viernes, 25 de junio de 2010

dOCtOR dULCeS sUEÑOS CAP. IX



La puerta de marfil


Cuando al parecer se hizo el día, la habitación se dio vuelta y caímos al piso por la rejilla que estaba abierta. Yo pude frenar el golpe un poco con las manos, pero no sé cuánto se lastimaron los que dormían y que empezaron a despertarse.
De inmediato se abrió una puerta por la que entró un hombre de túnica anaranjada (quizás el mismo que la primera vez que estuviéramos en el Palacio de Sueño) y nos señaló una puerta blanca que había justo en frente de aquella por la que él saliera.
Aún algo dormidos, los otros dos caminaron junto conmigo en esa dirección.
- ¡Quiere entregarte al Doctor Dulces Sueños! –dijo ella intentando detener a Isaac, pero éste, empujándola le ordenó:
- ¡Caminá! Él me salvó la vida y le debo mi lealtad, no voy a dudar de él por tus habladurías de víbora venenosa.
Isaac, que ignoraba que era la Rosa Intestinal, no pensó si quiera un momento que las palabras de la niña tuvieran algo de verdad. Yo lo estaba traicionando, pero al parecer él no lo hacía conmigo. No me sentí culpable, si no confundido. ¿Qué sentido tenía lo que él me había dicho? ¿Sería sólo un loco? ¿El Doctor Dulces Sueños le había mentido o también era un loco, o quizás no tuviera nada que ver con los inventos de Isaac? ¿Cómo el Doctor Dulces Sueños no sabía que la misma persona que había mandado a buscar la perla rosada era la Rosa Intestinal? ¿Qué eran y para que quería la perla rosada y la Rosa Intestinal? ¿Por qué yo no podía dormir, por qué no me veía?
Aún podía tener alguna posibilidad de escaparme al desierto, pero ya no quería, ahora, lo que quería era saber. Nunca había sentido que hubiera una verdad que saber, una verdad única con v mayúscula.
Cuando cruzamos la puerta, nos encontramos de vuelta en la sala con la mesa interminable, había cuatro sillas de nuestro lado y el Doctor Dulces Sueños ya nos esperaba sentado en su trono igual que siempre, como si fuera un robot o un muñeco.
Nos sentamos. La niña con cara de torturada, Isaac con la mayor costumbre y yo, decidido a que el Doctor Dulces Sueños no desapareciera por la puerta negra hasta contestar todas mis preguntas.
-La perla rosada –dijo sin ningún entusiasmo.
Isaac, con un gesto triunfal, sacó de algún lugar de su ropa la perla y la arrojó rodando por la mesa con tal precisión que terminó en la mano del fantoche de cera. Éste la observó por un momento, sin demostrar ninguna emoción y luego dijo:
- La Rosa Intestinal.
Isaac abrió los ojos enormemente. Yo, lo más rápido que pude, levante su túnica y mostré su tatuaje. Isaac sólo siguió mirándome sorprendido.
- Muy bien. –dijo el Doctor.- ¿Dónde está el niño?
Me quedé anonadado.
-¡Murió! –dijo la mujer y comenzó a sollozar.
Hubo un momento de silencio.
-¿Y la niña?
-Es ella –dije señalando a lo que ahora era una mujer como de unos veinticinco años.
El Doctor Dulces Sueños me miró fijamente. Por lo menos podía saber que me estaba mirando al fin. Y que me escuchaba.
Levantándose lentamente, me dio una cuchilla sin mango, hecha de algo muy similar a la piedra, aunque más brillante.
- Dame la Rosa Intestinal.
Isaac me miró sin miedo.
- No voy a oponer resistencia. Te juré lealtad.
Sentí miedo y asco, mientras la niña se arrodillaba a llorar y pedir por favor que no lo mataran, ya sin ofrecer sus servicios sexuales a cambio.
De pronto, sin que yo me decidiera, Isaac tomó mi mano y con fuerza la clavó en su abdomen.
- Quizás morir acá sea la única forma de despertar allá –dijo y luego se calló. Calló, aguantando el dolor no sé cómo, mientras yo tembloroso, cortaba dificultosamente un churrasco de sus músculos abdominales, arrancándole el maldito tatuaje de la Rosa Intestinal.
De pronto yo estaba en el suelo, temblando, agarrándome la cara con todas las manos ensangrentadas. Cuando levanté la vista, la niña lloraba aferrada al cuerpo muerto y ensangrentado de Isaac y Dulces Sueños se ponía una servilleta blanca al cuello.
- Las perlas disueltas en arsénico son mis favoritas –dijo como para sí mismo, volcando del veneno sobre un plato donde estaba la perla rosada. Al lado de dicho plato, vi otro con un enorme churrasco al horno, cubierto de salsa y pétalos de rosas.
-¡Mis pastillas! – grité, sin acordarme de su perdón y sin que me importara.
Sin embargo, él siguió comiendo con deleite, mientras se servía vino en una copa.
- Delicioso –dijo al aire, como si yo no estuviera ahí.
A punto de estallar en ira, no lo hice. Era inútil. Él podía todo lo que quería.
- ¡Mis pastillas! ¡Traje la Rosa Intestinal!
Pero él seguía comiendo. Razoné qué quizás no había cumplido con traerla con los dos con que había partido al desierto, por lo cual ya estaba jugado. Nunca podría volver a conseguir las pastillas, a menos que Dulces Sueños quisiera.
Desesperado, corrí hacia el hijo de puta y comencé a golpearlo, pero mis puños lo atravesaron como a un espejismo. Cuando me cansé de pegarle y terminó de comer, chasqueando los dedos, hizo a parecer al niño, que ahora vestía una túnica naranja y tenía aspecto de zombi, diciéndole que me llevara no sé a dónde, porque al instante me encontraba en un calabozo. Las paredes y el techo eran de metros y metros de altura y mirando al infinito no llegaba a verse el final del mismo. Estaba húmedamente oscuro y al lado de las pocas antorchas que había, se veían montañas de huesos amarillentos.


Caminé por el calabozo interminable y nunca encontraba la salida o aunque sea la pared que ya no me dejara avanzar. Pasó tanto tiempo sin día ni noche, que no sé decir cuánto fue. Quizás milenios o varias eternidades o quizás, sólo horas de tanta desesperación que fueron varias muertes de la eternidad para mí. Me alimenté de los cadáveres que conservaban carne y qué nunca supe por dónde llegaban al calabozo, pero sufrí de sed por toda mi estadía. Y seguía sin dormir.
Entonces, en algún Eón de mi estadía en esa celda infinita, vi que entre mis ropas había un frasco aún casi lleno de pastillas de dormir, que había olvidado o quizás decidido no tomar por miedo a morir en manos de vaya a saber qué, en ese calabozo que en realidad olía a trampa.
Sin dudarlo un segundo, las tomé, todas. Eran más de cincuenta pastillas, quizás ni si quiera me harían efecto, por el tiempo inmemorial que distaba desde la última vez que había dormido. Quizás mi destino era no volver a dormir jamás, hasta deshacerme en un charco de agua. Ya no medía posibilidades, ya no tenía intereses, actuaba ciegamente y era imposible que ordenara un pensamiento en mi cabeza.
De pronto, me encontré de espaldas a una enorme puerta de marfil, tan enorme como el Palacio del Sueño o más. Esta se estaba cerrando y yo la acababa de atravesar. Pronto, recordé todo lo que me había dicho Isaac, la Verdad, el Doctor Dulces Sueños, todos los qués y los por qués, pero seguí caminando hacia una cama a unos pasos delante de mí y me dormí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario