domingo, 31 de enero de 2010

La Casa

El reloj marca las 22:43. La lluvia no ha parado desde ayer. Levanté la vista del cajón que estaba revolviendo, para corroborar nuevamente que nadie más se encontrara allí. En efecto, estaba solo. Mi única compañía era la desagradable mirada del oso disecado en la alcoba, y la necesidad infernal de fumar un cigarrillo. Una lapicera, algunas anotaciones sin importancia, algunas fotos viejas; nada que me diera un indicio de la fecha o el lugar en donde me encontraba.
Había despertado hace unas horas en una habitación de la mansión. No recordaba cómo había llegado al lugar, con qué motivos, o hace cuánto.
Mi último registro mental era estar bebiendo mi whisky de costumbre en el bar de Julián, después de haber tenido esa pelea con mi mujer. Era siempre lo mismo. Ella no aprecia la belleza de las pequeñas cosas. Gastar plata en algo que te hace feliz no es una perdida de dinero. Solo de pensar en lo poco que nos entendemos últimamente me llena la garganta nuevamente con esa sensación agria y verde. Si, verde. ¿O me vas a decir, como el idiota de Bruno, que las sensaciones no tienen colores? Sí así fuera, no tendría esta calentura violeta de no saber cómo mierda salir de la casa, ni a dónde carajo se fueron todos.
Dejé el cajón y me puse a revisar en los estantes. Libros de Cervantes, Wilde, Dickens. Todos clásicos. Nada de literatura contemporánea. Nada que no fuera literatura. Bajo mis pies, una alfombra persa bordó, y bastante polvo. O a los empleados no les pagan bien o hace mucho que nadie vive en la casa.
Salgo de la habitación dispuesto a encontrar alguna pista más consistente de mi situación. Recorro los pasillos llenos de pinturas de Coreggio, Goya, Brueguel.
La poca iluminación me pone los nervios de punta y comienzo a ponerme paranoico de escuchar sonidos a mis espaldas. Odio las casas grandes. Siempre parece haber algo espiándote sin que te des cuenta.
Mi respiración se agita y siento mi pulso acelerarse a semicorcheas. ¿Por qué mierda no recuerdo como llegue a la casa? Otra vez la calentura violeta. Mi camisa comienza a sofocarme e intento abrir más su cuello para respirar mejor. El olor a humedad inunda mi recorrido, y como en una claustrofóbica pesadilla veo como se distorsionan las paredes a mi alrededor. Creo que voy a desmayarme otra vez. No. Debo seguir. Encontrar una salida, aire fresco que llene mis pulmones, y un cigarrillo que elimine el aire fresco . Camino apoyándome en lo que encuentro. A lo lejos creo percibir una puerta. Escucho música. Más particularmente una sinfonía de Beethoven. La quinta o la novena, ya no recuerdo.
Veo la puerta acercarse a mayor velocidad. ¡Estoy corriendo! Mis pies parecen moverse solos, como si hartos de que mi cerebro no reaccione, hubieran decidido cobrar voluntad propia.
Una felicidad anaranjada se apodera de mí. Corro más rápido. Los cuadros en las paredes parecen simples manchas de color a mi paso vertiginoso. Las estatuas en el pasillo se vuelven fúnebres testigos de mi maratónica y desesperada huida a quién sabe dónde. Sigo corriendo. Más rápido, más rápido, más rápido, más rápido, más rápido, más rápido, más rápido. Me tropiezo. Veo girar mi entorno. Estoy en el aire. La puerta me revienta la cara.
Oscuridad. Silencio. Escucho los latidos tranquilos de mi corazón. Levanto mi cabeza mientra las rítmicas gotas de lluvia se me meten en los ojos haciéndome cerrarlos. Hace frío.
Miro a mi alrededor. Nadie camina en las calles. Veo una enorme casa que parece estar abandonada, justo en la vereda en donde desperté. Busco la caja de cigarrillos en mi bolsillo, los saco, y me doy cuenta de que están empapados. No sé donde estoy, y la cabeza empieza a dolerme de la calentura azul que me estoy agarrando. Miro las gigantescas torres laterales de la casa, pobladas de ventanales. Posee una exquisita decoración barroca en la fachada. ¿Realmente no vivirá nadie allí?
Me asalta una nefasta e insoportable curiosidad. Desde niño fui así. Tiro la inservible caja de cigarrillos al piso y me dirijo hacia la puerta principal.
Antes de pensarlo mi mano esta tomando el pestillo. Está abierta. La luz mortecina ilumina la habitación llena de telarañas y suciedad que parece haberse acumulado por siglos.
Me siento nervioso. Mis manos tiemblan un poco. Tal vez por los nervios, tal vez por la falta de la acostumbrada dosis de nicotina. Me decido a subir las monumentales escaleras que parecen gobernar el lugar, y siento crujir los escalones a cada paso. “¡Qué desperdicio!” Pienso, mientras comienzo a ver el piso superior.
Quien haya vivido aquí parece haber dejado todas sus pertenencias al abandono.
Para mi sorpresa, una reluciente botella de whisky descansa solitaria sobre la kilométrica mesa rodeada de sillas. No hay polvo sobre la botella. Alguien estuvo aquí recientemente.
Un extraño deja-vu me trae a la mente haber tomado whisky hace poco. Se me viene su sabor a la garganta, así que sin dudarlo me sirvo un vaso. “Debería ser causa de cárcel el abandonar semejante exquisitez”, me digo a mí mismo en voz alta, mientras llevo el vaso a mi boca.
Camino hacia una puerta entreabierta, y veo con terror una todavía húmeda mancha de sangre tiñendo su superficie.
Reacciono sin razonar, corriendo rápidamente hacia el lado opuesto del pasillo, y en ese instante me doy cuenta de que lo más inteligente hubiera sido volver por donde vine. Me dispongo a modificar mi rumbo aludiendo al mencionado plan, pero el sonido de pasos me detiene paralizándome. Mi corazón y respiración se aceleran. Me meto en la habitación a mi izquierda y cierro la puerta esperando que no me hayan visto ni escuchado. Intento tranquilizarme, pero la respiración caliente en mi nuca me lo impide. Debería haberme dado vuelta y mirar a la cara al desconocido a mis espaldas, pero el miedo me retarda y siento algo que no logro ver, pero indudablemente duro, golpearme con la fuerza de mil demonios.
Oscuridad otra vez. Silencio otra vez. Escucho los latidos tranquilos de mi corazón. Levanto mi cabeza y veo que me encuentro en la misma habitación, que ahora puedo observar mejor y darme cuenta de que es alguna clase de estudio. Un desagradable oso disecado es mi única compañía. Cuando logro incorporarme intento en vano recordar como llegue allí. Buscando algún indicio de mi situación abro los cajones del escritorio, pero lo único que encuentro es una lapicera, algunas anotaciones sin importancia, algunas fotos viejas; nada que me diera un indicio de la fecha o el lugar en donde me encontraba.
Miro el reloj en la pared. Las agujas marcan las 22:43.

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