lunes, 24 de mayo de 2010

Doctor dulces sueños. Capítulo II: La niña


Como nadie comentó una mierda sobre el primer capítulo del doctor dulces sueños, me importa una mierda y pongo el segundo igual.






iMAGEN: "SHIRLEY tEMPLE" DE sALVADOR dALÍ.


LA NIÑA


Cuando doblé automáticamente y sin pensar, esperando toparme con el muelle, contra todas mis expectativas, me choqué con otro cuerpo. Por el impacto, éste debería venir caminando a toda velocidad, ya que ambos trastabillamos y caímos. Cuando pude ver, ya me estaba incorporando para huir de la policía, pero el otro cuerpo, a su vez, ya estaba huyendo, por lo que recortada sobre la luz de la luna verde vi la figura de una niña de unos nueve años.
De seguro, al mismo tiempo que yo vi que ella era una niña, ella vio que yo no era un policía. Aunque tensa, se quedó en donde estaba, mirándome fijamente, hasta que me levanté y me acerqué. No tenía idea de cómo hablar con una niña, casi no tenía idea de cómo hablar con nadie, pero solté lo que me surgió, intentando que fuera lo más tranquilizador posible, porque nada era peor para mi situación que una niña gritando en el megáfono de los muelles.
- Yo tampoco puedo dormir- dije.
Sin mostrarse muy sorprendida o si quiera receptiva por mi declaración, caminó unos pasos más y se sentó con las piernitas colgando hacia la arena, de una forma similar a como yo lo hacía todas las noches y comenzó a tirar cositas a la corriente. Sin prestarme mucha atención dijo al cabo de unos minutos:
- Cuando un objeto es arrojado contra la arena, los círculos concéntricos que se forman en ella son una forma de apreciar las ondas.
Al terminar de escuchar esto, yo me di cuenta de que me había quedado tan concentrado en observar como tiraba cositas en la arena, que no volví de dicho trance hasta que ella habló. Fue entonces que me pregunté que tipo de piedras serían las que lanzaba, ya que parecían trocitos de pollo. Intenté verlas bien mientras volaban por el aire, pero seguían pareciéndome pedazos de alguna comida. Finalmente miré hacia la mano semicerrada de la niña y vi que en un montoncito importante, se disponían a ser arrojadas como piedritas, pastillas de las del Doctor Dulces Sueños.
Ella me miró mirar su mano con deseo, pero yo desvié mi vista hacia la arena y ella también, disimulando ambos. Esperé unos minutos y cuando ya había visto seis o siete pastillas caer a la arena, de un manotazo intenté sacarle las que le quedaban en la mano.
Ella, que ya sospechaba el propósito, rapidísima, cerró la mano y la apoyó contra su pecho. Yo me quedé quieto, viendo la forma amenazadora y asustada en que me miraba.
- Sí volvés a hacer eso grito –dijo.
La confrontación siguió unos minutos, pero luego yo desistí, acatando lo que ella decía y ella siguió tirando pastillas a la arena. Yo sólo me atrevía a mirar con impotencia a su mano cada tanto, para ver cuantas quedaban aún.
Cuando quedarían unas cuatro, ella se levantó y comenzó a alejarse de los muelles. Entonces, tratando de no hacer ruido, me tiré de cabeza en la arena, para ver si recuperaba aunque sea una pastilla.
Llevaba ya unos infructíferos minutos dentro de la arena y sentí una presencia que observaba. Al mirar, en vez de un policía, la vi nuevamente a ella, que dijo con indulgencia:
- ¿Olvidaste que la arena las disuelve?
Casi humillado me salí de la arena, mientras ella me esperaba. Sin entender por qué, me comenzó a guiar y yo la seguí. Caminamos escondiéndonos de la policía por calles que nunca había visto. Luego, llegamos a una, anchísima y oscura, por la que fuimos más de media hora sin encontrar ni una esquina.
Al ver que miraba su mano de nuevo, ella se detuvo en seco de espaldas a una de las paredes de la calle y me dijo firmemente:
- Puede no haber nadie en la calle, pero voy a gritar hasta que venga un policía de alguna de las dos entradas, no tenés donde ir.
-No te conviene, vos tampoco estás durmiendo.
-Voy a decir que vos me levantaste mientras dormía y me trajiste hasta acá.
-Yo puedo decir lo mismo de vos.
-Pero yo soy una niña… me creerán a mí.
Callado y vencido, seguí caminando a su lado.
- Podemos hacer un trato –dijo mirándome de costado-. ¿Qué te parece por una pastilla? –dijo ahora hablándome y mirándome con lujuria, mientras se recostaba contra la pared.
- ¿Qué?
- Bueno, si me hacés un buen oral antes, dos pastillas y te puedo esperar acá cada dos noches, sin problemas… Si aceptás por una, todas las noches –se precipitó a agregar.
En el instante, la desesperación casi me hizo aceptar, pero al instante reaccioné y me callé mientras seguí caminando. Además que la niña me daba asco, el ruido de lo que me pedía, atraería algún policía sin dudas y encima, me acusarían de violación de menor.
Seguimos caminando en silencio unos quince minutos. Finalmente, nos metimos por un túnel en la tierra y cuando salimos de él, estábamos en un lago.

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