lunes, 14 de junio de 2010

dOCtOR dULCeS sUEÑOS CAP. IV



Imágen: Silencio, de Max Ernst


El Palacio del Sueño


Todo fue tan impredecible como automático. Después de tantos meses cuidándome de que no sucediera, simplemente caminábamos en el más absoluto silencio contra las paredes de las calles, cuando al mirar agazapados desde una esquina antes de doblar, vimos a los policías en contrapicado, ya al lado nuestro, de hecho esperándonos. Nos dimos vuelta para correr hacia atrás pero los policías (esos u otros) ya habían llegado a nuestras espaldas. No había forma de distinguirlos, ya que todos eran casi idénticos, incluso cuando entre ellos se mezclaba un gorila amaestrado, que se diferenciaba de los humanos sólo por un poco más de pelo en la cara. Rodeándonos, nos empezaron a pegar con unos palos que al acercarse a la cara parecían panes duros, pero dolían mucho más. Aunque dijimos que no nos negaríamos a ser arrestados -ya estábamos perdidos-, nos siguieron pegando, hasta que cada uno de nosotros perdió un diente; en realidad el niño perdió dos. Al parecer, ese era el motivo para que ellos nos pegaran. Contentos, tomaron los dientes, pero el que parecía el principal allí, pronto cortó la alegría, reclamándolos y diciendo que él se haría cargo de la distribución.
Luego, nos metieron dentro de unos tubos que cerraron en la punta, para que la oscuridad nos llevara bamboleando hasta el Palacio del Sueño. Una vez allí, nos destaparon y nos dejaron solos y encerrados en una sala rimbombante.
Todas las noches los tres formábamos una fila junto con todos los habitantes de La Ciudad, con el fin de llegar a una de sus puertas, donde el Doctor Dulces Sueños en persona nos daba en la boca la pastilla que necesitábamos para dormir, o mejor dicho, se la daba a todos menos a mí. Mil veces habíamos visto desde fuera su simple y majestuosa estructura: un cono gigante de porcelana, con agujeros redondos que servían de puertas o ventanas regados irregularmente. Sin embargo, ahora estábamos viendo La Ciudad a través de los agujeros en el cono y nos asombrábamos de lo distinta que se veía así.
Sólo podíamos estar allí por un motivo: el mismo Doctor Dulces Sueños juzgaría nuestros crímenes.
La espera fue larga. El niño parecía desinteresado, sobre todo porque la peor pena sería morir, cosa a la que él estaba acostumbrado. Por el rostro de la niña, se notaba que ella estaba más preocupada en pensar como salir del apuro que por lo que le pasaría y además, estaba convencida de que lo lograría. Yo no podía concentrarme demasiado en sentirme presionado o con miedo por la situación, ya que lo único que me absorbía en ese momento era el hecho de poder ver al Doctor Dulces Sueños dentro del mismo Palacio del Sueño, o mejor dicho, que él me viera y descubrir el por qué de la negación de mis pastillas.
Nadie habló, parecía que aún nos escondiéramos de la policía por costumbre. Luego de un tiempo que no puedo precisar, vimos aparecer a un hombre como de cera, parecido al Doctor Dulces Sueños, pero mucho más pequeño y menos flaco, además de vestir distinto, con algo como una túnica anaranjada. Desde lejos, nos dijo que siguiéramos la dirección de su dedo atravesando la puerta, siempre hacia adelante. Atravesamos entonces la puerta, mientras él se apartaba hacia el costado para no rozarnos y luego, siguiendo la dirección de su dedo, caminamos por un largo pasillo oscuro y luego por una escalera. Finalmente, encontramos otra puerta muy iluminada, de una madera violácea y siguiendo la dirección de aquél índice la atravesamos. Allí, en una sala con forma de huevo nos encontramos una enorme mesa de caoba lustrada, y en su punta, a metros de donde teníamos nuestras tres sillas, al Doctor Dulces Sueños sentado.
No fue cruel, ni agresivo, ni autoritario. Estaba vestido como por las noches, con su chaqueta ajustada, negra e interminable y su sombrero con la copa casi tan alta como él. Su rostro pálido como de cera, infestado de verrugas, apenas se notaba de tan lejos que estaba y sus brazos anoréxicos parecían escarbadientes.
- Estaban despiertos a la hora de dormir. Para que su pecado sea perdonado, deberán trabajar para mí. Tienen que ir al desierto y encontrar a la Rosa Intestinal –dijo sin ganas y se levantó.
Cuando empezó a alejarse, la niña, desesperada, gritó:
- ¡Si me perdonás te doy esto –y levantó su vestido rosado hasta casi su pecho, adelantando el pubis- si me hacés un buen oral…
En ese momento, el Doctor Dulces Sueños, se dio vuelta recordando algo, haciendo oídos sordos a las palabras de la niña:
- Hasta que la Rosa Intestinal no esté con ustedes aquí y adelante mío, no serán perdonados, ni tendrán pastillas.
Se dio vuelta y siguió caminando. La niña siguió gritando:
- ¡Te hago el oral todas las noches… todas las veces que quieras… y me la trago!
Gritó la niña, mientras nuestro juez atravesaba una puerta blanca que lo alejó definitivamente de nosotros.
Yo quería saber qué podía importarme que no me diera las pastillas si no me las daba igual y si me había visto y qué les importaba de las pastillas a los niños, que no dormían por propia elección, nada me importaba el desierto, por lo que ni si quiera pensé en preguntarle qué era la Rosa Intestinal.
La niña seguía rabiosa y el niño inmutable. Entonces, vino otro o el mismo tipo de cera y túnica anaranjada y nos señalo una puerta negra que no habíamos visto a lo largo del pasillo. La atravesamos y bajamos por una escalera, que en pocos segundos nos había dejado en el desierto.

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