domingo, 31 de enero de 2010

Comics - Hoy: El hombre que usa los calzoncillos sobre el lompa...Superman!

¡Más poderoso que una locomotora de A.F.E, más rápido que una bala perdida! ¡Miren el cielo! ¿Es un pájero? ¿Es una avión dirigiéndose hacia las torres gemelas? ¡No! ¡Es supermán!
Viene a reclamarnos indemnización por daños y perjuicios, ya que en un mundo paralelo, leyó este artículo antes de que saliera. Y ahora ¿quién podrá defendernos?
¿Batman? ¿El Chapulín? ¿Los cuatro fantásticos? ¿Thor? ¿Fenomenoide?


Si bien actualmente, el cómic como producción cultural ha sido revalorizado por estudiosos de la literatura, la semiótica y los estudios culturales entre otros, así como ha ingresado en la escritura por referencias (e incluso como influencia) en varios autores (y ni que hablar del cine, donde últimamente han currado casi toda la Marvel), durante mucho tiempo se lo vio como una manifestación indigna de ser estudiada, sobre todo por su calidad de producto en serie, su masificación y su supuesta temática trivial. Este estigma aún no ha sido del todo superado por la intelectualidad, no obstante esto, desde sus inicios, pese a quien le pese, el cómic (al igual que las novelas, rosa, del oeste, la novela policial, o la literatura “pulp”), generó un fenómeno social a su alrededor, que en determinados momentos y sobre todo en las clases media y baja, fue aún mayor que el que pudiera lograr la literatura “canónica”. Y no nos referimos a un fenómeno meramente de consumo, si no al hecho de que el cómic ha generado imaginarios sociales, así como se constituyó en una mitología en el sentido real del término.
En el caso de Supermán, originalmente creado como un personaje del tipo de cómics de acción, por Jerry Siegel y Joe Shuster en Action Comics y luego incorporado a la DC Comics, es interesante tener en cuenta el análisis que Umberto Eco en su libro Apocalípticos e integrados hace al respecto, donde define específicamente a Supermán como un mito moderno.
Partiendo de la base de la mitologización como “… simbolización inconsciente, como identificación del objeto con una suma de finalidades no siempre racionalizables, como proyección en la imagen de tendencias, aspiraciones y temores, emergidos particularmente en un individuo, en una comunidad, en un período histórico.” Se comprende que en Supermán, se simboliza una constante necesidad en los imaginarios humanos, que es la del héroe con poderes superiores al hombre promedio; tal es el caso de Hércules, Sigfrido, etc. En el caso de las sociedades modernas, el individuo medio debe ver en el héroe la encarnación de una capacidad de extralimitar las posibilidades humanas, como forma de compensar sus frustraciones personales.
Esta necesidad humana, satisfecha por los cantos del rapsoda o por las tiras cómicas, en el caso de Supermán es satisfecha por medio de narraciones inacabables, fuera de los avatares de la temporalidad y el desgaste (Supermán no se casa, no envejece, no cambia de trabajo, etc.), basándose en un esquema iterativo, que privilegia la repetición y satisfacción por medio de que ocurre lo esperado. Este modo de narrar –dice Eco-, está estrictamente ligado a los instrumentos pedagógicos de una sociedad, lo cual es muy convincente si consideramos la estaticidad a todo nivel a la que aspira la sociedad estadounidense y también, ciertos contenidos inmovilísticos de la serie en cuestión.
El mensaje de Supermán según Eco, es tan simple como el siguiente: un ser con poderes capaces de destruir el mundo, o más buenamente solucionar todos los males o problemas del mismo, se adscribe no obstante a cuidar solamente su ciudad (Metrópolis), de hechos casi por lo general suscritos al atentado contra la propiedad privada, como robos a bancos y cosas así, por lo cual, uno se pregunta dónde estaba cuando las andanzas de los Peirano. Y la respuesta es que por lo general, sus enemigos son seres del underworld, o en palabras más propias, parias, marginados, “otros”. A esto, le suma Eco una serie de características que hacen del superhéroe un potenciador también de valores morales del lector promedio: tiene una sensualidad e incluso una sexualidad casi puritana (sin casi) y aniñada, practica la caridad, es políticamente correcto, etc.
Finalmente, siguiendo el planteo de Eco, consideremos que la dualidad de Supermán, que a su vez es Clark Kent (un atribulado periodista más timorato que un victoriano y a todas vistas, un hombre promedio y bien adaptado a lo socialmente correcto de su época), lleva a que el lector se identifique con Kent y considere muy en el fondo, que al igual que él, algún día podría llegar a ser algo como Supermán.
La alienación que las historias de Supermán provocó en sus lectores, sólo se puede comparar remotamente con la histeria electoral, la identificación con las telenovelas de la tarde o los pajeros que viven en su personaje de rol y pensando en su próximo cosplay de animé en las reuniones de cómics montevideanas: la gente ha llegado a escribir cartas a los autores, quejándose de cómo le puede pasar tal cosa a fulano que es tan bueno, así como si fuera una persona real. A tanto llega el grado de identificación y alienación logrado. Supermán se convierte en un mito de la figura paternal, protectora y aclaradora de las contradicciones del mundo, que siempre va a defender a sus lectores de “los malos”, o sea, de todos aquellos diferentes, que no se pueda o quiera entender y molesten un poquito.
Al planteo realizado por Eco (que no llegó a analizar las neurosis colectivas provocadas por la ruptura de la iteración que significó la muerte de Supermán), se le podría agregar un matiz en cuanto al mensaje del héroe, que no solamente radicó en proteger la propiedad privada, si no en proteger los valores y la ideología norteamericana de la época, en una forma mucho más crasa y propagandística. Vale recordar (o escuchar por grabaciones en mi caso), una de las frases que presentaban a Supermán en las trasmisiones radiales de las décadas del 40 y 50, donde se enunciaba que estaba en lucha continua por “la verdad, la justicia y el American way of life”.
Sin detenernos mucho más en el tema, y retomando lo planteado por Eco, tomemos en cuenta que en Supermán, el enemigo siempre fue el “otro” y que en la guerra fría no fue inocente que una de las versiones cinematográficas del héroe presentara a Lex Luthor con un aspecto bastante soviético para nuestro gusto, de la misma manera que el capitán América, inicialmente enemigo de los nazis, luego se volviera un anticomunista flagrante.


Para el deleite de los lectores, conseguimos una historieta de Supermán del año del moco, que ilustra ejemplarmente la idiosincarcia de la cual nace nuestro querido héroe y que a muchos se les pasa inadvertidamente, porque además cuando van caminando por la plaza de los bomberos unas promotoras muy lindas (y que ganan grandes sumas de dinero), ofrecen entradas dos por uno para el Ópera.
En esta hermosa historieta, Supermán se encuentra en el frente de batalla (vaya a saber uno por qué) y comienza a detener misiles alemanes. Luego se ve consternarse en bases subterráneas a unos nazis que casi no están estereotipados y dicen “¡Ach! Los mismos intentan detener al paladín de la ley y el orden, pero éste no sólo los burla, si no que captura al führer y le dice que lo llevará a ver a un “cierto amigo suyo”, refiriéndose al pacto de no agresión que el marica de Stalin firmó con Hitler cuando las papas quemaban. Luego, se los lleva a los dos por el aire y hacia su próximo destino que es Génova Suiza. A esta altura, el contenido del cómic queda muy claro y es que Supermán, como representante del “American way of life”, defensor de la libertad y de la Coca-Cola, entiende que sus enemigos son dos dictadores, a los cuales no diferencia en su posición de “otros”; le da lo mismo Hitler que Stalin. A su vez, él obviamente está en lo correcto y en el camino del bien, ya que Estados Unidos, si bien también lanzaba misiles y tenía sojuzgada a toda su población, lo hacía por defender la democracia y para nada era un miembro con parte de culpabilidad en los conflictos bélicos, pero sin embargo, debe darles posibilidad de un juicio justo y nada flechado a “los malos”.
Esta posición de santidad de Supermán, los Estados Unidos y los aliados en general, es lo que da coherencia la última página, donde de una forma madura y nada esquemática, Supermán dice al tribunal: “Caballeros, les traigo a dos locos de mierda, culpables de que Europa esté hecha paté (vieron es por no querernos a nosotros los norteamericanos). ¿Cuál es vuestro veredicto?” y a continuación con un gran verismo por los procesos legales de enjuiciamiento, sin que ninguna de las partes diga ni mú, el juez dice: “Adolf hitler y Josef Stalin -los declaramos culpables del crimen más grande de la historia moderna- agresión inmotivada contra países indefensos; además son malos y feos.”
Esperamos disfruten esta muestra de los vectores ideológicos de una de las más grandes figuras del cómic clásico, sobre todo por su elaborado dibujo, que para nada coincide con la esquematicidad de los pensamientos que se desprenden de él.



































































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