domingo, 31 de enero de 2010

El Transmigronauta y el Apocalipsis

- ¡La puta que lo parió!
Grité al despertar. En realidad mi nuevo recipiente denso tradujo esto, cuando mi impulso fue el de enviar una maldición cósmica Akjurr. Es probable que cada vez que un humano diga la puta que lo parió lance una maldición cósmica Akjurr.
Como muy seguidamente me pasaba, desperté de vuelta siendo otro y en otro lugar y tiempo. Por lo menos, me consolaba bastante el hecho de volver a ser humano después de tanto tiempo despertándome como cualquier otra cosa. La existencia humana era de las más simples de sobrellevar en este macrouniverso, por lo menos para mí.
Estaba muy fastidiado de que me pasara esto una y otra vez y nunca supiera a que atenerme.
Lo levanté y lo miré en el espejo. Comprobé en el rostro que me había tocado, lo que ya sospechaba al ver sus brazos y músculos colgando. Era un viejo de papada colgante, ojos chiquitos, ahogados en la cara hinchada de gordura y crucificada de arrugas, rasgos de italiano. Dejé que los residuos de memoria del recipiente me guiaran y lo vestí. Era un cura. No obstante ello, antes de dirigirlo hacia donde debía, decidí masturbarlo para conectar del todo con el nuevo recipiente (esto era una técnica infalible), lo cual no pude hacer, ya que el pene apenas se paraba. El ano, al contrario, estaba muy dilatado.
No sólo era un cura. Después de cumplir con una serie de ritos fastidiosos, sin ni si quiera un contenido simbólico o estético agradable, lo atravesé por una cantidad de pasillos inenarrable, hasta llegar a una oficina que debería ser de él, y que era una mezcla de despacho de cura con oficina de detective privado de película francesa de 1950.
Ahí lo esperaba un tipo vestido con un uniforme de cuero sin ningún distintivo en especial, el cual en todas sus expresiones delataba ser un policía de investigaciones. Y de los pesados.
- Pensé que no necesitaba avisarle cuando vendría y lo esperé aquí.
- Ah… -lo hice decir, sin entender muy bien qué tendría que contestar, ya que la memoria residual me apuntaba a concentrarme en el bulto del tipo debajo del pantalón de cuero. Luego rebusqué un poco y me di cuenta de que otra frase era mucho más congrua con la situación.- ¿Cómo logró llegar hasta aquí?
- Eso no importa. Creo que usted ya debería saber que podemos llegar y hacer lo que queramos con usted y con todos.
Quedó entonces detenido, como si se hubiera pisado el palito.
- ¿Con todos? ¡Ja, ja, ja! ¿Y entonces para qué me necesita? –dijo mi recipiente y esta frase hizo que me asustara un poco, ya que había brotado de él como un resorte, como si yo no pudiera mediar de ninguna manera y me estuviera fundiendo con un flujo bastante independiente de su memoria residual. Todo por no poder soportar la idea de hacerme una paja por el culo.
- Bueno. –contestó violentamente el otro, como fingiendo recuperar una autoridad forzada en la que ni él creía- Sí, con todos menos con ellos, usted sabe que por algo necesitamos de sus servicios y ya le advertimos que un no como respuesta, significaría que de pronto una paloma que se pose en la ventana del papa genere una fisión nuclear en el vaticano; o quizás una simple mosca… cómo saberlo… El asunto es que lo necesitamos ya.
Me di cuenta que no teníamos alternativa y maldije el hecho de haber caído en el cuerpo de un cura puto y encima con problemas con la mafia, la policía o vaya saber qué. No obstante tenía un problema más grave: no tenía idea de qué se suponía qué debía hacer. Rebuscaba y rebuscaba en su memoria residual y en ese momento, todo me hablaba de las ganas que tenía desde hace tiempo de meterse ese pene en su boca. Una de las peores fallas de los humanos es la importancia exagerada que le dan a sus deseos sexuales, a tal punto que llegan a desplazar archivos de memoria de cosas mucho más importantes de forma tal que cada vez que caigo en un humano, casi todo el tiempo debo estar ocupándome de problemas de sexualidad, tanto sean conscientes o inconscientes en mis recipientes; lo cual es bastante aburrido a la larga.
- ¿Pero qué tengo qué hacer?
Sin que yo lo pudiera evitar, mi inocencia residual de haber sido ángel varias veces, que hizo decir una cosa tan estúpida a mi recipiente. Como resultado lógico, el otro me miró entre asombrado y desconfiado.
- ¿Qué pasa Monseñor? ¿Está teniendo problemas de memoria?
Lo hice suspirar y preparándome a la misma incomprensión de siempre, junté fuerzas y lo hice largar de un tirón.
- No, de hecho el monseñor al que se refiere no puede tener problemas de memoria porque está muerto. En este momento es su cuerpo el que le habla, con parte de la memoria residual que queda en los archivos “Ka”, hasta el momento de la descomposición. Si usted sabe algo de mitología egipcia, sabrá que justamente le llamaban “Ka” a una parte del alma asociada con el cuerpo material y “Ba” a la otra, la meramente inmaterial, que se desprende antes. Como le decía, le habla su cuerpo y algo de su “Ka”, pero el alma consciente que lo ocupa es otra.
Ya no recuerdo mi nombre, creo que mi primera condición fue de humano, creo que era un homofóbico o alguna otra especie de intolerante que participó en alguna revuelta o conspiración y fue derrotado; no importa. El hecho es que mi “Ba” fue conservado por un par de siglos fuera de mi cuerpo, por unos fieles acérrimos que tenía, con el fin de reencarnarme. Nunca quedó claro si conservaron el “Ba” desasociado o si lo hicieron por medio de la conservación de mi cabeza o de mi miembro viril. No obstante, mis pasados enemigos volvieron a derrotarlos y entonces, aprovechando la potencialidad de mi Ba para la transmigración (por el hecho de no estar asociado a un recipiente denso consciente hace siglos), me comenzaron a usar como un software de emergencia médica.
Cuando una persona se accidentaba o estaba en una situación límite imposible de curar, en el tiempo mínimo que faltaba a su muerte física, pero cuando ya estaba desprendido el “Ba”, yo encarnaba en el cuerpo para mantenerlo vivo por el tiempo necesario para que repararan al mismo, ya que mi Ba tiene -por los años de guardado en un frasco-, la capacidad de animar cosas inertes. No se cómo explicarle, es un proceso de química espiritual que no deben conocer aún en esta época. Todo esto me pasó en el futuro.
No obstante, un día hubo otra guerra civil en la capital del Imperio Mundial y el Hardware donde me hallaba alojado fue destruido. Como resultado, quedé a la deriva y sin terminal de origen en la ultra-red, programado para meterme en cuerpos de personas unos segundos antes de morir. Este mecanismo se viene repitiendo de forma ciega hace ya bastante tiempo y me tiene un poco fastidiado. Hoy me desperté adentro de este Monseñor y no es que no tenga la intención de ayudarlo, pero no encuentro nada relacionado a usted en el Ka de Monseñor. Lo único asociado a usted es que le interesaba mucho sexualmente.
Luego de semejante párrafo y esperando de nuevo que me metieran en un centro psiquiátrico con mi recipiente a cuestas, vi que el otro quedó un momento con la boca abierta. Después se empezó a reír a mandíbula batiente y cuando se terminó de secar las lágrimas me dijo:
- ¡Vamos! ¡Toda esa argumentación para que lo monte! Por favor, Cognudo, todos sabemos que el obispo es puto, si quiere que me acueste con usted dígamelo y ya.
- ¡No! –le hice decir, mientras se me acercaba riéndose y abriéndose un botón del pantalón. –Es verdad, soy un transmigronauta, el primero de mi serie…
-Sí, claro… Está bien, a ver. ¿En que cosas trasmigraste?
- No sé si me acuerdo todas, le digo no en orden, si no como me voy acordando: pájaro dodo… algunos animales tienen conciencia de sí mismos a pesar de lo que piensan los humanos ¿Sabe? A ver… sicótico de las películas de Sophia Lorenz, caballo de carreras en Australia, corredor de pólizas de seguros en Haití, robot lava copas en España, pinche de cocina en Alemania en el siglo XVI, habitante del planeta Júpiter tres millones de años atrás, ratón transmisor de la peste bubónica en el mismo siglo, celacanto, fui el conocido escritor Stephen King desde su accidente en 1999 en adelante, abogado corruptor de menores, paramecio quince veces, puercoespín, niño en estado vegetativo, seres de otras dimensiones y galaxias de los que no puedo hablarle, ladilla, ángel diez veces, arcángel quince, tenia intestinal veinte, ama de casa lesbiana, forma de vida marciana, viejo vendedor en la feria, castrati frustrado por la fama de Farinelli, mutante en el siglo 23, velociraptor, cucaracha en el jurásico… no recuerdo más…
- Muy bien, muy bien -decía el tipo, riéndose y acercándose a mi cada vez más-, tenemos poco tiempo para actuar, así que tiene que ser rápido Monseñor.
Luego trancó la puerta, mientras sacaba su enorme miembro circuncindado y vi que no podía hacer nada.


Mientras volábamos por la calle en un automóvil -que me permitió calcular en qué siglo me encontraba- , insistí con que no recordaba en serio qué se suponía que tenía que hacer.
El otro, que empezaba a molestarse en serio por la situación, suponiendo estupideces retorcidísimas en vez de creer que era un transmigronauta, me terminó explicando, como asegurándose de algo, no sé de qué.
- A ver, monseñor… Tenemos la siguiente situación: los servicios de inteligencia saben perfectamente que el cártel Sheitán tiene un cargamento de una super-droga especial, no sabemos muy bien como actúa sobre el organismo ni como está hecha. Lo que sí sabemos es que los compradores exclusivos que ya la encargaron por sumas millonarias, sentirán un éxtasis inaudito que durará cerca de setenta y dos horas y luego morirán sin el más mínimo dolor. También sabemos que los recipientes del mapa encriptado y dividido en cinco partes para ir a recibir el cargamento, están llegando de a uno a una supuesta fiesta privada de varios días en el cassino-ressort Punta Argentina. Yo me encargo de apresarlos y Ud. le saca la información.
Yo seguía confuso y ahí el tipo ni sabía como reaccionar.
- ¿Hay algo que no haya entendido Monseñor?
- Sí… ¿Qué les importa?
-¿Cómo? –dijo el otro con la cara desencajada.
-Sí, es que no entiendo. Si hay gente que le pagará a este supuesto cártel una suma extraordinaria para consumir una droga que los matará y lo hacen por libre arbitrio y no obligados… ¿A quién le importa eso? Quiero decir: ¿Cuál es el motivo para impedirlo?
El otro lo miró como horrorizado.
- ¿Es que usted cree que es bueno drogarse Monseñor?
- No lo sé… no sé si en todos los casos. Cuando uno es un ángel tiene que drogarse permanentemente por un tema de impedir la solidificación de la conciencia… Claro, no es el caso. En el caso de los humanos, no sé… Creo recordar que en mi primera vida yo consumía hongos o algo así. Creo que hay algunas drogas que son más dañinas que otras y no deberían consumirse tanto, como las frituras…
-¡¿Qué está diciendo Monseñor?! –Dijo, frenando el auto de golpe- Las frituras no son drogas, droga es cualquier sustancia que altere el sistema nervioso y que pueda crear dependencia, pero todos sabemos que los problemas son con las drogas ilegales; con la cocaína, las metanfetaminas, el blue-eye el meta éxtasis… ¿Cree que está bien consumir ese tipo de drogas Monseñor? Nuestro Estado descansa sobre el presupuesto de que es una de las primeras prohibiciones totales…
- No… ¡No! –quise tranquilizarlo porque se veía muy nervioso.- quiero decir que no sé a que droga se refiere. O sea, de hecho si esa definición de droga se tiene en cuenta, casi todo en el universo es droga, para el ser humano sobre todo, el mundo entero es droga, piense en las alteraciones del sistema nervioso y la dependencia que le provocan simplemente sustancias como el aire o el agua, o la comida…
El arma se posó en la cabeza del recipiente de inmediato y no pude evitar una reacción de miedo que lo hizo orinarse, más allá de que la muerte para mí mismo significaba muy poco.
- Será lamentable entonces que un para-policia como yo tenga que denunciar al Obispo por subversión…
Se ve que él esperaba que yo dijera algo, pero simplemente el recipiente se orinó y sentí que su corazón se comprimía como una pasa de uva, mientras yo consideraba que otra vez me había metido en un mundo de incoherentes que se creen normales… como cada vez que trasmigraba a un humano en cualquier época, bah.
- … a menos que colabore y deje el jueguito de no entender y la trasmigración, y todo lo demás, Monseñor. –continuó.
- Bueno. –le hice decir, resignado a lo que vendría.
Seguimos viajando en silencio, hasta que el tipo llegó por la ruta al costado de una floresta artificial, dentro de la cual se veía un caminito, seguramente de rateros. A lo lejos, se veía un lujoso hotel y casino, que supongo sería el Punta Argentina al que se refería antes. Paró y dijo que teníamos que acercarnos por el camino para que no nos vieran y que deberíamos actuar de inmediato. Bajamos, no sin que antes el se cruzara en el pecho una especie de bolso de dimensiones importantes. Entonces, con mucho tacto -mientras hacíamos unas extrañísimas vueltas por lugares llenos de travestis y androides prostitutas, oscuros y malolientes en contraste con el lujoso hotel al que debíamos llegar- le hice decirle a mi recipiente que me recordara lo que debía hacer.
- A las 22000 (para lo que faltan cinco minutos), llegará físicamente el último recipiente del cripto-mapa que guía al descargue de la droga Apocalipsis. Llegará a la habitación de la suite presidencial. Decidieron esto dado que sus contactos por ultra red fueron descubiertos y desencriptados por nuestro servicio de inteligencia robot. Sin embargo, cuando los cinco recipientes estén juntos y llegué el receptor de la información, cada uno decodificará su mensaje, el receptor lo unirá y la distribución de Apocalipsis será ya incontrolable. Su función, Monseñor, es la de exorcizar los recipientes a fin de que podamos unir el mensaje y ganarle el punto a los narcotraficantes. ¡Si logramos desbaratar la entrega de Apocalipsis será la ruina total del cártel Sheitán! –culminó, con una emoción admirable.
Por dentro, yo pensaba en cuantas acepciones tendría la palabra recipiente en la suma de todas las épocas, lo estúpido de esos nombres bíblicos en un cártel de drogas y también, en cómo demonios iba a practicar un exorcismo desde dentro de un recipiente cuya memoria residual estaba cargada únicamente de penes y testículos. Y en por qué demonios la gente de ésta época suponía que un exorcismo de un cura podría quitar y desencriptar archivos de software biológico implantado.
Finalmente, terminamos de recorrer entre malezas y jeringas abandonadas y llegamos a lo que parecía una calle trasera del edificio, plagada de basura y deshechos del mismo, así como de pichicomes consumiendo cocaína de baja calidad por merca-tubos en el cráneo.
El otro, sacó del bolso una bolsa de cocaína malísima, casi gris y levantándola gritó:
- ¡Un gramo de prueba para cada uno!
Los pichis, sin pensarlo, corrieron como una jauría hambrienta sobre el para-policia, que empezó a repartir los sobres individuales de dentro de la bolsa grande.
Los inocentes pichicomes se vaciaban las bolsitas en sus merca-tubos y conversaban sobre dejar al viejo distribuidor y empezar con éste. Cuando el para-policia vio que el último había consumido su cocaína, sacó una micro-palm y mientras ejecutaba un comando gritó:
-¡Todos a inmovilizar a los guardias del hotel!
Los pichicomes, que deberían haber consumido cualquier cosa menos cocaína, corrieron como zombies a la puerta principal y otras entradas del edificio.
- Esperemos a escuchar el primer grito y corremos hacia la puerta de adelante, entramos y nos dirigimos directamente hacia la suite presidencial.
Cuando vi como venía la cosa me tensioné como no lo había hecho hasta el momento. Tenía que hacer algo que a simple vista parecía ilegal, que pondría en peligro la integridad física de mi recipiente (con las desagradables descargas de adrenalina y miedo que esto presupone) y además, yo debía practicar un exorcismo, que además de parecerme que iba a ser ineficaz para el caso, no estaba seguro de poder rascar del residuo de memoria del cura pederasta. Algo desesperado, pensé que la forma más eficaz de asegurarme no fallar en el exorcismo era la integración total con el Ka del recipiente. Lo hice tomar algo del suelo, un pedazo grueso de fierro oxidado y si bien me desagradaba el poco aseo del objeto, le subí la sotana y le bajé el calzoncillo, empezando a apretar sus labios para soportar mejor la introducción del objeto en el ano del recipiente.
- ¡Monseñor! –sentí que gritaba indignado el otro- ¿No tuvo suficiente con lo de hoy?
Me sentí desorientado y comprendí que él no sabía.
- ¡No! ¡No es lo que piensa, para hacer el exorcismo necesito masturbar el cuerpo del cura para integrar del todo…
-¡Vamos Monseñor! No me venga de vuelta con esas estupideces de la transmigración… ¡No puedo creerlo! ¡Cura tenía que ser! Son todos unos ociosos, degenerados y maricones del ojete… No hay tiempo para pajas. ¡Vamos, aprovechemos la confusión!
Pronto dimos vuelta al edificio y nos encontramos con un espectáculo de tripas que ya colgaban como guirnaldas en la entrada del lujoso casino-ressort. Unos patovicas vestidos de negro -y con unos incomprensibles lentes del mismo color en la noche cerrada- no llegaban a desenfundar sus armas, cuando tenían tres o cuatro pichis prendidos de distintas partes del cuerpo, arrancándoles pedazos a mordiscones, los cuales no soltaban la presa ni cuando les pegaban patadas en la misma cabeza. Alrededor, un enjambre de gigolós con plata, agentes de modelos y putas adineradas con títulos nobiliarios comprados y peinados cursis hasta el ridículo, corrían y gritaban, perdiendo zapatos de taco y cayéndose de cara contra el suelo embarrado de sangre. Yo hacía correr el cura y recordaba mi encarnación original, muy difusamente, algo muy parecido, correr entre balazos con una carta en la mano o algo así.
Siguiendo al otro, atravesé la confusión como si nada, mientras a centímetros de mí, un guardia llegaba y desenfundaba un arma, disparaba y le volaba los sesos a un pichi, mientras dos más empezaban a desgarrarle el cuello por atrás.
- ¿Pero esto de combatir las drogas no se supone que era para evitar que muriera gente? –pregunté. Pero pronto estuvimos adentro y el ascenso por las escaleras fue vertiginoso. Teníamos que abrirnos paso a codazos con gente que corría como loca y no se daba cuenta de que los pichis ya habían llegado al hall y los iban a despedazar, si es que pensaban que eran guardias del hotel. Finalmente llegamos al piso correspondiente.
En una escalera, sentado y con los brazos alrededor de las rodillas, un maricón con pinta de diseñador de modas o algo así, lloraba desconsoladamente. El para-policía lo miró y el maricón entendió antes que yo.
- ¡Por favor! Sólo soy un artista… ¡No me mate, soy Nordagio!
Pero el otro, le pegó un tiro, volándole la cabeza sin ton ni son. No comprendo que podría haberlo llevado a hacer eso. Quizás simplemente odiaba a esa persona y aprovechó la oportunidad.
Finalmente, el otro metió su ojo en el detector de la puerta y digitó alguna clave. Al instante la puerta se abría. Por suerte, se cerró lo suficientemente rápido para que los abombados de ahí adentro no se dieran cuenta de que había un enjambre de pichis matando sin control y subiendo las escaleras.
Entramos y el golpe de vista fue fuerte. Había cuatro tipos en un estado de trance bastante evidente, alrededor de una lujosa mesa de caoba enchastrada de restos de cocaína y pastillas de todo tipo. Una rancia música hacia parpadear las luces de algún estéreo que no llegaba ver. Los hombres estaban vestidos casi como parias y hedían abundantemente. Uno era un negro enorme con un parche en el ojo, el otro era un viejo gordo desdentado y lleno de anillos, con un pañuelo grasiento en la cabeza, a su lado una mujer con rasgos aindiados y un pin de la neo-neo-izquierda y finalmente un travesti, con más barba que un ermitaño y unas tetas de goma vencidas que le caían casi hasta el ombligo.
Mientras daba los primeros pasos por la habitación, sorpresivamente, el otro me aferró con un brazo alrededor del cuello y luego me empujó hacia delante, poniéndome un revólver en la cabeza y diciéndome:
- ¡Exorcisalos ya!
Los de la mesa no parecían tener ninguna intención de moverse, sin embargo agregó:
- ¡Sí alguien se mueve, volamos todos!- mientras con la mano que no encañonaba mi recipiente, mostraba una granada H que sacó de su bolso.
Bueno, dado que ya no le quedaba orina que liberar, el recipiente no se meo nuevamente, pero sentí como le corría el sudor frío por todo el cuerpo y los testículos se le empequeñecían dolorosamente, contrayéndose hacia adentro de la ingle.
- ¡Espíritu del mal, en el nombre de Cristo, por la sangre de Cristo, por las llagas de Cristo; te ordeno que salgas de este cuerpo en este momento!
La orden exotérica salió de la boca del recipiente como automáticamente, sin que yo que era el alma que lo ocupaba pudiera hacer nada, como si el recipiente mismo fuera un robot básico, cuyo poco software de Ka utilizable estuviera programado indefectiblemente para decir esa frase -costara lo que costase-, en el momento adecuado. Y para querer sexo homosexual. Fue de pronto. Como si nada, me encontré gritando esa frase una y otra vez, mientras la cara del recipiente gesticulaba y su mano se afirmaba fuertemente en la frente del negro enorme.
- ¡Espíritu del mal, en el nombre de Cristo, por la sangre de Cristo, por las llagas de Cristo; te ordeno que salgas de este cuerpo en este momento!
El para-policía detrás de mí ,temblaba como si fuera a explotar o a salirle un demonio a él de dentro, aunque el negro ni se moviera.
- ¡El software! ¡Cambiá el exorcismo a términos informáticos o te mato cura de mierda!
De golpe tuve que intervenir y detener forzosa y dificultosamente al recipiente. Razoné lo más rápido que pude:
- ¡Archivo del mal, en nombre de Bil Gates, por los bytes de Bil Gates, por los USBs de Bil Gates; te ordeno que salgas de este hardware biológico en este momento!
Repetí la orden un par de veces, con mucho menos entusiasmo por parte del recipiente.
- ¡Esto es absurdo! –me di vuelta y le dije al para-policía.- Nada asegura que un exorcismo católico sirva para desencriptar archivos. De hecho no está funcionando…
-¡Callate y seguí por que te mato cura de mierda!
En ese momento pensé que había sido bastante estúpido. Y que siempre hacía lo mismo. Trasmigraba a una leprosa de la India y como si fuera un ser limitado y con miedo a la muerte, sufría todo el calvario del recipiente hasta que éste reventaba (de vuelta), pudiendo tirarme de cabeza contra una piedra, matar al recipiente y trasmigrar una y otra vez, hasta llegar a aquel en que me gustara quedarme. Una y otra vez hacía lo mismo, para terminar preguntándome en cierto momento, por qué me preocupaba tanto en conservar el cuerpo de mis recipientes, al que de todas formas ya había salvado por lo menos una vez. Era algo que no podía controlar, como si fuera un código imborrable arrastrado de mi programación para emergencias médicas. Pero esta vez era demasiado, caer en un cura minutos antes de participar en un vertiginoso desmantelamiento de una rede de narcotraficantes, encima guiado por un policía con delirios religiosos.
Lo dejé quieto.
- ¿Qué hace? ¡Monseñor, están empezando a levantarse! ¡En cualquier momento va a llegar el receptor! ¡No tenemos tiempo!
- Máteme entonces… ¿No dijo que si no hacía lo que usted me ordenaba me iba a matar? Máteme…
El otro empezó a sudar, se puso pálido. No sabía que decir para que no se notara la impotencia de que necesitaba de todos para manejar la situación y se notaba que estaba sumamente lejos de sus expectativas, aplicar la solución final de la granada H.
- ¡La puta que lo parió! –gritó casi llorando y recordé mi teoría de las maldiciones Akjurr.
Los de la mesa, se acercaban a nosotros, cuando la puerta se abrió y se cerró como un destello. Por una décima de segundo detrás del que entraba vimos explotar la cabeza de dos o tres pichis. El que entró era un prototipo de la Cossa Nostra, jadeante y sosteniendo con los dos brazos una metralleta ultra- fap.
- ¡Mierda! ¡Si non hubiera traído la metraglieta staría mordito hasta l pito!
A pesar de tan jocosa entrada, el para-policía no pareció sonreír ni nada que se le pareciera. Con terror, miró al mafioso, el mafioso lo miró a él y luego a los de la mesa, que ya se levantaban, como si no estuviesen drogados y fueran a obedecer a cualquier cosa que les mandara el italiano, como los pichis de afuera con el otro.
- ¿Qué es ezto? ¡Qué patsa cui!
El negro dijo con una voz descomunal:
- Parece que el recipiente cinco quiso quedarse con la información para él, intentó exorcizarnos la información por medio de ese cura –y me señaló-. Sólo que el estúpido no se dio cuenta que sin un crucifijo no iba a funcionar… ¡Ja, ja, ja, ja!
Todos empezaron a reírse y yo no supe como reaccionar ante la última afirmación del negro. Sin embargo, el para-policía estaba sudando, pálido y amenazó de nuevo levantando la granada H, aunque no podía hablar.
- ¡Non, non, non, Jhonny! La cosa non e así. Ezta ve no… -y le sacó la granada de la mano con un movimiento sin esfuerzo, aceitado, sin que el otro pudiera oponer la más mínima resitencia-. Tendríamo que haber sabido qui non si puede confiar en la inter-politsia…
El tano, mientras el otro se orinaba en los pantalones, lo tomo como a un muñeco y le clavo la agujita de un bio-pendrive en la nuca. Luego lo tiró al suelo y dijo:
- ¡Diviértanse con lui, bambini!
Los de la mesa empezaron a abalanzarse sobre el desgraciado pero sin embargo, mostrando un mínimo de valentía en todo ese tiempo, usó el arma y se voló la cabeza antes de que los otros llegaran a tocarlo.
Yo no tuve tal suerte, ya que luego el tano decidió que era mi turno. Los de la mesa no eran misericordiosos ni nada que se le pareciera. Más bien eran terriblemente sádicos y despiadados. Hubo muchas preguntas, muchos golpes desde los cuerpos de esas criaturas hediondas que había despreciado. Las bocas desdentadas escupían mi recipiente, pero me escupían a mí, me pateaban, me orinaban la boca, hasta que el cuerpo del cura no pudo más y sentí el más tremendo dolor espiritual al morir de toda mi carrera de trasmigronauta.


Para poder explicarlo bien, debería establecer la relación siguiente. Uno se muda permanentemente de una casa a otra, solo que no sabe a qué casa se va a mudar. Al parecer uno se traslada automáticamente a una casa, que por azar o aleatoriamente le es adjudicaba por medio del mecanismo más ciego del cosmos. O eso me parecía hasta ese momento.
Vi difusamente que el tano y los demás estaban encima de mi recipiente y me extrañó que el viejo cuerpo del cura hubiese resistido tanto. Pero no lo había hecho.
- Vamos, que no se drogue más por unas horas y va a sobrevivir. Pero por las dudas de que se pele, hay que sacarle la información ya, después es mucho más complicado.
La mujer de la mesa, lo decía mientras sacaba unos aparatos eléctricos de encima del pecho de mi recipiente, que no era otro que el negro enorme con el parche en el ojo.
Luego de eso levanté un poco su cuerpo y dejé que le enchufaran el pendrive biológico. Uno a uno, el tano extrajo la información, la traslado a su palm y luego introdujo una clave secreta para decodificarla.
- ¡Perfetto bambini! – y sacó cinco tarjetas del bolsillo de su saco manchado de sangre-. Cui tienen chinque migliones de dólares para cad uno. La clave de toda las tarjeta e Bava, con be corta la segunda ve.
- ¡La puta que lo parió! ¡Nunca había tenido tanto dinero en la mano! – gritó entusiasmada la tipa.
Un ruido fortísimo, que tapó la música hipnótica que había dentro de la suite, nos sorprendió a todos. Cuando miramos, la puerta de seguridad infalible, caía abajo, vencida por la fuerza de una pandilla de pichis, de los cuales algunos estaban bajo los efectos de la droga que les había dado el para-policía y otros, solamente se habían sumado al saqueo.
El tano, sin dudarlo, casi divertido, recogió del suelo su metralleta y comenzó a disparar rabiosamente:
-¡¡Voi siete lo que alejan lo turista!!
Fue en ese momento que desarrollé otra teoría. ¿Por qué el mecanismo ciego me había mudado a la casa de al lado y justo en este momento? Yo tenía que hacer algo, tenía un lugar en cierta misión divina relacionada con la droga esa. O algo por el estilo. Fue entonces que se me ocurrió.
Las primeras filas de pichis estaban siendo barridas por el tano, mientras que de forma entusiasmada, los restantes de la mesa comenzaban a ayudarlo con unas míseras pistolas de mano, menos el travesti, que displicentemente esnifaba toda la cocaína regada en la mesa.
El ojo del negro vio entonces las tarjetas que habían quedado tiradas en el suelo, no muy lejos de cada uno de sus propietarios, entretenidos en matar pichis, menos la del travesti, que éste usaba para hacerse líneas, aunque le quedaban cada vez más parecidas a espirales.
Rápido, moví al negro hacia las tarjetas, las tomó de un saque y luego, hice que le pegara una colosal patada Ninja en la cabeza al travesti, de forma tal de hacerme también con su tarjeta.
Los demás en la habitación se dieron cuenta de lo que pasaba y se dieron vuelta para mirarme. Ese fue su error. En menos de un segundo de fuego parado, los pichis se habían prendido con alma y vida de sus cuerpos. El tano fue el primero en morir, largando como estertores mortuorios unos metralletazos para arriba, que hicieron que el techo lloviera sobre él.
De inmediato y abriéndome paso por medio del descomunal cuerpo del negro, lo lancé sobre el cadáver del tano, quitándole la palm y evitando a duras penas la mordida de un pichi. Luego lo hice agarrar la granada H, que por alguna razón estaba tirada en el suelo muy cerca de él. Luego lo lancé a la carrera hacia la ventana, esquivando el cadáver del cura, del para-policía y al travesti, que se levantaba con la nariz rota. El negro tenía un excelente estado físico, ya que lo largué por la ventana y ni si quiera sintió el impacto contra el vidrio, ni contra el suelo. Antes de estar lo suficientemente lejos, hice que el negro lanzara la granda H dentro del hotel y huí por entre los cadáveres de pichis y vedettes hasta el auto del para-policia.


El archivo Ka del negro me sirvió muchísimo para todo lo que vino después, ya que era un malandro hábil y sin el más mínimo escrúpulo. Su falta total de moral me hizo recordar en cierto sentido a la conformación espiritual de los ángeles.
En dos días había logrado robar el cargamento de Apocalipsis, contratando para ello unos yakusas con un mínimo porcentaje de mis veinticinco millones de dólares. Luego, antes de tomarme el avión privado hacia la Polinesia, algo en el Ka del negro me hizo detenerme a hacer algo por él, que redundaría en mi beneficio. La mandé a buscar y huimos.
Vivo desde hace cinco años en la Polinesia y mi cargamento de Apocalipsis aún no se terminó. Fuera de toda predicción, el exceso de Apocalipsis, al contrario de matarte, te lleva a mejorar tu estado de salud física de una forma inaudita y potencia mucho la sexualidad, que es algo que realmente he podido empezar a disfrutar desde que mantengo relaciones con Eli, la sobrina del negro, con la que el negro también tenía relaciones.
- Tenés el pito de él y sos el transmigroanuta más sensible y romántico del mundo. –me dice siempre, mientras pintamos acuarelas después de hacer el amor.




Jorge Pollito Manco.

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