domingo, 31 de enero de 2010

Vlad y Bram.

Vlad, llegó al principado de Valaquia a los veinticinco años, lo que era una edad relativamente corta entre los bien cuidados miembros de su clase social, no así entre los campesinos que en sus condiciones de vida, podían considerarse afortunados de llegar a la misma. Aclaremos que Vlad no sólo era un noble, si no también un noble aburrido, que por ser en muchos aspectos un adelantado a su época, no era comprendido por una sociedad que lo condenaba a la soledad; por lo cual, se dedicó con fervor a las tareas de administración de su feudo. En menos de un año de asumido el puesto, se había ganado la admiración y el respeto de todos los demás señores feudales, al haber organizado la más cruel y sangrienta cruzada contra los turcos, siendo su particularidad, el goce que encontraba en la muerte “ejemplarizante”, que era empalarlos y dejarlos pudrir, primero en la vía pública o el campo de batalla, luego en una bonita colección personal que inauguró en su propio castillo.
El príncipe de la Orden del Dragón, más conocido como Tepes, (“empalador” en rumano), de todas formas, se aburría brutalmente, por lo que en secreto y a escondidas, escribía con un estilo magistral, incluso adelantado para su época, empapado de ese sentimentalismo que por razones vitales similares fue común a los románticos y a nuestro querido héroe y que aún mucho después lo emparentaron con emos, gotiquitos, "pokemones" y otros.
Allí está, encaramado sobre un pergamino de piel de turco y anotando con sangre que extrae de un empalado aún fresco, que rinde casi cinco litros de tinta: “Los métodos crueles, que –al comienzo-, son pocas veces empleados, terminan con el tiempo por serlo con frecuencia. Aquellos que utilicen estos métodos, pueden con ayuda de Dios y de los hombres, con toda seguridad, afianzar sus dominios.”
Este pequeño párrafo, que luego sería un fundamento en el obrar de miles de hombres a lo largo y ancho del mundo, no le convencía del todo, ya que si bien era bueno y realista en su contenido, no lo conformaba a él, que hace mucho tiempo que anhelaba crear una obra de maestría, un relato extenso que contara una vida asombrosa y sobrenatural, llena de glorias inaccesibles para los seres comunes y corrientes (como él, noble, exactamente no era) y a su vez, demostrativa de la oscura tortura y el oprobio infinito que significaba su posición en el mundo.


Es así que frustrado y deseando encontrar la inspiración adecuada para su obra en la vida real, un día se dio cuenta, de que para ser el señor más rico de la región y a su vez entretenerse sanguinariamente, debía impedir toda introducción de mercaderías de otros feudos.
Fue así, que si bien no eran turcos, invitó a una gran comitiva de embajadores de los más alejados castillos (y también de los más cercanos) a un gran banquete. Una vez reunidos, en la gran sala de su castillo, apreciaron, que el príncipe, sin ningún respeto por los modales o la cortesía, se había sentado en su gigantesca mesa a comer sólo y que ninguno de ellos tenía asientos. Consternados, preguntaron por los mismos y Vlad, sin dilación, pero con la ayuda de algunos de sus súbditos, se encargó de sentarlos en filosos palos, luego de lo cual consideró no necesitarían más comida, lo cual beneficiaba un dudoso plan de austeridad, que no obstante había sido declamado a los cuatro vientos.
Al cuarto día en que el príncipe comía con tal agradable y silenciosa compañía, uno de sus súbditos, preguntó al conde si no le molestaba el hedor que despedían los invitados. En ese momento, Vlad, reflexionaba angustiado acerca de su obra literaria y se enfadó tanto con la pregunta (adelantándose a Virginia Wolf), que sin evitarlo gritó: “¡Así que necesitas aire fresco! ¡Tu fiel amo te lo dará!”, empalándolo seguidamente en un madero tan alto que salía al exterior del castillo por una almena. Así lo dejó, oreándose como un trapo, como contribución para los cuervos, en el gélido aire libre de Valaquia.
Pasado algún tiempo, mientras caminaba por las calles, vio como mucho dinero de la administración se perdía castigando y persiguiendo por métodos inútiles y poco persuasivos a los ladrones. Obviamente, luego de empalar a todos los jueces y verdugos, comenzó a empalar personalmente a todos los ladrones, incluyendo aquellos que robaran un bollo de pan, una espiga de centeno o una flauta de madera a su hermanito mayor de siete años. Un día, para probar el resultado de sus castigos ejemplarizantes, dejó una jarra llena de monedas de oro, en un costado de la fuente de la plaza principal. En menos de un minuto, comprobó que nadie tocaba la jarra, ni lo haría por años y se dio cuenta, de que ahora, se aburriría aún más que antes.


Pasó aún más tiempo y Vlad se devanaba los sesos pensando en su obra por la noche,mientras empalaba a cualquiera durante el día. Empaló embarazadas con mala reputación para evitar que parieran. Los sacerdotes, si bien lo admiraban por su batallar contra los moros, le preguntaron si no era un sacrilegio, a lo que Vlad respondió, recordando una de sus propias prosas: “Te contestaré, que aunque cometas un sacrilegio, nunca debes quedarte a mitad de camino. No basta con cortar la mala hierba, si no que debes llegar a la raíz para poder exterminarla; los niños del mañana son mis enemigos de hoy y no tardarán en vengar en mi a sus padres.” Y diciendo esto, castigó a uno de los curas, para luego preguntar si algún otro tenía aún su duda. Cuando transitaba los caminos de su feudo, se encontraba con mendigos que le pedían limosna y para ahorrarles el sufrimiento de una vida tan miserable, los empalaba inmediatamente. Un día, logró atrapar una rata, que con su roer la madera no lo dejaba concentrar en la escritura y adaptó una antorcha con grasa para empalarla.
Sin embargo, noche tras noche, todo lo que escribía era un fiasco que rompía al salir el sol y ni empalando inmotivadamente al mundo entero -ya que su reino funcionaba de mil maravillas-, conseguiría estar satisfecho.


Una noche, salió a vagar en un carruaje. En el medio de la nada, empaló al cochero, le cortó el pene a los caballos y luego se internó a llorar desconsoladamente en un bosque desconocido. Ni bien terminó de clamar en voz alta: “Nunca me alcanzará la vida de un vil mortal para escribir mi obra”, sintió la mano de la salvación en su hombro.
-Me llamo Abraham- dijo el recién llegado- y estoy de acuerdo contigo.
Vlad y Abraham hablaron largamente y concordaron en que a uno le sobraba lo que el otro deseaba, ya que Abraham era un escritor frustrado, que sin embargo soñaba con la fama imperecedera (otra forma de inmortalidad) y Vlad un hombre maduro, asediado por la sombra de la muerte inevitable.
Es así, que Vlad, prometió pagarle lo adeudado llegado el siglo XIX, cuando Abraham presentó como suyo el libro “Drácula”, con el más moderno nombre de Bram, más allá de que el texto fuera obra íntegramente creada por su dulce amigo Vlad.
Además, para larga felicidad de ambos luego de la primera mordida de su amigo, que lo transformara para siempre, Vlad comprendió el profundo simbolismo de su obsesión con el empalamiento y encontró lo que realmente había buscado toda su vida, que además lo llevaba a un estado de inspiración increíble.


Jorge "Pollito" Manco.


Imagen: "Conejitos Transilvanos" por Jorge "Pollito" Manco.

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