domingo, 31 de enero de 2010

Briggitte y su Amante.

Imagen de William Blake
El bar está abierto de continuo. Por eso no podría determinarse, si es “ya” o “aún”, el adverbio adecuado para referisrse a que sus clientes estén en una atemporal juerga etílica, en medio de la ciudad luz que frisa las diez de la noche.
¡Ah! ¡París... París: Meca de los sudaméricanos eurocéntricos en busca de una cultura sofisticada y a la vez más trasgresora y sediciosa que la de sus semibárbaros coterráneos, capital del croissant, el pan flauta, la pedantería intelectual, el romanticismo barato y los reclames de perfume sobliminales sin argumento ni sentido alguno. ¡Tierra de mis sueños!
¿Qué no harían muchos de nosotros para alcanzar esta tierra sagrada?
Sin embargo, miren al pobre ser que se arrincona, solo en una mesa, con la nariz alargada pegada contra el vidrio, la boca como un hocico, los ojos de animal acorralado y la ropa de lanilla gris como si fuera parte de su propia piel. No habla con nadie, no ríe, parece sufrir, mostrando la diferencia con respecto al entorno, de que su semblante no denota nada parecido a la intelectualidad dolorosa de un personaje de Sartre discutiendo en un café. No alaba como meca de sus ideales a la sudamérica del Che.
Una joven se sienta a su lado. Sin pedir permiso.
Lo mira con insistencia, arrima su cuerpo al cuerpo descomunal de él y espera que establezca una conversación aunque sea metereológica y de mera función fática. Si bien el alcohol y el haschich argelino la tienen desinhibida, con una plácidez irracional y bastante entontecida, se da cuenta, que el tipo es tan lelo y retraído, que ni se percata de su evidente incitación sexual. Sin embargo, en vez de alejarse, se decide a tomar las riendas y llevárselo como sea... lo quiere para ella ¡y ya!
Casi posando su cabeza en el pecho musculoso de él, le pregunta si le gustan las chicas suizas. Le aclara que ella es suiza, aunque es una mentira a expensas de su blondez. Lo mira con ojos anhelantes y pasa lentamente su aterciopelada lengua juguetona por el borde de sus labios carnosos.
Cuando él la contempla, ella nota que su mirada tiene algo de salvaje, instintivo y animal. Sin reparar en que la expresión de atención de él, denota más desconcierto que cualquier otra cosa (y menos que nada lascivia), esa aura animal le hace sentir un napalm en el medio de sus piernas cruzadas. Separándolas y abriéndolas como fauces dirigidas en dirección a él, lo toma por lo que parece el cuello gris de su pullover ajustado y empujándolo hacia ella, lo besa bestialmente, sin notar por la embriaguez, que él tiene un aliento fétido a carne de cordero, que alcanzaría para desmayar a un pescador de sardinas.
Sin embargo, nota que él no sabe ni que hacer con su lengua (¡en Francia!) y que el tipo parece ignorar lo que es un beso. Se desprende de él, lo mira y ve que se aplasta erizado y con la cabeza gacha contra el vidrio.
Primero, le dan ganas de cagar a patadas en las bolas al grandísimo idiota, pero luego mira su cara y se da cuenta que hay algo en él que la enloquece y que no lo puede perder esta noche por nada del mundo, si quiere apagar el incendio que ya le llega hasta las mejillas y le hace marcar los pezones en su blusa de seda.
Piensa y decide que de alguna forma sabrá que hacer en el momento y si no se recurre a la vieja y querida Andrómaca, como cuando sus compañeros de universidad están demasiado ebrios o semi inconscientes. Seguramente es un tímido y retraído o un traumado al estilo de Norman Bates, piensa, lo cual no es algo que no se cure si además le ofrezco dinero.
Aceleradamente, como corriendo una deseperada carrera hacia -por lo menos- el primer orgasmo, saca unos billetes de su padre de la cartera y los muestra, le mete muchos en la mano y le promete más y sin que él entienda nada, lo arrastra hacia un taxi. Él tiene miedo de atacarla, de defenderse. Se siente en total desventaja y además, algo en ella ha logrado de cierta forma causarle una excitación mezclada con un gran miedo, que le hizo erectar como nunca su pene sin hueso.
Mientras sus compañeros de juerga, seguramente seguían discutiendo sin sentido acerca del nuevo simbolismo místico en las pinturas de Boccioni, casi violándolo en un apartamento con vista panorámica, ella disfrutó como una bestia, mientras su caniche se escondía aterrorizado en el placard. Como no quiero incluir en esta narración detalles tan burdos como tendría que hacerlo si quisiera ser fiel a los hechos, sólo diré, que luego del primero, la actitud de él se revirtió totalmente y que luego, durante toda la noche, doce veces seguidas, ella se sintió casi a punto de morir, asfixiada por sus salvajes embestidas, entre bufidos y gruñidos que la hacían enloquecer.
Desfallecida, se durmió de agotamiento, mirando la hiperbólica luna llena que ya se escondía y que iluminaba un poco aún el piso de su apartamento, entrando por el enorme ventanal.


Durmió muy poco, ya que se despertó al oír un extraño quejido de dolor. Justo soñaba que no le había preguntado su nombre y él no le había dicho ni una palabra, por lo cual al despertarse (en el sueño), descubría en su bolsillo una tarjeta que decía “Soy mudo”. Sin embargo, al abrir sus ojos, lo vio retorciéndose contra el suelo, hechando espuma por la boca, encogiéndose como un acordeón.
Desesperada, pensó en gritar, en llamar a la policía, al médico o a los bomberos. Luego pensó en esconderse, ya que no sabía si el tipo no tenía rabia y la atacaría. ¡Y había confiado en las pastillas! ¿Y si ahora ella también tenía su peste?
Pero no alcanzó a mover un músculo. Alelada por el miedo, observó desde su cama enchastrada, como paralelamente a la salida del sol, su bestial amante, se cubría de pelos, empequeñecía y cambiaba sus facciones por un tosco hocico.


Muy poco tiempo después, para alejar la culpa de su asesinato con un tenedor de plata, de un pobre lobo gris, que se había colado en su propio apartamento, mientras ella tenía unos terribles sueños sexuales inducidos por el exceso de drogas y alcohol; Brigitte dirigía a los estudiantes del mayo francés que se agrupaban con poca popularidad en torno a la defensa de los derechos de los animales. Los detractores de derecha, acusaron a Brigitte varias veces, desde distintos diarios, de procaz e incluso zoofila. Sin embargo, ella murió luchando sin cuartel por los derechos animales en todos los países que pudo. En la década de los ochenta, lloraba al ver películas de terror barato que reproduciendo un esquema intelectual puritano, siempre hacían morir a los jóvenes luego de tener sexo. Pero sobre todo, al llegar a España, lloró al escuchar la canción “Lobo hombre en París”.


Jorge "Pollito" Manco.

Vlad y Bram.

Vlad, llegó al principado de Valaquia a los veinticinco años, lo que era una edad relativamente corta entre los bien cuidados miembros de su clase social, no así entre los campesinos que en sus condiciones de vida, podían considerarse afortunados de llegar a la misma. Aclaremos que Vlad no sólo era un noble, si no también un noble aburrido, que por ser en muchos aspectos un adelantado a su época, no era comprendido por una sociedad que lo condenaba a la soledad; por lo cual, se dedicó con fervor a las tareas de administración de su feudo. En menos de un año de asumido el puesto, se había ganado la admiración y el respeto de todos los demás señores feudales, al haber organizado la más cruel y sangrienta cruzada contra los turcos, siendo su particularidad, el goce que encontraba en la muerte “ejemplarizante”, que era empalarlos y dejarlos pudrir, primero en la vía pública o el campo de batalla, luego en una bonita colección personal que inauguró en su propio castillo.
El príncipe de la Orden del Dragón, más conocido como Tepes, (“empalador” en rumano), de todas formas, se aburría brutalmente, por lo que en secreto y a escondidas, escribía con un estilo magistral, incluso adelantado para su época, empapado de ese sentimentalismo que por razones vitales similares fue común a los románticos y a nuestro querido héroe y que aún mucho después lo emparentaron con emos, gotiquitos, "pokemones" y otros.
Allí está, encaramado sobre un pergamino de piel de turco y anotando con sangre que extrae de un empalado aún fresco, que rinde casi cinco litros de tinta: “Los métodos crueles, que –al comienzo-, son pocas veces empleados, terminan con el tiempo por serlo con frecuencia. Aquellos que utilicen estos métodos, pueden con ayuda de Dios y de los hombres, con toda seguridad, afianzar sus dominios.”
Este pequeño párrafo, que luego sería un fundamento en el obrar de miles de hombres a lo largo y ancho del mundo, no le convencía del todo, ya que si bien era bueno y realista en su contenido, no lo conformaba a él, que hace mucho tiempo que anhelaba crear una obra de maestría, un relato extenso que contara una vida asombrosa y sobrenatural, llena de glorias inaccesibles para los seres comunes y corrientes (como él, noble, exactamente no era) y a su vez, demostrativa de la oscura tortura y el oprobio infinito que significaba su posición en el mundo.


Es así que frustrado y deseando encontrar la inspiración adecuada para su obra en la vida real, un día se dio cuenta, de que para ser el señor más rico de la región y a su vez entretenerse sanguinariamente, debía impedir toda introducción de mercaderías de otros feudos.
Fue así, que si bien no eran turcos, invitó a una gran comitiva de embajadores de los más alejados castillos (y también de los más cercanos) a un gran banquete. Una vez reunidos, en la gran sala de su castillo, apreciaron, que el príncipe, sin ningún respeto por los modales o la cortesía, se había sentado en su gigantesca mesa a comer sólo y que ninguno de ellos tenía asientos. Consternados, preguntaron por los mismos y Vlad, sin dilación, pero con la ayuda de algunos de sus súbditos, se encargó de sentarlos en filosos palos, luego de lo cual consideró no necesitarían más comida, lo cual beneficiaba un dudoso plan de austeridad, que no obstante había sido declamado a los cuatro vientos.
Al cuarto día en que el príncipe comía con tal agradable y silenciosa compañía, uno de sus súbditos, preguntó al conde si no le molestaba el hedor que despedían los invitados. En ese momento, Vlad, reflexionaba angustiado acerca de su obra literaria y se enfadó tanto con la pregunta (adelantándose a Virginia Wolf), que sin evitarlo gritó: “¡Así que necesitas aire fresco! ¡Tu fiel amo te lo dará!”, empalándolo seguidamente en un madero tan alto que salía al exterior del castillo por una almena. Así lo dejó, oreándose como un trapo, como contribución para los cuervos, en el gélido aire libre de Valaquia.
Pasado algún tiempo, mientras caminaba por las calles, vio como mucho dinero de la administración se perdía castigando y persiguiendo por métodos inútiles y poco persuasivos a los ladrones. Obviamente, luego de empalar a todos los jueces y verdugos, comenzó a empalar personalmente a todos los ladrones, incluyendo aquellos que robaran un bollo de pan, una espiga de centeno o una flauta de madera a su hermanito mayor de siete años. Un día, para probar el resultado de sus castigos ejemplarizantes, dejó una jarra llena de monedas de oro, en un costado de la fuente de la plaza principal. En menos de un minuto, comprobó que nadie tocaba la jarra, ni lo haría por años y se dio cuenta, de que ahora, se aburriría aún más que antes.


Pasó aún más tiempo y Vlad se devanaba los sesos pensando en su obra por la noche,mientras empalaba a cualquiera durante el día. Empaló embarazadas con mala reputación para evitar que parieran. Los sacerdotes, si bien lo admiraban por su batallar contra los moros, le preguntaron si no era un sacrilegio, a lo que Vlad respondió, recordando una de sus propias prosas: “Te contestaré, que aunque cometas un sacrilegio, nunca debes quedarte a mitad de camino. No basta con cortar la mala hierba, si no que debes llegar a la raíz para poder exterminarla; los niños del mañana son mis enemigos de hoy y no tardarán en vengar en mi a sus padres.” Y diciendo esto, castigó a uno de los curas, para luego preguntar si algún otro tenía aún su duda. Cuando transitaba los caminos de su feudo, se encontraba con mendigos que le pedían limosna y para ahorrarles el sufrimiento de una vida tan miserable, los empalaba inmediatamente. Un día, logró atrapar una rata, que con su roer la madera no lo dejaba concentrar en la escritura y adaptó una antorcha con grasa para empalarla.
Sin embargo, noche tras noche, todo lo que escribía era un fiasco que rompía al salir el sol y ni empalando inmotivadamente al mundo entero -ya que su reino funcionaba de mil maravillas-, conseguiría estar satisfecho.


Una noche, salió a vagar en un carruaje. En el medio de la nada, empaló al cochero, le cortó el pene a los caballos y luego se internó a llorar desconsoladamente en un bosque desconocido. Ni bien terminó de clamar en voz alta: “Nunca me alcanzará la vida de un vil mortal para escribir mi obra”, sintió la mano de la salvación en su hombro.
-Me llamo Abraham- dijo el recién llegado- y estoy de acuerdo contigo.
Vlad y Abraham hablaron largamente y concordaron en que a uno le sobraba lo que el otro deseaba, ya que Abraham era un escritor frustrado, que sin embargo soñaba con la fama imperecedera (otra forma de inmortalidad) y Vlad un hombre maduro, asediado por la sombra de la muerte inevitable.
Es así, que Vlad, prometió pagarle lo adeudado llegado el siglo XIX, cuando Abraham presentó como suyo el libro “Drácula”, con el más moderno nombre de Bram, más allá de que el texto fuera obra íntegramente creada por su dulce amigo Vlad.
Además, para larga felicidad de ambos luego de la primera mordida de su amigo, que lo transformara para siempre, Vlad comprendió el profundo simbolismo de su obsesión con el empalamiento y encontró lo que realmente había buscado toda su vida, que además lo llevaba a un estado de inspiración increíble.


Jorge "Pollito" Manco.


Imagen: "Conejitos Transilvanos" por Jorge "Pollito" Manco.

El Viaje Hacia el Bar.

Queridos lectorcillos:
He aquí una narración que os regocijará y os hará aprender, a través de las peripecias de nuestros queridos aniguitos Bernardo y Damián.
Aquí tenéis el primer capítulo, para leer y deleitaros (luego de hacer los deberes y ayudar a mamá con las tareas hogareñas) y próximamente habrá más. ¡Así que divertíos! ¡Ya tenésis otra lectura además de La Biblia!




I
Preparaciones para el viaje


- Leche. –contestó en un lapsus, cuando le preguntaron dónde vivía.
Eso ya había pasado hace unos tres años, cuando su padre murió y él tuvo que ir a enterrarlo a su pueblo natal. El arduo viaje por las carreteras, montado en un triciclo, tirando de un ataúd atado con una cuerda, traíale malos recuerdos. No sólo por el calor sofocante, la falta de estaciones donde tomar agua o hacer las necesidades, el progresivo aumento del olor del cadáver y ese tipo de cosas, si no también -y sobre todo- por las caras. Cada vez que se cruzaba con un grupo de viejos (desdentados con las barbas canas amarillas de tabaco, tomando bebidas de colores en vasos) era lo mismo: “¿De dónde eres forastero?” y después las caras de extrañeza, o de desaprobación, muchas veces risas estrepitosas y ofensivas. La más hiriente de todo fue en una taberna, donde ya no se contuvieron y se mataron de la risa cuando él pidioles su bebida favorita.
No pudo evitarlo. De saberlo hubieralo hecho. Pero no sabía. Era adictivo. La consumía todos los días y después de unas horas de abstinencia no podía evitar sufrir su falta. Comenzaba a temblar, creía verla por todos lados, sudaba frío, pasaba por la angustia, luego una leve ira y finalmente -luego de un período de depresión- un estado de desesperación que lo llevaba a matar si fuese necesario, con tal de conseguirla.
Tres años después, todo seguía igual en su pueblo. Al levantarse sentía el olor de la leche hervida con avena con que lo esperaban su madre y sus ochenta y dos hermanas. El padre, de estar vivo, ya se hubiese ido al campo a ordeñar hace varias horas.
Luego, salir a la calle y ver indefectiblemente a toda la gente alrededor de ella. Comerciantes transportándola en bidones, niños corriendo tomándola o llevándola en bolsitas transparentes. La plaza del pueblo y su fuente rebosando del líquido blanco -donde a veces se ahogaba un pájaro-, mientras insistíase desde el municipio en que allí era de mala calidad, sólo decorativa y no para beber. En las ventanas, humeaba coagulada y procesada desde los pasteles de queso enfriándose y desde los boliches, se oía el ruido de cristal golpeándose, mientras los parroquianos apuraban un fondo blanco y quedaban con todo el bigote como si fueran Papá Noel.
Al doblar la esquina para ir a comprar más botellas vacías para guardar leche, se encontró con Damián. Miráronse a los ojos, conscientes de la conspiración. Cuando sintieron que nadie oíalos, Bernardo sacó de debajo de su gabardina una bolsa de leche y abriéndola con los dientes empezó a tomar del pico, luego se la pasó a Damián.
- Conseguí el mapa.
Necesitaban aparentar dureza, sin embargo, tenían muchas ganas de saltar y reír tomados de las manos.
- ¿Y crees qué?
- Sí –contesto Damián, sin dudas-, tenías razón. Eso que viste en la carretera existe. Se llama alcohol. El tipo que me trae las balas hasta la frontera me lo dijo, me lo aseguró.
Damián torció el gesto virilmente y tomó un largo trago de leche.
- No es blanco. Ni sirve para manteca, ni nata, ni nada. Es de colores. –agregó.
Los ojos de Bernardo mostraron sobreexcitación.
- Entonces, en la carretera…
- No. -Lo cortó Damián- Es aún mejor. Nuestro pueblo es blanco, las nenas saltan en vestidos de tules y todos somos felices y sonreímos en Navidad, porque vivimos en torno a la leche… puaj…
Los dos hicieron una mueca de asco y luego bebieron leche.
- Pero existe un pueblo, un pueblo maravilloso, donde todo es al revés. La gente vive del y para el alcohol… las mujeres cantan canciones obscenas en los bares y los hombres se agarran a puñetazos porque sí todo el tiempo y en Navidad, la gente se mata a tiros porque toman tanto alcohol que no saben ni donde están parados y todos viven gritando y con mal olor…
Bernardo pudo imaginarse un mundo así: levantarse y sentir el olor del alcohol hervido con avena y ver a su madre con el rimel corrido y sus hermanas con medias de red, como en las tabernas y salir a la calle y ver gentes con frascos y bolsas de todos colores adentro y pasteles de alcohol enfriándose en las ventanas y gente que chocaba copas con alcohol y al hacer fondo blanco, quedaba con extrañísimos bigotes rojizos, verdes y de todos los hermosos colores del arco iris.
- Entonces… ¿Hacemos lo planeado? – preguntó ansioso Bernardo.
Antes de contestarle y mirando hacia todos los costados, Damián con un gesto, hizo que ambos corriéranse aún más debajo de la oscuridad de un muro y sacó una cajilla de celofán de dentro de una solapa. Luego, con ansias, sacó de dentro de ella un tubo blanco y encendiolo por un extremo. Este extremo comenzó a humear, mientras por el otro (el que estaba en la boca de Damián), este último aspiraba el humo blanco azulado.
- El humo parece leche. –iba a decir Bernardo, pero no se atrevió.
- Sí. –contestó Damián- Hoy. Hoy mismo. Debemos comenzar el viaje antes de que el calor apriete.
Bernardo comenzó a imaginar su viaje. En su mente ya estaba preparando la ropa de la huída, un vaquero, camisa, chaleco y el sombrero de ala ancha. Salir sin nada más que lo puesto y algo de dinero. Botas con leche para el camino… estaba ansioso. Ni bien pensolo lo largó, no sabía bien por qué, ni para qué.
- ¿Me das una bala?
Damián, con cara de satisfacción sonrió y sacó nuevamente la cajilla de su solapa oculta.
Estiró el brazo y presentole el conjunto de tubitos, haciendo sobresalir uno ante la cara de Bernardo.
Bernardo tomó uno de los tubitos y púsoselo al revés en la boca “¡Del otro lado!”, dijo riendo Damián, luego alcanzole el fuego y ordenole que aspirara.
Mientras el humo comenzaba a flotar frente a la cara de Bernardo, Damián vio apenas una mueca enrojecida y luego comenzó a sentir toser a su amigo.
Damián iba a reírse, pero antes, cortololo una cabeza con ruleros que asomó desde una ventana imprevista:
- ¡Otra vez, mocoso asqueroso! ¡Otra vez con el humo ese! ¡Te denunciaré al sheriff! ¡Yo sabía! –seguía gritando, mientras metía la cabeza por la ventana. Luego volviola a sacarlala , dejarsin gritarde - ¡Los gusanos de la yoka se erizan cuando prendes esas hogueras y la vaca se para media chueca! ¡Esas cosas del diablo!
Damián, menos sorprendido, apagó balala, pero Bernardo tirola, evidenciando aún más que ellos estaban provocando el humo. Damián, rápidamente, comenzó a seguir su camino y sentenció:
- A medianoche en la casa abandonada.
- A media noche en la casa abandonada. –repitió con ansias y un poco de miedo Bernardo, mientras continuaba su camino con la garganta reseca y tosiendo.


Jorge "Pollito" Manco.

Doctor Dulces Sueños.

El Doctor Dulces Sueños es una narración verídica, que iremos publicando períodicamente. Éste es el primer capítulo. una vez publicada la narración integra, iremos pensando en su versión en cómic. que lo disfruten y... ¡Dulces sueños!
Imagen: "Angst" de Edvard Munch
Capítulo I: Elefante


Siempre pensé que La Ciudad era un elefante dormido en un mar de estrellas.
Sale la segunda Luna, anunciando la noche, y si bien muchas de las calles están vacías, la principal se repleta ahora. Todos acuden al templo del Dr. Dulces Sueños. El Dr. Dulces sueños les da a todos las pastillas que necesitan para dormir.
A todos. Menos a mí.
Todos duermen. Menos yo.
Una vez más, llego en la cola que se forma hasta el Dr. Dulces Sueños, esperando recibir la pastilla de una extraña aleación de oro, plata, alcanfor y un ingrediente secreto que sólo el Doctor conoce. Una vez más, su rostro simultáneamente inexpresivo, simpático y sarcástico me observa con una mirada hueca, como atravesándome, vacila unos segundos como si viera algo borroso, pero finalmente, al parecer no me ve, ni me habla, por lo que estirando su brazo esquelético sin dificultad sobre mi hombro, le da la pastilla al que está detrás de mí, éste se va y luego, se la da al de detrás y luego al otro y luego al otro, hasta que me voy, sin que él si quiera denote haber registrado mi presencia.


Cuando él dejó de darme las pastillas incomprensiblemente, nada pude hacer. Nadie puede explicarme por qué lo hace y lo toman cómo algo que simplemente es así. No sabemos por qué lo hace, pero lo hace, y si él lo hace está bien. Y el tema se cierra.
Cuando nadie entre mis pares mostró poder ayudarme, decidí consultar profesionales, médicos como el mismo Dulces Sueños.
El primero al que fui era un hombre canoso y enorme, que me miraba torvamente desde detrás de unos lentes bifocales de media montura. Me dio pastillas para recuperarme de las alucinaciones que me hacían creer que el Doctor Dulces Sueños no me daba las pastillas y que yo no dormía. Convencido, comencé a tomar las pastillas para recuperarme de mi locura pasajera, pero éstas comenzaron a dejarme casi tarado por todo el día, no podía hacer nada y creí empezar a tener verdaderas alucinaciones, ya que sin poder evitarlo pasaba horas enteras en un extraño lugar atendiendo un teléfono, sin que nada más pasara, con un sinsentido total. Fui a hablar nuevamente con el Dr. de los antipsicóticos, pero éste, luego de hacerme varios estudios, concluyó con que tomara media pastilla en vez de una. Luego volví, porque los síntomas se hacían peores y él me hizo más estudios y me recetó cuarta pastilla y luego lo mismo y lo mismo y lo mismo, hasta que llegó a recetarme un 0.11114183 de décima de pastilla, que sólo podía partir con ayuda de un técnico. Y yo seguía sin dormir.
Harto, cambié de médico y este otro, joven y al parecer menos tradicionalista en cuanto a la medicina, me dijo que era un tema de estrés y me recomendó hacer ejercicio antes de ir a ver al Doctor Dulces Sueños. Sin embargo, seguí sin conseguir que él me viera o me diera la pastilla y seguí sin dormir.
Luego fui a otro médico, que horrorizado, me prohibió hacer ejercicio antes de ver al Doctor Dulces Sueños y se alabó a sí mismo por haberme salvado al vida y a mí, por haber decidido abandonar al médico anterior. Me dijo que mi problema era que tenía colesterol, azoemia y diabetes y nadie lo había detectado antes. Me mandó exámenes mensuales, medicación y una dieta estricta. Pasé dos meses de riguroso tratamiento pero seguía sin dormir y el entregador de las pastillas seguía sin verme. Entonces volví al médico que me prescribiera el tratamiento y éste, horrorizado, me preguntó quien me había estado a punto de matar diciéndome que no hiciera ejercicios antes de ir a ver al Doctor Dulces Sueños.
Abandoné, entonces, a los médicos y seguía sin dormir.


La Ciudad duerme. Ya todos menos yo han recibido la pastilla de la mano de nuestro benefactor. Las calles, parecidas a las arrugas de un elefante dormido, duermen. Todos duermen, menos yo y los policías encargados de vigilar que todos duerman menos ellos. Incluso pensé en volverme policía para evitar problemas, pero luego, descubrí que se debe nacer policía. ¿Si yo no duermo cuando sólo deben no dormir los policías, no seré un policía sin que nadie se haya dado cuenta?
Doblo la esquina de siempre hacia los muelles, donde pasaré una nueva noche de desvelo, pensando en cosas tortuosas y reiterativas, como el ir y venir de los oleajes de arena que miro hipnotizado hasta cerca del amanecer. Casi al doblar, pienso que La Ciudad es un elefante dormido, pero que un día, cuando despierte, todos moriremos aplastados, cuando se muevan las arrugas de su piel.




Jorge "Pollito" Manco.

El Transmigronauta y el Apocalipsis

- ¡La puta que lo parió!
Grité al despertar. En realidad mi nuevo recipiente denso tradujo esto, cuando mi impulso fue el de enviar una maldición cósmica Akjurr. Es probable que cada vez que un humano diga la puta que lo parió lance una maldición cósmica Akjurr.
Como muy seguidamente me pasaba, desperté de vuelta siendo otro y en otro lugar y tiempo. Por lo menos, me consolaba bastante el hecho de volver a ser humano después de tanto tiempo despertándome como cualquier otra cosa. La existencia humana era de las más simples de sobrellevar en este macrouniverso, por lo menos para mí.
Estaba muy fastidiado de que me pasara esto una y otra vez y nunca supiera a que atenerme.
Lo levanté y lo miré en el espejo. Comprobé en el rostro que me había tocado, lo que ya sospechaba al ver sus brazos y músculos colgando. Era un viejo de papada colgante, ojos chiquitos, ahogados en la cara hinchada de gordura y crucificada de arrugas, rasgos de italiano. Dejé que los residuos de memoria del recipiente me guiaran y lo vestí. Era un cura. No obstante ello, antes de dirigirlo hacia donde debía, decidí masturbarlo para conectar del todo con el nuevo recipiente (esto era una técnica infalible), lo cual no pude hacer, ya que el pene apenas se paraba. El ano, al contrario, estaba muy dilatado.
No sólo era un cura. Después de cumplir con una serie de ritos fastidiosos, sin ni si quiera un contenido simbólico o estético agradable, lo atravesé por una cantidad de pasillos inenarrable, hasta llegar a una oficina que debería ser de él, y que era una mezcla de despacho de cura con oficina de detective privado de película francesa de 1950.
Ahí lo esperaba un tipo vestido con un uniforme de cuero sin ningún distintivo en especial, el cual en todas sus expresiones delataba ser un policía de investigaciones. Y de los pesados.
- Pensé que no necesitaba avisarle cuando vendría y lo esperé aquí.
- Ah… -lo hice decir, sin entender muy bien qué tendría que contestar, ya que la memoria residual me apuntaba a concentrarme en el bulto del tipo debajo del pantalón de cuero. Luego rebusqué un poco y me di cuenta de que otra frase era mucho más congrua con la situación.- ¿Cómo logró llegar hasta aquí?
- Eso no importa. Creo que usted ya debería saber que podemos llegar y hacer lo que queramos con usted y con todos.
Quedó entonces detenido, como si se hubiera pisado el palito.
- ¿Con todos? ¡Ja, ja, ja! ¿Y entonces para qué me necesita? –dijo mi recipiente y esta frase hizo que me asustara un poco, ya que había brotado de él como un resorte, como si yo no pudiera mediar de ninguna manera y me estuviera fundiendo con un flujo bastante independiente de su memoria residual. Todo por no poder soportar la idea de hacerme una paja por el culo.
- Bueno. –contestó violentamente el otro, como fingiendo recuperar una autoridad forzada en la que ni él creía- Sí, con todos menos con ellos, usted sabe que por algo necesitamos de sus servicios y ya le advertimos que un no como respuesta, significaría que de pronto una paloma que se pose en la ventana del papa genere una fisión nuclear en el vaticano; o quizás una simple mosca… cómo saberlo… El asunto es que lo necesitamos ya.
Me di cuenta que no teníamos alternativa y maldije el hecho de haber caído en el cuerpo de un cura puto y encima con problemas con la mafia, la policía o vaya saber qué. No obstante tenía un problema más grave: no tenía idea de qué se suponía qué debía hacer. Rebuscaba y rebuscaba en su memoria residual y en ese momento, todo me hablaba de las ganas que tenía desde hace tiempo de meterse ese pene en su boca. Una de las peores fallas de los humanos es la importancia exagerada que le dan a sus deseos sexuales, a tal punto que llegan a desplazar archivos de memoria de cosas mucho más importantes de forma tal que cada vez que caigo en un humano, casi todo el tiempo debo estar ocupándome de problemas de sexualidad, tanto sean conscientes o inconscientes en mis recipientes; lo cual es bastante aburrido a la larga.
- ¿Pero qué tengo qué hacer?
Sin que yo lo pudiera evitar, mi inocencia residual de haber sido ángel varias veces, que hizo decir una cosa tan estúpida a mi recipiente. Como resultado lógico, el otro me miró entre asombrado y desconfiado.
- ¿Qué pasa Monseñor? ¿Está teniendo problemas de memoria?
Lo hice suspirar y preparándome a la misma incomprensión de siempre, junté fuerzas y lo hice largar de un tirón.
- No, de hecho el monseñor al que se refiere no puede tener problemas de memoria porque está muerto. En este momento es su cuerpo el que le habla, con parte de la memoria residual que queda en los archivos “Ka”, hasta el momento de la descomposición. Si usted sabe algo de mitología egipcia, sabrá que justamente le llamaban “Ka” a una parte del alma asociada con el cuerpo material y “Ba” a la otra, la meramente inmaterial, que se desprende antes. Como le decía, le habla su cuerpo y algo de su “Ka”, pero el alma consciente que lo ocupa es otra.
Ya no recuerdo mi nombre, creo que mi primera condición fue de humano, creo que era un homofóbico o alguna otra especie de intolerante que participó en alguna revuelta o conspiración y fue derrotado; no importa. El hecho es que mi “Ba” fue conservado por un par de siglos fuera de mi cuerpo, por unos fieles acérrimos que tenía, con el fin de reencarnarme. Nunca quedó claro si conservaron el “Ba” desasociado o si lo hicieron por medio de la conservación de mi cabeza o de mi miembro viril. No obstante, mis pasados enemigos volvieron a derrotarlos y entonces, aprovechando la potencialidad de mi Ba para la transmigración (por el hecho de no estar asociado a un recipiente denso consciente hace siglos), me comenzaron a usar como un software de emergencia médica.
Cuando una persona se accidentaba o estaba en una situación límite imposible de curar, en el tiempo mínimo que faltaba a su muerte física, pero cuando ya estaba desprendido el “Ba”, yo encarnaba en el cuerpo para mantenerlo vivo por el tiempo necesario para que repararan al mismo, ya que mi Ba tiene -por los años de guardado en un frasco-, la capacidad de animar cosas inertes. No se cómo explicarle, es un proceso de química espiritual que no deben conocer aún en esta época. Todo esto me pasó en el futuro.
No obstante, un día hubo otra guerra civil en la capital del Imperio Mundial y el Hardware donde me hallaba alojado fue destruido. Como resultado, quedé a la deriva y sin terminal de origen en la ultra-red, programado para meterme en cuerpos de personas unos segundos antes de morir. Este mecanismo se viene repitiendo de forma ciega hace ya bastante tiempo y me tiene un poco fastidiado. Hoy me desperté adentro de este Monseñor y no es que no tenga la intención de ayudarlo, pero no encuentro nada relacionado a usted en el Ka de Monseñor. Lo único asociado a usted es que le interesaba mucho sexualmente.
Luego de semejante párrafo y esperando de nuevo que me metieran en un centro psiquiátrico con mi recipiente a cuestas, vi que el otro quedó un momento con la boca abierta. Después se empezó a reír a mandíbula batiente y cuando se terminó de secar las lágrimas me dijo:
- ¡Vamos! ¡Toda esa argumentación para que lo monte! Por favor, Cognudo, todos sabemos que el obispo es puto, si quiere que me acueste con usted dígamelo y ya.
- ¡No! –le hice decir, mientras se me acercaba riéndose y abriéndose un botón del pantalón. –Es verdad, soy un transmigronauta, el primero de mi serie…
-Sí, claro… Está bien, a ver. ¿En que cosas trasmigraste?
- No sé si me acuerdo todas, le digo no en orden, si no como me voy acordando: pájaro dodo… algunos animales tienen conciencia de sí mismos a pesar de lo que piensan los humanos ¿Sabe? A ver… sicótico de las películas de Sophia Lorenz, caballo de carreras en Australia, corredor de pólizas de seguros en Haití, robot lava copas en España, pinche de cocina en Alemania en el siglo XVI, habitante del planeta Júpiter tres millones de años atrás, ratón transmisor de la peste bubónica en el mismo siglo, celacanto, fui el conocido escritor Stephen King desde su accidente en 1999 en adelante, abogado corruptor de menores, paramecio quince veces, puercoespín, niño en estado vegetativo, seres de otras dimensiones y galaxias de los que no puedo hablarle, ladilla, ángel diez veces, arcángel quince, tenia intestinal veinte, ama de casa lesbiana, forma de vida marciana, viejo vendedor en la feria, castrati frustrado por la fama de Farinelli, mutante en el siglo 23, velociraptor, cucaracha en el jurásico… no recuerdo más…
- Muy bien, muy bien -decía el tipo, riéndose y acercándose a mi cada vez más-, tenemos poco tiempo para actuar, así que tiene que ser rápido Monseñor.
Luego trancó la puerta, mientras sacaba su enorme miembro circuncindado y vi que no podía hacer nada.


Mientras volábamos por la calle en un automóvil -que me permitió calcular en qué siglo me encontraba- , insistí con que no recordaba en serio qué se suponía que tenía que hacer.
El otro, que empezaba a molestarse en serio por la situación, suponiendo estupideces retorcidísimas en vez de creer que era un transmigronauta, me terminó explicando, como asegurándose de algo, no sé de qué.
- A ver, monseñor… Tenemos la siguiente situación: los servicios de inteligencia saben perfectamente que el cártel Sheitán tiene un cargamento de una super-droga especial, no sabemos muy bien como actúa sobre el organismo ni como está hecha. Lo que sí sabemos es que los compradores exclusivos que ya la encargaron por sumas millonarias, sentirán un éxtasis inaudito que durará cerca de setenta y dos horas y luego morirán sin el más mínimo dolor. También sabemos que los recipientes del mapa encriptado y dividido en cinco partes para ir a recibir el cargamento, están llegando de a uno a una supuesta fiesta privada de varios días en el cassino-ressort Punta Argentina. Yo me encargo de apresarlos y Ud. le saca la información.
Yo seguía confuso y ahí el tipo ni sabía como reaccionar.
- ¿Hay algo que no haya entendido Monseñor?
- Sí… ¿Qué les importa?
-¿Cómo? –dijo el otro con la cara desencajada.
-Sí, es que no entiendo. Si hay gente que le pagará a este supuesto cártel una suma extraordinaria para consumir una droga que los matará y lo hacen por libre arbitrio y no obligados… ¿A quién le importa eso? Quiero decir: ¿Cuál es el motivo para impedirlo?
El otro lo miró como horrorizado.
- ¿Es que usted cree que es bueno drogarse Monseñor?
- No lo sé… no sé si en todos los casos. Cuando uno es un ángel tiene que drogarse permanentemente por un tema de impedir la solidificación de la conciencia… Claro, no es el caso. En el caso de los humanos, no sé… Creo recordar que en mi primera vida yo consumía hongos o algo así. Creo que hay algunas drogas que son más dañinas que otras y no deberían consumirse tanto, como las frituras…
-¡¿Qué está diciendo Monseñor?! –Dijo, frenando el auto de golpe- Las frituras no son drogas, droga es cualquier sustancia que altere el sistema nervioso y que pueda crear dependencia, pero todos sabemos que los problemas son con las drogas ilegales; con la cocaína, las metanfetaminas, el blue-eye el meta éxtasis… ¿Cree que está bien consumir ese tipo de drogas Monseñor? Nuestro Estado descansa sobre el presupuesto de que es una de las primeras prohibiciones totales…
- No… ¡No! –quise tranquilizarlo porque se veía muy nervioso.- quiero decir que no sé a que droga se refiere. O sea, de hecho si esa definición de droga se tiene en cuenta, casi todo en el universo es droga, para el ser humano sobre todo, el mundo entero es droga, piense en las alteraciones del sistema nervioso y la dependencia que le provocan simplemente sustancias como el aire o el agua, o la comida…
El arma se posó en la cabeza del recipiente de inmediato y no pude evitar una reacción de miedo que lo hizo orinarse, más allá de que la muerte para mí mismo significaba muy poco.
- Será lamentable entonces que un para-policia como yo tenga que denunciar al Obispo por subversión…
Se ve que él esperaba que yo dijera algo, pero simplemente el recipiente se orinó y sentí que su corazón se comprimía como una pasa de uva, mientras yo consideraba que otra vez me había metido en un mundo de incoherentes que se creen normales… como cada vez que trasmigraba a un humano en cualquier época, bah.
- … a menos que colabore y deje el jueguito de no entender y la trasmigración, y todo lo demás, Monseñor. –continuó.
- Bueno. –le hice decir, resignado a lo que vendría.
Seguimos viajando en silencio, hasta que el tipo llegó por la ruta al costado de una floresta artificial, dentro de la cual se veía un caminito, seguramente de rateros. A lo lejos, se veía un lujoso hotel y casino, que supongo sería el Punta Argentina al que se refería antes. Paró y dijo que teníamos que acercarnos por el camino para que no nos vieran y que deberíamos actuar de inmediato. Bajamos, no sin que antes el se cruzara en el pecho una especie de bolso de dimensiones importantes. Entonces, con mucho tacto -mientras hacíamos unas extrañísimas vueltas por lugares llenos de travestis y androides prostitutas, oscuros y malolientes en contraste con el lujoso hotel al que debíamos llegar- le hice decirle a mi recipiente que me recordara lo que debía hacer.
- A las 22000 (para lo que faltan cinco minutos), llegará físicamente el último recipiente del cripto-mapa que guía al descargue de la droga Apocalipsis. Llegará a la habitación de la suite presidencial. Decidieron esto dado que sus contactos por ultra red fueron descubiertos y desencriptados por nuestro servicio de inteligencia robot. Sin embargo, cuando los cinco recipientes estén juntos y llegué el receptor de la información, cada uno decodificará su mensaje, el receptor lo unirá y la distribución de Apocalipsis será ya incontrolable. Su función, Monseñor, es la de exorcizar los recipientes a fin de que podamos unir el mensaje y ganarle el punto a los narcotraficantes. ¡Si logramos desbaratar la entrega de Apocalipsis será la ruina total del cártel Sheitán! –culminó, con una emoción admirable.
Por dentro, yo pensaba en cuantas acepciones tendría la palabra recipiente en la suma de todas las épocas, lo estúpido de esos nombres bíblicos en un cártel de drogas y también, en cómo demonios iba a practicar un exorcismo desde dentro de un recipiente cuya memoria residual estaba cargada únicamente de penes y testículos. Y en por qué demonios la gente de ésta época suponía que un exorcismo de un cura podría quitar y desencriptar archivos de software biológico implantado.
Finalmente, terminamos de recorrer entre malezas y jeringas abandonadas y llegamos a lo que parecía una calle trasera del edificio, plagada de basura y deshechos del mismo, así como de pichicomes consumiendo cocaína de baja calidad por merca-tubos en el cráneo.
El otro, sacó del bolso una bolsa de cocaína malísima, casi gris y levantándola gritó:
- ¡Un gramo de prueba para cada uno!
Los pichis, sin pensarlo, corrieron como una jauría hambrienta sobre el para-policia, que empezó a repartir los sobres individuales de dentro de la bolsa grande.
Los inocentes pichicomes se vaciaban las bolsitas en sus merca-tubos y conversaban sobre dejar al viejo distribuidor y empezar con éste. Cuando el para-policia vio que el último había consumido su cocaína, sacó una micro-palm y mientras ejecutaba un comando gritó:
-¡Todos a inmovilizar a los guardias del hotel!
Los pichicomes, que deberían haber consumido cualquier cosa menos cocaína, corrieron como zombies a la puerta principal y otras entradas del edificio.
- Esperemos a escuchar el primer grito y corremos hacia la puerta de adelante, entramos y nos dirigimos directamente hacia la suite presidencial.
Cuando vi como venía la cosa me tensioné como no lo había hecho hasta el momento. Tenía que hacer algo que a simple vista parecía ilegal, que pondría en peligro la integridad física de mi recipiente (con las desagradables descargas de adrenalina y miedo que esto presupone) y además, yo debía practicar un exorcismo, que además de parecerme que iba a ser ineficaz para el caso, no estaba seguro de poder rascar del residuo de memoria del cura pederasta. Algo desesperado, pensé que la forma más eficaz de asegurarme no fallar en el exorcismo era la integración total con el Ka del recipiente. Lo hice tomar algo del suelo, un pedazo grueso de fierro oxidado y si bien me desagradaba el poco aseo del objeto, le subí la sotana y le bajé el calzoncillo, empezando a apretar sus labios para soportar mejor la introducción del objeto en el ano del recipiente.
- ¡Monseñor! –sentí que gritaba indignado el otro- ¿No tuvo suficiente con lo de hoy?
Me sentí desorientado y comprendí que él no sabía.
- ¡No! ¡No es lo que piensa, para hacer el exorcismo necesito masturbar el cuerpo del cura para integrar del todo…
-¡Vamos Monseñor! No me venga de vuelta con esas estupideces de la transmigración… ¡No puedo creerlo! ¡Cura tenía que ser! Son todos unos ociosos, degenerados y maricones del ojete… No hay tiempo para pajas. ¡Vamos, aprovechemos la confusión!
Pronto dimos vuelta al edificio y nos encontramos con un espectáculo de tripas que ya colgaban como guirnaldas en la entrada del lujoso casino-ressort. Unos patovicas vestidos de negro -y con unos incomprensibles lentes del mismo color en la noche cerrada- no llegaban a desenfundar sus armas, cuando tenían tres o cuatro pichis prendidos de distintas partes del cuerpo, arrancándoles pedazos a mordiscones, los cuales no soltaban la presa ni cuando les pegaban patadas en la misma cabeza. Alrededor, un enjambre de gigolós con plata, agentes de modelos y putas adineradas con títulos nobiliarios comprados y peinados cursis hasta el ridículo, corrían y gritaban, perdiendo zapatos de taco y cayéndose de cara contra el suelo embarrado de sangre. Yo hacía correr el cura y recordaba mi encarnación original, muy difusamente, algo muy parecido, correr entre balazos con una carta en la mano o algo así.
Siguiendo al otro, atravesé la confusión como si nada, mientras a centímetros de mí, un guardia llegaba y desenfundaba un arma, disparaba y le volaba los sesos a un pichi, mientras dos más empezaban a desgarrarle el cuello por atrás.
- ¿Pero esto de combatir las drogas no se supone que era para evitar que muriera gente? –pregunté. Pero pronto estuvimos adentro y el ascenso por las escaleras fue vertiginoso. Teníamos que abrirnos paso a codazos con gente que corría como loca y no se daba cuenta de que los pichis ya habían llegado al hall y los iban a despedazar, si es que pensaban que eran guardias del hotel. Finalmente llegamos al piso correspondiente.
En una escalera, sentado y con los brazos alrededor de las rodillas, un maricón con pinta de diseñador de modas o algo así, lloraba desconsoladamente. El para-policía lo miró y el maricón entendió antes que yo.
- ¡Por favor! Sólo soy un artista… ¡No me mate, soy Nordagio!
Pero el otro, le pegó un tiro, volándole la cabeza sin ton ni son. No comprendo que podría haberlo llevado a hacer eso. Quizás simplemente odiaba a esa persona y aprovechó la oportunidad.
Finalmente, el otro metió su ojo en el detector de la puerta y digitó alguna clave. Al instante la puerta se abría. Por suerte, se cerró lo suficientemente rápido para que los abombados de ahí adentro no se dieran cuenta de que había un enjambre de pichis matando sin control y subiendo las escaleras.
Entramos y el golpe de vista fue fuerte. Había cuatro tipos en un estado de trance bastante evidente, alrededor de una lujosa mesa de caoba enchastrada de restos de cocaína y pastillas de todo tipo. Una rancia música hacia parpadear las luces de algún estéreo que no llegaba ver. Los hombres estaban vestidos casi como parias y hedían abundantemente. Uno era un negro enorme con un parche en el ojo, el otro era un viejo gordo desdentado y lleno de anillos, con un pañuelo grasiento en la cabeza, a su lado una mujer con rasgos aindiados y un pin de la neo-neo-izquierda y finalmente un travesti, con más barba que un ermitaño y unas tetas de goma vencidas que le caían casi hasta el ombligo.
Mientras daba los primeros pasos por la habitación, sorpresivamente, el otro me aferró con un brazo alrededor del cuello y luego me empujó hacia delante, poniéndome un revólver en la cabeza y diciéndome:
- ¡Exorcisalos ya!
Los de la mesa no parecían tener ninguna intención de moverse, sin embargo agregó:
- ¡Sí alguien se mueve, volamos todos!- mientras con la mano que no encañonaba mi recipiente, mostraba una granada H que sacó de su bolso.
Bueno, dado que ya no le quedaba orina que liberar, el recipiente no se meo nuevamente, pero sentí como le corría el sudor frío por todo el cuerpo y los testículos se le empequeñecían dolorosamente, contrayéndose hacia adentro de la ingle.
- ¡Espíritu del mal, en el nombre de Cristo, por la sangre de Cristo, por las llagas de Cristo; te ordeno que salgas de este cuerpo en este momento!
La orden exotérica salió de la boca del recipiente como automáticamente, sin que yo que era el alma que lo ocupaba pudiera hacer nada, como si el recipiente mismo fuera un robot básico, cuyo poco software de Ka utilizable estuviera programado indefectiblemente para decir esa frase -costara lo que costase-, en el momento adecuado. Y para querer sexo homosexual. Fue de pronto. Como si nada, me encontré gritando esa frase una y otra vez, mientras la cara del recipiente gesticulaba y su mano se afirmaba fuertemente en la frente del negro enorme.
- ¡Espíritu del mal, en el nombre de Cristo, por la sangre de Cristo, por las llagas de Cristo; te ordeno que salgas de este cuerpo en este momento!
El para-policía detrás de mí ,temblaba como si fuera a explotar o a salirle un demonio a él de dentro, aunque el negro ni se moviera.
- ¡El software! ¡Cambiá el exorcismo a términos informáticos o te mato cura de mierda!
De golpe tuve que intervenir y detener forzosa y dificultosamente al recipiente. Razoné lo más rápido que pude:
- ¡Archivo del mal, en nombre de Bil Gates, por los bytes de Bil Gates, por los USBs de Bil Gates; te ordeno que salgas de este hardware biológico en este momento!
Repetí la orden un par de veces, con mucho menos entusiasmo por parte del recipiente.
- ¡Esto es absurdo! –me di vuelta y le dije al para-policía.- Nada asegura que un exorcismo católico sirva para desencriptar archivos. De hecho no está funcionando…
-¡Callate y seguí por que te mato cura de mierda!
En ese momento pensé que había sido bastante estúpido. Y que siempre hacía lo mismo. Trasmigraba a una leprosa de la India y como si fuera un ser limitado y con miedo a la muerte, sufría todo el calvario del recipiente hasta que éste reventaba (de vuelta), pudiendo tirarme de cabeza contra una piedra, matar al recipiente y trasmigrar una y otra vez, hasta llegar a aquel en que me gustara quedarme. Una y otra vez hacía lo mismo, para terminar preguntándome en cierto momento, por qué me preocupaba tanto en conservar el cuerpo de mis recipientes, al que de todas formas ya había salvado por lo menos una vez. Era algo que no podía controlar, como si fuera un código imborrable arrastrado de mi programación para emergencias médicas. Pero esta vez era demasiado, caer en un cura minutos antes de participar en un vertiginoso desmantelamiento de una rede de narcotraficantes, encima guiado por un policía con delirios religiosos.
Lo dejé quieto.
- ¿Qué hace? ¡Monseñor, están empezando a levantarse! ¡En cualquier momento va a llegar el receptor! ¡No tenemos tiempo!
- Máteme entonces… ¿No dijo que si no hacía lo que usted me ordenaba me iba a matar? Máteme…
El otro empezó a sudar, se puso pálido. No sabía que decir para que no se notara la impotencia de que necesitaba de todos para manejar la situación y se notaba que estaba sumamente lejos de sus expectativas, aplicar la solución final de la granada H.
- ¡La puta que lo parió! –gritó casi llorando y recordé mi teoría de las maldiciones Akjurr.
Los de la mesa, se acercaban a nosotros, cuando la puerta se abrió y se cerró como un destello. Por una décima de segundo detrás del que entraba vimos explotar la cabeza de dos o tres pichis. El que entró era un prototipo de la Cossa Nostra, jadeante y sosteniendo con los dos brazos una metralleta ultra- fap.
- ¡Mierda! ¡Si non hubiera traído la metraglieta staría mordito hasta l pito!
A pesar de tan jocosa entrada, el para-policía no pareció sonreír ni nada que se le pareciera. Con terror, miró al mafioso, el mafioso lo miró a él y luego a los de la mesa, que ya se levantaban, como si no estuviesen drogados y fueran a obedecer a cualquier cosa que les mandara el italiano, como los pichis de afuera con el otro.
- ¿Qué es ezto? ¡Qué patsa cui!
El negro dijo con una voz descomunal:
- Parece que el recipiente cinco quiso quedarse con la información para él, intentó exorcizarnos la información por medio de ese cura –y me señaló-. Sólo que el estúpido no se dio cuenta que sin un crucifijo no iba a funcionar… ¡Ja, ja, ja, ja!
Todos empezaron a reírse y yo no supe como reaccionar ante la última afirmación del negro. Sin embargo, el para-policía estaba sudando, pálido y amenazó de nuevo levantando la granada H, aunque no podía hablar.
- ¡Non, non, non, Jhonny! La cosa non e así. Ezta ve no… -y le sacó la granada de la mano con un movimiento sin esfuerzo, aceitado, sin que el otro pudiera oponer la más mínima resitencia-. Tendríamo que haber sabido qui non si puede confiar en la inter-politsia…
El tano, mientras el otro se orinaba en los pantalones, lo tomo como a un muñeco y le clavo la agujita de un bio-pendrive en la nuca. Luego lo tiró al suelo y dijo:
- ¡Diviértanse con lui, bambini!
Los de la mesa empezaron a abalanzarse sobre el desgraciado pero sin embargo, mostrando un mínimo de valentía en todo ese tiempo, usó el arma y se voló la cabeza antes de que los otros llegaran a tocarlo.
Yo no tuve tal suerte, ya que luego el tano decidió que era mi turno. Los de la mesa no eran misericordiosos ni nada que se le pareciera. Más bien eran terriblemente sádicos y despiadados. Hubo muchas preguntas, muchos golpes desde los cuerpos de esas criaturas hediondas que había despreciado. Las bocas desdentadas escupían mi recipiente, pero me escupían a mí, me pateaban, me orinaban la boca, hasta que el cuerpo del cura no pudo más y sentí el más tremendo dolor espiritual al morir de toda mi carrera de trasmigronauta.


Para poder explicarlo bien, debería establecer la relación siguiente. Uno se muda permanentemente de una casa a otra, solo que no sabe a qué casa se va a mudar. Al parecer uno se traslada automáticamente a una casa, que por azar o aleatoriamente le es adjudicaba por medio del mecanismo más ciego del cosmos. O eso me parecía hasta ese momento.
Vi difusamente que el tano y los demás estaban encima de mi recipiente y me extrañó que el viejo cuerpo del cura hubiese resistido tanto. Pero no lo había hecho.
- Vamos, que no se drogue más por unas horas y va a sobrevivir. Pero por las dudas de que se pele, hay que sacarle la información ya, después es mucho más complicado.
La mujer de la mesa, lo decía mientras sacaba unos aparatos eléctricos de encima del pecho de mi recipiente, que no era otro que el negro enorme con el parche en el ojo.
Luego de eso levanté un poco su cuerpo y dejé que le enchufaran el pendrive biológico. Uno a uno, el tano extrajo la información, la traslado a su palm y luego introdujo una clave secreta para decodificarla.
- ¡Perfetto bambini! – y sacó cinco tarjetas del bolsillo de su saco manchado de sangre-. Cui tienen chinque migliones de dólares para cad uno. La clave de toda las tarjeta e Bava, con be corta la segunda ve.
- ¡La puta que lo parió! ¡Nunca había tenido tanto dinero en la mano! – gritó entusiasmada la tipa.
Un ruido fortísimo, que tapó la música hipnótica que había dentro de la suite, nos sorprendió a todos. Cuando miramos, la puerta de seguridad infalible, caía abajo, vencida por la fuerza de una pandilla de pichis, de los cuales algunos estaban bajo los efectos de la droga que les había dado el para-policía y otros, solamente se habían sumado al saqueo.
El tano, sin dudarlo, casi divertido, recogió del suelo su metralleta y comenzó a disparar rabiosamente:
-¡¡Voi siete lo que alejan lo turista!!
Fue en ese momento que desarrollé otra teoría. ¿Por qué el mecanismo ciego me había mudado a la casa de al lado y justo en este momento? Yo tenía que hacer algo, tenía un lugar en cierta misión divina relacionada con la droga esa. O algo por el estilo. Fue entonces que se me ocurrió.
Las primeras filas de pichis estaban siendo barridas por el tano, mientras que de forma entusiasmada, los restantes de la mesa comenzaban a ayudarlo con unas míseras pistolas de mano, menos el travesti, que displicentemente esnifaba toda la cocaína regada en la mesa.
El ojo del negro vio entonces las tarjetas que habían quedado tiradas en el suelo, no muy lejos de cada uno de sus propietarios, entretenidos en matar pichis, menos la del travesti, que éste usaba para hacerse líneas, aunque le quedaban cada vez más parecidas a espirales.
Rápido, moví al negro hacia las tarjetas, las tomó de un saque y luego, hice que le pegara una colosal patada Ninja en la cabeza al travesti, de forma tal de hacerme también con su tarjeta.
Los demás en la habitación se dieron cuenta de lo que pasaba y se dieron vuelta para mirarme. Ese fue su error. En menos de un segundo de fuego parado, los pichis se habían prendido con alma y vida de sus cuerpos. El tano fue el primero en morir, largando como estertores mortuorios unos metralletazos para arriba, que hicieron que el techo lloviera sobre él.
De inmediato y abriéndome paso por medio del descomunal cuerpo del negro, lo lancé sobre el cadáver del tano, quitándole la palm y evitando a duras penas la mordida de un pichi. Luego lo hice agarrar la granada H, que por alguna razón estaba tirada en el suelo muy cerca de él. Luego lo lancé a la carrera hacia la ventana, esquivando el cadáver del cura, del para-policía y al travesti, que se levantaba con la nariz rota. El negro tenía un excelente estado físico, ya que lo largué por la ventana y ni si quiera sintió el impacto contra el vidrio, ni contra el suelo. Antes de estar lo suficientemente lejos, hice que el negro lanzara la granda H dentro del hotel y huí por entre los cadáveres de pichis y vedettes hasta el auto del para-policia.


El archivo Ka del negro me sirvió muchísimo para todo lo que vino después, ya que era un malandro hábil y sin el más mínimo escrúpulo. Su falta total de moral me hizo recordar en cierto sentido a la conformación espiritual de los ángeles.
En dos días había logrado robar el cargamento de Apocalipsis, contratando para ello unos yakusas con un mínimo porcentaje de mis veinticinco millones de dólares. Luego, antes de tomarme el avión privado hacia la Polinesia, algo en el Ka del negro me hizo detenerme a hacer algo por él, que redundaría en mi beneficio. La mandé a buscar y huimos.
Vivo desde hace cinco años en la Polinesia y mi cargamento de Apocalipsis aún no se terminó. Fuera de toda predicción, el exceso de Apocalipsis, al contrario de matarte, te lleva a mejorar tu estado de salud física de una forma inaudita y potencia mucho la sexualidad, que es algo que realmente he podido empezar a disfrutar desde que mantengo relaciones con Eli, la sobrina del negro, con la que el negro también tenía relaciones.
- Tenés el pito de él y sos el transmigroanuta más sensible y romántico del mundo. –me dice siempre, mientras pintamos acuarelas después de hacer el amor.




Jorge Pollito Manco.

La Casa

El reloj marca las 22:43. La lluvia no ha parado desde ayer. Levanté la vista del cajón que estaba revolviendo, para corroborar nuevamente que nadie más se encontrara allí. En efecto, estaba solo. Mi única compañía era la desagradable mirada del oso disecado en la alcoba, y la necesidad infernal de fumar un cigarrillo. Una lapicera, algunas anotaciones sin importancia, algunas fotos viejas; nada que me diera un indicio de la fecha o el lugar en donde me encontraba.
Había despertado hace unas horas en una habitación de la mansión. No recordaba cómo había llegado al lugar, con qué motivos, o hace cuánto.
Mi último registro mental era estar bebiendo mi whisky de costumbre en el bar de Julián, después de haber tenido esa pelea con mi mujer. Era siempre lo mismo. Ella no aprecia la belleza de las pequeñas cosas. Gastar plata en algo que te hace feliz no es una perdida de dinero. Solo de pensar en lo poco que nos entendemos últimamente me llena la garganta nuevamente con esa sensación agria y verde. Si, verde. ¿O me vas a decir, como el idiota de Bruno, que las sensaciones no tienen colores? Sí así fuera, no tendría esta calentura violeta de no saber cómo mierda salir de la casa, ni a dónde carajo se fueron todos.
Dejé el cajón y me puse a revisar en los estantes. Libros de Cervantes, Wilde, Dickens. Todos clásicos. Nada de literatura contemporánea. Nada que no fuera literatura. Bajo mis pies, una alfombra persa bordó, y bastante polvo. O a los empleados no les pagan bien o hace mucho que nadie vive en la casa.
Salgo de la habitación dispuesto a encontrar alguna pista más consistente de mi situación. Recorro los pasillos llenos de pinturas de Coreggio, Goya, Brueguel.
La poca iluminación me pone los nervios de punta y comienzo a ponerme paranoico de escuchar sonidos a mis espaldas. Odio las casas grandes. Siempre parece haber algo espiándote sin que te des cuenta.
Mi respiración se agita y siento mi pulso acelerarse a semicorcheas. ¿Por qué mierda no recuerdo como llegue a la casa? Otra vez la calentura violeta. Mi camisa comienza a sofocarme e intento abrir más su cuello para respirar mejor. El olor a humedad inunda mi recorrido, y como en una claustrofóbica pesadilla veo como se distorsionan las paredes a mi alrededor. Creo que voy a desmayarme otra vez. No. Debo seguir. Encontrar una salida, aire fresco que llene mis pulmones, y un cigarrillo que elimine el aire fresco . Camino apoyándome en lo que encuentro. A lo lejos creo percibir una puerta. Escucho música. Más particularmente una sinfonía de Beethoven. La quinta o la novena, ya no recuerdo.
Veo la puerta acercarse a mayor velocidad. ¡Estoy corriendo! Mis pies parecen moverse solos, como si hartos de que mi cerebro no reaccione, hubieran decidido cobrar voluntad propia.
Una felicidad anaranjada se apodera de mí. Corro más rápido. Los cuadros en las paredes parecen simples manchas de color a mi paso vertiginoso. Las estatuas en el pasillo se vuelven fúnebres testigos de mi maratónica y desesperada huida a quién sabe dónde. Sigo corriendo. Más rápido, más rápido, más rápido, más rápido, más rápido, más rápido, más rápido. Me tropiezo. Veo girar mi entorno. Estoy en el aire. La puerta me revienta la cara.
Oscuridad. Silencio. Escucho los latidos tranquilos de mi corazón. Levanto mi cabeza mientra las rítmicas gotas de lluvia se me meten en los ojos haciéndome cerrarlos. Hace frío.
Miro a mi alrededor. Nadie camina en las calles. Veo una enorme casa que parece estar abandonada, justo en la vereda en donde desperté. Busco la caja de cigarrillos en mi bolsillo, los saco, y me doy cuenta de que están empapados. No sé donde estoy, y la cabeza empieza a dolerme de la calentura azul que me estoy agarrando. Miro las gigantescas torres laterales de la casa, pobladas de ventanales. Posee una exquisita decoración barroca en la fachada. ¿Realmente no vivirá nadie allí?
Me asalta una nefasta e insoportable curiosidad. Desde niño fui así. Tiro la inservible caja de cigarrillos al piso y me dirijo hacia la puerta principal.
Antes de pensarlo mi mano esta tomando el pestillo. Está abierta. La luz mortecina ilumina la habitación llena de telarañas y suciedad que parece haberse acumulado por siglos.
Me siento nervioso. Mis manos tiemblan un poco. Tal vez por los nervios, tal vez por la falta de la acostumbrada dosis de nicotina. Me decido a subir las monumentales escaleras que parecen gobernar el lugar, y siento crujir los escalones a cada paso. “¡Qué desperdicio!” Pienso, mientras comienzo a ver el piso superior.
Quien haya vivido aquí parece haber dejado todas sus pertenencias al abandono.
Para mi sorpresa, una reluciente botella de whisky descansa solitaria sobre la kilométrica mesa rodeada de sillas. No hay polvo sobre la botella. Alguien estuvo aquí recientemente.
Un extraño deja-vu me trae a la mente haber tomado whisky hace poco. Se me viene su sabor a la garganta, así que sin dudarlo me sirvo un vaso. “Debería ser causa de cárcel el abandonar semejante exquisitez”, me digo a mí mismo en voz alta, mientras llevo el vaso a mi boca.
Camino hacia una puerta entreabierta, y veo con terror una todavía húmeda mancha de sangre tiñendo su superficie.
Reacciono sin razonar, corriendo rápidamente hacia el lado opuesto del pasillo, y en ese instante me doy cuenta de que lo más inteligente hubiera sido volver por donde vine. Me dispongo a modificar mi rumbo aludiendo al mencionado plan, pero el sonido de pasos me detiene paralizándome. Mi corazón y respiración se aceleran. Me meto en la habitación a mi izquierda y cierro la puerta esperando que no me hayan visto ni escuchado. Intento tranquilizarme, pero la respiración caliente en mi nuca me lo impide. Debería haberme dado vuelta y mirar a la cara al desconocido a mis espaldas, pero el miedo me retarda y siento algo que no logro ver, pero indudablemente duro, golpearme con la fuerza de mil demonios.
Oscuridad otra vez. Silencio otra vez. Escucho los latidos tranquilos de mi corazón. Levanto mi cabeza y veo que me encuentro en la misma habitación, que ahora puedo observar mejor y darme cuenta de que es alguna clase de estudio. Un desagradable oso disecado es mi única compañía. Cuando logro incorporarme intento en vano recordar como llegue allí. Buscando algún indicio de mi situación abro los cajones del escritorio, pero lo único que encuentro es una lapicera, algunas anotaciones sin importancia, algunas fotos viejas; nada que me diera un indicio de la fecha o el lugar en donde me encontraba.
Miro el reloj en la pared. Las agujas marcan las 22:43.

Erosphylia


Imagen de H.R.Giger
Abandonó los altos y sombrios cipreces.
Dejo atrás los holocaustos emocionales de antaño,
que nublaron su mirada con multiformes emancipaciones oscuras.
Abrió los herrumbrados y crujientes portones,
que se alzaban estirando sus dedos para tocar los tobillos de los dioses.
Monstruos quiméricos se retorcian en matices de grises violáceos,
que se extendian hasta el horizonte sobre su cabeza.
Un hilo de sangre blanca desgarró el cielo,
mientras las primeras gotas del elemento de la vida le recordaron los llantos de sus fantasmas paranoicos.
LA TORMENTA.
Furiosos rugidos le estremecieron la piel,
y saltando sus difuntas y flageladas angustias, corrió sin destino hacia los ojos del angel siniestro.
SE DETUVO.
Contempló las gigantezcas alas de cristal y lagimas
que se desplegaron majestuosas sobre el altar de los sueños.
Extendió su mano hacia la reluciente criatura,
y tuvo miedo de disolver en flotantes burbujas incestuosas la vision de los antiguos.
GRACIAS.
Fué todo lo que pudo prounciar en su mente mientras sus labios,
ya ocupados saboreando la miel de sus ilusiones, se perdian en el canto de las hadas.
Vió su fuerza y su poder, y sintió la emoció de quien halló el caliz de la vida.
Y bebió de sus venas cristalinas llenas de historias que prefirió ignorar.
Se convirtió en el más afortunado de los seres oxigeno-inhalantes,
y logró arañar la flotante corona de la desmesurada felicidad.
Las piedras brillantes perdieron su encanto.
Pues las manos pálidas que dejaban ver las memorias azules, sanaron las heridas de viejas batallas.
A TU AMOR.
Es a lo unico que agradezco, le dijo mientras su corazón se tornaba tornasolado,
y resumió la historia de los hombres a cenizas.
Indestructible.
Inmotal.
Eterno...
ABSOLUTO.

Necromortis



Veo una fosa oscura
donde mora
una mariposa o un murciélago
violeta
un piélago
estancado
donde el ónice vegeta
Donde vaga
entre gemidos
una aljaba de bolsas vacías repleta
y un caballo
de falanges y uñas
que rey y plebeyo sincreta


Veo
un pozo profundo
que el negro oscurece
cual ojera en un ojo
entenebrece y profundiza
lo más hondo en más profundo
mas
el hielo atiza
e ilumina las sombras


Cuando atravieso
los puentes
correosos
blanduzcos
y etéreos
en que no se distinguen
los gases con el hierro
en un paso se confunden
los más lejanos tiempos
y los rojos se descubren
cenicientos


allí veo
una oscura fosa
una tumba
dentro de un hueco
donde yace una doncella
centrada en su sexo
que
¿pasiva?
está sobre
y vence
a un esqueleto no vivo en su mortaja
con su guadaña por lápida.


Un negro profundo
desde el que miríadas de colores amenazan
y la lógica humana destruye
ese ente sin esencia
que es de agua y fuego;
que es la muerte de la muerte.


Jorge Manco

Comics - Hoy: El hombre que usa los calzoncillos sobre el lompa...Superman!

¡Más poderoso que una locomotora de A.F.E, más rápido que una bala perdida! ¡Miren el cielo! ¿Es un pájero? ¿Es una avión dirigiéndose hacia las torres gemelas? ¡No! ¡Es supermán!
Viene a reclamarnos indemnización por daños y perjuicios, ya que en un mundo paralelo, leyó este artículo antes de que saliera. Y ahora ¿quién podrá defendernos?
¿Batman? ¿El Chapulín? ¿Los cuatro fantásticos? ¿Thor? ¿Fenomenoide?


Si bien actualmente, el cómic como producción cultural ha sido revalorizado por estudiosos de la literatura, la semiótica y los estudios culturales entre otros, así como ha ingresado en la escritura por referencias (e incluso como influencia) en varios autores (y ni que hablar del cine, donde últimamente han currado casi toda la Marvel), durante mucho tiempo se lo vio como una manifestación indigna de ser estudiada, sobre todo por su calidad de producto en serie, su masificación y su supuesta temática trivial. Este estigma aún no ha sido del todo superado por la intelectualidad, no obstante esto, desde sus inicios, pese a quien le pese, el cómic (al igual que las novelas, rosa, del oeste, la novela policial, o la literatura “pulp”), generó un fenómeno social a su alrededor, que en determinados momentos y sobre todo en las clases media y baja, fue aún mayor que el que pudiera lograr la literatura “canónica”. Y no nos referimos a un fenómeno meramente de consumo, si no al hecho de que el cómic ha generado imaginarios sociales, así como se constituyó en una mitología en el sentido real del término.
En el caso de Supermán, originalmente creado como un personaje del tipo de cómics de acción, por Jerry Siegel y Joe Shuster en Action Comics y luego incorporado a la DC Comics, es interesante tener en cuenta el análisis que Umberto Eco en su libro Apocalípticos e integrados hace al respecto, donde define específicamente a Supermán como un mito moderno.
Partiendo de la base de la mitologización como “… simbolización inconsciente, como identificación del objeto con una suma de finalidades no siempre racionalizables, como proyección en la imagen de tendencias, aspiraciones y temores, emergidos particularmente en un individuo, en una comunidad, en un período histórico.” Se comprende que en Supermán, se simboliza una constante necesidad en los imaginarios humanos, que es la del héroe con poderes superiores al hombre promedio; tal es el caso de Hércules, Sigfrido, etc. En el caso de las sociedades modernas, el individuo medio debe ver en el héroe la encarnación de una capacidad de extralimitar las posibilidades humanas, como forma de compensar sus frustraciones personales.
Esta necesidad humana, satisfecha por los cantos del rapsoda o por las tiras cómicas, en el caso de Supermán es satisfecha por medio de narraciones inacabables, fuera de los avatares de la temporalidad y el desgaste (Supermán no se casa, no envejece, no cambia de trabajo, etc.), basándose en un esquema iterativo, que privilegia la repetición y satisfacción por medio de que ocurre lo esperado. Este modo de narrar –dice Eco-, está estrictamente ligado a los instrumentos pedagógicos de una sociedad, lo cual es muy convincente si consideramos la estaticidad a todo nivel a la que aspira la sociedad estadounidense y también, ciertos contenidos inmovilísticos de la serie en cuestión.
El mensaje de Supermán según Eco, es tan simple como el siguiente: un ser con poderes capaces de destruir el mundo, o más buenamente solucionar todos los males o problemas del mismo, se adscribe no obstante a cuidar solamente su ciudad (Metrópolis), de hechos casi por lo general suscritos al atentado contra la propiedad privada, como robos a bancos y cosas así, por lo cual, uno se pregunta dónde estaba cuando las andanzas de los Peirano. Y la respuesta es que por lo general, sus enemigos son seres del underworld, o en palabras más propias, parias, marginados, “otros”. A esto, le suma Eco una serie de características que hacen del superhéroe un potenciador también de valores morales del lector promedio: tiene una sensualidad e incluso una sexualidad casi puritana (sin casi) y aniñada, practica la caridad, es políticamente correcto, etc.
Finalmente, siguiendo el planteo de Eco, consideremos que la dualidad de Supermán, que a su vez es Clark Kent (un atribulado periodista más timorato que un victoriano y a todas vistas, un hombre promedio y bien adaptado a lo socialmente correcto de su época), lleva a que el lector se identifique con Kent y considere muy en el fondo, que al igual que él, algún día podría llegar a ser algo como Supermán.
La alienación que las historias de Supermán provocó en sus lectores, sólo se puede comparar remotamente con la histeria electoral, la identificación con las telenovelas de la tarde o los pajeros que viven en su personaje de rol y pensando en su próximo cosplay de animé en las reuniones de cómics montevideanas: la gente ha llegado a escribir cartas a los autores, quejándose de cómo le puede pasar tal cosa a fulano que es tan bueno, así como si fuera una persona real. A tanto llega el grado de identificación y alienación logrado. Supermán se convierte en un mito de la figura paternal, protectora y aclaradora de las contradicciones del mundo, que siempre va a defender a sus lectores de “los malos”, o sea, de todos aquellos diferentes, que no se pueda o quiera entender y molesten un poquito.
Al planteo realizado por Eco (que no llegó a analizar las neurosis colectivas provocadas por la ruptura de la iteración que significó la muerte de Supermán), se le podría agregar un matiz en cuanto al mensaje del héroe, que no solamente radicó en proteger la propiedad privada, si no en proteger los valores y la ideología norteamericana de la época, en una forma mucho más crasa y propagandística. Vale recordar (o escuchar por grabaciones en mi caso), una de las frases que presentaban a Supermán en las trasmisiones radiales de las décadas del 40 y 50, donde se enunciaba que estaba en lucha continua por “la verdad, la justicia y el American way of life”.
Sin detenernos mucho más en el tema, y retomando lo planteado por Eco, tomemos en cuenta que en Supermán, el enemigo siempre fue el “otro” y que en la guerra fría no fue inocente que una de las versiones cinematográficas del héroe presentara a Lex Luthor con un aspecto bastante soviético para nuestro gusto, de la misma manera que el capitán América, inicialmente enemigo de los nazis, luego se volviera un anticomunista flagrante.


Para el deleite de los lectores, conseguimos una historieta de Supermán del año del moco, que ilustra ejemplarmente la idiosincarcia de la cual nace nuestro querido héroe y que a muchos se les pasa inadvertidamente, porque además cuando van caminando por la plaza de los bomberos unas promotoras muy lindas (y que ganan grandes sumas de dinero), ofrecen entradas dos por uno para el Ópera.
En esta hermosa historieta, Supermán se encuentra en el frente de batalla (vaya a saber uno por qué) y comienza a detener misiles alemanes. Luego se ve consternarse en bases subterráneas a unos nazis que casi no están estereotipados y dicen “¡Ach! Los mismos intentan detener al paladín de la ley y el orden, pero éste no sólo los burla, si no que captura al führer y le dice que lo llevará a ver a un “cierto amigo suyo”, refiriéndose al pacto de no agresión que el marica de Stalin firmó con Hitler cuando las papas quemaban. Luego, se los lleva a los dos por el aire y hacia su próximo destino que es Génova Suiza. A esta altura, el contenido del cómic queda muy claro y es que Supermán, como representante del “American way of life”, defensor de la libertad y de la Coca-Cola, entiende que sus enemigos son dos dictadores, a los cuales no diferencia en su posición de “otros”; le da lo mismo Hitler que Stalin. A su vez, él obviamente está en lo correcto y en el camino del bien, ya que Estados Unidos, si bien también lanzaba misiles y tenía sojuzgada a toda su población, lo hacía por defender la democracia y para nada era un miembro con parte de culpabilidad en los conflictos bélicos, pero sin embargo, debe darles posibilidad de un juicio justo y nada flechado a “los malos”.
Esta posición de santidad de Supermán, los Estados Unidos y los aliados en general, es lo que da coherencia la última página, donde de una forma madura y nada esquemática, Supermán dice al tribunal: “Caballeros, les traigo a dos locos de mierda, culpables de que Europa esté hecha paté (vieron es por no querernos a nosotros los norteamericanos). ¿Cuál es vuestro veredicto?” y a continuación con un gran verismo por los procesos legales de enjuiciamiento, sin que ninguna de las partes diga ni mú, el juez dice: “Adolf hitler y Josef Stalin -los declaramos culpables del crimen más grande de la historia moderna- agresión inmotivada contra países indefensos; además son malos y feos.”
Esperamos disfruten esta muestra de los vectores ideológicos de una de las más grandes figuras del cómic clásico, sobre todo por su elaborado dibujo, que para nada coincide con la esquematicidad de los pensamientos que se desprenden de él.