domingo, 31 de enero de 2010

Briggitte y su Amante.

Imagen de William Blake
El bar está abierto de continuo. Por eso no podría determinarse, si es “ya” o “aún”, el adverbio adecuado para referisrse a que sus clientes estén en una atemporal juerga etílica, en medio de la ciudad luz que frisa las diez de la noche.
¡Ah! ¡París... París: Meca de los sudaméricanos eurocéntricos en busca de una cultura sofisticada y a la vez más trasgresora y sediciosa que la de sus semibárbaros coterráneos, capital del croissant, el pan flauta, la pedantería intelectual, el romanticismo barato y los reclames de perfume sobliminales sin argumento ni sentido alguno. ¡Tierra de mis sueños!
¿Qué no harían muchos de nosotros para alcanzar esta tierra sagrada?
Sin embargo, miren al pobre ser que se arrincona, solo en una mesa, con la nariz alargada pegada contra el vidrio, la boca como un hocico, los ojos de animal acorralado y la ropa de lanilla gris como si fuera parte de su propia piel. No habla con nadie, no ríe, parece sufrir, mostrando la diferencia con respecto al entorno, de que su semblante no denota nada parecido a la intelectualidad dolorosa de un personaje de Sartre discutiendo en un café. No alaba como meca de sus ideales a la sudamérica del Che.
Una joven se sienta a su lado. Sin pedir permiso.
Lo mira con insistencia, arrima su cuerpo al cuerpo descomunal de él y espera que establezca una conversación aunque sea metereológica y de mera función fática. Si bien el alcohol y el haschich argelino la tienen desinhibida, con una plácidez irracional y bastante entontecida, se da cuenta, que el tipo es tan lelo y retraído, que ni se percata de su evidente incitación sexual. Sin embargo, en vez de alejarse, se decide a tomar las riendas y llevárselo como sea... lo quiere para ella ¡y ya!
Casi posando su cabeza en el pecho musculoso de él, le pregunta si le gustan las chicas suizas. Le aclara que ella es suiza, aunque es una mentira a expensas de su blondez. Lo mira con ojos anhelantes y pasa lentamente su aterciopelada lengua juguetona por el borde de sus labios carnosos.
Cuando él la contempla, ella nota que su mirada tiene algo de salvaje, instintivo y animal. Sin reparar en que la expresión de atención de él, denota más desconcierto que cualquier otra cosa (y menos que nada lascivia), esa aura animal le hace sentir un napalm en el medio de sus piernas cruzadas. Separándolas y abriéndolas como fauces dirigidas en dirección a él, lo toma por lo que parece el cuello gris de su pullover ajustado y empujándolo hacia ella, lo besa bestialmente, sin notar por la embriaguez, que él tiene un aliento fétido a carne de cordero, que alcanzaría para desmayar a un pescador de sardinas.
Sin embargo, nota que él no sabe ni que hacer con su lengua (¡en Francia!) y que el tipo parece ignorar lo que es un beso. Se desprende de él, lo mira y ve que se aplasta erizado y con la cabeza gacha contra el vidrio.
Primero, le dan ganas de cagar a patadas en las bolas al grandísimo idiota, pero luego mira su cara y se da cuenta que hay algo en él que la enloquece y que no lo puede perder esta noche por nada del mundo, si quiere apagar el incendio que ya le llega hasta las mejillas y le hace marcar los pezones en su blusa de seda.
Piensa y decide que de alguna forma sabrá que hacer en el momento y si no se recurre a la vieja y querida Andrómaca, como cuando sus compañeros de universidad están demasiado ebrios o semi inconscientes. Seguramente es un tímido y retraído o un traumado al estilo de Norman Bates, piensa, lo cual no es algo que no se cure si además le ofrezco dinero.
Aceleradamente, como corriendo una deseperada carrera hacia -por lo menos- el primer orgasmo, saca unos billetes de su padre de la cartera y los muestra, le mete muchos en la mano y le promete más y sin que él entienda nada, lo arrastra hacia un taxi. Él tiene miedo de atacarla, de defenderse. Se siente en total desventaja y además, algo en ella ha logrado de cierta forma causarle una excitación mezclada con un gran miedo, que le hizo erectar como nunca su pene sin hueso.
Mientras sus compañeros de juerga, seguramente seguían discutiendo sin sentido acerca del nuevo simbolismo místico en las pinturas de Boccioni, casi violándolo en un apartamento con vista panorámica, ella disfrutó como una bestia, mientras su caniche se escondía aterrorizado en el placard. Como no quiero incluir en esta narración detalles tan burdos como tendría que hacerlo si quisiera ser fiel a los hechos, sólo diré, que luego del primero, la actitud de él se revirtió totalmente y que luego, durante toda la noche, doce veces seguidas, ella se sintió casi a punto de morir, asfixiada por sus salvajes embestidas, entre bufidos y gruñidos que la hacían enloquecer.
Desfallecida, se durmió de agotamiento, mirando la hiperbólica luna llena que ya se escondía y que iluminaba un poco aún el piso de su apartamento, entrando por el enorme ventanal.


Durmió muy poco, ya que se despertó al oír un extraño quejido de dolor. Justo soñaba que no le había preguntado su nombre y él no le había dicho ni una palabra, por lo cual al despertarse (en el sueño), descubría en su bolsillo una tarjeta que decía “Soy mudo”. Sin embargo, al abrir sus ojos, lo vio retorciéndose contra el suelo, hechando espuma por la boca, encogiéndose como un acordeón.
Desesperada, pensó en gritar, en llamar a la policía, al médico o a los bomberos. Luego pensó en esconderse, ya que no sabía si el tipo no tenía rabia y la atacaría. ¡Y había confiado en las pastillas! ¿Y si ahora ella también tenía su peste?
Pero no alcanzó a mover un músculo. Alelada por el miedo, observó desde su cama enchastrada, como paralelamente a la salida del sol, su bestial amante, se cubría de pelos, empequeñecía y cambiaba sus facciones por un tosco hocico.


Muy poco tiempo después, para alejar la culpa de su asesinato con un tenedor de plata, de un pobre lobo gris, que se había colado en su propio apartamento, mientras ella tenía unos terribles sueños sexuales inducidos por el exceso de drogas y alcohol; Brigitte dirigía a los estudiantes del mayo francés que se agrupaban con poca popularidad en torno a la defensa de los derechos de los animales. Los detractores de derecha, acusaron a Brigitte varias veces, desde distintos diarios, de procaz e incluso zoofila. Sin embargo, ella murió luchando sin cuartel por los derechos animales en todos los países que pudo. En la década de los ochenta, lloraba al ver películas de terror barato que reproduciendo un esquema intelectual puritano, siempre hacían morir a los jóvenes luego de tener sexo. Pero sobre todo, al llegar a España, lloró al escuchar la canción “Lobo hombre en París”.


Jorge "Pollito" Manco.

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