jueves, 27 de mayo de 2010

Doctor Dulces Sueños. Capítulo III



Imagen: cuadro de de Clive Barker.




El niño


Cuando ella me dijo -como si yo supiera de lo que hablaba- “ahí está el niño”, pensé en que era una constante que aquellos que no podían dormir se sentaran a orillas de la arena. Yo seguí la dirección de su dedo y vi entre los sauces llorones oscurecidos por las lunas, una mancha como de tinta con forma de niño. Al acercarnos, esa primera impresión no se modificó demasiado. El niño era esquelético, anguloso, oscuro de piel y con los labios enormes y los ojos tristes y abultados.
Los tres nos sentamos en la orilla sin hablar. El niño, que también tenía una provisión de pastillas de cerca de un mes, le dio la mitad a la niña, que sin embargo escondió y no refirió la existencia de sus cuatro pastillas, ni de todas las que antes arrojó en el muelle.
El niño me miró y luego a la niña, estirando la mano llena de pastillas hacia mí, con un rostro de interrogación.
-No –susurró la niña dominantemente.
Ambos comenzaron a arrojar las pastillas a la arena. Pero aquí, en vez de caer y hacer ondas como en el muelle, eran comidas por peces que saltaban de la arena para devorarlas sin fallar nunca. A los segundos, por el efecto de la pastilla, estos salían volando con sus aletas por alas, formándose un enjambre de peces voladores encima y alrededor del lago.
-Cuando les empieza a faltar la arena cambian de colores y se ponen fosforescentes, pero después se meten de vuelta al lago, por que si no se mueren asfixiados - me explicó la niña.
-No pueden respirar aire –agregó el niño, con algo de alegría en la tristeza parecida a un tatuaje en su cara.
Sin embargo, el momento de mayor emoción para ellos, era cuando un pez volaba de la arena al aire huyendo de su captor, pero luego, éste también comía la pastilla del Doctor Dulces Sueños y salía volando tras él, comiéndoselo salvajemente recortado contra las lunas.
-¡El pez más grande se come al más chico! –me dijo alegre la niña, mientras sin darse cuenta, casi me tironeaba del brazo como para llamarle la atención a su padre.


El juego se acabó junto con las pastillas del niño y cuando la niña fingió que a ella también, mientras se guardaba seis. Luego de un momento de silencio, pareció que debíamos hablar acerca de algo.
- ¿Usted por qué no quiere dormir, señor? –preguntó el niño con una voz quejumbrosa y pronunciando muy lentamente.
Ambos me miraron esperando una respuesta, pero yo me quedé algo desconcertado, al constatar que ellos suponían que yo no dormía porque no quería y al deducir que ellos lo hacían, o mejor dicho, no lo hacían intencionalmente. Cuando reaccioné, intentando medir la información, recibiendo más de lo que daba, dije:
- No, yo quiero dormir. No puedo porque no consigo las pastillas.
- Vaya con el Doctor Dulces Sueños cuando salga la segunda luna -dijo el niño con simpleza-, él se las dará. Todas las que arrojamos al agua hoy nos las dio él.
La niña no dijo nada y yo me reí por dentro de que al borrón parlante se le ocurriera que yo no acudía cada noche a ver al Doctor Dulces Sueños y no supiera que esa era la única forma de dormir.
Seguimos callados un momento y entonces arremetí, esperando que me contestara el borrón.
- ¿Y ustedes por qué no quieren dormir?
La niña titubeó una respuesta, pero luego, obviamente se quedó inventándola, entonces, el niño comenzó a hablar lentamente, sin que ella lo pudiera contener con una mirada de odio.
- Yo nací muerto. Pero mis padres tienen mucho oro. El mismo día que nací y morí, compraron una de esas máquinas con que la gente vuelve a vivir y me revivieron. Entonces seguí viviendo y ellos pensaron que ya habían solucionado el problema. Pero a los tres meses volví a morirme y me volvieron a revivir. Ahora tengo ya seis años de vida, pero con todas las veces que me morí ya debería de tener como ocho.
El niño hizo una larga pausa, como si le costara hablar y luego continuó:
- Me acuerdo que cuando tenía como tres años, mis padres se pelearon, porque mi mamá le decía a mi papá que usaban la máquina conmigo, pero a su madre que es mi abuela, la tenían todavía en la heladera por no gastar el oro para revivirla. Yo vi que era verdad, la abuela estaba siempre en la heladera y en navidad y fin de año la prendían un rato con energía post-mortem y el año pasado, mamá se volvió a quejar porque sólo le quedan dos minutos de energía post-mortem y si no la reviven se va a morir del todo y le dijo que si tenía miedo o asco de hacerle otro hijo, porque ya se sabía que yo me iba a morir siempre por más que me revivieran. Mamá tiene razón, porque desde que cumplí los cinco años, me muero casi todos los días y al final siempre me reviven, pero después discuten por los 50000000 de impuestos que hay que pagar por cada uso de la máquina y por la abuela y por que cada vez que me reviven estoy peor y si no se da cuenta de que no puedo vivir. Entonces como yo sé que un día no me van a revivir más, no duermo porque no me importa estar sano si me voy a morir igual y además porque si me muero, después no voy a hacer pila de cosas que puedo aprovechar a hacer de noche. Yo hago que tomo la pastilla, pero la guardo en el buche y cuando tengo muchas, vengo a tirarlas acá con ella. Y ella no duerme una vez al mes porque una vez nos encontramos y prometimos que una vez por mes vendríamos a tirar las pastillas que yo juntaba.
La niña me miraba de reojo. Yo no dije nada, pero miré al niño con un sentimiento mitad lástima y mitad horror.
Cuando el niño comenzó a toser, la niña dijo que debíamos regresar antes de que saliera el primer sol y ambos la seguimos, sin pensarlo si quiera.

2 comentarios:

  1. quiero el capitulo uno perfavor¡¡

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  2. Al fin alguien que se toma el trabajo de leer nuestros cuentos!El capítulo uno lo puedes encontrar siguiendo este link: http://pefrente.blogspot.com/2010/01/literaturra-doctor-dulces-suenos.html


    Muchas gracias por tu interés!

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