domingo, 31 de enero de 2010

Doctor Dulces Sueños.

El Doctor Dulces Sueños es una narración verídica, que iremos publicando períodicamente. Éste es el primer capítulo. una vez publicada la narración integra, iremos pensando en su versión en cómic. que lo disfruten y... ¡Dulces sueños!
Imagen: "Angst" de Edvard Munch
Capítulo I: Elefante


Siempre pensé que La Ciudad era un elefante dormido en un mar de estrellas.
Sale la segunda Luna, anunciando la noche, y si bien muchas de las calles están vacías, la principal se repleta ahora. Todos acuden al templo del Dr. Dulces Sueños. El Dr. Dulces sueños les da a todos las pastillas que necesitan para dormir.
A todos. Menos a mí.
Todos duermen. Menos yo.
Una vez más, llego en la cola que se forma hasta el Dr. Dulces Sueños, esperando recibir la pastilla de una extraña aleación de oro, plata, alcanfor y un ingrediente secreto que sólo el Doctor conoce. Una vez más, su rostro simultáneamente inexpresivo, simpático y sarcástico me observa con una mirada hueca, como atravesándome, vacila unos segundos como si viera algo borroso, pero finalmente, al parecer no me ve, ni me habla, por lo que estirando su brazo esquelético sin dificultad sobre mi hombro, le da la pastilla al que está detrás de mí, éste se va y luego, se la da al de detrás y luego al otro y luego al otro, hasta que me voy, sin que él si quiera denote haber registrado mi presencia.


Cuando él dejó de darme las pastillas incomprensiblemente, nada pude hacer. Nadie puede explicarme por qué lo hace y lo toman cómo algo que simplemente es así. No sabemos por qué lo hace, pero lo hace, y si él lo hace está bien. Y el tema se cierra.
Cuando nadie entre mis pares mostró poder ayudarme, decidí consultar profesionales, médicos como el mismo Dulces Sueños.
El primero al que fui era un hombre canoso y enorme, que me miraba torvamente desde detrás de unos lentes bifocales de media montura. Me dio pastillas para recuperarme de las alucinaciones que me hacían creer que el Doctor Dulces Sueños no me daba las pastillas y que yo no dormía. Convencido, comencé a tomar las pastillas para recuperarme de mi locura pasajera, pero éstas comenzaron a dejarme casi tarado por todo el día, no podía hacer nada y creí empezar a tener verdaderas alucinaciones, ya que sin poder evitarlo pasaba horas enteras en un extraño lugar atendiendo un teléfono, sin que nada más pasara, con un sinsentido total. Fui a hablar nuevamente con el Dr. de los antipsicóticos, pero éste, luego de hacerme varios estudios, concluyó con que tomara media pastilla en vez de una. Luego volví, porque los síntomas se hacían peores y él me hizo más estudios y me recetó cuarta pastilla y luego lo mismo y lo mismo y lo mismo, hasta que llegó a recetarme un 0.11114183 de décima de pastilla, que sólo podía partir con ayuda de un técnico. Y yo seguía sin dormir.
Harto, cambié de médico y este otro, joven y al parecer menos tradicionalista en cuanto a la medicina, me dijo que era un tema de estrés y me recomendó hacer ejercicio antes de ir a ver al Doctor Dulces Sueños. Sin embargo, seguí sin conseguir que él me viera o me diera la pastilla y seguí sin dormir.
Luego fui a otro médico, que horrorizado, me prohibió hacer ejercicio antes de ver al Doctor Dulces Sueños y se alabó a sí mismo por haberme salvado al vida y a mí, por haber decidido abandonar al médico anterior. Me dijo que mi problema era que tenía colesterol, azoemia y diabetes y nadie lo había detectado antes. Me mandó exámenes mensuales, medicación y una dieta estricta. Pasé dos meses de riguroso tratamiento pero seguía sin dormir y el entregador de las pastillas seguía sin verme. Entonces volví al médico que me prescribiera el tratamiento y éste, horrorizado, me preguntó quien me había estado a punto de matar diciéndome que no hiciera ejercicios antes de ir a ver al Doctor Dulces Sueños.
Abandoné, entonces, a los médicos y seguía sin dormir.


La Ciudad duerme. Ya todos menos yo han recibido la pastilla de la mano de nuestro benefactor. Las calles, parecidas a las arrugas de un elefante dormido, duermen. Todos duermen, menos yo y los policías encargados de vigilar que todos duerman menos ellos. Incluso pensé en volverme policía para evitar problemas, pero luego, descubrí que se debe nacer policía. ¿Si yo no duermo cuando sólo deben no dormir los policías, no seré un policía sin que nadie se haya dado cuenta?
Doblo la esquina de siempre hacia los muelles, donde pasaré una nueva noche de desvelo, pensando en cosas tortuosas y reiterativas, como el ir y venir de los oleajes de arena que miro hipnotizado hasta cerca del amanecer. Casi al doblar, pienso que La Ciudad es un elefante dormido, pero que un día, cuando despierte, todos moriremos aplastados, cuando se muevan las arrugas de su piel.




Jorge "Pollito" Manco.

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