho jirones, que venía ya cayéndose de hambre, cansancio o enfermedad.
Desde que no dormía, todo me era tan indistinto, que me llamó la atención la desesperación con que -dejando a la niña sola unos momentos- corrí a buscar al tipo que desfallecía. Lo arrastré semi inconsciente hasta la sima de la piedra de los sapos y lo tendí junto a la niña, como formando una colección de personas que semejaban cadáveres. Pronto, le metí unos pedazos de músico en la boca y vi, que con las pocas fuerzas que tenía, comenzaba a devorar, moviendo la lengua como buscando agua de forma desesperada. Le alcancé dos nuevos bocados y cuando los hubo terminado, entrabrió los ojos y susurró con un hilo de voz:
- Me salvaste la vida.
Y luego, se tiró con los ojos abiertos hacia las estrellas, con una expresión como del que se recupera de una borrachera; como si hubiera muerto y le costara volver a la vida. Yo no pude evitar acordarme del niño en ese momento.
Miré hacia el cielo. Las estrellas en el desierto eran letras indescifrables. Todos sabíamos que allí en el cielo desértico había escrito algo, pero sabíamos que quienes podían leerlo nunca lo revelaban. Sin embargo, comprendí al mirar, que tanto él como yo –pero más él, por comer más recientemente la carne del músico- podíamos leer ahora las estrellas, ahora que la luz del sol las estaba ocultando tan rápido, que no terminaríamos de descifrar ni una oración.

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