martes, 27 de abril de 2010

El Pajaro Esférico

Imágen propiedad de Jonatan Cantero.
Nueve horas pasaron desde que empecé a caminar por este bosque. Los árboles de duraznos acompañaban mi trayecto, mientras gusanos polizontes me observaban con desconfianza.
Estaba decidido a encontrar mi camino, La Verdad, mi Destino. Ya había intentado seguir el camino de los demás. El camino amarillo, el camino de la espada, el caminito al costado del mundo (aunque esa vez casi me caigo).
Fue entonces cuando lo vi pasar. Fue como un remolino de sonidos mudos, ondulantes en el espacio- tiempo de mi particular aventura verídica. Sus ojos saltones me ignoraron sin pretenderlo, mientras sus alas, llenas de plumas de colores, me cubrieron con el ínfimamente suave manto de las sombras-luces. Sin duda era él. El pájaro esférico.
Sin dudarlo me dispuse a seguirlo. No sabía bien porqué, pero de alguna manera le brindó un cambio a la monotonía de mi existencia y no podía hacer oídos sordos a su mensaje. ¿Cuál era ese mensaje? Lo descubriría cuando lo alcanzara.
A veces paraba a descansar a la sombra de los durazneros, que seguían siguiéndome, y después seguía. Otras veces me resguardaba de la lluvia debajo de las aletas de los peces planta. Aunque era un poco molesta la cantidad de mosquitos de esas orillas. Y todavía en ocasiones, tenia que aguantar que algún reptil alado se comiera el pez-planta, y me dejara a merced de la lluvia.
A lo largo de mi trayecto preguntaba a los transeúntes acerca del pájaro esférico. Obtenía todo tipo de respuestas. Algunas muy amables, que me daban pistas fehacientes del paradero del pájaro, y otras, que provenían de caras arrugadas de ojos punzantes, me ladraban de mala gana información errónea solo para que me fuera.
En uno de los pueblos recorridos, me dispuse a buscar información en una posada, y de paso tomar algo. El cantinero era un sapo gordo y gigantesco que escupiéndome mucho, me dijo que hacia un par de horas un borracho le había contado que una pelota con plumas había cruzado el cielo. La información, si bien concordaba con mi búsqueda, era dudosa dada la alcoholizada fuente.
En ese mismo instante, una rana prostituta que trabajaba en la posada, intervino interrumpiendo mis pensamientos, para decirme que había escuchado mi conversación con el cantinero y que ella también había visto un pájaro-bola hacia un rato, y que si le daba unos billetes podría mostrarme el lugar del avistamiento. Cedí a regañadientes, y seguí a la híper-flaca figura a través de un páramo lleno de hojas otoñales que cubrían el suelo, tal cual una alfombra. Al llegar a una vía de tren, me dijo que ahí mismo lo había visto pasar, mientras estaba tomando unos mates con una amiga, y que si me dirigía siguiendo el trayecto de los rieles, de seguro lo alcanzaría, ya que no había sido hace tanto tiempo como había afirmado el borracho que le contó al cantinero, y esa era la dirección que había tomado el colorido emplumado.
Me despedí de la rana, que me saludó con un pico a prepo, ofreciéndome algunos servicios más por unos pocos billetes extras, lo que rechacé tomando con decidida firmeza el camino sugerido.
Los rieles parecían no tener fin, y el lugar me acariciaba con sus igualmente infinitos aromas naturales, algunos dulces y suaves, otros más fuertes pero igual de placenteros.
En eso iba yo, sumergido en el festín de la naturaleza, cuando un estremecedor sonido perturbó mi experiencia. Al instante reconocí la bocina del tren, y vi la gigantesca masa de lata emerger de entre el humo, rápida y preocupantemente acercándose a mí. Sin pensarlo dos veces me entregue a la empresa de mis piernas, que sin preguntarme se largaron a correr cual ratonejo perseguido por un velocipastor. Lo malo, fue que en ese fragmento de la vía, bastante extenso por cierto, no había planicie alguna a sus lados, sino que estaba sostenida por larguísimos pilares de cemento a modo de puente, en los que, aún en mi huida, noté hermosas ornamentaciones parecidas al arte de los mobartelianos.
El monigote metálico parecía un fumador enojado, y me pisaba los talones. Dándome cuenta de que tarde o más bien temprano me alcanzaría y trituraría contra los rieles, me lancé por uno de los lados de la via-puente, cayendo como uno de esos hombres pancho que hacen bangee jumping. En mi caída hacia abajo (porque Doña Pocha me dijo una vez que era imposible caer para arriba), observaba las ornamentaciones de los pilares, intentando distraerme de mi fatídico destino.
Batallas probablemente tan antiguas como el mismo mundo, rostros de seres innombrables, zorras tetonas y zorrillos musculosos, mil figuraciones y entrelazados con motivos vegetales adornaban el pendorcho de cemento, y ya presa de una angustia inevitable ante mi acaeciente muerte, cerré los ojos entregado a la cruel jugarreta del cocinero universal que la gente reconoce como “Dios”.
Pero mire usté , que contrariamente a toda predicción de Ludovica Squirru, no me reventé la cara contra el piso, sino que al abrir los ojos, me vi flotando sobre los árboles, y si se me permite la confesión, me sentí un poco dios.
Cuando reaccioné de mi desvarío presuntuoso, miré hacia arriba para encontrarme con la sorpresa de estar sujeto por las enormes garras de un pájaro cúbico. Uno podría decir “bueno, me dejo de joder con el pájaro esférico y me conformo con haber encontrado uno cúbico.” Pero no. Tengo esa obsesión con las cosas sin vértices ni aristas, así que lejos estaba de considerar cumplido mi cometido.
El pájaro me llevó hasta la cúspide de un gran árbol que sobresalía a una pendiente de un risco, donde se encontraba su nido. En efecto, era una pájara cúbica, y su intención era que yo sirviera de alimento a sus recién nacidos pichones. Les empecé a pegar mochilazos en los respectivos picos a medida que la decidida predadora me acercaba a los hambrientos y aún desplumados cubitos con pico. A la madre no le cayó muy en gracia mi estrategia, por lo que empezó a emitir chirridos horrorosos que me taladraban los oídos, y asomándome uno que otro recuerdo de canción de cumbia villera.
Hete aquí, que cuando nuevamente me estaba resignando a morir, un estallido calló los graznidos de la pajarraca, que ahora caía, lengua de afuera, hacia el fondo del risco. En eso, los pichones empiezan a salir del nido. Los muy hijos de puta podían caminar a pesar de su corta edad, y me amenazaban mostrándome afilados dientes asomándose por dentro del pico.
Un atlético oso de apariencia aguerrida lanzo dos disparos contra los pichones, no acertándoles, pero logrando ahuyentarlos lo suficiente para promover nuestra huida por una pequeña grieta-cueva en la pared de roca.
Una vez adentro, el protagonista de tan bravía hazaña se me presenta como “Teddy”, y mientras descansábamos un rato y bebíamos agua de su cantimplora, me contó su pasado, en el que alejandolo de su hermoso bosque, en el que vivía feliz y contento, los humanos llegaron con sus jaulas y látigos, y por años lo obligaron a repetir de forma automata mil estupideces frente al televisor; trágica existencia de la que, luego de un largo y secreto entrenamiento, escapó matando a sus captores y huyó así de la civilización humana, refugiandose en este bosque en el que ha vivido desde entonces.
Yo le conté de mi empresa, del pájaro esférico y de mis anteriores percances, y él se vio muy entusiasmado de acompañarme en mi aventura.
Me propuso conseguir y jinetear un par de lagartijas para alivianar el peso de nuestras mochilas, y avanzar más rápido hasta el pájaro esférico, propuesta que acepté convencido. Me llevo a través de espesos árboles hasta la choza construida en un árbol perteneciente a un amigo suyo, y una vez adentro, llenamos nuestras mochilas de provisiones con frutas que su supuesto amigo había dejado en el lugar. Teddy afirmó que su amigo no se molestaría, y que él se las devolvería a nuestro regreso. Me ofreció que me diera una ducha, ya que el camino iba a ser arduo y no sabíamos cuanto tiempo pasaría antes de poder volver a disfrutar de las comodidades de la higiene. Yo acepte, sin saber que poco después de estar disfrutando bajo el agua, sentiría la peluda mano de Teddy, que se había metido en la ducha en pelotas y ahora me apretaba la nalga. Dándole un empujón salí enojado del baño, y mientras Teddy me gritaba que era un histérico, que yo sabía a que habíamos ido a la choza, yo me alejaba coléricamente, hasta que montado en una de las lagartijas que su amigo nos prestaría sin saberlo, me fui solo, abandonando al emputecido oso.
Veloz avanzaba la lagartija a través de mi desértico nuevo camino. El sol me encandilaba con el calor de mil infiernos sofocándome y haciéndome sudar, casi derritiéndome.
Fue entonces, cuando la arena empezó a temblar bajo mis pies estrepitosamente. Mi sudor ya no fue de calor cuando del suelo, vi salir un enorme gusano, de esos que mi abuelo afirmaba que habian en el desierto, ante la cara de incrédulo de su nieto.
Tanto yo como a lagartija salimos disparados huyendo por nuestras vidas, cuando otro gusano salió de abajo nuestro devorando a la lagartija, y expulsándome por el aire hasta chocar contra la dureza de la caliente arena. Extrañamente, luego de comerse la lagartija, dejaron de prestarme atención. Se ve que los zorros no son de su apetito. Asi fue, que tuve que seguir a pie bajo los insoportables rayos incandescentes y pensando en las cantimploras llenas de agua que habían perecido junto con la lagartija.
Ya adentrada la noche, llegué a un pueblo humilde, pero que para mi fue como llegar al más grandioso Edén. Bebí y comí, gastándome el resto de mi dinero, pero como dicen, ¿quién me quita lo bailado?
Pasé la noche en la posada de la coneja Karen, que se entusiasmó con las historias de mis hazañas, que –confieso- agrandé un poquito para impresionarla. Prometiéndole volver, partí al albor de nuevos retos, dispuesto a concretar mis anhelos y atrapar finalmente a mi escurridiza y redondeada presa.
Unos vecinos de Karen me habían dicho que decían las viejas historias, que los pájaros esféricos anidaban en los roblamos, unos árboles que crecían solo a las orillas del arroyo Moflete. Allí me dirigía, cuando me vinieron unas insoportables ganas de orinar. Me dispuse a “regar un arbolito”, pateándome por no haber ido al baño antes de salir, cuando noté que mi sombra se teñía con los colores del arco iris. Me di vuelta con el pito al aire, y ante mis ojos, parado sobre un roblamo que no había notado, estaba el anhelado, escurridizo y esférico pájaro. El fín de mi camino, el destino de mis esfuerzos, la causa de mis noches de desvelo y heridas acumuladas. Tímidamente, y acordándome de todas las leyendas en las que el mítico pájaro esférico, poseedor de la sabiduría de la existencia, respondía a cualquier pregunta con la verdad absoluta, dejé a mis labios soltar la gran pregunta:
-¿Cuál es el sentido de la vida?
El silencio se convirtió en siglos de espera. Y entonces, el gigantezco pico se abrio, respondiendome:“Cuando recién había sido creado el universo, las almas no tenían ropa para ponerse, por lo cual partieron en peregrinación hacia el Shopping cósmico. Cuando llegaron, había tres pisos y tres grupos de almas se formaron. Su guía les dijo que en le piso de arriba había ropa cómoda, barata y linda y que quienes la usaran, tendrían vidas placenteras y llenas de sentido en sí mismo. El piso del medio tenía ropa hecha de piel y cuero, que hacía que quien se la pusiera tuviera una vida dedicada al mobartismo. Y el piso de abajo del todo, era un piso donde la ropa eran unos horribles harapos y telas sintéticas, que harían que quién se las pusiera fuera el ser más gil de la creación.”
Anhelante, yo seguía con mi pito al aire, escuchando de la boca del mismo pájaro esférico la
cosmogonía de mi mundo y otros que no conocía, completamente abstraído en mi adoración al emplumado sin aristas.
El pájaro continuó:
“Es Así, que las almas que se dirigieron al piso de arriba, se convirtieron en animales. Aquellas que fueron al del medio se convirtieron en Furrys mobartianos. Y finalmente, aquellos que eligieron el piso de abajo del todo se volvieron seres humanos. Es así, que tu vida seguirá por un sendero tortuoso lleno de incertidumbre, buscando el sentido filosófico de tus acciones fuera de la propia búsqueda, clamando una gota de agua en el desierto, una llamarada de fuego dragonil dentro de un iceberg, un rayo de luz en la oscuridad, un rayo de oscuridad en la luz, una pastilla de menta cuando tenés que hacer silencio en la sala y no podés parar de toser.
Tu vida será un camino constantemente dificultado por piedras de todo tamaño con las que chocarás más de tres veces… chocarás con saleros de cal y calderos de sal que se interpondrán entre tu y tus objetivos y querrán alejarte de ellos ofreciéndote unos bonitos cristalitos de colores y alucinógenos gra…”
Ahí yo estaba preguntándome porque me estaba tratando de esa manera, o qué tenía que ver ese destino tan tétrico con lo que yo le había peguntado y cuestionándome si el pájaro esférico no estaría drogado como es costumbre en su especie. Pero no pude terminar de contestarme la pregunta, ya que en el preciso instante que el emplumado iba a pronunciar “…tis”, sentí un desgarro brutal, un dolor tan intenso como si un lemúrido con angustia oral y tres semanas de hambre atrasada se hubiera colgado de mi pistola y me la hubiese arrancado de un mordiscón.
Ese fue el dolor que sentí cuando un hipocampo de tierra con angustia oral y cuatro semanas de hambre atrasada se colgó de mi pistola y me la arrancó de un mordiscón.


Luego de esto, mis recuerdos son una febril nebulosa indescriptible, una experiencia mística en que los oxímoron de miel y yerba mate entraban en la garganta de mi mente como una lluvia, recordando a un instante la maravillosa experiencia del pájaro esférico hablándome directamente a mí y luego, a Mongotongo, el Dios Gusano del Reino de los muertos mozartiano, diciéndome que por un error burocrático
no había ido al Prado ultraterreno si no ahí y que me castigaría con el peor de los castigos sólo por divertirse: “Te haré volver a la vida en un mundo lleno de estupidez, engreimiento y sin sentido y serás un ser incapacitado para comunicarte con tus hermanos de reino, a quines cazarás y comerás como los churros devoradores de empanadas de las Islas Forroe, serás un ser desagradable y sin pelaje por años y años de estréss y sufrimiento!”


Fue entonces que me desperté en una cama de hospital. Unos monstruosos humanos me quieren convencer desde entonces que sólo me cosieron el pene salvándome la vida. Me metieron en un manicomio donde yo les explico a todos que soy un furry mozartiano que fue cazado y convertido en humano por esos túnica blanca.
Y sigo cada día, mirando el horizonte, esperando que le pájaro esférico venga a terminar de contestarme lo que le pregunté.


FIN.


Este cuento está inspirado en el siguiente dibujo de Jonatan Cantero, un excelente artista español: http://battlepeach.deviantart.com/art/The-birds-146740382?q=&qo=


El final de este cuento fué idea de Jorge "Pollito" Manco, ya que me gustó más su versión que la que yo escribí originalmente.


Dedicado a todos los adultos con mente de niño como nosotros que andan perdidos por el mundo.

2 comentarios: