martes, 15 de junio de 2010

dOCtOR dULCeS sUEÑOS CAP. V



Imagen tomada de trollshop.net


En el desierto


Empezamos a caminar por el desierto, sin más nada que hacer. Durante el día, el sol era tan insoportable, que era mejor caminar que estarse quieto. Aunque uno se muriera de cansancio, caminando lo suficientemente rápido, era posible sentir un pequeño viento que mitigaba un poco la sensación de estarse cocinando vivo. Las horas pasaban y el desierto seguía, seguía interminablemente y a nuestro paso sólo veíamos arena, arena y a veces rocas. El cielo interminable sobre nosotros y en el medio de él, siempre alguno de los soles ardiendo implacablemente.
La noche llegó y entonces el viento sí era real, al igual que el dispar y brutal frío que comenzó a hacer, como lloviendo desde debajo de las lunas enormes y sonrientes. Para evitar morir congelados o aplastados bajo la arena que volaba como aire, comenzamos a caminar dificultosamente, casi sin poder ver, hasta que encontramos una piedra lo bastante alta para subirnos en ella y descansar unos segundos nuestros pies ampollados. Cuando amaneció estábamos casi sepultados en arena.
Ese día no había salido más que el primer sol, así que de día también fue de noche, pero con menos viento y más calor.
Caminamos, esta vez pudiendo mirar el cielo atiborrado de palabras escritas en estrellas, que ninguno de nosotros sabía leer, ya que no éramos seres del desierto. Como el viento no nos ensordecía, escuchamos “la música de los insectos nocturnos”, como la llaman los viajantes del desierto, que más que deleitarme me pareció tenebrosa. Durante esa noche interminable, al llegar la noche de la noche, comenzamos a ver con los ojos ya acostumbrados al viento y la arena, como ahora los ejecutantes, sin vergüenza, aparecían acechando desde lo alto de las piedras monumentales: sapos con dos cabezas que tocaban flautas, serpientes de cascabel que agitaban rítmicamente su cola y siseaban melodías largas y sombrías y ciempiés gigantes que imitaban el redoblar de tambores al salir de la arena y volver a sepultarse en ella vertiginosamente. Todos mirándonos fijamente y esperando que hipnotizados por su música nos paralizáramos para ser comidos.
Nos dimos cuenta de que caminábamos en círculos, cuando nos volvimos a topar con la enorme piedra en que habíamos descansado la noche anterior. Mejorando nuestra visión desértica, vimos que lo que anteriormente nos habían parecido caras de sapos, eran caras de sapos talladas en la roca.
Al otro día volvimos a caminar, pero era ya evidente que nuestros cuerpos estaban deshechos por el sol, tanto, que a la noche el viento nos daba fiebre, la piel se nos caía a pedazos y se nos empezaron a formar unas enormes masas de carne anormales sobre la piel, de colores asquerosos. La sed nos cortaba la garganta al respirar cuchilladas de aire, por lo que hablábamos aún menos que de costumbre. Y el hambre estaba empezando a desesperarnos. Nuestras caras decían lo desesperado de la situación.
El primero en hablar fue el niño.
- Es rarísimo que ya no me muera hace cuatro días, pero con los cánceres que nos está sacando el sol, me voy a morir y ahora para siempre, por que mis padres no están para revivirme… -dijo terminando la frase con un amague de sonrisa, como el que no le había visto nunca.
La niña, en contraste, lucía desesperada.
-¡Necesito una pastilla para dormir! ¡No soporto más no dormir! –gritó rabiosa luego que el niño pronunciara su queja-alegría y cayó de rodillas en la arena, llorando y tirándose del pelo.
Todos nos detuvimos a mirarla. Yo no entendía que hacía que ahora necesitara las pastillas que hasta hace dos días tiraba indolentemente en la arena, pero todo se estaba volviendo tan fastidioso, que aunque no quería, tuve que soltar lo que me guardaba desde que pisé el desierto:
-¡Por favor! Tenemos que tranquilizarnos y pensar una estrategia, si sólo damos vueltas en el desierto vamos a morir irremediablemente –pensé en el niño y vi que igual esa frase no tenía sentido para él. Primero que nada, tenemos que pensar en cómo sobrevivir y después de que hayamos comido algo y tomado agua, en cómo vamos a encontrar a la Rosa Intestinal si ni sabemos lo que es.
El niño me miró con algo como desesperanza o compasión, pero la niña, saliendo de su aflicción como un león que saca las garras me empezó a gritar:
-¿Pero sos idiota? ¿Yo estoy desesperada y vos tenés tiempo para pensar en algo tan estúpido? ¿Cómo pretendés encontrar algo si hacés algo para encontrarlo?
Yo, cortado, me quedé mirándola seguir insultándome gratuitamente con los ojos como huevos duros.
- ¿Usted no es de acá? Todo el mundo sabe que las cosas sólo se encuentran si no se las busca. –me dijo el niño sin maldad.
-¡Está loco! ¡Es un imbécil! –dijo la niña con bronca- ¡Se piensa que estamos en un sueño!
Desconcertado, sellé mi boca para no desatar más la histeria de la niña, que de ahí en más, se hizo insoportable.
Lloró y recriminó nuestra actitud durante horas, sobre todo la del niño, que al parecer tenía la culpa de que ella estuviera ahí ahora y la mía, ya que por mi causa no teníamos comida ni agua.
El niño no dijo nada, al igual que yo. Cuando la niña pareció por lo menos dejar de gritar comenzamos a caminar de nuevo. Ya era de noche y el hambre casi no nos dejaba caminar, al igual que la sed.
- No lo puedo soportar, voy a morir si no duermo… -repetía la niña imparable e incomprensiblemente, una y otra vez con un ritmo regular.
No obstante, cuando estaba a punto de repetirlo por quién sabe cuántos cientos de veces, la callé con una mano sobre la boca. Quiso revolverse y gritar, pero le señalé una cosa achaparrada y antropomórfica aunque casi gelatinosa, que tocaba un shamisen en una piedra, de espaldas a nosotros.
De seguro ella no comprendió pero se calló. Yo tomé una piedra mediana y sin compasión, deshice la cabeza del engendro, que quedó aplastada contra la piedra donde estaba, con el cuerpo sin vida sobresaliendo graciosamente.
Al principio la niña renegó bastante, pero finalmente aceptó comer un pedazo de la “carne” del ser muerto y comprobó su textura parecida a una gelatina y que aguachenta como era, calmaba el hambre y la sed de una sola vez.
El niño sin embargo no comió.
- Moriré esta noche –dijo, mirando las horribles protuberancias que el sol había hecho brotar de su cuerpo.
Luego, quedó tirado en la arena y vimos como en unos minutos, las pústulas se inflaban como globos permanentemente, hasta cubrir el cuerpo del infeliz completamente y luego, sentimos algo que reventaba y las vimos desinflarse. Cuando me acerqué, el niño ya estaba frío y sin pulso, muerto por lo que fuera que había implotado dentro de sus pústulas.

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