jueves, 27 de mayo de 2010

El Viaje hacia el Bar. Capítulo III: Dos viejos muy eruditos y poco amistosos.



(Imágenes no comprobadas de Bernardo y Damián acomañados de dos damiselas en algún bar montevideano de cuyo nombre no quiero acordarme).


Como este humilde narrador les informara en el capítulo precedente, nuestros dos aventureros, Bernardo y Damián, se habían metido en apuros y el sheriff, con su dura y rígida concepción de las cosas (aunque no fuese un hombre de mal corazón), los estaba buscando ahora, para reprenderlos y regresarlos al hogar. Sin embargo, nuestros protagonistas dormían sin enterarse de nada de esto.
El sol declinaba, cuando nuestros dos queridos amigos sintieron unos escupitajos que los despertaron.
Damián fue el primero en atinar a mirar al lugar del que provenían. Eran las bocas sin dientes de dos viejos con unos sombreros hechos bolsa -que a su vez, estaban hechos con bolsa de arpillera-, que mascaban algo con sus pocos dientes y lo escupían. Vestían unos overoles mugrientos y tenían una risa inentendible por todo lo que decían, que también era inentendible.
Bernardo los miró y dijo con pesadumbre:
- ¡No otra vez!
Damián lo miró sin entender y peguntó:
-¿Otra vez qué?
- Estos viejos de m... Cada vez que hablas con ellos se burlan por todo. Parece que sólo supieran hacer eso.
Damián se rió y no contestó. Sacó de su bolsillo las balas y se introdujo una entre los labios desde la caja, con un movimiento de la mano, tocarlasin. Luego, decidido, fue hasta donde estaban los dos viejos.
Bernardo íbale a decir que no lo hiciera, pero no le dio tiempo. Ya estaba al lado de ellos y los viejos, mudos de pronto, cortaron bruscamente la conversación y quedáronlo mirando como un marciano fuerasi.
- ¿Qué tal viajeros? –dijo Damián con una sonrisa.
Los dos viejos lo miraron un instante, mas luego, sin mostrarse interesados ni corteses, siguieron hablando entre ellos.
Damián, que no se daba por vencido agregó:
- Venimos del pueblo de Santa Clorinda. – interrumpió de pronto, señalando hacia el Este.
Los dos viejos volvieron a mirarlo y luego, se miraron entre sí.
- ¿Ustedes de dónde vienen? –preguntó Damián fumando su bala.
El viejo que estaba a la derecha, miró con algo de tristeza a Damián, mientras Bernardo viendo el desastre se acercaba desde atrás.
- Santa Clorinda está hacia el Nordeste y la dirección que vuestro dedo índice señaló como tal ubicación espacial anteriormente es incorrecta: allí se encuentra el pueblo de Beata Audumla. –dicho esto, el viejo masticó unas hebras pardas que tenía en un cubito en la mano. Y siguieron en una extraña conversación con su compañero.
Bernardo sacudió una manga de la camisa de Damián.
- Vayámonos. No molestes. Se enojarán y te tomarán el pelo hasta que te duela la barriga.
Damián con algo de suficiencia recriminó:
-¡Yo sé como tratar con esta gente! Quédate tranquilo, eso que están masticando es pólvora de balas y de seguro sabrán donde conseguir más. ¿Tú tienes algo de dinero, verdad?
- Sí. –contestó Bernardo, algo rígido- Pero es para leche.
- Quédate tranquilo, tú dámela y yo te prometo que va a alcanzar para la leche.
Bernardo lo miró y dudó.
-Mira, mi madre me dijo que no hablara con extraños y yo la otra vez no le hice caso y…
- Dámela.- ordenó Damián.
Bernardo, arrepintiéndose y ya arrepentido de hacerlo, le dio la bolsita negra llena de monedas.
Damián, triunfal, se acercó a los viejos levantando la bolsita en el aire.
- Compañeros, les tengo una oferta: podría cambiarle 20 gills por algo de pólvora y …
Ambos viejos se miraron ahora largamente entre sí. Luego, se dieron vuelta con mala cara y comenzaron a caminar en dirección a nuestros infortunados héroes.
Con una cara de muy pocos amigos y de enemigos muertos por doquier, el anciano de la derecha, exclamó con voz grave y fuerte:
-Discúlpeme la molestia que le ocasionaré con tanta cantidad de preguntas consecutivas que deberé dirigir hacia su persona, pero si me lo permite, estimado y desconocido caballero:
A) ¿Por qué osa un desconocido dirigirse desenfadadamente a nuestras estimables personas de la manera en que lo hace, no observando el desprecio hacia Vd. Por nuestra parte, no obstante insistiendo e su infame y rahez empeño en aturdir la paz de nuestros espíritus con sus vanas y vacuas prosas?
B) ¿De dónde infiere Vd. Que somos vuestros compañeros?
C) ¿Por qué propone un turbio negocio, a dos personas honorables y respetadas como nosotros, intentando intercambiarnos un vil peculio por armamento? ¿Desconoce Vd. quizás la ley que prohíbe la utilización de armas de fuego, municiones o pólvora en todo el estado de Cecilia, o es que nos está tomando como viles tahúres contrabandistas, fuera de todo respeto o acato hacia la ley, y actuando Vd. Además en contra de toda regla de cortesía y honor hacia los desconocidos; subvalorando ampliamente nuestras vidas llenas de gloria y virtud?
Damián se quedó un momento sorprendido, sin saber cómo reaccionar y con la sonrisa impotente colgándole de la cara. Miró a Bernardo, pero Bernardo a su vez, estaba acostumbrado a viejos sucios y tahúres que se burlaban, pero no a aquellos que se expresaban grandilocuentemente y que hablaban de armamento y cosas que ni el sabía bien si Damián había dicho o no.
Mientras ellos dos se miraban oscilantes, los viejos comenzaban a acercarse cada vez más y más, a la vez que el de la izquierda agregaba:
- ¿No se dignará a contestar nuestras bien formuladas preguntas, que para nada pertenecen al grupo de aquellas llamadas “retóricas” por la preceptiva clásica y aún por los modernos estudios lingüísticos?
Sin pensarlo mucho, Damián y Bernardo dieron la vuelta en redondo y comenzaron a correr hacia sus vehículos, mientras veían al dar vuelta la cabeza, como ambos viejos sacaban algo de sus bolsillos. De cualquier manera, se subieron en sus transportes, dejando olvidado el mapa y la bota. Y comenzaron a atravesar dificultosamente el campo al costado de la ruta, hacia cualquier lado. Al tiempo que lo hacían, comenzaron a sentir punzantes proyectiles que los rozaban, ya que los viejos, armados de coquiteras, corrían como el viento detrás de ellos, disprándoles y gritando “¡Non fuyades cobardes! ¡Vil calaña de los caminos pagarais vuestras ofensas con amargas lágrimas y pagarais mis lágrimas con sus coquitos [de Apolo]!¡Venganza y memoria!” Y cosas así.
Sin embargo, los pies de ambos fueron extremadamente veloces y antes de diez minutos, habían dejado a los viejos muy, muy atrás. Sin embargo, por las dudas, siguieron en su loca carrera por los montes agrestes, hasta acabar perdidos en el medio de la nada.
Ya era la noche, cuando se detuvieron oscuros, al costado de un camino de álamos. Bernardo bajó enojado de su triciclo y se apostó contra un árbol. Luego, Damián hizo lo mismo, encendiendo en seguida otra bala. De inmediato miro la cajilla y agregó angustiado:
- Ya sólo me quedan seis balas.
Bernardo lo miró indignado y le dijo con mal tono:
- ¿Dónde está el dinero de mi mesada?
-Lo tengo en el bolsillo.
- Muéstramelo.
- ¿Qué?
- ¡Muéstramelo! – contestó Bernardo enfadado.
Damián con un gesto de desprecio, sacó las relucientes monedas del bolsillo y las tiró a los pies de Bernardo.
- ¡Ahí lo tienes! ¿Qué pensaste? ¿Qué te lo robaría?
Bernardo tragó bronca, sin mirarlo y sin contestar, guardó la plata en su chaleco y se quedó callado, respirando profundo.
- ¿Qué pensaste? –continuó Damián- ¿Que me lo quedaría y saldría corriendo?
- No. Sólo que lo gastarás toda en balas o en pólvora ni bien puedas y no nos quedará para leche y nos moriremos de hambre y de sed y nunca llegaremos a la tierra del alcohol, que era la primera idea, no la de perder el mapa, hacernos perseguir con coquiteras por ancianos sabios, ni nada que se le parezca.
- ¡Pero si sólo faltan dos días, mujercita! –dijo Damián entre la sorna y la bronca- ¡Ayyyy! ¡Cuidado la señorita si está dos días sin leche se muere!
- ¡No, no faltan dos días! ¡Faltan dos, tres o más, porque encima que perdiste el mapa, ni si quiera sabes a dónde estás yendo! ¿No viste que hasta le señalaste mal donde estaba el pueblo al viejo? ¡No sabes ni dónde estás parado! Ahora estamos en el medio del bosque, no sabemos dónde está el pueblo del alcohol, ni el nuestro para volver, ni dónde está la carretera y encima no tenemos mapa… ni leche.
Bernardo tenía bronca, pero al terminar la frase estaba a punto de llorar.
Damián, aspiró su bala y trató de disculparse:
- ¿No somos amigos?
A Bernardo le costó aceptarlo, pero le contestó que sí.
- Entonces confía en mí. –continuó Damián- yo nos metí en esto y yo nos voy a sacar.
Bernardo lo miró pensando en qué dirían de esa oración los viejos eruditos.
-Mañana ni bien salga el sol, haremos el camino a la inversa y volveremos a la carretera y encontraremos el mapa y seguiremos de largo. Si apuramos el paso, el tiempo que perdimos lo recuperaremos en seguida. Y antes de dos o tres días, ahí, delante de nosotros: el pueblo del alcohol. –dijo Damián con ojos soñadores.
Bernardo no quería, pero se animó sólo de pensar en su sueño dorado. Parecíale ya ver todo aquello que Damián le aseguraba que iba a ver: plazas donde los niños jugaban alrededor de fuentes rociando alcohol al cielo, mientras los pájaros bebían de ella complacidos y calles de cristales de colores, sobre las cuales percutían los tacos aguja de mujeres con los labios pintarrajeados, con el contrapunto de las cabezas de los hombres, que por diversión se golpeaban hasta dárselas por el suelo entre sí. Ambos quedaron por unos momentos con su vista fija en el cielo, deseando tocarlo con las manos, a través de una copa llena de líquido de colores y sin lactosa.
Sin embargo, Bernardo bajó a tierra y le replicó:
- Pero si volvemos a la carretera quizás nos encontremos con los viejos… tienen coquiteras, parecen ser peligrosos…
- Es verdad –reconoció Damián aunque le costara-, quizás…
Se quedó pensando y miró su caja con sólo seis balas, quería prender otra, pero no podía; debía cuidarlas. A su vez, a los dos les estaba empezando a rugir el estómago pidiendo leche. Bernardo ya sentía un leve temblor en sus dedos.
- Quédate tranquilo, de verdad, por lo que más quiero, te prometo que mañana algo se me ocurrirá. Ahora lo que más nos conviene es dormir. –sentenció Damián, que más que nada quería evitar la tentación de prender otra bala.
- Sí, vamos a dormir. Va a ser lo mejor. –agregó Bernardo, sintiendo depuesto su momentáneo enojo con su querido amigo.
Mientras, el sheriff de Santa Clorinda desensillaba de su tordillo como leche al costado de la carretera. Con los ojos brillosos, levantó del suelo una colilla de bala.
Luego subió el monte a caballo.

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