lunes, 24 de mayo de 2010

El viaje hacia el Bar. Cap. II

COMO NO PUBLICARON NINGÚN COMENTARO SOBRE EL DOCTOR DUCLES SUEÑOS Y TAMPOCO SOBRE EL PRIMER CAPÍTULO DEL VIAJE HACIA EL BAR, TAMBIÉN ME VA A IMPORTAR UNA MIERDA Y VOY A PUBLICAR EL SEGUNDO CAPÍTULO, MANGA DE CULORROTOS.



II    Adiós al pueblo


La luna bañaba todo con un resplandor de leche. Bernardo estaba bajo la sombra de la casa abandonada, desde hace media hora antes, ya sentado en su triciclo y listo para salir. Observaba los búhos que ululaban y asomaban sus ojos, como hormas de queso por entre las hendijas de las paredes de madera destartaladas y pensaba en la brutal muerte de la viuda de Míster Jones, unos años atrás, golpeada con una toleta de aluminio por no se sabía quién; hasta la muerte.
- Vamos, sin hacer ruido. –sintió, mientras una mano posabasele pesadamente en el hombro.
Entonces, lanzó un alarido mientras se estremecía y luego volteaba para ver la cara de desaprobación de Damián.
Éste, comenzó a pedalear en su buggy sin dirigirle la palabra y Bernardo tras él.
- Perdóname, perdóname… estaba distraído… no me di cuenta –comenzó a balbucear.- llegaste muy de golpe.
Damián a todo pedal y sin volverse, dijo duramente:
- Ahora será muy difícil que el alcalde no nos haya oído… -hizo una pausa significativa- Nos hará perseguir… ¡Debemos huir a toda prisa! ¡No tenemos tiempo que perder!
Los vecinos, creyeron ver difusamente las dos sombras de los jóvenes recortadas sobre el fondo de la enorme luna blanca contra el horizonte, sobre todo una anciana que estaba en su porche y saludó afablemente a los pasanderos nocturnos, no sin que estos también la saludaran educadamente (ya que era amiga de las familias de ambos), deseándole las buenas noches. Pedalearon incansablemente durante las horas oscuras hasta el amanecer, intercambiando muy pocas palabras entre ellos, ya que dábalesno el aliento, sobre todo porque no calcularon que juntándose justo en la casa abandonada, tenían que dar la marcha atrás por todo el pueblo hasta llegar al acceso a la carretera.
Al amanecer, con los mocos cayéndoseles por el rocío matutino, el sueño y el cansancio, vieron que ya estaban lo suficientemente lejos del pueblo. Entonces Damián paró y le indicó un alto a Bernardo, el cual, agotado, estábalo desando hace horas.
Resoplando, Bernardo se bajó de su triciclo y se sentó al lado del mismo, en el pasto de la carretera. Mientras, Damián sacó su caja de balas y las miró por un momento, reflexionando. Bernardo quiso entender el gesto, pero no lo entendió. Luego, vio humear la bala en la boca de su amigo. Al tiempo, sacó una bota con leche de su cinto y comprobó que tenía el pantalón mojado. Al ver el contenido de la bota, comprendió que la había cerrado mal y había perdido casi la mitad en el camino.
- ¿Es leche? –preguntó Damián extenuado.
- Sí. –contestó Bernardo, luego de tomar tres enormes sorbos y recuperar el aliento. Relamiéndose el bigote blanco, le pasó la bota a Damián, el cual, como intercambio, le dio la bala medio chupada.
Damián bebió a grandes sorbos y finalmente, levantó la bota de revés hacia el cielo, cerrando un ojo y mirando hacia dentro.
- No queda más- dijo.
- No. –contestó Bernardo.
- ¿Y no tienes otra bota? –preguntó algo preocupado, Damián.
- No. –contestó más preocupado, Bernardo. – Tengo dinero. –agregó- Si encontramos el lugar adecuado, podemos comprar más leche o queso, o no sé… yogurt.
Tras un silencio preguntó:
- ¿Tú tienes dinero?
Damián contestó con algo de resignación:
- No, nada, sólo lo puesto y el buggy. Estos viajes son así. – ambos callaron y luego agregó algo consternado, sacando la cajilla del bolsillo delantero y mirándola como a la bota:
- Y sólo me quedan ocho balas.
Quedaron callados un momento. Trataron de recuperar el aliento.
- ¿Falta mucho? – preguntó Bernardo, mientras le devolvía la bala, sin haberla aspirado ni una sola vez.
Damián desplegó el mapa y lo alzó como a la bota y a las balas, pero el sol que se traslucía por el papel le hizo entrecerrar los ojos.
-Creo que unos dos días más, si seguimos a este paso. – miró a su compañero y ambos entendieron. Sin embargo, debía ser Bernardo quien quedara como el que da el brazo a torcer.
- ¿Seguimos?
Damián lo miró condescendiente.
- No. Está bien. No estás acostumbrado a hacer largos viajes. Y además, no podemos estar dos días más sin comer ni dormir.
Ambos tomaron sus vehículos y saliendo de la carretera, los pusieron al lado de ellos, bajo una pequeña loma y se acostaron a dormir.
Antes de cerrar los ojos, con las alas del sombrero sobre ellos y sin mirar a Damián, Bernardo afirmó:
- Además ya estamos lejos del pueblo. Nadie nos puede parar.
- Sí. –contestó riendo Damián.- ¡Todos deben estar buscándonos!
De hecho, en el pueblo todos los buscaban. La madre de Bernardo corría llorando detrás del alcalde y el sheriff, mientras el resto del pueblo, enterado a medias, se apiñaba alrededor. Quizás los lectores aún jóvenes no comprendan esta actitud, pero es una situación muy dolorosa y desesperante para cualquier madre, ver como sus hijos desaparecen un día sin dejar rastro y no saber nada de su paradero, sintiendo alejada para siempre una parte de su propia carne, sangre y alma. De la misma manera, el sheriff y el alcalde se ponen nerviosos, cuando saben que no han velado lo suficiente por el bienestar de un ciudadano.
- ¡Organícense en bandos y busquen por todas partes! –ordenó el Alcalde García.
La gente, en forma diligente y entusiasmada (no sólo porque nunca pasaba nada en el pueblo, si no por la natural inclinación del hombre de las pequeñas comunidades a hacer el bien y a ayudar a sus pares), comenzó a dividirse en bandos y a buscar dentro de toletas y barriles.
En ese mismo instante, el sheriff y el alcalde, junto con la madre de Bernardo, intentaban reconstruir el itinerario de éste en el día anterior, buscando pistas de su paradero.
Mientras seguían las huellas del camino a buscar botellas indicado por la madre de Bernardo, vieron que éstas se desviaban hacia detrás de un callejón. El sheriff puso una cara de extraña superioridad, algo así como: “yo sabía”. El alcalde calló y la madre, dejó de llorar al instante.
El sheriff siguió las huellas hasta detrás de un muro en un callejón y todos vieron como estas se mezclaban con las de alguien más, que calzaba botas lisas.
Llegaron hasta el fondo del callejón y todos miraban callados, sin entender qué quería el comisario, que observaba el panorama como si fuera un cuadro. Hasta que éste, sonriendo aún más maliciosamente, se agachó y recogió una tira de cenizas, que se desparramó y separó del cadáver de una bala, que Bernardo tirara por el susto la mañana anterior.
Los seis ojos se clavaron en el pedacito de algodón blanco. La madre de Bernardo miró las caras de todos y empezó a llorar.
-¡Qué hice mal! ¡Qué hice mal! Alcalde… ¿Está por el mal camino? - Gritó histéricamente.
El alcalde no supo más que mirar al sheriff. Este con dureza de rostro y palabras sólo contestó, mientras salía caminando, de seguro a buscarlos:
- El crimen no paga.

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